Las horas con Fuentes.

Kristian Antonio Cerino

Ciudad de México

Aparece entre la multitud guiñando el ojo y caminando con paso de adolescente. Con sus 80 años, sube con rapidez las escaleras, se sienta y cruza los brazos.

En la sala improvisada con un arreglo floral, escanea con las pupilas a estudiantes y maestros convocados en el auditorio de la Universidad Iberoamericana y espera la  presentación en donde recuerdan sus premios y sus novelas como Aura, La Muerte de Artemio Cruz, Los años con Laura Díaz, y la última, Adán en Edén. Pero el punto no es comentar sobre Literatura sino del futuro de la Educación Superior en México.

En la víspera había escuchado una entrevista que le realizó Pepe Cárdenas. El periodista lo cuestionó sobre la presencia del narcotráfico y la corrupción en el México violento.

El escritor le dijo, en la entrevista radiofónica, que la violencia mostrada en Adán en Edén, el libro que refleja el panorama convulsivo del País, era sólo un reducto de la ficción, una ficción que se ve superada -a la vuelta de la esquina- por la realidad.

Pepe le resumió brevemente su libro y su personaje Adán Gorozpe, protagonista que lee noticias y que actúa con base en ellas.

—Tú novela ¿es un mecanismo de denuncia?

—Creo que la novela es una obra de ficción con muchos elementos de realidad—acotó Carlos Fuentes, el premio Cervantes 1987.

El escritor mexicano abrevió que Adán en Edén es un ejercicio de la imaginación, una representación a través de las palabras.

—Traté de meterle un poco de humor de manera que acaba siendo una comedia dramática, en que hay mucho humor pero al mismo tiempo están todos los problemas y que nos preocupan tanto—dijo el pensador mexicano que se presentó, además, en estos días, en la feria del Palacio de Minería.

A horas de haber conversado con Pepe Cárdenas, Fuentes tose en varias ocasiones, busca una pluma entre el saco gris y se toca la quijada justo cuando en un proyector se muestran fotos suyas entre libros y una más compartiendo un panel literario con su amigo Gabriel García Márquez, el colombiano y autor de Cien años de Soledad. Esta última imagen es contemplada en un auditorio repleto, con hombres y mujeres en butacas y otros más sentados sobre la alfombra.

En la fotografía Márquez, el Gabo, levanta ambas manos y Fuentes, el niño Fuentes como lo llamaba José Donoso, se cubre los oídos con los dedos para no escuchar seguramente el estruendo. Ambos ríen pero no sabemos de qué o por qué. ¿Cuál sería el chiste?

Una voz de mujer anuncia que la conferencia la verán en otros países de América Latina y que ahora, ya con la moda, la difundirán a través del Twitter, la red social cuyo requisito es parlotear.  

Fuentes sujeta una carpeta negra con sus apuntes. Los lee párrafo a párrafo pero antes, y por la tos repentina que lo fastidió durante la conferencia,  pide agua con el micrófono abierto.

—Me hace falta agüita. Y como si el mismísimo Dios hablara, más de dos se ponen en pie para acercarle el agua.

En la Historia personal del Boom, José Donoso, el escritor chileno, refiere que de todos los escritores Latinoamericanos Fuentes era el más apuesto y el más asediado por un público femenino. Lo recordé leyendo a Donoso en clase del escritor mexicano Ignacio Padilla  y más hoy que lo veo caminar y danzar con el cuerpo erguido y de cabellera blanca.

Alguien entre el público murmura sobre su “porte” y su “lucidez”  y sobre algunos libros como La silla del Águila.

—¿Ya lo leíste? — se preguntan entre ellos.

—Nooo, sólo Aura, con ese me quedé.

Fuentes comienza conmemorando a José Vasconcelos como el pionero de la cruzada educativa en México. Vuelve a toser.

Pocos saben que Vasconcelos promovió, también, la creación de radio Educación.

—Unos regresaron vivos y otros sin nariz y orejas—señala Fuentes cuando cita a los primeros maestros enviados a las comunidades rurales.

Para Fuentes, autor de La región más Transparente, Vasconcelos eran un hombre insistente y más cuando decía que publicaba y distribuía libros de Homero, Cervantes y Dante, pensando en que un día los iletrados dejarían de serlo.

México, a decir del escritor, se educó gracias a la campaña de Vasconcelos porque sin educación no hay “conocimiento” e “información”.

—El reto de la educación es educar a los trabajadores agrícolas e industriales con la técnica del conocimiento.

Y así, pide  a los asistentes, entre otras cosas, prepararse para ser los actores de la última revolución -la tecnológica en un mercado global- “porque nuestra historia no está concluida”.

Fuentes fue el primer intelectual en escribir sobre el Boom Latinoamericano con su obra La nueva novela hispanoamericana. De acuerdo con otros escritores, el mexicano -nacido en Panamá- es uno de los artífices del movimiento literario de habla hispana junto con Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, entre otros.

A 40 años de que él y los compañeros del boom vendieron un sin fin de ejemplares, hoy Fuentes continúa dedicado a la escritura pero más a dictar conferencias en universidades.

Este Fuentes, el anciano adolescente que sigue recorriendo ciudades, junta las manos, mira al público, recorre butacas encontrando conocidos y dice que no hablará más de las cosas que ya ha dicho.

Asegura que “sin humanismo” el ser humano no podría conocerse, criticando que en México -a diferencia de otros países- se destinan pocos recursos a la investigación científica.

—Nos ocupamos de la innovación pero nos olvidamos de la investigación.

Si bien dijo que no hablaría de Letras no puede ocultar su pasión al decir que en una escuela, el embrión de la educación, deben promoverse las competencias narrativas y el saber articular el discurso.

—¿Qué vamos a heredar? —se pregunta Fuentes.

—Consumo.

—Entretenimiento

—Banalidad.

Por ello, sugiere que los ciudadanos deben participar en las elecciones, exigir rendición de cuentas y pugnar porque se exista una autentica democracia. Y concluye.

Más tarda en sentarse que en ponerse en pie para responder las preguntas del auditorio. Una de ellas:

—¿Por qué la educación se pinta aburrida y tediosa?

—Los malos maestros— responde sin pensarlo, con rapidez, con balazos. Y el público no para de reír. Un público, en su mayoría, de maestros.

Otra pregunta más es sobre la educación espiritual, misma que el ex diplomático mexicano ataja:

—La persona que no descubre que tiene espíritu, es que no tiene madre—. El quiere reírse pero se contiene.

Le preguntan sobre la historia parcial de México y sus pasajes como la de los Niños Héroes. A ésta, Fuentes se limita a decir que le “parecen a toda madre”.

Sin embargo, en la finalización de la conferencia el escritor, agobiado por los cuestionamientos escritos en papel, sentencia que la historia de México debe “reescribirse” porque es “maniquea”.

Así, entre aplausos, y entre otros tantos que esperaron más en su discurso, abandona el auditorio de la Ibero, en Santa Fe, y deja a decenas de lectores en espera de una fotografía, una entrevista  y la posible firma de uno de sus libros:

—Y yo que compré Aura en 79 pesos.

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La pasión azul

Crónica

Kristian Antonio Cerino

Ciudad de México, DF.

Una bandera azul es ondeada en lo más alto de un microbús. Quien la mueve es un hombre gordo y sin camisa que está gritando esta es la banda que te viene a ver.

A diferencia de los otros que a sus espaldas se lee Corona, Torrado o Villa, los futbolistas del subcampeonísimo Cruz Azul, el despojado prefiere mostrar su grabado que recientemente le hicieron a la altura del corazón.

–Azul soy y azul moriré…

Del lado izquierdo en  donde está diseñada una cruz como aparece en los bultos de cemento, el líder es recibido por el resto de la barra La Sangre Azul, y qué mejor bienvenida que con repiques de tambores y con un trombón desafinado.

Sin pedirlo y porque cada quien conoce los pasos del protocolo, un grupo de adolescentes camina en los alrededores de la estación del metro san Pedro de los Pinos y se posiciona de la primera esquina. Trepan la barda y colocan una de los tantos pendones que apoyarán al Cruz Azul contra los Pumas.

Y una vez colgada la manta Aragón, comienza el partido o la guerra de canticos y porras… y justo cuando cantan yo soy celeste le cueste a quien le cueste, soy cementero hincha de corazón, yo contigo siempre hasta la muerte, traigo tu escudo tatuado en mi corazón, se ven enardecidos porque a lo lejos circulan vehículos con dirección al estadio Azul que van izando banderas de los Pumas.

Entonces comprendemos que el ejecutante del trombón es una especie de director de orquesta que prepara el embate. Lo suena 3 veces y todos gritan: puuuutos.

Pero los universitarios les señalan  el dedo cordial seguido de una oración sencilla: pinches albañiles.

Ese pinches albañiles le duele a los cementeros e insisten en que aquel que no grite es un gato maricón.

A veces los provincianos creen que el partido de fútbol comienza justamente a la hora de la transmisión y que las repeticiones de los goles –vista por televisión- es un privilegio; no es así. El verdadero encuentro inicia desde que los miembros de la barra La Sangre Azul aparecen desde los 4 puntos cardinales y saturan el parque en san Pedro de los Pinos. Salen del metro, descienden de los microbuses, aparecen caminando o en motocicletas, y otros, de tantos que son, cualquiera creería que salen de las alcantarillas.

Y emergen con conejos, gorras, sombreros, cornetas, lentes, banderines y con lo más importante para la ocasión: una garganta afilada que pueda ensordecer en las calles y entre las gradas.

En menos de 60 minutos los pendones con el nombre de los barrios han sido colgados de bardas y arboles, aquí en donde los policías sólo ven cómo estos jóvenes fuman un cigarro tras otro y beben juntos una caguama familiar, la pócima que en el sur llaman jarabe de cebada.

En algunos países como Argentina, Colombia e Inglaterra las barras son sinónimos de violencia. Combinan la pasión con los golpes y cada vez los policías, comparado con un mínimo de hinchas, son enviados a hospitales por querer evitar los enfrentamientos.

En México, La Sangre Azul y la Rebel(de), de los Pumas, sólo llegan a los insultos y uno que otro jalón de cabello. Es más, es un mito el que se rompen costales de cemento con huesos o se cazan gatos con redes o cadenas. A veces sólo es cuestión de decirse putos o recordarse a la madre o como escribiera Octavio Paz: a la chingana, a la sufrida, a la abnegada.

Los de la 10, música de barrio -así se lee en una tambora- señalan el reloj que ya pasa de las 3. Es hora de caminar y de gritar con fuerza y de que hierva La Sangre Azul. No puede hervir una sangre en un pinche recuadro de televisión, la cocción sólo puede sentirse caminando con la barra, cantando con ellos, posicionándose de las gradas y gritar hasta mostrar la campanilla de la garganta.

El sin camisa y otros más abandonan el parque. A uno de ellos le da por abrazar con fuerza a su hija que para variar se llama como el equipo de sus amores.

–Celeste, ven– le dice a la niña de unos 3 años en el momento en que la peregrinación se apodera de una de las laterales de la avenida.

Los caminantes están seguros que en este año sí serán campeones, que la mala suerte se fue y que ahora en el estadio caerán los goles espectaculares.

–Vamos pa´campeón.

De Cruz Azul se cuentan  chistes por la red. Le dicen la mosca, seguidores de Pumas y América, porque siempre sobrevuela la copa pero no nunca se la lleva. Estos chistes, según los cementeros, son mamones.

Caminan, levantan sus banderas, agitan sus manos, aplauden, cantan:

Y vaaaaaaaan a veeer,
que nadie tiene los huevos del Cruz Azuuul,
y vaaaaaaaan a veeer,
que nadie tiene los huevos del Cruz Azuuul.

A La Sangre Azul la dirigen una serie de chavos que reciben un lote de boletos gratuitos para ingresar al estadio. Algunos de estos los reparten entre los miembros de la barra y otros más los revenden. El fútbol es negocio y las ganancias están también entre los de abajo.

El juego de futbol comienza. El silbatazo cimbra el estado, cimbra con alaridos, con saltos y con una ola de putos para los adversarios felinos.

Una vez, Francisco Fonseca (Kikín) desertó de los Pumas y se refugió en las filas del Cruz Azul. A los felinos los enardeció que Fonseca les metiera un gol, ya vistiendo su nueva camiseta, y lo festejara con un orgasmo prolongado. Y no lo pensaron 2 veces para lanzarle una porra al jugador estrella de los Chemos: Kikín hijo de puta, dejaste al Pumas campeón por ir a cargar bultos de cemento.

–Cuando alguien nos deja–relata Kiko, un joven de La Sangre Azul– lo odiamos a muerte.

Kiko, el de la boina azul, está consciente que Francisco Palencia, el jugador que hoy juega con Pumas, fue el último de aquella vez en que Cruz Azul fue campeón en la recta final del siglo pasado.

–Sí, pero cuando lo vea en la calle lo mataré al puto malagradecido.  

Una de las características de los integrantes de La Barra Azul es que manifiestan su odio a bote pronto. Les dicen América y responden putos. Les dicen Pumas y también responden putos.

La música de los cementeros contagia… Extienden sus brazos desde lo alto de las gradas y piden goles, títulos, esperanzas y lo más elemental: ganas  y güevos.

Los tamborazos, los trombonazos y  los trompetazos superan las voces de los enemigos que aún no pueden gritar: cómo no te voy a querer. Cada vez que lo intentan lo bloquean con un:

Baila la hinchada baila,
baila sobre el tablón,
sin policía, sin televisa,
vamo’ a salir campeón.

–Soy un hombre fiel. Siempre le he ido al Cruz Azul. Después de mi equipo está mi mujer–. Es la confesión de un hincha cuya voz comienza a enronquecer. Llegará a su casa sin voz pero satisfecho por sus brincos y la pasión con la que se desvivió.

Los cantos de los hinchas mexicanos son parecidos a los que entonan en las barras argentinas, usan palabras como tablón, pasión, orgullo, cada día te quiero más…

Al menos seguidores del Boca Junior les dicen a sus adversarios del River Plate que estos son unos cagones, y los rioplatenses se defienden argumentando que el Boca carece de huevos.

La Sangre Azul se lleva las manos a la frente cuando una pelota pasa cerca de la portería. Cierran sus ojos cuando el equipo contrario está a punto de anotar y reactivan el pasito cementero, de izquierda a derecha, cuando creen que su club merece recibir un nuevo aliento:

Vamos azules no podemos perder, porque en las buenas y en las malas, puedes contar con esta hinchada, que grita y que siempre alienta de corazón…

Pero esta vez los cementeros, los hinchas, se guardan para otra tarde en que el equipo que anhela un campeonato salga a la cancha con mejor puntería, y goles, y con güevos para enardecer más el graderío del estadio Azul.

 

 

 

 

 

 

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Vida de moscos

Crónica

Kristian Antonio Cerino

Un golpe repentino en su rostro sólo aniquila a unos cuantos. Los contabiliza porque están pegados en su frente y lo han manchado de rojo:

-Son cuatro. 

Por más que machetee en una cañada en donde siembra maíz, es difícil que esta semana y las otras pueda soportar muchas horas a campo abierto.

Es más, después de abandonar el sembradío podría ir, porque lo dice en broma, con el psiquiatra porque está a segundos de enloquecer, y mientras lo manifiesta, un nuevo comando aéreo lo contraataca:

-Este sí dolió- Se golpea ahora la mejilla izquierda. Decidió, y sin pensarlo, que con un zurdazo y a mano extendida vencería a los enemigos, pero se equivocó porque los atacantes emergen  de la nada y forman otra vez una nube o columna negra en el aire.

El nubarrón oscuro no es porque el cielo nos indique que lloverá por enésima vez, sino que los rivales son miles y que cuando se unifican ensombrecen cada sitio que quieren conquistar.

Sobre el pasto húmedo por las recientes lluvias que superaron los pronósticos,  han perecido y en caída libre unos 90 adversarios en los últimos 120 minutos que él ha permanecido en pie o doblado, y cumpliendo un doble propósito: el de cuidar su milpa para medio comer  y el matar a estos “pinches mosquitos” que ya le han perforado la frente y las orejas como si fueran petroleros a los que les da por abrir huecos por todas partes.

Sin ser contador público o haber pisado la Universidad, el campesino Encarnación Ramos, de unos 40 años, redondea la cifra y resume que cada hora se pueden matar a 45 mosquitos siempre y cuando el individuo se lo proponga.

-Ya ve cuántos tengo en la mano y los que están entre el monte.

El campesino dice que a los piquetes de los mosquitos se acostumbró con los años, no así a su “maldito zumbido” que le destroza la vida desde que encajan sus alas y “ese jeringón” en ambas orejas.

-Olvídate, de tanto escucharlos hasta me duele la cabeza, es como un zumbido que no para.

Los especialistas en insectos aseguran que el ruido que provocan los mosquitos emana de sus alas; en promedio un mosquito realiza 500 oscilaciones –o aleteos- por segundo; esos mismos aleteos han hecho que hoy Encarnación, el desencarnado entre tantos moscos, perdiera la paciencia y se haya olvidado de dar machetazos por manotazos.

Después de 2 horas da por concluida su estancia en el campo, en una cañada que está en sitio al que llaman Tierra Adentro, en el municipio de Jalpa de Méndez, a unos 25 kilómetros de Villahermosa.

Es una pena que su sombrero con el que pudo haber enfrentado a los moscos lo olvidara en una hamaca vieja y en su casa de palma.

-Ya me voy porque aquí ya no se puede.

Lo dice con resignación, dando manotazos en el aire y jalándose las orejas. Lo dice con el morral al hombro, con el machete amarrado a la cintura y con la frente ensangrentada como saldo de su batalla con los moscos.

Por la radio, se escucha entre estos campos y a manera de advertencia, que los mosquitos son transmisores del dengue y del paludismo…

Esto ya no lo escucha Encarnación, el campesino de las manos ásperas que a lo lejos aún lo veo en franco combate y abofeteando a los moscos o así mismo.

 

                                                                        ***             

En las comunidades rurales de Nacajuca, una zona de indígenas chontales de Tabasco, se organizan todos los años para impedir el avance de los mosquitos.

Nacajuca, en náhuatl lugar de los hombres de rostros descoloridos, es un municipio asentado sobre ríos, lagunas y pantanos. Aquí olvidarse de los mosquitos, sólo sucedería en sueños.

Y como siempre las campañas para nebulizar a los mosquitos, de esas que organiza la Secretaría de Salud y mediáticamente, son muy tardías, los indígenas alejan a los “chupasangre” ante el temor de contraer dengue y paludismo, quemando cascaras de coco o conos de huevos.

Con el humo que generan, la cascara y el cono de cartón, los mosquitos al menos se dispersan y buscan otros horizontes.

-Sí se van un poco, pero quedan unos cuantos.

Locadio Pérez, indígena de la comunidad de Guatacalca, anualmente usa cascaras y conos en donde  venden los huevos para “espantar” o “ahuyentar” a los mosquitos.

La casa de Locadio, luego de varias horas, ha quedado ahumada pero con pocos zancudos, de esos que crecen “grandotes” y están dispuestos a “sacarnos toda la sangre”.

Otras familias indígenas de Nacajuca, una franja muy apasionada por la política porque aquí nació el movimiento democrático, prefieren comprar insecticidas y rociar, antes de irse a dormir, toda la casa.

Sin embargo, es mayúscula la cantidad de mosquitos que se reproducen entre octubre y noviembre, que en la mayoría de los casos el uso de venenos para combatir a la plaga, resulta insuficiente.

Los libros sobre la Historia de Tabasco señalan que antiguamente no podía pensarse en una casa sin “mosquiteros” y “pabellones”.

En las primeras viviendas de Tabasco -un estado con 2 millones 100 mil habitantes- construidas con ladrillos,  los hombres colocaban “miriñaques” en las ventanas, a manera de protección, para impedir el paso de los mosquitos y favorecer, el ingreso del aire en temporada de calor, una temporada que nunca acaba en Tabasco. El miriñaque o los mosquiteros son como coladores, pasa el viento, más no los insectos.

Por su parte, las mujeres hacían a mano pabellones para colocarlos alrededor de las camas. Los pabellones eran una especie de carpas o tiendas que cubrían cada espacio de la cama para evitar el paso de los moscos.  Todavía en algunas comunidades rurales los ancianos usan los pabellones. Es como dormir en una burbuja, con paredes de telas.

-Sin mosquitero y sin pabellón, yo no podría dormir- Dijo Rosario Magaña, una mujer que recordó de cuando los mosquitos “negreaban” todo el cielo con su presencia.

-Eran muchísimos que mejor nos encerrábamos en la casa.

Los mosquitos, grandes o chicos, pican con la misma intensidad, sin distingos de edades y sexos.

Les da igual  meterse en las orejas, en los ojos, en el cuello y entre los cabellos; el ruido agudo que producen es ensordecedor… a los mosquitos les brota la terquedad y no ceden en  su intención de fastidiarle  la vida a los humanos, y poco le importa que su vida pueda concluir en minutos o segundos, con sombrerazos y manotazos.

En páginas de Internet, se advierte que  América Central es “la costa de los mosquitos”, y que es Tabasco uno de los estados en donde más se reproducen estos insectos.

En los últimos 3 años, en Tabasco se han  presentado un igual número de inundaciones que casi han cubierto la totalidad del territorio estatal. El desbordamiento de ríos y las constantes lluvias han duplicado la reproducción de mosquitos en un estado por donde cruzan 9 ríos.

En la reciente inundación de Cárdenas y Huimanguillo, municipios al sur de Tabasco, apareció un mosquito que científicamente llaman Cúlex pero que en la región se le conoce como Colmoyote.

En La Venta, una zona de la cultura maya, los Colmoyotes al estilo Batman sobrevolaron durante varios días las comunidades inundadas. Picaron con furia y obligaron a que ancianos, niños y mujeres, se atrincheraran en cualquier lugar que fuera seguro.

-Están salvajes, no tienen piedad cuando atacan y ahora sí crecieron más de la cuenta- Dijo un ganadero de Huimanguillo.

Ya sea en el campo o en la ciudad, los mosquitos están a la orden del día. De sus dominios nadie se escapa.

Villahermosa, una ciudad con 500 mil habitantes, está cercada por ríos y un sinfín de lagunas. Los mosquitos, a pesar de las fumigaciones, se multiplican constantemente.

En colonias como Carrizal, Gaviotas Norte y Sur, y en Ciudad Industrial, los mosquitos organizan ataques aéreos a cualquier hora. Ni los políticos se salvan de los bombardeos endémicos. Se les ve inaugurando obras o presidiendo actos con piquetes de moscos en la cara o en los brazos.

En el 2009, según la Secretaría de Salud, 3 mil 500 tabasqueños han enfermado de dengue y paludismo, y sólo 2 han muerto. 

En la capital, misma que desapareció en el 2007 con el desbordamiento de los ríos,  sus habitantes no confían tanto en las fumigaciones como en los repelentes que en la última mitad del año se venden a cualquier precio. Podría decirse que hoy los tabasqueños se bañan no sólo con agua sino con repelentes porque ya están hartos de los mosquitos que siguen llegando…

 

***

En 1940 el mundo conoció el calor y los mosquitos de Tabasco a través del libro El Poder y la Gloria.

Entre sus páginas, el escritor británico Graham Greene, y después de viajar entre mares y ríos –saliendo de Veracruz- durante 41 horas, describe cómo es Tabasco entre la humedad y el zumbido de los mosquitos:

“Los mosquitos seguían zumbando; era inútil defenderse de ellos azotando el aire. Lo invadían todo como un elemento más”.

De acuerdo con artículos biográficos sobre la vida del escritor que murió en 1991, éste encontró un Tabasco pantanoso en donde las iglesias y los sacerdotes habían sido diezmados por el gobierno y la gente moría víctima del paludismo.

El Poder y la Gloria, bajo el sello editorial Andrés Bello,  retrata la vida en Tabasco a propósito de la persecución del gobierno en contra de los religiosos. Narra las peripecias de un sacerdote que vive huyendo entre pantanos y ríos en el periodo de gobierno de Tomás Garrido Canabal, uno de los pocos que en el país cerró iglesias y cantinas para abrir escuelas. La historia se desencadena entre el calor y los mosquitos que desquiciaron al escritor inglés:

“Los mosquitos zumbaban homogéneamente en torno de ellos, como máquinas de coser; Druce (uno de los protagonistas en su novela) lanzó una exclamación, y se pegó una palmada en la mano.

-Entren-dijo la señora Perrot-; todos los mosquitos de aquí son epidémicos

Las ventanas de la sala estaban cerradas por un tejido de alambre, para no dejar entrar los mosquitos; el aire parecía viciado, y más pesado aún por la proximidad de las lluvias…”

Greene es uno de los primeros periodistas, su profesión inicial, en viajar por el sur de México. Un día le propuso a sus editores construir una historia colmada de calor y de mosquitos, y viajó por Veracruz y Tabasco.

Por un momento pensó que el calor  y los mosquitos los había encontrado en Veracruz. Se equivocó. Cuando llegó a Villahermosa, la antigua San Juan Bautista, casi enloqueció por el calor que golpeaba como el diablo y por un nubarrón de mosquitos que se le metieron entre las orejas.

Algunas anécdotas, que se mantienen por tradición oral, recuerdan que Greene dijo a bote pronto: “Tabasco es la capital mundial del calor y de los mosquitos”.

En El Poder y la Gloria, los insectos, transmisores de dengue y paludismo, es una constante de sus párrafos:

-Las ranas no se portaron tan mal esta vez- dijo lúgubremente Druce, sacando un mosquito de adentro de su vaso.

-Sólo trajeron a las mujeres, los viejos y los moribundos- dijo el médico, tirándose de la barba-. Difícilmente podrían haber hecho menos.

Repentinamente, como una invasión de insectos, las voces de la orilla opuesta comenzaron a zumbar…

En varias ocasiones, Graham Greene se ve obligado a contextualizar su obra entre  mosquitos, y los define como insectos peligrosos porque atacan colectivamente a todos y por igual.

A pesar de las quejas constantes de los mismos tabasqueños sobre la “picadura” de mosquitos, estos insectos son parte del patrimonio histórico de Tabasco. Difícilmente sería lo mismo una temporada de lluvias e inundaciones sin ellos.

De ahí que escritores, poetas, empresarios y cantantes usen la palabra mosquito o el símbolo mosquito en sus libros, poemarios, playeras y composiciones musicales.

Una vez, el poeta Carlos Pellicer Cámara le dijo a un anciano que le manifestó su inconformidad por el ataque de los mosquitos.

-Pican muchos los mosquitos-Reprochó el anciano dándose de manotazos en la cara.

-Los mosquitos no pican, pican los pájaros porque tienen pico, pero como los moscos tienen aguijón, aguijonean-Sentenció el poeta.

En cierto momento, Pellicer escribió que “el agua está en mi tierra, como el cielo, por todas partes”. Así sucede con el zumbido de los mosquitos que se aparecen a cada instante, intempestivamente y con la punta afilada y más “con el agua a la rodilla (como se) vive (en) Tabasco”.

Si bien para el poeta José Carlos Becerra “los mosquitos escoltan el anochecer” y se vive un ir y venir “entre el zumbido de los insectos”, para Jaime Ruiz Ortiz, un ensayista y poeta tabasqueño, existe una dualidad entre el calor y los mosquitos.

En su reciente publicación en la revista Punto de Partida, de la UNAM, recuerda que es necesario “espantar el calor como a los moscos”…

-¿La poesía vive entre moscos?

-En un lugar como Tabasco donde se practica la aviación poética, todo vuela: las palabras, los pájaros, las perlas de sudor de nuestra frente. Los moscos forman parte de nuestro ambiente…

Con poemarios y ensayos publicados, considera que los mosquitos “están con nosotros a la hora de escribir,  a la hora de tomar la pluma, al igual que las mujeres cuando nos soplan al oído como una musa”.

Sin ser un experto en veterinaria o algo parecido, cuenta el porqué zumban, no los mosquitos sino las mosquitas:

“Y al igual que las mujeres, está comprobado que entre todos los moscos que existen, sólo el seis por ciento son hembras, y que sólo las hembras pican… Son fáciles de distinguirlas porque con sus alas producen un zumbido. Es decir si un mosco zumba, entonces es hembra, y si es hembra ¡aguas! porque te puede picar”.

En el municipio de Comalcalco, zona de la cultura maya y productora de cacao y chocolate, unos jóvenes emprendedores empezaron a rotular imágenes de mosquitos en playeras y paliacates.

Además, de recuperar el diccionario choco (gentilicio de tabasqueño) con algunas palabras como “que hicite puej” y “shoto el que no grite”,  el mosquito aparece todo un gigante, como en aquella película de los años 80 y que le llamaron La Moca, un hombre-insecto que desquicia la vida de los ciudadanos hasta que muere.

Los suvenir o recuerdos los venden en un café de la ciudad de Comalcalco, pero un día del año, el 15 de mayo, se agotan porque es precisamente en el marco de la celebración de su santo patrono, san Isidro Labrador, curioso porque este santo “pone el agua y quita el sol”, y al poner el agua y quitar el sol, es cuando más se reproducen los mosquitos porque el agua se estanca en los alrededores de las viviendas.

-Se nos ocurrió un día poner en las playeras la imagen del mosquito porque es propio de nuestro entorno-Dijo uno de los jóvenes.

Aun y cuando los mosquitos son combatidos con fumigaciones aéreas y terrestres, es casi imposible que puedan desaparecer de la faz de Tabasco. Algunos más que otros saben que en los primeros minutos de vida, de su vida, algún mosquito ya había sobrevolado su cuerpo y le había incrustado su espada de la que nadie se salva.

Hoy, el mosquito no sólo está en playeras y paliacates, sino también en calzones y bóxer, y en canciones, porque hace algunos años el trovador tabasqueño, Salvador Manrique,  no pudo excluir de su letra, El Infierno Verde, la grata presencia de los mosquitos.

…Yo vengo de donde el agua nunca se acaba. Yo vengo de los mosquitos y el pantanal y de la tierra abundante y del calor sofocante, donde hay cada morena, con su cuerpo escultural…

 

(Publicada en el diario El Heraldo de Tabasco)

http://www.oem.com.mx/elheraldodetabasco/notas/n1443924.htm

 

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Peripecias y defensa del periodismo.

Villahermosa, Tabasco.

Kristian Antonio Cerino.

He vivido momentos de censura en mis 10 años como reportero y he escuchando muchas veces cuando un jefe de información o de redacción fríamente dice: esta publicación no es posible. Y reconozco que en mi primera vez lloré pero en mi casa, a 32 kilómetros de la empresa. Lo hice porque sentí impotencia y porque pocos comprendían el motivo de mi dolor. Al día siguiente en un acto de dignidad, renuncié. Salí con la frente muy en alto pero pensativo y preocupando y preguntándome: Y ahora ¿quién podrá ayudarme?

¿Actué correctamente? ¿Actué incorrectamente? Cada vez me convenzo que las decisiones que asumimos en el Periodismo o en el Diarismo, siempre las resolvemos con prontitud. El periodista de un diario siempre escribe, actúa y decide bajo presión. Aquí los errores los cometemos a diario.

La censura entre los medios informativos está a la orden del día. Y no sólo entre los periódicos únicamente preocupados y ocupados en su relación con el poder, sino también entre los que pregonan y ondean la bandera de la Libertad de Expresión. Cuento mi experiencia a manera de respuesta antes preguntas planteadas por estudiantes de Periodismo, como ¿Existe la Libertad de Expresión o de Prensa?

Recuerdo una vez que escribí una crónica periodística sobre la gira de Andrés Manuel López Obrador, el autoproclamado presidente legítimo de México. Primero dije, en una de las líneas, que los Simpson estaban más amarillos que los mismos perredistas. Es decir, que unos brillaban más que otros. Y después escribí que estos tiempos ya no eran los mismos de cuando comenzó el movimiento democrático. Fue lo  único que esbocé… Pero la crónica periodística no se publicó en el único diario que ha dicho jurar decir la verdad y nada más que la verdad.

Desde luego, volví a renunciar y esta vez no lloré, sino pensé en una estrategia para que la crónica no permaneciera en el anonimato como había ocurrido en otras ocasiones.

Entonces conmemoré aquellas clases de Periodismo con la maestra Flor de Liz Pérez Morales en donde aún alcanzamos a darle de golpes a la máquina de escribir. Lo recuerdo bien: Andrés Torres me dictaba su artículo y yo lo redactaba. Luego, sólo intercambiábamos de papeles.  

En las clases con Flor de Liz, amante del Periodismo Narrativo, aprendimos que lo más importante era pensar y escribir, y que lo de menor importancia era un papel bonito y decorado.

Con sus recomendaciones logramos dirigir grandes periódicos en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, y digo grandes porque siempre así ambos los consideramos. A pesar de que eran hojas fotocopiadas con papel carbón, engrapadas unas y otras más sueltas para pegarlas entre mamparas y pilares, aprendimos que el oficio del Periodismo antes de ser económico es una adicción que permite acercarnos, más que otros, a la realidad.

Por ello, cuando viví de nuevo otro instante de censura resolví que este episodio no me detendría y que el verdadero medio era, en ese momento, yo. El periodista es el único medio: él piensa, él escribe, él analiza, él lo cuenta y lo transforma todo.

Lo que hice fue enviarle la crónica a los 600 contactos que están almacenados en mi cuenta de correo electrónico. Creo que por esta vía la crónica encontró  y han encontrado un sinfín de lectores. Y así lo he hecho en los últimos años, a una historia no publicada le busco otros canales de difusión. Y el hecho de que hoy escriba para más de 3 medios, entre diarios y agencias, me permite pensar en diversas historias que si no encuentran una vía de publicación, están las otras. Que si no es en Tabasco será en la ciudad de México o en la mismísima España.

Y créanme, el lector –porque sí existe- no está buscando periódicos, sino periodistas que le muestren y que le cuenten de manera distinta lo que ocurre en aquellos sitios a los que éste sí puede acceder.

El periodista no es el encuevado, menos el que está disfrutando del aire acondicionado, sino es aquel que toma una mochila y cruza los caminos y puentes y se adentra a conocer a la gente, para comprenderlos y no para juzgarlos.

Alguna vez la periodista mexicana Marcela Turati me dijo: los periodistas somos seres privilegiados, a diferencia de los demás, siempre vamos a estar en la primera fila, como en el cine.

Así lo ha hecho desde que se abrazó al Periodismo y se dedicó a darle voz a los sin voces, a aquellos que algunos consideran como fuentes “no oficiales”.

¿Cómo evitar la censura y escribir con libertad sin perder el respeto y la ética profesional?

Una vez un director de un periódico me dijo: su obligación es redactar, no importa que la orden de información sea una publicidad. Y así lo acaté: escribí positivamente su publicidad pero no la firmé. Y respondí: usted me paga por redactar y lo he hecho… A la mañana siguiente apareció la publicidad firmada por un reportero que hasta la fecha no encuentro, ni conozco.

Cuando escribía estas líneas recordé que una vez una Secretaría pagó publicidad en el periódico y precisamente a mí me enviaron a una gira por las comunidades más alejadas. En  efecto, escribí las maravillas pero no las firmé. Al contrario, aproveché esta gira para escribir crónicas y publicarlas en otros días y en otros diarios.

Otra de las preguntas que constantemente me hacen es: en mi diario no puedo hablar sobre el gobernante (llámese gobernante a un ser ilustrado que dirige los destinos de un país, un estado o un municipio). Ese no debe ser el problema. Siempre he dicho que una crónica o reportaje de la pobreza, del panorama económico, del desempleo, de la migración, de las obras inconclusas, pueden plantearse aunque no se diga los nombres de los innombrables. A mí en lo particular, en ocasiones, los dejo fuera de mis historias, una porque no lo merecen, y otra porque después de todo el lector dice: pinches gobernantes no hace nada.

Hoy quiero retomar lo que expresó recientemente el escritor Juan Villoro, el cronista homenajeado en esta Feria Universitaria del Libro: el periodismo no nos está presentando la verdad, porque es subjetivo. Lo que hace el cronista es acercar lo que existe al lector…

Y eso es precisamente lo que hago en los últimos años. Preservar mi independencia y escribir para los lectores. Por ellos me acerco a lo que existe todos los días.

Concluyo diciendo que al menos desde mi perspectiva, ya con el paso de los años, si bien he experimentado la censura también puedo decir abiertamente que muchos periodistas y directores de diarios confían en mis historias y las publican en grandes espacios. Soy de la idea que uno es caminante de su propio destino y qué alegría se puede sentir cuando alguien dice: esa historia, la del otro día, valió la edición del periódico.

Ya lo dijo Ryszard Kapuściński: “es un error escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un tramo de la vida”.

 

(Texto leído en el marco de la Feria Universitaria del Libro que organizó la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. En la mesa sobre Libertad de Expresión participaron Luis García, Shanik  David y Kristian Antonio Cerino)

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Bajo el cobijo de la noche en Villahermosa.

Villahermosa es una ciudad para caminantes. Aparentemente no existen opciones para el entretenimiento y la cultura. Sin embargo, en las noches de nuestra ciudad podemos cantar, bailar, leer y disfrutar de una charla y el café. En este relato sólo se busca retratar los rostros de la ciudad una vez que sol desaparece.

Crónica

Kristian Antonio Cerino.

Los bohemios están cantando entre labios una canción no aprendida. La repiten muchas veces porque el corazón hoy les provoca una erupción y porque creen que cuando entonan la estrofa  “espera un poco, un poquito maaaás”  ya están caminando, otra vez, por una ruta encantada. Así lo sienten. Lo griiiiitan.

Los que están alrededor del cantante saben que sus notas altas representan un himno y una patria, y eso es lo único que les importa esta noche, de ahí que eleven sus voces y la terquedad los conduzca a repetir  “para llevarte mi felicidad, espera un poco, un poquiiiiiiito más… me moririiiía si te vas”.

Así, unos cantan a los pies del músico, otros lo hacen frente a una pantalla en lo más alto y en una esquinita. No sabemos qué se dicen al oído cuando ambos se comen las orejas, pero  sí podemos decir que hoy no es cualquier noche, la última.

Y justamente en esta velada los enamorados, y también los solitarios, olvidan  una vez que cruzan la puerta y se oyen las cuerdas, las percusiones y las voces, lo que sucede con Tabasco y los malditos problemas por decisiones erróneas de sus dioses.

La idea más importante es amarse sin medida, con la luz casi muriendo, con letras musicales que provocan llanto y emoción y entre jarabes de cebada que les transfigura los rostros a estos amantes nocturnos.

Cuando veo a los enamorados del rincón, los que encontraron luego-luego labios abiertos y ojos electrizantes, empiezo a creer aquello que dijo el poeta: “los amorosos siempre se están dando / los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos”…

Él -leo sus labios- le reitera su amor mirándola con firmeza a las pupilas y sintiendo su respiración. Ella, lo abraza, lo mima, los arrulla y le acaricia las mejillas.

Por ratos, él –así se llamaremos hoy- le canta “si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida” y ella simplemente lo escucha sin dejar de rozar sus cabellos… y sólo le responde hasta que el cantante abandona el escenario y ahora es una mujer (Irma Yolanda) la que contagia con algo de rock: “loca con tus besos, loca con tu amor, loca tú me tienes, loca de pasión”.  Así, ella lo mece con este emblema rockero  mientras él cubre sus ojos y espera que con un beso le cierre la boca… “Loca con tus labios, loca con tu cuerpo, loca del corazón”… Es el eco que producen  las bocinas, altavoces que casi le rompen, a él y a ella, los tímpanos, también lavados por una lluvia de besos.

Sobre las mesas, las manos de los amorosos se fusionan con la luz de una vela que por ratos escurre la cera en el plato. Esta lámpara les recuerda la noche, la noche que los consume y que los abrazará hasta el amanecer…

Cada minuto en la Bohemia de Manrique, el bar para olvidarse de las penas, los besos se repiten como aguaceros, como abrazos de sol y como miradas de espejos, en  donde nos vemos a diario.

El hombre que yo amo está vivo en mi mente, es mi único ídolo entre tanto gente, él hace una fiesta con mi pelo suelto, ladrón de mis sueños, duende de mi almohada”…
A nadie se le prohíbe gritar, agitar las manos y menos, emular que canta superando los estilos de los inalcanzables Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Fernando Delgadillo, Francisco Céspedes y Hernaldo Zúñiga. A nadie se le dice “cantas espantoso” porque el único que no sabe cantar es aquel que guarda silencio y se esconde debajo de las mesas y se embriaga tontamente. Sí, sin cantar.

 Mi manera de quererte no tiene explicación, hoy quisiera devorarte a besos y no sé como decírtelo… que me estoy volviendo loca”.

Han pasado 3 horas desde que los cantantes han conmemorado a lo más selecto de la trova, el pop y el rock en la bohemia de Tabasco 2000, en una Villahermosa que promete pese a la perspicaz lluvia.

Y se han escuchado otras voces que arañaron la fama durante 20 minutos cedidos por los músicos. Cosa curiosa, de pronto apareció un joven que quería cantar “algo” de Camila, esa que dice “Todo cambió”… Y así lo hizo. Se apropió del micrófono y cantó otras más. Cuando todos pensaron que había sido todo, él habló:

-Mi novia también sabe cantar.

-¡Qué cante! ¡Qué cante! Repitió el respetable.

Cantó él, cantó ella, cantó el público temas de los discos de la Oreja de Van Gogh, de la Quinta Estación y de Sin Banderas.

Frente a frente, y tomados de las manos, estos amantes implacables corearon aquello que decía:

“Entra en mi vida, te abro la puerta, sé que en tus brazos ya no habrá noches desiertas. Entra en mi vida, yo te lo ruego, te comencé por extrañar, pero empecé a necesitarte luego”.

Pero, no todo terminó ahí. Ambos abrieron la boca y dijeron que alguien más de la familia sabía cantar y entonces pidieron que subiera hasta el escenario la señora que los acompañaba desde que ingresaron a la Bohemia.

-Que pase mi suegra- Anunció él.

Caminó con prisas, apretó el micrófono y a todo pulmón, la mujer de unos 45 años, entonó en un sol mayor y se arrancó con las de Lupita D´Alessio y las de Amanda Miguel.

… Con el corazón destrozado y el rostro mojado, soy tan desdichada, quisiera morirme / Mentiras, todo era mentiras, los besos, las rosas, las falsas caricias, que me estremecían

La mujer se movió de izquierda a derecha, cerraba sus ojos y provocaba un breve éxtasis entre los hombres y mujeres que se olvidaron de los besos para prestarle un poco de atención:

“Señor tú que estás en los cielos, tú que eres tan bueno, que no quede huella en mi piel de sus besos”.

Así lo hicieron. Así forzaron las gargantas hasta que apareció Salvador Manrique con guitarra en mano. Recordó al poeta de poetas “Chico-Ché” y cantó, para abrir el show, Gavilán o Paloma:

“No dejabas de mirar estabas sola, completamente bella y sensual, algo me arrastró hacia ti como una ola, y fui y te dije hola que tal”.

A esta hora, 2 de la mañana, cantan hasta los más calladitos. Los efectos por los jarabes de agave, cebada y uva, les perfora las gargantas y logran sonidos excepcionales, y van repitiendo junto con Manrique:

“Amiga, hay que ver como es el amor, que vuela a quien lo toma, gavilán o paloma. Pobre tonto, ingenuo charlatán, que fui paloma por querer ser gavilán”.

En la medida en que se canta, incluso lo que no se sabe porque se tararea, se escuchan fuertemente los choques de tarros y de vasos. Se brinda por la o por el que se fue, por la que está llegando a sus vidas y por  la que aún no cruza esa puerta, pero que puede aparecer de un momento a otro.

Los tarros, colmados de espumas, y empinados en decenas de bocas, son una constante. Los veo, a los hombres, llorar, reír, dando golpes a puño cerrado en las mesas, y también cuando se van durmiendo mansamente.

-¿Todo bien?

-Lloro porque me dejó- Confiesa un bohemio que su único refugio (hoy) es la barra.

Y es lo último que responde porque después se repone y canta, acompañando desde su madriguera, a Salvador Manrique:

-¡Ésta sí me llega!

“A veces regreso borracho de angustia, te lleno de besos y caricias mustias, pero estás dormida no sientes caricias, te abrazo a mi pecho me duermo contigo, más luego despierto tú no estás conmigo, sólo está mi almohada”.

La noche avanza, la misma noche que nos cobra factura con los años pero que nos da un instante de placer para el recuerdo. Antes de salir, escucho otra vez esas carcajadas, esos compadrazgos que nacieron con10 cervezas, y esos besos de enamorados que aún truenan por la pasión que les brota al amanecer.

Se oye, ya desde la calle, un fragmento de La Voz del Infierno Verde que a la letra dice:

…”Yo vengo de donde el agua nunca se acaba. Yo vengo de los mosquitos y el pantanal y de la tierra abundante y del calor sofocante, donde hay cada morena, con su cuerpo escultural”.

En las calles de Villahermosa ya huele a  las noticias del día, seguramente sobre nuevas inundaciones, pero pocos saben que por estos rumbos de la bohemia ya unos están damnificados de cervezas y otros más de amor por aquella que se le fue…

* * *

Villahermosa es una ciudad que huele a café, siempre y cuando el más escéptico se lo proponga.

En cualquier esquina o plaza los cafés ofrecen sus especialidades durante kilométricas horas.

En algunos, el café es una delicia; en otros, por lo menos la fuerza de la cafeína nos quita el sueño o nos hace olvidar las penas acompañadas de un trozo de pan.

Los encontramos en sus múltiples presentaciones, es como mirar por televisión un juego de fútbol de Primera División y uno  más pero de Segunda.  Algo similar, al comparar estas diferencias, sucede con los cafés. 

Los de Abajo, parafraseando a Mariano Azuela, buscan refugiarse en los cafés del corazón de Villahermosa. Con 15 pesos se la pasan horas y horas platicando de política o de economía o leyendo prensa gratuita que aquí abunda.

Dicen que últimamente los cafés son el muro de las lamentaciones en la ciudad. Si alguno desea quejarse de la crisis, de su familia o de los gobernantes, sabe muy bien que ese sitio sólo está en el café.

-En mi casa difícilmente hablaría con tanta paz como en este café…

Sin embargo, hoy todos alzan sus voces y se confunden sus platicas. Es probable que lo hagan por aquellas palabras no pronunciadas cuando estos cafés los devoró el río Grijalva, en el 2007.

Un anciano, de los cientos que se apropian de los cafés en el Centro Histórico de Villahermosa, define a los cafés como el único templo del saber.  Lo dice cuando ha bebido 3 cafés americanos y ha leído cien kilogramos de papel.

-¿Qué lee?

-Las mentiras necesarias de todos los días. Pero que me gustan.

El anciano, de camisa y pantalón del mismo color, afirma que si algún día cierran los cafés de la ciudad es como si en ese momento le quitaran la vida. Así se sintió en las semanas que duró la inundación.

-Imagínese usted sin café. Yo me muero.

Es común ver cómo los adictos al café muestran cierta desesperanza cuando el mesero aún no se aparece con la taza y el café en la mano.  Si al mesero muchas veces el tiembla la mano qué se puede esperar de un tomador de café que durante 30 años ha vivido con la cafeína.

Curiosamente hoy que la ciudad luce otro rostro por la remodelación del Centro Histórico, sólo se escuchan canciones de cafés:

“Que nadie como tú me sabe hacer café /Tengo cafecito fresco a las seis y media de la mañana, tengo mucha ilusión de casarme y llevarte a conocer Caracas”.

Algunas mujeres que caminan con el rostro fresco y que disfrutan de la mirada de los cazadores furtivos, y de los chiflidos, repiten estas letras, lo mismo en la calle Juárez como en 5 de mayo.

Pero ahora que la tarde empieza a desdibujarse no podría concluir mejor con un librillo que venden y que nadie daría un peso por él. Es un poemario del colombiano Álvaro Mutis que en la contraportada nos incita, en vez de alejarnos, a tomar más café:

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales. Ahora, de repente, en mitad de la noche / ha regresado la lluvia sobre los cafetales / y entre el vocerío vegetal de las aguas /me llega la intacta materia de otros días / salvada del ajeno trabajo de los años.

Si los cafés de Los de Abajo se saturan, qué se puede esperar en los cafés de los niños y niñas bien. Aquí sólo se habla de banalidades, de los autos, de las chicas, de los chicos, de la escuela y de los viajes.

A diferencia de los cafés del pueblo con sillas rudimentarias, en estos el sofá conforta a los cafetólogos que piden un café mezclado con sabores más sofisticados.

Cuando uno está aquí recuerda el café de San Cristóbal, el del puerto de Veracruz y porqué no el de San Francisco, Campeche. Los añora porque allá el café se combina con el mar y con el colonialismo, y no sólo con el concreto del nuevo urbanismo.

-Sabor a vainilla, sí- Dice una adolescente imitando un poco a las actrices juveniles de Televisa, y luciendo sus nuevos brackets.

Los cafés suelen ser una alternativa para combatir al estrés, sin importar cuál se frecuente. Pero ninguno como el café que está en Méndez, después de Castillo. No sólo es la idea de llenarse de cafeína o de amor, sino el de ese instante para despedir la tarde y esperar el anochecer. Es como recordar la adolescencia y saber que existe, visto desde el segundo piso del café, algo a lo que llamamos cielo, sol y nubes…

 

(Texto publicado en el diario El Heraldo de Tabasco)

 

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Los capitanes también lloran

Los capitanes también lloran…

Crónica.

Kristian Antonio Cerino.

Cada golpe le fue quebrando el corazón, y por segundos, sintió que podría explotar…

El último segueteo lo toleró menos cuando alguien quiso retirar el timón arrancándolo sin piedad como Aquiles cuando le cercenaba la cabeza a un troyano. Intervino. Movió la cabeza de izquierda a derecha reprobando el crimen en contra del barco y asumió el control de la situación antes de escuchar un enésimo martilleo.

Prefirió hacerlo de mano propia y con un desarmador quitó el timón y lo abrazó fuertemente sin dejar de mirar el río. Lloró.  

-¿Por qué llora?

-Porque el barco era mi vida.

Por las mejillas de Enrique Fuentes Narváez, el capitán del barco Beuló, rodaron 5 mililitros de lágrimas amargas. Y se comió otros. Entonces, declamó para resarcir el dolor que en verdad sentía:

Navegando por el río, este barco siempre va. Y perdido entre la noche, allá por la oscuridad.

La brisa que por la proa pasa y pega en la derrota y así va por todo el barco hasta llegar a la popa.

La luna y las estrellas que brillan sobre las aguas son las que le dan el rumbo a aquel viejo capitán

Aquella mañana cuando el barco, Capitán Beuló, el antiguo Mensajero de la Salud, abandonó para siempre el río Grijalva, Fuentes no bajó de él. Se aferró y lo acompañó a su nueva casa: el museo interactivo Papagayo.

Le cantó durante el camino, mientras surcó no sobre el río Grijalva, sino por el asfalto de Villahermosa, esta ciudad que perdió el puerto y su tradición.  La entonó desde las alturas, desde la máquina que remolcó al Beuló. Llevaba 30 años perfeccionado una canción de su autoría y qué mejor que cantarla en el momento de su adiós:

A orilla del malecón, navegando por el río, se ve el capitán Beuló, oiga usted amigo. Si lo quiere usted mirar, vaya y véalo en el río, verá qué bonito va, navegando este navío.  

Amigo yo ya me voy, navegando por el río, en el capitán Beuló y con el cariño mío. Río abajo y río arriba, y es el capitán Beuló.

De noche en su recorrido, de noche de luna llena, con sus luces de colores, con todo su resplandor.

Amigo yo ya me voy…

-Me fui en el barco porque yo también era una reliquia-Así se definió. Esto que cuenta sucedió en el 2003.

A 6 años que el barco capitán Beuló aún es rehabilitado (y pronto será exhibido) en el museo Papagayo, todavía lo extraña y lo ve por las noches. Lo ve entre el río y como dice la canción de Manuel Pérez Merino: entre  la luna y  sobre el Grijalva.

-Esa embarcación se pudo haber arreglado.

-¿Y qué pasó?

-Sí se necesitaba (la rehabilitación) porque la forma en la que estaba hecha la embarcación, con todas esas soldaduras a la vista, se veía muy rústico. Pero se prefirió llevar al museo.

-¿Qué sintió cuando se llevaron al barco?

-Le voy a decir que también a mí me llevaron al museo. Iba encaramado. La mera verdad es que me llevaron ahí porque era parte de la historia del capitán Beuló.

El barco, aquel que maniobró el capitán Luis Beuló a petición del gobernador Carlos Alberto Madrazo, inició su agonía allá por el año 2002. Lo colocaron en una rampa y lo dejaron morir lentamente. Empezó a erosionarse. Fuentes lo único que recuerda fue la voz de un hombre que le notificó sobre el traslado de la embarcación. Y con una voz entrecortada éste alcanzó a decir:

-Si el barco se va, pues yo también.

-¿Nunca perdió el mando?

No. Y de hecho estuvieron filmando. Y hasta la fecha nadie me pasó el vídeo.

Dicho esto lloró y cantó porque recordó a cada uno de los tripulantes del Beuló que murieron y que lo fueron dejando solo, y ahora,  sin su barco.

-Ya habían cortado la parte de la cabina, pero les dije ¿saben qué? Aguántenme, voy a cantar la canción:

…Amigo yo ya me voy, navegando por el río, en el capitán Beuló y con el cariño mío…

* * *

Adiós señor de Tila, el año que viene vuelvo, si usted me lo permite, venirte a visitar  Enrique Fuentes Narváez, originario de Comalcalco pero con un alma Villahermosina, no sólo es capitán del Beuló II, el que reemplazó al antiguo Mensajero de la Salud y Beuló I, sino es un cantautor desconocido en el medio artístico.

Una vez escribió, después de regresar de Tila, Chiapas, una canción para el Señor de Tila. Así lo contó en la cabina del barco, con su trébol metálico, y de cuatro hojas al pecho, y con los pies descalzos:

“Con amigos de Las Gaviotas nos íbamos a Tila, Chiapas. Salíamos de aquí a las 9 de la noche a la vía, y después de las 2 de la mañana caminábamos sin parar. Dos noches y un día caminando hasta llegar a Tila, Chiapas. Y ya estando allá me dio por componer una canción”.

Nunca pensó que el adiós señor de Tila, el año que viene vuelvo, si usted me lo permite, venirte a visitar, sería todo un himno inmortalizado por Chico Ché.

Ahora que surca el Grijalva en otro barco pero con los mismos propósitos, el de promover turísticamente a la ciudad, la canta a todo pulmón porque se siente orgulloso de la letra, de su letra. Y para que no quede duda, muestra una copia del registro de la canción y unos recibos con las cantidades que cobró por concepto de regalías.

Fuentes nació el 28 de julio de 1951 en la comunidad de El Barranco. Nunca supo cómo fue o cómo era la vida allá en Comalcalco, cuna de la cultura maya… sólo recuerda que salió “muy chamaco” a probar suerte en la capital.

Su primer acercamiento con los barcos fue en la niñez. Lo dijo en estos días en que el barco Beuló esperaba a una serie de turistas amantes de las ciudades con ríos:

“Una vez mi tío (Carlos Narváez) se admiró porque yo era pequeño cuando hice con un pedazo de unicel una lanchita. Le escarbé, y con un motorcito, le pegué una laminita e hice una propela, y con una pila se la puse y la solté en el río y se fue. Lo vio mi tío  y ya se quedó admirado, que lo haya hecho sin tener nociones”.

Así lo intentó muchas veces entre la adolescencia y la juventud. Y lo logró pero cuando ya viajaba por todo Tabasco a través de ríos y embarcaciones:

“De ahí hice otro, pero ya estando en el capitán Beuló. A la proa le hice un quiebrecito  y se fue… y con el mismo quiebre fue dando vuelta. Lo hice de lámina y le puse hasta su lonita”.

-¿Ha comprado barquitos entre botellas?

-No. Le voy a decir que aquí yo me la paso toda la vida. El otro día me encontré un barquito camaronero de esos de madera, que ya lo estaban desechando y me lo traje para arreglarlo- Dijo el hombre delgado, un creyente de la suerte.  

Podríamos decir hoy que por las manos del capitán Fuentes pasan muchas historias con las fotografías que sostiene y que sacó de una gaveta muy cerquita del timón.

Se define como un hombre prudente y respetuoso cuando se le pregunta sobre posibles romances en el Beuló. ¿Hubo algún amor? Si yo supieras que no vas a escribir, te digo todo.

De su familia sólo bosqueja que su esposa es “una mujer muy celosa” y que a su hijo le gustaría continuar con su tradición en el nuevo Beuló.

De voz propia, el mismo Fuentes confiesa que por cantar, ninguna mujer está obligada a enamorarse de él.

“De hecho cada vez que vengo aquí les canto, me aceptan muy bien, las muchachas se toman la foto conmigo, y tengo que hablar bien aquí. Hay muchachas que me tiran el brazo y uno tiene que ser respetuoso”.

Lo que poco se sabe es que Fuentes pasó unos días de capitán a actor. Lo hizo actuando como extra en una película en donde participaron las actrices mexicanas Blanca Guerra y Ana Luisa Peluffo.

Se sintió soñado a lado de estas mujeres plagadas de sensualidad. Sin embargo, cuando él vio la película en una sala cinematográfica, esa escena, precisamente ésa, desapareció. Ese día sintió algo de tristeza.

“Sí, me dieron una parte (de participación como extra) pero por no ser sindicalizado, no salió”.

Y para evitar que su participación quedara eternamente en el anonimato, aprovechó esta plática para contarla:

“Salí en una parte, en el mercado vendiendo pescado.  Y desde ahí vi cómo se hacía una película, fue un gran día”.

De acuerdo con versiones cinematográficas, la película Orinoco se filmó en Tabasco en 1986. Era es un drama.

A la letra la sinopsis dice: “Unas vedettes viajan en barco por el (río) Orinoco para presentar un espectáculo en un campo petrolero”.

Así, el Grijalva por un momento, y lo que duró el rodaje de la cinta, fue el Orinoco, un río Sudamericano cerca del Amazonas, y que es considerado el más caudaloso del mundo.

-¿Y actuó entre tanta sensualidad?  

-Sí las conocí, estuvimos en el barco. Cuando terminaba la filmación ahí platicábamos en el Beuló…

…Y después al capitán bigotón lo gana una sonrisa llena de picardía…

 

* * *

El capitán Luis Beuló convenció al gobernador de Tabasco, Leandro Rovirosa, para que el barco, una vez que dejara de ser el Mensajero de la Salud, promoviera el turismo a través del río. A Don Leandro le agradó la propuesta y de paso consideró que la embarcación se llamara Beuló, como el apellido del capitán.

Revisando entre las páginas de la historia de Tabasco, el Mensajero de la Salud, salió del malecón en el gobierno de Carlos Alberto Madrazo.  La misión médica duraba 3 meses y a través de los ríos cubrían las necesidades básicas de la gente del medio rural.

El capitán Beuló, originario de Jonuta, Tabasco, “era una persona muy amable” y “un hombre tan acostumbrado a la oscuridad” al navegar por el Grijalva.

 -Veía palos a lo lejos a pesar de su edad.

El capitán alto, güero y de ojos azules, vivió muchos años en la colonia Municipal de Villahermosa y en 1978 contó con la mejor tripulación en el barco Beuló: Adrián Mayo Rocha, Alejo Notario, Facundo Saldaña, Narciso Gómez Martínez y Enrique Fuentes Narváez, el último en agregarse pero el más afortunado porque en 1978 le pidió a Luis Beuló darle una oportunidad para maniobrar el barco. Aquí lo cuenta: “una vez vi que al capitán ya le costaba trabajo atracar la embarcación, le pedí que si me daba chance, y me dijo, cómo no, ahí está la rueda. Enfilé el barco y quedó bien”.

Esta acción fue reprobada por los demás; porque ellos, a diferencia de Fuentes, se habían trepado al navío desde 1960.

“Y la tripulación pegó de brinco: oye Luis cómo es posible que al chelo le estés dando la rueda y acaba de entrar”.

Y el argumento se presentó en voz de Luis Beuló: “si él me la pidió es porque puede”. Con ese detalle, quedé como capitán.

-¿Y cómo supo de usted?

-Porque ya habíamos trabajado juntos y porque un día me vio pasando por aquí y me fueron a buscar.

Y fue así como le acercaron al “Chelito” Fuentes.

Un año después, en 1979, la noticia corrió con prontitud por toda la cubierta: murió el capitán Beuló. Cada uno de los tripulantes se reunió en el comedor y empezaron a recordar las enseñanzas que él les transmitió. Fuentes lloró amargamente.

-¿Y qué pasó a raíz de su muerte?

-De ahí tomo el mando directo de la embarcación. Y no lo tomó a gusto la tripulación porque era un simple ayudante de máquina.

-¿De qué murió?

-Ya de grande. El capitán por su edad se cansaba de estar parado para hacer la maniobra. Aquella vez le pedí chance, y así fue…  y uno se da cuenta cuando ya no se puede, pero lo sigue haciendo por amor.

A la muerte del capitán Luis Beuló le siguieron otras como la de Alejo Notario. Y en la medida que un  tripulante moría era una plaza más que se retiraba, así lo dispuso el gobierno.

Lo más dramático llegó una mañana de 1989. En el comedor se contaban anécdotas y chistes cuando se escuchó un golpe: Adrián Mayo Rocha, de unos 78 años, se cayó de la cubierta y se rompió la cabeza. Ese día, casi todos, pensaron en que con uno menos, la tripulación ya no sería la misma:

“El barco estaba atracado ahí, precisamente a la hora de la comida subíamos al bar y nos daban los refrescos. Él dijo, yo voy, subió pero pa su desgracia y al regresar como estaba lloviznando se le sobaron las manos del barandal, cayó sobre la cubierta que es de fierro. Lo llevaron a una clínica a la vuelta”.

Le llegaron los infartos y uno lo fulminó a unas cuantas cuadras del único lugar que lo hacía feliz, el embarcadero. Murió 2 meses después de la caída y transcendió porque Gladis Aguilar lo propagó en el malecón: Chelito, ya se nos fue “el marinero estrella”.

A Narciso, Facundo y Fuentes se les fueron quitando las ganas de platicar ante la ausencia de los otros.

* * *

En fotografías Villahermosa, la antigua san Juan Bautista, refleja bonanza.  De lejos se ve el cine Sheba y de cerca, el barco capitán Beuló; lo está varado en el malecón Carlos Alberto Madrazo.

Entre otras imágenes, de esas que se guardan como un tesoro, se avistan barcos grandes, medianos y pequeños de los que eran posibles ver entre los años de 1940  y todavía finales de 1970.

Dicen los que recuerdan que a la llegada de los barcos se podía escuchar, con claridad y repeticiones, cohetes, cantos y el gentío alborotado en espera de las novedades. Y llegaban de todas partes…

“En esta foto estaba el malecón limpiecito, porque había arboles en la sierra, ahora que no hay árboles no escurre agua, sino lodo. Eso lo sé porque yo aquí tengo 42 años.

-¿Añora el auténtico malecón?

Aquí tengo una foto en donde no hay ningún puente, todo se ve limpio. A esta hora (6 pm) era un movimiento terrible, los barcos que venían de Frontera y que traían lo mejor. Y también venían de Veracruz. Era una locura a orilla del río. Había música cuando iba el mensajero de la salud a Frontera. El mensajero tardaba una semana en cada municipio, y también subía a Palizada, Campeche.

-¿Es cierto que los hombres no deben llorar?

-Precisamente cuando todos iban muriendo (la tripulación) llegó el día el que bajé solito a comer a la bodega. Imagínese después de estar con todos, bajar a comer solito. Lloré, lloré por eso, porque todos se fueron. Y también cuando se llevaron el barco al museo, se termina todo.

-Ya diga la verdad, ¿cuándo sufrió algún percance andando en el Beuló?

Una vez el gobernador (en 1986) pudo haberse quedado varado, por falta de combustible. Pero Llegamos a tiempo.

 

* * *

El barco capitán Beuló I, el antiguo y que es rehabilitado en el museo interactivo Papagayo, en la periferia de la ciudad, ahora está pintado de blanco y rojo, ya no de blanco y azul. A 6 años de ser remolcado de orillas del Grijalva, en cuestión de días será exhibido al público.  El Beuló, éste, nunca más regresará al Grijalva y quizás esta es su última oportunidad de morir con decencia, entre niños que seguramente lo llenarán de gritos y se imaginarán de capitanes apoderándose del timón que una vez fue de Beuló y Fuentes.

Navegando por el río, este barco siempre va. Y perdido entre la noche, allá por la oscuridad… 

 

 

Crónica publicada en el diario El Heraldo de Tabasco hoy 10 de noviembre, justamente cuando cumplo 29 años de vida, y 10 en el periodismo.

 

http://www.oem.com.mx/elheraldodetabasco/notas/n1398089.htm

 

 

 

 

 

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El Laberinto (de la soledad)

Crónica

Kristian Antonio Cerino

El Laberinto, Tabasco.

En el Laberinto no saben cuánto llovió. Lo único que pueden decir es que el cielo lloró incesantemente y los dejó incomunicados.

Llovió el sábado y el domingo y continuó el lunes. Cuando miraron el río, éste había partido en 2 a la comunidad rural del municipio de Huimanguillo.

Unas familias permanecieron en lo alto de la montaña y otras más sobre entarimados improvisados y con el agua a las rodillas.  No todos pudieron abandonar la zona.

-Se nos llenó de agua. El río Pedregal se salió y nos puso a temblar- Dijo Marco Morales, un campesino de la comunidad.

Cuando el Pedregal cada año abandona su cauce, el Laberinto, con unos 500 habitantes, es un caos. Desaparecen, arrastrados por la fuerza del río, borregos, gallinas y vacas.

-Ahora se me ahogaron 10 vacas y más de 20 borregos.

El Laberinto, con el desbordamiento del río y la lluvia que aparece por ratos, es una auténtica soledad. Algunos están refugiados en otras tierras y los pocos que permanecen aquí no piden comida, sino una lancha para ir por el resto de las familias que quedaron del otro lado del río.

-Nos tienen abandonados, como ya pasó la elección, ahora ya se olvidaron de nosotros- Así se lamentó Javier Reyes, un hombre que vive en el Laberinto desde hace 40 años.

El Laberinto está rodeado de montañas, de caminos enlodados y de cientos de arboles de eucalipto. Viven de la ganadería y de las aves que crían en sus patios.

Esta semana el agua inundó la única escuela y redujo a la nada una colección de libros que los niños leían de lunes a viernes.

-Los niños están tristes porque ningún libro se salvó- Gritó una mujer entre un potrero.

Algo similar sucedió pero entre cultivos en un sitio al que todos le llaman el Milagro.

Al Laberinto como a El Milagro, comunidades tabasqueñas colindantes con Veracruz, se llega rondado por un camino repleto de piedras y lodo y entre una serie de puentes destrozados por el desbordamiento de ríos y lagunas.

En El Milagro todo pasó, menos el milagro de Dios. El río salió de su cauce como un perro furioso y devastó 110 hectáreas de limón.

-El limón estaba floreando y ahora ya no hay nada-Explicó un agricultor.

De los 60 empleados que laboran en la finca, sólo 10 se presentaron a laborar; el resto, se quedó en sus casas porque casi toda la franja se inundó.

Huimanguillo y Cárdenas, municipios de Tabasco, son localidades productoras de caña, limón, piña, maíz y hule.

Aún no cuantifican las pérdidas económicas, pero los campesinos a ojos de buen cubero dicen que ahora el agua: “sí les dio en la torre”.

Ni en Paso del Rosario, el rosario que hizo toda la noche María López evitó que el río arrastrara su casa hecha de madera y de palma.

En esta comunidad de campesinos, el río los juntó a todos en los pocos espacios que quedaron desérticos. Así, en medio del frío y preocupados porque el agua sepultó otra vez sus sueños de crecer económicamente, dijeron que ya se acercan los tiempos difíciles.

-¿Es una prueba de Dios?

-Ya se acerca la hora- Finalizó una viejita que aún extraña sus “pollitos” que el agua se llevó…

 

(Publicado en el diario Milenio)

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Bienvenidas las almas al estilo Pomuch

Crónica

Kristian Antonio Cerino

Pomuch, Campeche.

Las puertas del cementerio están abiertas. No se ve a simple vista un letrero que diga: Bienvenidos a Pomuch, “ahí donde se tuestan los sapos”.

El acceso principal es un portón desgastado que hace un ruido macabro cada vez que lo azota el viento… Un poco de aceite lo aliviaría.

A esta hora en la que el sol nace en el sur y los perros han cerrado el hocico después de ladrar por las calles del pueblo, aún nadie camina por los estrechos pasillos del panteón.

A simple viste sorprende que los cráneos y fémures estén a la intemperie y que a cada paso en el camposanto, los restos humanos cobren matices distintos. Así es Pomuch, con sus 8 mil habitantes, y no como lo pintan.

A Pomuch, comunidad campechana y maya del municipio de Hecelchakán, se llega rodando por toda la costa. Lo primero que ven los peregrinos en el Camino Real, así se le conoce por su historia prehispánica y colonial, son lagunas, playas, vestigios arqueológicos y miles de casas construidas con piedras y palmas. Podríamos decir con facilidad que el colonialismo de Campeche, lugar de serpientes y garrapatas en lengua maya, viste a la ciudad y a cada una de sus comunidades.

Al caminar por los pasillos del panteón es difícil  creer que en otros lugares los hombres y las mujeres le teman a la muerte. Aquí esos miedos sobran. Aquí la convivencia entre vivos y muertos es pura camaradería.

Cuando alguien sugirió: vayan a Pomuch porque ahí su gente limpia los huesos de sus muertos, los que escucharon concluyeron en que eso sólo sucedía en las películas de terror y producidas por los americanos.

¿Quién no recuerda aquellas producciones cinematográficas en donde los huesos de los asesinados eran guardados en sótanos, cajuelas de autos o entre jardines?

En Pomuch, pueblo de piedras, dulce de coco y panes elaborados desde 1890, la realidad supera por mucho a la ficción expuesta en el cine.

El cementerio de los pomucheños es un ícono entre las comunidades de origen maya. Otros puntos han perdido la lengua madre y esta costumbre de venerar a sus muertos. No así Pomuch, el pueblo que celebra a la virgen de la Concepción, a 50 kilómetros de Campeche, la ciudad amurallada y repleta de cañones.

En el rústico pueblo no saben del poema Qué costumbre tan salvaje, escrito por Jaime Sabines, pero lo honran.

Sabines, el chiapaneco, escribió que sepultar a los muertos es un acto de salvajismo y se ríe de las veladoras y de las coronas que colocan los vivos sobre el difunto: ¿para qué lo enterraron? ¿Por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte?

Lejos del urbanismo que sepulta sus tradiciones, en el corazón de Pomuch se cumple el precepto del maestro Sabines: Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

Los cadáveres en Pomuch no se ponen en pie; es probable que su “alma” y su “espíritu”, sí, como lo creen sus pobladores que les compran flores y veladoras para apapacharlos en estos días.

Algo sucede en este pueblo cuyo reloj dejó de caminar,  porque los muertos son más importantes que los vivos y de ahí que los mantengan limpios y los guarden en osarios de madera y los cubran con un mantel especial que ellos mismos bordan a mano.

Nadie lo creería pero entre la ventisca y las piedras,  los muertos vuelven a la vida y los vivos levantan sus cráneos, tórax, pelvis y fémures en el acto más natural entre los que aún respiran y los que se reducen a polvo en cada brochazo.

Manuel Canché está ansioso por venerar a su padre en el panteón. Lo hará cuando cierre su local en el mercado de Pomuch.

A sus 70 años, nunca ha olvidado la tradición de limpiar los huesos de su abuelo y de su padre, José Domingo, entre los días 26 y 31 de octubre. No hacerlo sería como un desprecio a sus muertos que en vida les dieron “todo”.

Jura que cuando los muertos eran depositados en una cabaña porque no había camposanto, “un día sin querer”, y por motivos extraños, esta choza se incendió…

-Todos se quemaron.

Lo que sabe Canché, y que le narraron sus abuelos y padre, es que el panteón de Pomuch en un principio era muy pequeño, y después se redujo a nada con tantos muertos; las epidemias sacaron a muchos de sus casas y los arrinconaron en las bóvedas.

Ni los propios Pomucheños saben explicar cómo comenzó la tradición de limpiar las osamentas y los restos humanos de sus familiares. El rito es una mezcla entre la cultura maya y el cristianismo. Se acercan a la muerte como lo hicieron sus ancestros y oraron como les enseñaron los conquistadores españoles a través del cristianismo.

Cuánto razón tenía Octavio Paz cuando escribió su libro de ensayos El Laberinto de la Soledad. Al bosquejar la muerte dice: “para los cristianos la muerte es un tránsito, un salto moral entre dos vidas, la temporal y la ultraterrena; para los aztecas, la manera más honda de participar en la continua regeneración de los fuerzas creadoras, siempre en peligro de extinguirse si no se les provee de sangre, alimento sagrado”. Lo mismo ocurre entre los Pomucheños. La muerte y la vida es la unión, es el orgasmo compartido, es el grito colegiado. Y no están pensando en abandonarse y sepultar esta manera de expresarse cariño.

Canché, un hombre bilingüe, pide no temer por la forma en que “ellos” abrazan a sus muertos y lamenta que algunos simplemente los olviden.

-Así lo aprendimos. Así lo harán con nosotros.

Si un punto no entendemos sobre el estilo de vida de los pomucheños es ¿cómo saber en qué momento un cadáver que es sepultado bajo piedra (digámoslo así en Campeche) está obligado a ceder este sitio e ir, ya en piezas, a otro?

De acuerdo con las crónicas históricas, el cuerpo de los pomucheños durará bajo piedra entre 3 y 4 años. Cuando se cumpla el periodo y más si el panteón requiere de nuevos espacios por los que van muriendo, el cuerpo del hombre o de la mujer son exhumados. Abren el ataúd, dejan que el o los cadáveres se oreen sobre las bóvedas y cuando el olor se lo ha llevado el viento, entonces es ahí cuando sus familiares, pieza por pieza, lo introducen en una caja de madera y lo llevan a una cripta en donde compartirá morada con otros conocidos o desconocidos.

-Se ponen al sol hasta que se sequen.

-¿Y no se mueren de insolación?

-No, se mueren de tristeza cuando nadie se acuerda de ellos.

 

* * *

A las 9 de la mañana aparece la  primera familia. Cargan flores y veladoras sin olvidar lo más importante para la ocasión: un mantel limpio, una brocha y gran voluntad para desempolvar a sus muertos.

Pomuch es un pueblo colmado de triciclos. Los hombres pedalean y las mujeres llevan en sus manos las compras. Se ven por los caminos del sur y del norte en esta comunidad que desde la carretera que une a Campeche con Yucatán, no se sabe nada de ella a no ser por un letrero que dice Pomuch. La mayoría lo ignora.

Y es precisamente en triciclo como llega Félix y María, un matrimonio que por años han limpiado los restos de sus padres, hermanos e hijos.

Se comunican en maya, lo más íntimo, y usan el español para explicar el porqué apapachar a sus muertos limpiándolos, dándoles agua y rezándoles por sus almas.

Félix Cohuó limpia con una brocha el cráneo de su madre y el de su hermano, Alfonso, que murió a los 18 años.

Su madre, explica el pomucheño, falleció hace 30 años y sus huesos todavía se ven en buenas condiciones.

-¿Todavía se conserva?

-Ya lo están viendo. Mire sus dientes, qué firme, pero hoy ya no duran- Dice el hombre moreno, cortés como el campechano rural y luciendo la  guayabera rimbombante.

-¿Es una herencia?

-Ahhh, claro, la heredamos de nuestros papas.

-Y después ¿le van a venir a limpiar a usted?

-Ah bueno, si mis hijas y mis hijos me quieren, sí.

Entre preguntas y respuestas Félix, con 78 años a cuesta, no deja de mover las manos porque no vaya a ser que llueva y deje abandonado el rito.

Cuando sacude las piezas con respeto, éstas crujen en la medida en que son depositadas en el osario de madera y entre un mantel recién bordado con los nombres de cada uno de los difuntos.

-Este hueso está duro-Interrumpe- Era de mi mamá, se murió en 1981, y mire usted cómo está.

Con un mantel sucio, el que se colocó el año pasado y que ahora será sustituido por uno nuevo, limpia el hueso de la mano de su madre María Cam:

-Mire este hueso es de su mano, aquí se le ve la fractura que sufrió un día, eso nos dijo.

Félix y su esposa, acompañados de su nieta, cambian hoy 7 manteles de 7 familiares que empezaron a morir desde hace  30 años.

De cerca se observan los cráneos expuestos como una galería fotográfica. Ya lo dijo el poeta: Dime cómo mueres y te diré quién eres. Los rostros de los muertos de Pomuch están gozosos, y quién no podría estarlo si aquí los resucitan con cantos y oraciones y comida. Creo que ahí podríamos concluir que estos cráneos lucen vigorosos y bien peinados porque se les quiere al grado de bañarlos a brochazos y llenarnos de besos a cada instante.

Y es quizás que al caminar por las calles angostas del panteón de Pomuch, una frase rotulada en las criptas sea las que más llame la atención:

Señor, consérvalo en tu gloria, como nosotros lo conservamos en nuestro corazón.

Los manteles con los que envuelven los huesos son bordados con punto de cruz. Son toda una obra de arte porque no se bordan a las carreras, sino con tiempo y “despacito” para que la ofrenda tenga validez.

Aquel que dijo que “la muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida” y que “hay que morir como se vive”, seguramente pensó en Pomuch. 

Los ángeles, las palomas, las cruces, las flores y los colores, son la más alta reverencia que los vivos hacen de sus muertos con paños, letreros, manteles y con sus oraciones.

Así como los primeros en presentarse en el camposanto, hoy otros ya están cruzando el portón macabro de Pomuch y librando los más de 400 perros que deambulan por estas calles, para no sólo limpiar los restos, sino el de platicar con sus muertos. Sí, el decirles cuánto los extrañaron durante el año:  

-¡Ya estoy aquí papá!

-¡Me extrañaste mamá!

-Cómo no te voy a querer…

 

*      * *

History Channel dedicó hace algunos años 8 minutos para mostrarle al mundo el estilo de vida de los Pomucheños a través del rito que practican con sus muertos.

En el vídeo está registrada la fachada del panteón de Pomuch: respeto y silencio. Hoy el respeto y silencio rotulado ha sido sepultado con cemento blanco con el propósito de pintar toda la barda, un muro que por cierto lo podría saltar un atleta o un ladrón perseguido por la policía.

Socorro Rodríguez Ruiz, historiadora de Culturas Populares de Campeche, le dice a los enviados del Canal de la Historia que su comunidad es la única “con esencia cultural”.

Sentada y portando una bata campechana, señala que limpiar los huesos de sus muertos equivale a “purificarlos”.

A la letra y con su voz en el documental, reseña:

La muerte para los mayas es que estos van a regresar a consumir lo que se les ofrezca; son elementos de identidad

Martha Aurora Caamal, mujer pomucheña, explica que sacudir el polvo de los muertos es como pintar las casas:

“Hacemos rezos para todos, primero para los chicos y después para los grandes. Esta creencia nos las heredaron los mayas, los mayas que restauraban a sus muertos y los conservaban por muchos años”.

Ambas, entrevistadas por los enviados, coinciden en que la comunicación entre vivos y muertos “existe” y que el “muerto es un eslabón más de la generación”.

El osario, a decir de la amantes de la tradición, es el espacio de intimidad, en un espacio de comunicación.

“Se establece una comunicación directa a través de sus restos, se le habla como si estuvieran vivos, se le cuestiona, se le baña y se le depositan ofrendas, agua, veladora y se le pinta su casa”.

Sucede algo curioso en Pomuch, así como pintan las fachadas de sus casas así pintan las bóvedas llenísimas de cráneos y fémures.

En otro video difundido a través de la red electrónica, el  Centro de Iniciación Artística de Campeche, aclara que los manteles nuevos, con los que se envuelven los restos, “es parte de la purificación”. Sin ropa nueva, los espíritus simplemente no llegan y se hacen del rogar.

A todo el ritual de los Pomucheños, incluyendo el canto de “Salgan ánimas de pena, que el rosario santo rompa sus cadenas”, lo han llamado: “Los santos restos”, mismos que deben venerarse como a los santos de las iglesias.

 

* * *

Antes de abandonar Pomuch se hizo necesario preguntar cuál sería el menú para sus muertos, o qué prefieren comer en medio de tanto agasajo y entre tantos huesos: ¿Carne con hueso?

Unos dicen que Pibipollo, otros dicen que relleno negro y unos más que los muertos prefieren puchero de gallina. Al menos en eso pensó cuando le dije “comida” a Miguel Coox, un maestro y abarrotero del pueblo.

A medio día en Pomuch la gente correo como loca, uno piensa en que los muertos han salido del panteón y están bailando con Michael Jackson, pero no…

Los que corren van por 2 objetivos: por el pan de Pomuch y por los dulces de coco y granulado que hace la señora María Candelaria López.

Si para algunos ensayistas y escritores mexicanos “la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios”, en Pomuch,  “en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes más favoritos y su amor más permanente”.

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A 30 años de la explosión…

BENITO JUÁREZ, Huimanguillo, Tabasco.

 

Azarías Gómez González.

 

Treinta y un años han transcurrido y los sobrevivientes de esta comunidad no olvidan la pesadilla vivida el miércoles primero de noviembre  de 1978, a las 10:30 de la noche, cuando un ducto de gas de 24 pulgadas, arrasó con la pequeña población.

Localizada en el kilómetro 65 de la cartera Cárdenas – Coatzacoalcos, el lugar de la tragedia es más conocido como el Crucero Sánchez Magallanes, porque por ahí se llega a la villa. Se trata de un pequeño caserío que entonces lo componía no más una docena de viviendas, muy concurrido en esos años porque además de contar con tres cantinas y un par de tiendas se vivía el auge petrolero.

Los pobladores de Benito Juárez, se preparaban por la noche del día primero, para continuar con las festividades  del día de los Fieles Difuntos. De ambos lados de la carretera se cocían en tinas los tamales. Eran las 10: 30 de la noche cuando un fuerte aguacero  cayó de imprevisto como presagiando la tragedia.

Ya casi para las once de la noche un estallido se escuchó a varios kilómetros a la redonda,  y en no más de cinco minutos el gas se expandió hasta encontrar fuego y prender el caserío.

Del corredor Ciudad Pemex- México, las cuatro líneas de tuberías de 8,12, 24 y 36 pulgadas de diámetro, entonces conductoras de gas, cruzaban en medio del pequeño poblado cuyos moradores en buena parte ya dormían. A los que vivían a escasos cincuenta metros nos les dio tiempo siquiera de levantarse por lo que fueron reducidos a cenizas. Del número de víctimas los sobrevivientes no se ponen de acuerdo, pero la cifra conocida en los recientes días de la tragedia fue de 54 muertos,  entre niños y adultos, pero los vecinos del lugar que presenciaron la desgracia revelan que  la cifra de fallecidos fluctúa entre 46 y 47, y en menor cantidad la de heridos que surcaron popales, potreros y arroyos  en su afán por salvar su vida.

Y a 31 años de distancia, los veneros del diablo están presentes en la secuela de hombres, mujeres y niños que vivieron la pesadilla del Día de Todos los Santos. Aroldo Velásquez Ramírez, uno de los sobrevivientes de la tragedia,  quien junto con la mayor parte de su familia se salvó, no así su niña Areli de  un año ocho meses, junto con su señora Mirma Rodríguez Moha, narran que la pesadilla del primero de noviembre  fue su fracaso, dejaron prácticamente de trabajar en el campo, les han seguido las enfermedades, y los traumas están presentes en sus hijos, y lo peor,  es que las heridas por las quemaduras no cicatrizaron “y ahora vuelven a aflorar”, afirma, mientras sube camisa para mostrar su espalda con las marcas del fuego.     

Internados desde el día del siniestro en el hospital general de Petróleos Mexicanos, en Minatitlán, Veracruz, toda la familia fue abandonada por la empresa que se negó en todo momento a ser pensionados o a ser indemnizados.

 Ahora las heridas por las quemaduras vuelven a revivir, y las medicinas son caras  y no hay de donde echar mano, señala Mirma Rodríguez Moha, quien muestra las secuelas del fuego, al igual que sus hijos: Rebeca, Gladis, Lemuel, Graciela, y Ofelia.

Una de sus hijas no quedó bien, porque cuando se generó el incendio cayó junto con ella sobre la carretera llevando el golpe en la cabeza. Aroldo, el jefe de la familia, se dedicaba al comercio en la comunidad, en esos días acababa de tramitar un crédito de 30 mil pesos con banca Serfin, pero el día de la tragedia perdió su cartera, y con ella su dinero, por lo que quedó endeudado con la institución crediticia.

Asegura que Petróleos Mexicanos no quiso responder por esa pérdida, y mucho menos accedió a que fueran pensionados de por vida, a pesar de que la tragedia los marcó para siempre, y los llevó a la ruina.

Agrega que ante la desgracia y la ruina económica, se halló obligado a vender  su parcela de 25 hectáreas que era el patrimonio de su familia.

 “Esa noche  se escuchó como un rayo. La tierra quedó templando, el humo iba en lo alto, era gas que con el aguacero hizo que una parte no cayera cerca del fuego”, relata Mirna,  la mujer que esa noche  junto con sus hijos cruzó acahuales  y popales en su desesperada huida.

 En este poblado del que,  dice Aroldo, el alcohol había hecho que se corrompiera, murieron padres, hijos, abuelos, suegros, eran en su gran  mayoría familias enteras. La mayoría murieron.

“El ruido era ensordecedor, a un kilómetro se sentía el calor, se iluminó todo a 15 kilómetros a la redonda, y se pensó  que se trataba de un avión que volaba bajo”, asegura José Guadalupe García de la comunidad de Las Piedras, distante a menos de un kilómetro del lugar del siniestro.

Hace 31 años las comunidades rurales de esta región de la costa   carecían de luz eléctrica, sin embargo, las llamas iluminaron comunidades distantes a varios kilómetros del lugar de la catástrofe. A esa distancia por entre cañadas y acahuales la luz penetraba. Las aves de corral buscaban refugio semejando la entrada de la noche, mientras que el ganado en los corrales mugía. 

Cuadro patético se presencio el día dos por la mañana, cuando la luz del sol alumbró al Crucero de Magallanes. Una mujer en su desesperación por liberarse de las llamas, el cuerpo de ella, junto con los de sus pequeños hijos quedó calcinado  en forma de  estatua. Y así, la mayoría de los que fallecieron  fueron reducidos al mínimo y en algunos casos la temperatura solo dejó cenizas.

El jueves dos de noviembre a Benito Juárez, arribaron el director de Petróleos Mexicanos, Jorge Díaz Serrano; el gobernador del estado, Leandro Rovirosa Wade, y la esposa del presidente de la república José López Portillo, Carmen Romano de López Portillo, mientras que en la ermita La Resurrección, se resguardaban decenas de cadáveres para su identificación, porque la Iglesia Presbiteriana Nueva Jerusalén cayó bajo las llamas.

Hoy, los habitantes de Benito Juárez, Huimanguillo, cosen sus tamales para los Fieles Difuntos, cada quien en sus hogares, pero lejos de los veneros del diablo que a más de 50 años de construido el gasoducto Ciudad Pemex- México, la paraestatal sigue sin dar mantenimiento y representando una amenaza latente para la población.

Para los habitantes y familiares de los muertos de Benito Juárez, Huimanguillo, hoy la frase del poema La Suave Patria, del poeta zacatecano Ramón López Velarde “el petróleo es un regalo que nos dio el Diablo”, sigue firme.

 

(Publicado en el diario El Heraldo de Tabasco)     

     

 

 

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Los muertos salen de la tierra en Pomuch por el amor de sus seres queridos

Kristian Cerino

Pomuch (México), 1 nov (EFE).- Los muertos de la comunidad maya de Pomuch, en el sudeste mexicano, regresan cada año al mundo de los vivos gracias a una tradición extraña y de origen confuso por la que sus seres queridos los desentierran, limpian y miman con distintas ofrendas para mostrarles su amor y veneración.

En una insospechada vuelta de tuerca a la ya de por sí peculiar relación de los mexicanos con el más allá, esta población de 8.000 habitantes ubicada en el estado de Campeche esperaba esta semana con ilusión la llegada de la festividad del Día de Muertos, que en México se celebra los días 1 y 2 de noviembre.

“Si no lo hacemos es como olvidarnos de los nuestros, como que no existen”, afirmó a Efe Manuel Canché, un anciano de 70 años, que defiende el ritual como una muestra de amor sincero hacia sus familiares fallecidos.

Canché recuerda cómo desde niño su padre lo llevaba al cementerio para desempolvar y sacar brillo con brochas y paños a los cráneos, fémures y clavículas de sus abuelos.

Una vez aseados, los huesos son depositados en osarios o cajas de madera que ellos mismos elaboran y cuyo contenido exponen con orgullo en los distintos recovecos del cementerio de esta comunidad tropical, ubicada a 45 kilómetros al noreste de Campeche capital.

Para exhumar los cadáveres, los pobladores de Pomuch, además de guardar luto, deben esperar a que pasen tres años del fallecimiento de sus parientes. Cumplida esa condición los orean a cielo abierto -en ocasiones después de desollarlos- y los guardan en las urnas.

Las labores de aseo, que se realizan a diario del día 26 al 31 de octubre, comienzan con el lavado de las criptas y las cajas que contienen las osamentas, seguido del recambio del mantel que envuelve los restos, cuando estos ya han sido desenterrados en años anteriores. La tela suele llevar bordado el nombre del difunto.

Después de pulir los huesos y devolverlos a su lugar, los visitantes se preparan para compartir con sus muertos las ofrendas que les han llevado, los tradicionales tamales y el pibipollo (mezcla de distintos tipos de carne de ave de corral envueltos en tortilla).

“El mantel viejo se tira y con el nuevo se cubren otra vez; ya estando ahí, se les reza a los que ya se fueron”, explica María Candelaria López, una mujer que prepara dulce de coco como negocio… y para sus muertos. “Ellos también los comen”, sentencia.

Más que en ningún otro cementerio, en el de Pomuch, palabra maya que significa “lugar donde se tuestan los sapos”, se respira profundamente la muerte, aunque el hedor no es tan fuerte como uno podría imaginar pues muchas exhumaciones se llevan a cabo en distintos días del año y no solamente en estas fechas.

El origen de la tradición es incierto. De acuerdo con los ancianos, comenzó hace décadas, en una ocasión en que el panteón se saturó con los muertos causados por una epidemia.

Otros creen que se trata de una muestra más de sincretismo entre el cristianismo y la civilización maya, que se desarrolló en el sudeste de México y parte de Centroamérica del 2.000 antes de Cristo al siglo XV.

En todo caso, hoy la exhumación de los cuerpos y su posterior colocación en urnas ofrece más espacio a los que están por morir. Un espacio cada vez más escaso por la saturación del camposanto.

Jorge Coox Wicap, de 78 años, limpia los restos de su padre, madre y hermano, acompañado de su esposa y su nieta.

“Mi madre Eleuteria murió a los 104 años y desde hace muchos años vengo a cuidarla y a limpiarla. Mire usted, los huesos de mi madre se están desgastando pero aquí se ve la fractura de su brazo”, dice emocionado Coox Wicap, mientras muestra la osamenta de su progenitora, que ordena con paciente cariño.

Para él este acercamiento con la muerte es natural en Pomuch, un colorido pueblo colonial que fue una importante enclave comercial a mediados del siglo XX por el paso del tren pero que hoy prácticamente permanece aislado. “No nos da miedo, es nuestra tradición. Aquí nadie olvida a sus muertos”, afirma.

“Aquel que no cuida a sus muertos, que no los envuelve en manteles nuevos y limpios, no es pomuchense”, considera María Escamilla en maya. Su nieta la traduce al español.

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