El san Cristóbal
Kristian Antonio Cerino / Juan de Jesús López.
Palizada, Campeche.
El barco San Cristóbal está por zarpar. Un cuarto de hora antes de las ocho de la mañana se anuncia su partida: algunos pasajeros ya están acomodados en los asientos de la embarcación mientras que otros se despiden o compran comida en el muelle. Es el último navío de carga que recorre el río Palizada, un brazo portentoso del Usumacinta, rumbo a Ciudad del Carmen. El San Cristóbal es único y es el último de una tradición de agua dulce.
Para el viaje los pasajeros se avituallan con panuchos, papas fritas, agua purificada, galletas, queso, jamón y refrescos pensando en las cinco o siete horas de travesía. Los que no, los hombres viejos, se aguantan las horas mirando el horizonte como si fuera la primera vez que lo contemplan.
En la “Ciudad de Palos” muchos recuerdan cuando el mercado permanecía abierto las 24 horas. “La gente podía llegar a cualquier hora de la madrugada y siempre encontraba locales abiertos” relata un hombre de sombrero y guayabera que sube las escalinatas de la embarcación acompañado de un sol tímido y nubes enérgicas que amenazan con desbordarse.
“¡Apúrense, estamos por salir!”, grita el marinero que compite con el ruido de los motores y suelta las cuerdas que sujetan al barco del muelle.
El San Cristóbal no espera a nadie después de las ocho. Y en punto zarpamos rumbo a Ciudad del Carmen, pero antes, pasamos por la comunidad de El Porvenir, y en sucesión, Las Bodegas, San Eduardo, El Corcho, Puerto Arturo, Canales, El Santo, Boca Chica y El Carmen. Navega desde hace 9 años por este cauce y todo parece indicar que será el último de una dinastía que se remonta hasta el siglo XV111 pues sus motores de origen inglés se escuchan enfermos, como muchos de sus pasajeros.
Antes, los últimos barcos de madera como el María Cristina y el María Candelaria surcaron este mismo afluente, un poco más atrás lo hizo el vapor El Carmen. De lejos, todavía se alcanza a ver la cara encabronada de las personas que no llegaron a tiempo al atracadero. Los de arriba, nos disponemos a disfrutar lo mejor que se pueda la travesía.
Don Felipe López Hernández, un hombre joven y desdentado, viaja en barco a la isla desde que tiene memoria. Va con su esposa y sus hijas Esmeralda y Beatriz. Beatriz tiene tres meses de nacida y su carita anémica se pierde entre la chambrita amarilla y el gorro blanco.
-¿Van lejos?
-Algo, hasta El Porvenir, a tres horas –dice-. Abraza a su hija mayor que se esconde penosa en el costado de su madre cuando recibe elogios por su vestido floreado, las calcetas rosadas y los zapatos negros. Su padre asegura que cumplió 11 años pero Beatriz es delgada y a simple vista parece menor de siete. La señora sólo se ríe, nunca dice nada, se entretiene ofreciendo un seno flácido y macilento a la nena.
A las nueve de la mañana el viento se deja sentir frío en la cubierta del barco donde están las mesas y los asientos resguardados por una lona de azul avejentado. A los costados cuelgan balsas rústicas y apolilladas para la emergencia. Bajo cubierta, el camarote está vacío porque la gente prefiere contemplar el paisaje y platicar entre ellos, sin descuidar sus bultos de hojas de plátano y cajas de frutas, porque son la esperanza de un poco de dinero.
Todo pasa por aquí, escribió el poeta Sabines. Todo pasa: alegría y dolor, cuerdas de leña, ropa tendidas en alambre de púa, niños en clases, plátanos que maduran en los racimos, palos y abundante basura que se arrincona en los meandros.
Pocos son los que se muestran indispuestos a la plática. Doña Carmen Pérez, anciana de 73 años, mira el reloj constantemente. Su urgencia no es por la ansiedad del viaje, lo hace porque no visita con frecuencia la Isla.
“Una vieja a mi edad ya no sale tan seguido. Una está condenada a soportar la vejez y a recibir los achaques del corazón y las reumas en la casa”.
De pelo cano y lunar en el ojo izquierdo, Carmen Pérez se duerme en una silla cercana a un hombre que está en contra de la globalización pero lleva en la cabeza una gorra que ostenta la palabra “Army”.
Todos confían en llegar alrededor de la una de tarde, pero este escenario de agua y verde siempre será inédito para “la mala hora” que atinó, varias horas más delante en el viaje, en uno de los motores que tronó sin más.
En Tila, el capitán Carlos Palmer Cruz detiene el navío por primera ocasión. Suben dos hombres y dos mujeres que desde tierra ayudaron con los cabillos para amarrar el barco. Cargan dos pavos, cajas de frutas, brazas de leña, hoja de plátano para tamales, y un cerdo de unos 250 kilos que se estorba el solo. Subirlo tomó varios minutos y se necesitaron cuatro hombres en tierra y dos en cubierta.
Antes de retomar el rumbo, los perros se alborotan, ladran y siguen el curso del barco. En cubierta un hombre fuma sus cigarros “Alas”, una mujer taciturna que se llama Morbila del Carmen habla a cucharadas. “¿Vienen de Tabasco, ya te hicieron preguntas?”, murmura a otra en el momento que aparece la lluvia. “Dicen que están escribiendo sobre el San Cristóbal”.
Como en cualquier carretera, a lo largo del río se ven las pequeñas casitas con 10 veladoras entre encendidas y apagadas dedicadas a los que, quizá, murieron en sus intestinos de agua.
El ruido de los motores en popa es intolerable pero familiar para el maquinista Armaldo Molina Rivero quien lleva tres años escuchándolos. Quién sabe cómo escucha con los tapones rojos en los oídos pero platica que antes de llegar a la embarcación fue mecánico. Y aprovecha para protestar en un tono a medio camino del choco y el campechano.
“Me siento bien aquí como se siente la gente cuando trabaja en lo suyo, pero me gustaría que el Ayuntamiento de Palizada nos aumente el salario porque, lo que es el de ahora, es una burla ¡Imagínate que yo gano cien pesos diarios y el capitán 130 pesos!
-El viaje va bien ¿no?
-Eso parece pero los motores están fallando por falta de mantenimiento.
Avanzamos nueve nudos (siete kilómetros) por hora. El San Cristóbal tiene capacidad para 200 pasajeros y unas sesenta toneladas de carga. Sus dos motores viejos consumen setenta litros de diesel por hora. Antes iba y venía el mismo día. Ahora, un día parte a Ciudad del Carmen y regresa al siguiente a su puerto de origen.
-¿Qué es lo más extraño que ha visto en el barco?
-Unas cubanas.
El maquinista guarda silencio por unos segundos y mira hacia los motores. Y luego agrega: “Venían a bailar seguido pero no volvieron desde hace dos años, nunca supimos qué se hicieron”.
Otra maniobra. Llegamos a Las Bodegas, comunidad de cinco casas en la margen derecha a la que el barco se arrima, despacio. En lo que suben y bajan, en lo que intercambia o compran, aprovechamos para acercarnos a otros pasajeros.
Kristian: ¿Qué te dijo?
Juan: Nada, es muy cortante para platicar.
La chica subió en Palizada, es la única del barco, morena, diminuta, de cadera turgente y cabello lacio recogido en un pequeño hongo. Cambiamos de estrategia para saber más sobre ella.
Kristian: ¿Qué le pregunto?
Juan: En qué piensa cuando mira el río.
A las diez de la mañana, a la altura de la comunidad de Las Bodegas cayó la lluvia con su típico tono gris, y los de la tripulación se apresuraron a soltar los toldos para protegernos, incluso el fotógrafo participa en la tarea porque el imprevisto no dio tiempo a nada. Se agregaron cajas de guineo, calabaza, mango, pavos. Un poco después cuando cesó el sonido ronco de los motores y el barco se detuvo y fue orillado. Sólo los reporteros nos preocupamos porque desde la ribera nadie había llamado al barco.
Mientras el mecánico convencía con quién sabe qué fórmulas mágico-mecánicas a lo motores, la gente empezó a platicar sobre la familia, las enfermedades de los últimos días, pero nadie tenía cara de preocupación. Casi una hora más tarde el barco continuó su rumbo, de aquí en adelante ya no levantaría a nadie. Algunos ribereños salían al paso en cayucos o lanchas rápidas para alcanzar y aparejarse al barco, subían a punta como podían.
-¿Qué pasó maestro?
El maquinista se seca el sudor con un estropajo que lo llena de más mugre. Está satisfecho porque resolvió el problema, avanzamos. En uno de los bancos de la sala de máquina están almacenadas varias revistas pornográficas, galones de aceite y gasolina, trapos sucios, cajas de herramientas.
“Al motor de estribor –señala a su derecha- le tronó un cople y ahora sólo vamos a navegar con el de babor –ahora se dirige a su izquierda-. Ni modo, si lo llevamos hoy mismo a lo mejor en dos días está listo.
“El capitán me preguntó, ¿Podemos?, Y yo le dije que sí porque sé que con un motor es suficiente y él conoce muy bien el río”. Señala el motor inglés que debió de sustituirse hace cinco años o más, con la flecha destrozada y amarrado con viguetas de acero y palos. La conclusión es sencilla: Si la decisión del capitán el barco habría quedado varado en la orilla hasta que llegaran por todos.
En el lento vía crucis de agua se asomó un sol picante, chillante, la humedad que dejó la lluvia se calentó y muchos levantan la cabeza para recibir aire fresco.
Juan: ¿Cómo va? La pregunta es más bien un gesto inquisitivo con la mirada.
Kristian: Que responde con otro gesto, pide paciencia y acerca los apuntes de su libreta.
La muchacha se llama Rosa Ballina y viajó a palizada para acompañar a unos familiares. Unos de sus primos que vivió en Palizada se suicidó dos días atrás y la ceremonia del sepelio fue el día anterior. Dejó dos niñas pequeñas y su esposa de 17 años. El muchacho no soportó el suicidó de su padre ocho meses atrás del suyo.
La dejamos en paz y salimos a proa, apenas alcanza el tiempo para no soltar frente a ella un “Puta madre, das un paso y te topas con la desgracia carajo”. Rosa en cambio no quiere hablar más.
El San Cristóbal no es el mismo después de Las Bodegas. Tres veces ignoró el llamado de la gente en las orillas: el tecladista fue uno de los que se quedaron, tenía bocinas y cables frente a su casa de palos. Ahora, el viaje dependen de su único motor y el capitán decidió no forzarlo porque la propela podría romperse en algunas de las maniobras.
A las 10:45 vuelve la lluvia y la gente también se vuelve a cubrir con sus abrigos o impermeables. Joaquín Cabrera abraza a sus hijas que lo acompañan para conocer al delfín. El delgado cobrador lleva en sus manos los boletos del viaje que cuesta 70 pesos y se ve preocupado. En este viaje no habrá ganancias porque son pocos los pasajeros y el número de cargas.
-¿Los niños también pagan?
-Los menores de 10 años pagan medio pasaje, y los mayores de 12 pagan boleto completo.
Platicar con estos historiadores sin nombramientos es evocar panoramas distintos de la Palizada antigua, pero sólo los viejos conocen parte de esa historia. Doña Carmen García lleva 60 años viajando por el río Palizada. La anciana rememora los barcos de madera que conoció como el San Joaquín, el María Candelaria, el María Cristina y el José Luis.
“Eran barcos grandes y bonitos, cada vez que sueño me veo en ellos paseando en este lugar cuando fui joven. Aquí me tomaron de la mano varios muchachos, y aquí conocí a mi esposo. ¡Uy, mijo, qué tiempos aquellos!”.
El San Cristóbal avanza con lentitud, para que María del Carmen Ojeda suba desde la lancha aparejada al barco. Primero se agarró a una de las llantas y de ahí varios hombres la sujetaron. Ni pudor de una ni abusos de otros, o como se dice en la ciudad, nadie metió mano.
-¿Vive en la Isla?
-Allá vivo pero nací en Jonuta Tabasco.
La mujer trabajó en Ciudad del Carmen en la congeladora y empacadora de camarón La Malinche, hace 34 años, en los tiempos de abundancia, y se quedó a vivir ahí.
Muchos de los pasajeros comen y otros duermen en sus asientos. Pocos son los que deciden refugiarse en el camarote. En la cubierta huele a comida chatarra que la mayoría compró y huele también a animales de corral que se desesperan amarrados. Los niños de las escuelas levantadas en las orillas del río gritan y agitan las manos.
-¡Allá va!
Y gritan porque su maestro está en tierra queriendo abordar el barco que se aleja. Un niño con cuerpo de adulto rema una y otra vez hasta que alcanza la embarcación y un muchacho con mochila y guitarra sube el barco.
Es Erick Jiménez, un joven de 18 años que viene desde Escárcega hasta esta esquina fluvial. Desde hace un año enseña a un puñado de niños de varios grados en la escuela del sistema CONAFE a la que asisten los hijos de los pescadores. Está contento porque desde hace un mes no ve a su novia ni a sus padres, y porque recibirá mil 600 pesos mensuales.
Es uno de los nueve maestros, la mayoría hombres, desperdigados en las comunidades ribereñas. De todos ellos sólo cuatro abordaron el barco. Uno se cayó al río y otro estuvo apunto. El que se cayó al Palizada se cambiaría de ropa en el camarote y se unió a los primeros tres para entonar sus rolitas: Reloj, Esclavo y amo, Novia mía, muy al estilo brigadista.
Después de cinco horas de viaje empezamos a ver pelícanos y gaviotas que vuelan de un lugar a otro, casas edificadas a la mitad del río, garzas que cazan con insistencia, el verde tupido de los manglares. Al frente, Boca Chica, la unión estrecha de los brazos de los tres ríos que luego se abren hacia la Laguna de Términos.
En apariencia la isla está enfrente, la cercanía con el agua de mar y la presencia de un faro en mitad de la nada, engaña a los que no conocen este panorama de aguas. Pero todavía falta hora y media. De la nada resurgieron los ánimos ante la orden del capitán Palmer quien urgió a que pasáramos hacia el frente de la nave para aligerar la parte trasera, donde están los motores. El San Cristóbal parecía navegar sobre su costado derecho mientras dibujaba una larga vereda oscura. Con la maniobra el capitán evitó que el San Cristóbal encallara.
Como un acto de ilusionismo marino, se hicieron nítidos el faro sembrado en mitad del oleaje y los restos de un barco custodiado por un coro de pelícanos.
Los vientos trajeron nuevos nubarrones que por enésima vez intentaron mojar a los navegantes que se guarecieron con la misma prontitud. Todos, menos el fotógrafo Jaime Ávalos que seguía acaparando el paisaje y a los delfines que dieron la bienvenida a la embarcación. A la vista está el Puente Solidaridad de casi cuatro kilómetros que une la península de Atasta con la Isla. Después de pasarlo, llegamos.
Siete horas de viaje se esfumaron en quince minutos, los que tomó a todos para dejar vacío el barco. La tripulación se apresura para llevarlo pronto a reparación y si es posible, regresar a casa antes del domingo.
Mientras se aleja del Malecón de Ciudad del Carmen, el San Cristóbal es opaco, de cierto aspecto ruinoso que contrasta con los colores azules del agua de la laguna, se despide parsimonioso entre el chillerío de las gaviotas y del puerco. Es único y es el último de una tradición de agua dulce.
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El capitán del barco paliceño San Cristóbal Carlos Palmer Cruz tiene un ligero tic en el ojo izquierdo, el párpado se le encima en el iris claro y le agrega un aire de hombre pícaro a su traza bonachona. Con más de cuarenta años bamboleándose sobre un barco, conoce el Río Palizada y los bajos de la Laguna de Términos como la palma de su mano.
-¿Cómo inicia su vida en el timón? Lo encaramos mientras “acoderan” el barco en el Malecón de Ciudad de Carmen tras siete horas de viaje. Al principio se queda viendo la grabadora y recela, luego sonríe, ese es su ánimo natural. El tic va y viene insistente recodándole su adolescencia cuando su padre lo inició en este oficio como maquinista y el ruido de los motores le destruyó un nervio óptico. En ese entonces no se usaban tapones para proteger los oídos. Eso no lo dice él, lo platicó su maquinista que lo respeta sin miramientos.
“Es muy bonito andar por aquí, con el San Cristóbal, nuestra rutina es de aquí a Palizada y de allá para Carmen, pero es bonito. Antiguamente me encargaba de otro barco, viajábamos de Palizada a Villahermosa y volvíamos. Mi papá, Manuel Palmer Ramos era el dueño del barco y de él heredé la vocación, fui su aprendiz siendo un chamaco por eso conozco el Usumacinta y el Grijalva.
“Ese barco era de tamaño igual a éste pero de madera. La ruta del Usumacinta y Grijalva desapareció hace 35 años y hacía escala en Jonuta, Palizada, San Pedro y Villahermosa”.
Si la nostalgia marca, la querencia también. Con precisión recuerda que en los tiempos cuando hacía la ruta de Palizada a Villahermosa vivió por unos cinco o seis años en la calle Morelos 309, en pleno centro. “Eran los tiempo cuando Villahermosa permanecía en el agua y no había nada de puentes”.
El capitán del San Cristóbal nació en la margen izquierda del río Palizada, “más o menos por donde se rompió el motor durante la travesía de hoy”, tiene 58 años y su esposa y sus hijos lo esperan en algún recodo del Palizada, sus hijos todavía son jóvenes por eso no lo acompañan. Por parte de sus padres tiene familia a lo largo de la ribera del río.
-¿Es difícil maniobrar?
-Esto es como un carro, pero hay qué saber girarlo para hacer las escalas. Como en todo trabajo tiene sus dificultades que se vencen con los años.
-¿Qué ha visto andando en estos ríos?
-Tenemos muchos golpes fuertes. -De nuevo ríe, algún recuerdo chusco o algún amor de agua dulce-. Pero los momentos han sido bonitos -dice y mira con su ojo inquieto a través de la ventanilla porque quiere acercarse lo más pronto posible al taller para saber si podrán reparar el motor que tronó en la travesía, y al día siguiente regresar como de costumbre.
-¿Como cuáles?
-La satisfacción de navegar –y vuelve a sonreír complacido porque sabe que no se dejó atrapar. Los reporteros, en cambio, se deciden de una buena vez por la pregunta directa.
-¿Y los amores?
-No hay muchos, todo es calmadito, son más amores de mano.
Antes de llegar al San Cristóbal el capitán se empleaba como chofer urbano en una de las rutas que van de Jonuta a Palizada, pero como las autoridades del municipio sabían que conocía bien el río lo hablaron para encargarse del timón.
Eso fue hace nueve años, los mismos que tiene el barco que por falta de mantenimiento parece de noventa. Al barco lo asedia el descontento de su tripulación, el oxido, la falta de pintura y piezas originales para los motores eléctricos de factura inglesa, que se colocaron a manera de prueba y siguen así desde entonces.
-¿Tiene secretos el río?
-Muchos, pero lo conozco como la palma de mi mano, porque aquí crecí.
-Uno nunca quisiera pensar en la muerte, ¿le gustaría quedar en el río?
-Y qué más, ese es el destino.
-¿Cree en Dios?
-Siempre me encomiendo a Él.
El capitán cobra al municipio de Palizada 130 pesos diarios. Es el mismo sueldo desde hace varios años y dice que ya no le alcanza para las necesidades de la familia. No lo comenta pero de seguir con el mismo sueldo y las circunstancias del barco, es muy probable que renuncie.
Hace unos pocos años, paralelo a la ruta del San Cristóbal, surgió una cooperativa de transporte de lancha con motores fuera de borda que reducen el trayecto de seis horas en una y media. Para muchos lugareños, es incosteable y no funciona cuando la carga es pesada, para otros, los más viejos, se trata simplemente de la nostalgia de los barcos.
Los paliceños no atinan a explicarse si el Ayuntamiento quiere dejar morir al San Cristóbal: El presidente municipal no tiene tiempo, no le interesamos o simplemente le convienen más las lanchas rápidas, apunta tajante el maquinista Armaldo Molina Rivero, que tiene tres años de remendar e improvisar refacciones.
Se podría decir que el San Cristóbal agoniza frente a la Ciudad de Palizada pues recibe un presupuesto insuficiente del municipio que sólo alcanza para cubrir los gastos del combustible y el salario de la tripulación, seis en total.
Es, quizá, el último de una estirpe que recorre el río tal como lo hicieron otros desde mediados del siglo XIX cuando se traficaba con maderas preciosas, el codiciado palote tinte, especias, telas, pieles, carnes, animales de corral, juglares y mujeres de mala nota.
Por barco llegó un día a Palizada el doctor Vicente Castellanos Ruiz quien, en un arranque de generosa visión, recorrió las riberas del Palizada -también conocido como Mono Sagrado- y los distinto ramales de agua regalando casa por cada semillas de mango Manila, cuyos árboles hoy se desploman sobre las aguas del río.
¿Seguirá en el barco? Se le pregunta a manera de despedida, y el capitán mira alrededor de la cabina del barco y contesta lacónico: Por ahorita sí, más adelante, quién sabe.

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