La pasión azul
Crónica
Kristian Antonio Cerino
Ciudad de México.
Una bandera azul es ondeada en lo más alto de un microbús. Quien la mueve es un hombre gordo y sin camisa que está gritando esta es la banda que te viene a ver.
A diferencia de los otros que a sus espaldas se lee Corona, Torrado o Villa, los futbolistas del subcampeonísimo Cruz Azul, el despojado prefiere mostrar su grabado que recientemente le hicieron a la altura del corazón.
–Azul soy y azul moriré…
Del lado izquierdo en donde está diseñada una cruz como aparece en los bultos de cemento, el líder es recibido por el resto de la barra La Sangre Azul, y qué mejor bienvenida que con repiques de tambores y con un trombón desafinado.
Sin pedirlo y porque cada quien conoce los pasos del protocolo, un grupo de adolescentes camina en los alrededores de la estación del metro san Pedro de los Pinos y se posiciona de la primera esquina. Trepan la barda y colocan una de los tantos pendones que apoyarán al Cruz Azul contra los Pumas.
Y una vez colgada la manta Aragón, comienza el partido o la guerra de canticos y porras… y justo cuando cantan yo soy celeste le cueste a quien le cueste, soy cementero hincha de corazón, yo contigo siempre hasta la muerte, traigo tu escudo tatuado en mi corazón, se ven enardecidos porque a lo lejos circulan vehículos con dirección al estadio Azul que van izando banderas de los Pumas.
Entonces comprendemos que el ejecutante del trombón es una especie de director de orquesta que prepara el embate. Lo suena 3 veces y todos gritan: puuuutos.
Pero los universitarios les señalan el dedo cordial seguido de una oración sencilla: pinches albañiles.
Ese pinches albañiles le duele a los cementeros e insisten en que aquel que no grite es un gato maricón.
A veces los provincianos creen que el partido de fútbol comienza justamente a la hora de la transmisión y que las repeticiones de los goles –vista por televisión- es un privilegio; no es así. El verdadero encuentro inicia desde que los miembros de la barra La Sangre Azul aparecen desde los 4 puntos cardinales y saturan el parque en san Pedro de los Pinos. Salen del metro, descienden de los microbuses, aparecen caminando o en motocicletas, y otros, de tantos que son, cualquiera creería que salen de las alcantarillas.
Y emergen con conejos, gorras, sombreros, cornetas, lentes, banderines y con lo más importante para la ocasión: una garganta afilada que pueda ensordecer en las calles y entre las gradas.
En menos de 60 minutos los pendones con el nombre de los barrios han sido colgados de bardas y arboles, aquí en donde los policías sólo ven cómo estos jóvenes fuman un cigarro tras otro y beben juntos una caguama familiar, la pócima que en el sur llaman jarabe de cebada.
En algunos países como Argentina, Colombia e Inglaterra las barras son sinónimos de violencia. Combinan la pasión con los golpes y cada vez los policías, comparado con un mínimo de hinchas, son enviados a hospitales por querer evitar los enfrentamientos.
En México, La Sangre Azul y la Rebel(de), de los Pumas, sólo llegan a los insultos y uno que otro jalón de cabello. Es más, es un mito el que se rompen costales de cemento con huesos o se cazan gatos con redes o cadenas. A veces sólo es cuestión de decirse putos o recordarse a la madre o como escribiera Octavio Paz: a la chingana, a la sufrida, a la abnegada.
Los de la 10, música de barrio -así se lee en una tambora- señalan el reloj que ya pasa de las 3. Es hora de caminar y de gritar con fuerza y de que hierva La Sangre Azul. No puede hervir una sangre en un pinche recuadro de televisión, la cocción sólo puede sentirse caminando con la barra, cantando con ellos, posicionándose de las gradas y gritar hasta mostrar la campanilla de la garganta.
El sin camisa y otros más abandonan el parque. A uno de ellos le da por abrazar con fuerza a su hija que para variar se llama como el equipo de sus amores.
–Celeste, ven– le dice a la niña de unos 3 años en el momento en que la peregrinación se apodera de una de las laterales de la avenida.
Los caminantes están seguros que en este año sí serán campeones, que la mala suerte se fue y que ahora en el estadio caerán los goles espectaculares.
–Vamos pa´campeón.
De Cruz Azul se cuentan chistes por la red. Le dicen la mosca, seguidores de Pumas y América, porque siempre sobrevuela la copa pero no nunca se la lleva. Estos chistes, según los cementeros, son mamones.
Caminan, levantan sus banderas, agitan sus manos, aplauden, cantan:
Y vaaaaaaaan a veeer,
que nadie tiene los huevos del Cruz Azuuul,
y vaaaaaaaan a veeer,
que nadie tiene los huevos del Cruz Azuuul.
A La Sangre Azul la dirigen una serie de chavos que reciben un lote de boletos gratuitos para ingresar al estadio. Algunos de estos los reparten entre los miembros de la barra y otros más los revenden. El fútbol es negocio y las ganancias están también entre los de abajo.
El juego de futbol comienza. El silbatazo cimbra el estado, cimbra con alaridos, con saltos y con una ola de putos para los adversarios felinos.
Una vez, Francisco Fonseca (Kikín) desertó de los Pumas y se refugió en las filas del Cruz Azul. A los felinos los enardeció que Fonseca les metiera un gol, ya vistiendo su nueva camiseta, y lo festejara con un orgasmo prolongado. Y no lo pensaron 2 veces para lanzarle una porra al jugador estrella de los Chemos: Kikín hijo de puta, dejaste al Pumas campeón por ir a cargar bultos de cemento.
–Cuando alguien nos deja–relata Kiko, un joven de La Sangre Azul– lo odiamos a muerte.
Kiko, el de la boina azul, está consciente que Francisco Palencia, el jugador que hoy juega con Pumas, fue el último de aquella vez en que Cruz Azul fue campeón en la recta final del siglo pasado.
–Sí, pero cuando lo vea en la calle lo mataré al puto malagradecido.
Una de las características de los integrantes de La Barra Azul es que manifiestan su odio a bote pronto. Les dicen América y responden putos. Les dicen Pumas y también responden putos.
La música de los cementeros contagia… Extienden sus brazos desde lo alto de las gradas y piden goles, títulos, esperanzas y lo más elemental: ganas y güevos.
Los tamborazos, los trombonazos y los trompetazos superan las voces de los enemigos que aún no pueden gritar: cómo no te voy a querer. Cada vez que lo intentan lo bloquean con un:
Baila la hinchada baila,
baila sobre el tablón,
sin policía, sin televisa,
vamo’ a salir campeón.
–Soy un hombre fiel. Siempre le he ido al Cruz Azul. Después de mi equipo está mi mujer–. Es la confesión de un hincha cuya voz comienza a enronquecer. Llegará a su casa sin voz pero satisfecho por sus brincos y la pasión con la que se desvivió.
Los cantos de los hinchas mexicanos son parecidos a los que entonan en las barras argentinas, usan palabras como tablón, pasión, orgullo, cada día te quiero más…
Al menos seguidores del Boca Junior les dicen a sus adversarios del River Plate que estos son unos cagones, y los rioplatenses se defienden argumentando que el Boca carece de huevos.
La Sangre Azul se lleva las manos a la frente cuando una pelota pasa cerca de la portería. Cierran sus ojos cuando el equipo contrario está a punto de anotar y reactivan el pasito cementero, de izquierda a derecha, cuando creen que su club merece recibir un nuevo aliento:
Vamos azules no podemos perder, porque en las buenas y en las malas, puedes contar con esta hinchada, que grita y que siempre alienta de corazón…
Pero esta vez los cementeros, los hinchas, se guardan para otra tarde en que el equipo que anhela un campeonato salga a la cancha con mejor puntería, y goles, y con güevos para enardecer más el graderío del estadio Azul.

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