“Nunca te olvidaremos, Héctor”
Crónica
Jalpa de Méndez, Tabasco.
Esta vez, Héctor Madrigal no está lanzando como lo hizo jugando para Poza Rica o para Los Plataneros de Tabasco.
Esta vez, Madrigal permanece quieto sobre el montículo, con los ojos cerrados y las manos cruzadas.
Sobre él, o más bien, sobre el cristal, los aficionados al beisbol ven sus últimas gorras, pelotas y recortes periodísticos que recuerdan sus hazañas.
Detrás del cristal, los bigotes del pitcher que lanzó 2 juegos sin hit y sin carreras en la Liga Mexicana, ya no son los mismos. Algo nos dice que a Héctor Madrigal paradójicamente lo ponchó la muerte y que un manager le quitó la pelota por el cansancio de su brazo y porque la suerte por algún momento dejó de acompañarlo.
No está en pie como en la fotografía que reproduce David Cortés Talamante, en su libro Glorias del Beisbol Tabasqueño, sino acostado, viendo y seguramente escuchando lo que dicen de él, de sus victorias y de sus derrotas.
Es probable que ría cuando Daniel Izquierdo, su amigo entrañable y prácticamente su biógrafo, sostiene que a Héctor Madrigal “lo olvidaron” y “lo ignoraron” en vida.
Y también cuando alguien grita a lo lejos que el parque –sin gradas- de beisbol del poblado Iquinuapa, su cuna, se llame ahora y por siempre, “y para siempre”: Héctor Madrigal.
A esta hora en la que el sol se manifiesta con fuerza, Daniel Izquierdo insiste en que lluevan los aplausos para despedir, según sus palabras, al beisbolista “más grande de Tabasco”.
“Los olmecas lo ignoraron como coach de picheo, se olvidaron de él, y queremos justicia”. Levanta la voz.
“Don Jesús Sibilla fue el único que lo rescató cuando Los Plataneros y le dio la oportunidad”.
Izquierdo, sujetando con garras el micrófono, evita llorar cuando le pide “al respetable” ovacionar al “ídolo de las grandes multitudes”…
Y resuenan los tambores y se escucha una corneta durante 60 segundos.
-¡Viva Héctor Madrigal! Grita un beisbolista detrás de la primera base.
-¡Vivaaaaaa!
Con gorras, sombrillas y sombreros, cientos de personas despiden a Héctor Madrigal con una misa y un homenaje póstumo.
El sacerdote de la comunidad, Roberto Madrigal, y frente a los feligreses, considera que El Colmoyote fue un hombre de “riesgos”.
Y dirigiéndose a católicos y no católicos, creyentes y no creyentes, señala que a Héctor “Dios le dio la habilidad” de ser un gran pitcher.
Al decir que la vida “es frágil” ruega porque la historia, y sobre todo en Iquinuapa, nazca otro deportista “como el talentoso” de Madrigal.
Podríamos decir que hoy en Iquinuapa todos son Madrigal Castillo, todos son pitchers y todos lanzaron juegos sin hit y sin carreras.
Hoy las diferencias religiosas y políticas quedaron detrás del diamante y los que están rodeando el cadáver del beisbolista que ganó 113 juegos en la Liga Mexicana, son un mismo cuerpo, una comunidad del rey de los deportes.
Mujeres, niños, estudiantes, profesionistas, futbolistas, campesinos, obreros, ganaderos y peloteros, olvidaron que hoy es un día laboral porque no siempre se tiene la oportunidad de despedir a “un grande” o un “altote” como Madrigal.
-Lástima que se nos fue, y lástima que nadie quiere apoyar al beisbol- Se le oye decir a un anciano con una gorra de Olmecas de Tabasco.
A las 10 de la mañana, se anuncia el juego entre Poza Rica y los Charros de Jalisco.
En un acto de reconocimiento, están por conmemorar la última entrada de aquel juego que ganara Madrigal sin permitir un hit o una carrera.
Dionisio Madrigal, asume la posición de Héctor, y lanza al menos 7 disparos al plato.
Hay jugadores en la caja de bateo, y en las bases, y en los jardines, y el grito de un ampager.
Se oyen aplausos a cada strike o ponche, pero la multitud los prolonga cuando se quita de encima al último bateador y este gana, recordando aquel 1970, su primer juego perfecto.
Héctor Madrigal permanece inmóvil, la única que se mueve es su madre detrás del pentágono.
Llama la atención que aquí cualquiera llora sin haber conocido o haber platicado con el beisbolista:
-Lloro porque era de aquí, de mi pueblo, y todos sabemos lo que hizo- Así lo expresa una mujer de tez morena que desde que nació su padre le habló de las hazañas del paisano. Lo dice cuando se levanta el polvo por donde está el parador en corto, y por el jardín izquierdo en donde se han colocado estos niños que ya están levantando una ola por el que se fue.
A Héctor lo abrazan sus amigos que rodean la loma de los disparos, algunos besan el cristal del féretro y otros más pasan sus manos entre las gorras que dejó como herencia.
Después de llorar, lo vuelven a levantar en hombros y le hacen el último recorrido por el diamante, por el terreno de juego, por lo que representó su manera de existir…
Le cantan, le oran, le extrañan y le tocan en los últimos instantes, y más en esos segundos previos a que la tierra finiquite la vida del pitcher.
-Nunca te olvidaremos- Dicen.
Pero la tierra lo sepulta por completo y el bigotón empieza a desaparecer de esta vida y es ahí cuando todos comprenden que la luz del parque ha sido apagada y que el último out está cantado.
(Crónica escrita especialmente para los lectores del diario El Heraldo de Tabasco)
Kristian Antonio Cerino
Reportero del diario Milenio y de la agencia española EFE.

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