Lustradores del tiempo: Boleros del parque Juárez

  

Por: Jaime Ruiz

Villahermosa, Tabasco. 

 

Como fantasmas salen de sus casas en el parto del día, llevan la prisa de los que quieren ir a ver a la novia, y la esperanza puesta en una caja de madera, pequeña, barnizada, vieja. Con esa caja se ganan el pan –como dijera el poeta Sabines— “con el sudor de su corazón”.

 

La ciudad despierta y estira sus tentáculos, cuando la mañana es apenas un zanate que se sacude las plumas, mientras ruedan las llantas todavía frías de los coches. Ellos pretenden llegar al parque Juárez a buena hora, si las quincenas y los zapatos sucios de los otros les ayudan, harán entre 150 y 100 pesos antes que el día se acueste.

 

Entras al ruedo y los primeros ‘salen al paso’. El parque es un mercado donde ofrecen sus mejores brillos como frutas frescas: “Una boleada”. “Una boleada”, “A cinco”, repiten a los transeúntes.

 

Algunos miran siempre al suelo como buscando hormigas o monedas que nadie extravió. Caminan, se sientan, platican en su lengua; ríen, se ponen tristes a veces, caminan entre las bancas y los niños que espantan palomas.

 

-¿Cuánto tiempo pasas mirando los zapatos de la gente?

-Todo el día, a todas horas.

Su nombre es Rogelio Hernández y tiene 17 años, él, como la mayoría de los boleros ‘de paso’, viene de Chiapas. Tiene los ojos morenos y la piel macheteada por el sol y el milperío. Su familia vive cerca de Tuxtla, a donde llega a veces a ayudar en la cosecha.

 

-¿Has boleado alguna vez a una muchacha?

-No… se le cae la cabeza de pena, ríe, compone su semblante, responde en su medio español …Porque no quieren, continúa. Sí les había dicho pero no aceptan…

-Pero…¿por qué piensas eso?

Y contesta simplemente: “Ellas creen que no sé bolear”.

 

Frente al Centro Cultural, una mujer como de treinta se termina de lustrar las zapatillas, bajo el sonido azul de los zanates y la sombra de una silla con capa de Coca Cola, una postal nada común para cualquiera. El cabello oscuro cubre la mitad de su rostro. Paga con una moneda y no espera cambio. Intento acercarme, y al detectar mis intenciones frustra el encuentro.

 

“Sale Carrizal-Bosque-La Selva…”, dice una boca desde una combi. Un par de colegialas exhiben sus piernas a las miradas, voltean, secretean algo, sonríen, continúan su paso.

 

Un oficial de Transito detiene a un chofer, pepena unas monedas.

 

-“No es muy común que las mujeres busquen este servicio”, pregunto a un segundo bolero ―de los instalados con sillas en la banqueta del parque―, quien dijo después llamarse Alberto Hernández.

 

-No. A veces dos al día cuando uno tiene suerte, pero hay días en que no sale nada. Ni una viene.

 -Tanto tiempo viendo caras y zapatos me imagino que tienes sus rostros grabados en la memoria.

-Sí, a muchos los conozco de vista. Sé a dónde trabajan los que pasan por acá.

-Te has enamorado de alguna chica de las que pasan.

-Sí. Me han gustado.

-Y luego, la invitaste a salir.

-No. Ya ves que algunas mujeres dicen, ‘es bolero’, supuestamente el bolero no entra en sus planes, ya que por unos pagamos todos.

-Y eso para qué es, interrumpe.

-Para una publicación.

 

Ellos a través de los años han visto cambios, la metamorfosis del parque hace unos 16 años; la farmacia Marina se convirtió en la farmacia Canto, Bonanza estuvo donde fue hace poco el Super Maz, estaba la tienda de ropa Mini Precio y la Nevería Flor Fanny; el bar El Parque se volvió el Bar Balín, “cuando remodelaron el parque, andábamos con cajón todavía de madera”, comenta Alberto, quien lleva más de 25 años ejerciendo este trabajo, atendiendo a los que acuden por su propio paso, mientras observa a la gente desde su silla.

 

Por diez o quince pesos que cuesta la boleada, el cliente puede disfrutar del paisaje y del ruido de los coches mientras le brindan el servicio.

 

El que pasa por la calle, el del parque Juárez, el que entra a las cantinas, el que espera en la banqueta o en una banca a que los clientes lleguen por su propio pie, por sus propios pasos, los que dicen: “Una boleada”, “A cinco”. Tienen distintas caras pero son el mismo rostro, boleado por la dura fibra de la vida.

 

Comentarios y sugerencias a:

cae_altazor@hotmail.com

Continue reading » · Written on: 06-14-09 · No Comments »

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