El perro
Kristian Antonio Cerino
Acachapan, Tabasco.
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Los gritos se escucharon en la margen derecha del río Grijalva.
Esta vez no pidieron agua embotellada o alimentos enlatados, sino un doctor que atendiera a Arturito.
El desbordamiento de los ríos alejó a los maestros y a los médicos, pilares fundamentales en las comunidades rurales.
No sólo las serpientes se metieron a las casas. También los perros enloquecieron por la psicosis que provocó esta inundación en Tabasco…
En el sector El Cinturón, una comunidad pequeña en medio del río y de la poca selva que queda en Tabasco, un soldado le dio los primeros auxilios a un niño que fue mordido por un perro.
“Ayúdelo señor, lo mordió el mismo perro de la casa y no queremos que le caiga una infección”
Daniel Serra narró que su hijo Arturo perdió la batalla contra el perro llamado Azabache cuando éste intentó atrapar a una gallina: “se confió y lo mordió, ese perro lo traje hace pocos días y nunca pensé que sería agresivo”.
El soldado, aprendiz de medicina, le limpió la pierna, lo vacunó y le pidió que descansara durante un par de días. Arturo cumplió recientemente 10 años.
“Aquí sólo esto nos faltaba, no tenemos agua, ni luz, ni hay sencillito (dinero) para comprar comida”, agregó.
La inundación en estas comunidades damnificó a los animales y la falta de alimentos provocó estos atacaran a sus dueños.
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El desbordamiento del río Grijalva aisló a unos 5 mil habitantes de Acachapan y Colmena, una comunidad rural que vive de la agricultura y de la pesca.
Una carretera unía a Acachapan con colonias de Villahermosa. Sin embargo, cuando el río creció segmentó el asfalto.
A 10 días del desbordamiento de los ríos Carrizal y Grijalva, el único camino para salir de Acachapan a la capital es usando embarcaciones.
“Yo ya me voy a la capital porque allá están mis hijos. Cuando el río desbordó los lancheros empezaron a cobrar carísimo por sacarnos de aquí”, comentó Marbella Martínez.
A sus hijos se los llevó hace varios días a la colonia Fidencia de Villahermosa. Y esta semana regresó en busca de sus documentos.
Marbella, quien dejó su comunidad voluntariamente porque ha escuchado que su zona desaparecerá por un canal que le abrieron n al río Grijalva, le pidió un aventón a los soldados que recorren el corredor ribereño de Acachapan y de Aztlán.
Lamentó que con la inundación los lancheros estén cobrando cien pesos por pasaje, 85 pesos más de lo que cobraban hace unos días.
“Ya no se puede, todos quieren hacer su negocio”.
Mientras se acomodó en la embarcación, relató cómo el río Grijalva se ha devorado las casas que estaban en las márgenes derecha e izquierda.
La casa de don Miguel Martínez, en 1998, se vio por última vez; una erosión en la margen derecha del río se la llevó al fondo.
Unos 50 militares comandados por Benito García recorren todos los días las comunidades de Acachapan y de Aztlán. Cuando escuchan el chiflido o los gritos de hombres y mujeres atracan en medio de casas rusticas que sólo fueron hechas con palos, palmas y troncos de árboles jóvenes.
De Acachapan un hombre aprovechó la estancia de los militares para ir a Villahermosa. Se aguantó las ganas de llorar mientras dijo que media hectárea de calabaza “se me echaron a perder”.
Sembró calaba, maíz y plátano pero el Grijalva se encargó de sepultar casi todo: “casi todo porque salvé 2 cajas, estas que llevó pal mercado de Villahermosa”.
A esta zona, uno de los corredores más pobres de Tabasco, los soldados han llegado para pedirles que abandonen sus hogares porque el río Grijalva crecerá más de lo que puedan imaginar.
Pero los habitantes lamentan que el gobierno vaya a abrirle un nuevo canal al río Grijalva sólo pensando en salvar de una inundación a los habitantes de Villahermosa.
A decir de los pescadores, el gobierno inundará a las comunidades de Acachapan, El Tintito, Barranca y Guanal y los Aztlán, una zona que abarca miles de hectáreas.
Son pocos los que quieren abandonar las casas.
Irma Pérez, una mujer de 35 años, dijo que cuando el río llegue a la puerta de su vivienda, entonces “saldremos”.
La choza de Irma está rodeada por el Grijalva. Si éste incrementa 25 centímetros ella y los suyos empezarán a pedir ayuda.
“Sí vamos a salir pero cuando veamos que la cosa está difícil”, remató.
Con ella vive un anciano de 66 años, un diabético que requiere de medicamentos.
“Allá les darán lo que necesitan, piénsenlo bien, en el albergue estarán mejor”, les propuso el comandante.
“Si algo llegara a pasar lo haremos como el año pasado, nos iremos pal Corozal, allá en la loma la pasaremos”. Ha sido la última palabra de Oscar Valencia, el patriarca de la familia.
Los pequeños de la familia están descalzos, se ven enfermos y débiles quizás por la falta de alimentos.
“Pues sí, se han enfermado de la humedad”, dijo una señora con la voz quebrada.
Los habitantes de Acachapan, Tabasco, se asentaron hace muchos años porque el río los dotaba de todo. Hoy decir que viven de la pesca es una falacia; el río está contaminado por las descargas de aguas residuales y ya no se pesca igual.
Aquí no se escuchan el ruido de la ciudad, sólo el de las lanchas y el relinchido de los caballos que permanecen pastando en lo poco que el río Grijalva respetó.
(Publicado en la revista Milenio Semanal, octubre de 2008)

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