Los rostros de la inundación (II)

Kristian Antonio Cerino

Villahermosa, Tabasco.

 

A Villahermosa el polvo se la está comiendo con urgencia. Caminar por sus calles es peligroso: kilogramos de lodo, enfermedades impalpables, los reproches, las pirámides de basura, la desesperanza y las alcantarillas fracturadas.

 

Cuando el río Grijalva regresó a su cause, después de doce días de inundación, Villahermosa cambió de piel. Ya no era aquella Venecia mexicana, sino una ciudad polvorienta, colmada de olores en las esquinas, en los comercios, en las plazas.

 

“No se soporta el olor, el polvo que se mete en la nariz, las calles llenas de basura”, expresa Georgina Landero.

 

A los pies de la señorita Landero, una empleada de la ciudad, podría filmarse la película “Lo que el agua nos dejó”.

 

No es una pirámide de la cultura Olmeca o Maya lo que está a la vista de Landero. Es una montaña de autos, televisores, computadoras, impresoras, aires acondicionados, escritorios, puertas, ventanas.

 

“Los tiramos con tristeza pero qué le vamos a hacer”, exclama una vendedora de aparatos electrodomésticos.

 

Antes que le preguntemos que si contrataron algún seguro, previo a la inundación, matiza que “los seguros son (sólo) para los que tienen”

 

En las pirámides de basura uno encuentra piñatas, zapatos, ropa, jaula, colchones, lavadoras, pedazos de camas, refrigeradores, instrumentos musicales, teléfonos, juguetes, diarios y revistas que el río recicló en el Centro Histórico de Villahermosa.

 

Los más pobres sobrevuelan en los alrededores de los cúmulos de desechos. “Algo servirá”, dice Juan Pérez, un recolector urbano.

 

En un triciclo carga una estufa vieja, un refrigerador que usará de closet, un colchón que secará con el sol.

 

Los comerciantes, unos cuantos de los 10 mil que reportaron perdidas en la ciudad, aún no han sido censados, por la Secretaría de Economía, para recibir el auxilio, el “empujón económico”.

 

“Perdimos todo, no sé de dónde sacaré 250 mil pesos para empezar de nuevo”, anticipa Sergio Vázquez.

 

Él, propietario de una empresa dedicada a la limpieza, fregó en las últimas horas su comercio en la calle Méndez, a 400 metros del río Grijalva.

 

Para los comerciantes, en medio de la polvareda, el lodo y de los jacintos muertos que dejó el paso de la inundación, no habrá festividad de fin de año; ni un solo peso para adquirir foquitos.

 

“Se verán las marquesinas sin luces, a la pela vaca, sin ninguna gracia”, coinciden los comerciantes.

 

“Ni nos comprarán pinturas, siempre diciembre es una temporada alta para nosotros, si no habrá dinero para las lucecitas, menos para los botes de pintura”, añade Alejandro Silván.

 

Unos 2 mil recipientes se los tragó el río, con el, 700 mil pesos que sólo recuperará esforzándose en los próximos 2 años.

 

Aquí, en estas calles que aún huelen a animales muertos, a verduras podridas y a 20 mil toneladas de cal que vertieron para desinfectar, los del Ejercito Mexicano continúan retirando el dique que se construyó –con costales y arena- para evitar la inundación.

 

“Ya quitamos más de 500 costales, pero el polvo ya nos mareó” comenta uno de los soldados.

 

Antes la queja era que el agua estaba en sus pies, hoy             que el polvo que se está metiendo en la nariz, en la piel, en los pulmones.

 

Los comerciantes, los habitantes del Centro, están usando –desde hace 2 días- los cubre-bocas que enviaron de la Secretaría de Salud.  Desde la calle Madero hasta la 27 de febrero. Desde Méndez hasta Zaragoza.

 

“Cuándo íbamos a pensar que andaríamos así, tapados de la boca, como esos de las películas cuando se descubre una epidemia”, precisa Laura, una empleada de la ciudad. Dicho esto se vacunó en un modulo del gobierno de Tabasco.

 

“Contra el tétano y la influenza”, remata.

 

A las casas musicales el río Grijalva no los perdonó. Les sepultó bocinas, guitarras, pianos de cola, percusiones.

 

“Este piano (explicó) costaba 400 mil pesos, ya no sirve; algunas cosas las subimos a lo alto pero el río superó los 2 metros de altura”, narra Víctor Canché.

 

Ivonne Sánchez quisiera pensar en las perdidas. No lo hará: “hacerlo en presionarme más, de lo que debo, de lo que perdí”.

 

“Perdimos todos, vendíamos perfumes, y las 3 sucursales se inundaron”, reporta Isidro Martínez. A sus pies, durante la limpieza que hizo del local, entre las calles Zaragoza y Pino Suárez, encontró 500 envases de perfume.

 

“Ninguno sirve”, exclama.

 

Los comerciantes quisieran ponerse de pie con prontitud. Pero perdieron hasta las mercancías previstas para la época decembrina.

 

En las torres de basura hasta los santa clouse se ahogaron, lo mismo sucedió con Rodolfo el reno que apareció moribundo en la esquina de la calle Méndez con Constitución.

 

“Esto es un castigo”, grita un voceador en esta tierra en dónde aún no llegan los diarios nacionales, los mismos que le dieron cobertura total a la inundación de Tabasco.

 

“Yo perdí 20 mil pesos, todas las revistas se mojaron, ya ni llorar es bueno”, declara una vendedora.

 

Ayer, después de 200 horas de ausencia, en Villahermosa volvió a llover. No hubo alegría como en la temporada de calor, sólo preocupación.

 

* * *

-¡No me preguntes cómo me llamo! Mejor felicítame porque me encontré estos libros para mis hijos.

 

Caminó por la calle Madero, lejos de la presencia de los soldados, con 4 libros a cuesta y una botella con agua.

 

Miró para atrás porque pensó que la venían siguiendo. “Los del Ejercito, dijo, no dejan que recojamos nada de las calles”.

 

-Pero, ¿qué autores encontraste?

-No sé, aquí hay uno, de un tal Grabiel (sic) García Márquez, para algo servirá.

 

Nerviosa porque en estas calles está prohibido levantar desechos, sólo hurgó entre los 4 volúmenes que encontró “más adelante”, “allá amontonados”.

 

Confesó que deseó una enciclopedia: “pero algo es algo, dijo el calvo”.

 

-¡Ya me voy!

 

Antes de perderse entre pirámides de basura y avenidas polvorientas, mostró Cien años de Soledad de García Márquez.

 

Un joven que se acercó a escuchar la conversación, uno de los que cosechó discos de Rigo Tovar entre la basura, agregó que la mejor publicación -del escritor colombiano- es El amor en los tiempos de Cólera.

 

-Estudio preparatoria, pero no hay clases- Dicho esto corrió a otro monumento de basura. Se despidió, sin conocerla, de la señora de los libros apretujados.

 

Las mujeres que acompañaron a la damnificada, unas que recolectaron espejos y pinturas de labios, se marcharon sin rumbo fijo, probablemente buscando un camino que las condujera a la morada del auxilio.

 

Algunos de los libros recolectados por desconocidos, en las últimas horas, están apilados en la calle Madero, número 1126.

 

Aquí, durante 12 días, el río Grijalva devoró los libros de Jorge Priego, el escritor tabasqueño.

 

Unos 2 mil libros, coleccionado en los últimos 50 años, fueron ejecutados por el lodo y el agua estancada.

 

-Ya ni llorar es bueno- Le dijo Priego a un enésimo amigo que lo visitó para darle el pésame.

 

Cuando el río regresó a su cause, el autor de Los Viajes de Arena aceptó la muerte de una buena parte de sus ejemplares. Su colección superaba los 7 mil volúmenes.

 

Erwin Macario, un amigo de Priego, se colocó un cubrebocas para ayudarlo a desechar lo que el agua ya se había llevado.

 

Vicente Gómez, otro escritor de Tabasco, lamentó la muerte de los libros.

 

“Si los hubiera regalado entre sus amigos se hubieran salvado”, comentó.

 

Porfirio Díaz, el director de la biblioteca José María Pino Suárez, edificó torres de libros que se ahogaron en la inundación.

 

El río Grijalva sumergió la primera planta del inmueble. 400 horas después de la inundación alguien gritó, como en la lotería, ¡se perdieron los libros!

 

Empezó el conteo: “perdimos 15 mil libros, es lamentable”.

 

Ayer, algunas portada de libros se asomaron por la colonia Municipal. Era uno más de Márquez, ese de Vivir para Contarla.

 

 

* * *

 

A los damnificados de la universidad ningún reportero los visitó esta semana. Los han visto en televisión, los han escuchado por la radio. Hasta en sus sueños.

 

Ayer, se preguntaron el porqué sus historias dejaron de ser noticia, el porqué los medios de comunicación se han marchado.

 

Adelaida Castellanos, una mujer damnificada por el desbordamiento del río Grijalva, explicó  que la inundación siempre presenta un antes y un después.

 

A su manera, en su pintoresca forma de expresarse, confesó que la inducción le dejó secuelas “aquí adentro”.

 

De pie, en los pasillos de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), relató que últimamente durmió poco: “por no decir nada”.

 

A ella se le ha hecho extraño dormir en salones de clases,  caminar por donde lo hacen –a menudo- los universitarios y pedirles a sus nietos que le “hagan caso” en una casa que no le pertenece.

 

“La inundación no se olvida, mi casa no sirve, nos llegó el agua hasta la nuca (cuello), de eso ya pasaron quince días”. Lo último que dijo tranquila.

 

Después, lloró. Dijo que esta inundación “jamás” la había vivido”.

 

Su hija, Miraldelli Castellanos, es la mamá más joven del albergue habilitado en la UJAT. A estas horas comió unos tacos, bebió agua de jamaica y está contando las horas para retornar a la Asunción Castellanos, una colonia desvastada por la inundación.

 

A falta de carriola, porque el río se metió en sus vidas sin darles tregua, trepó a su hija Karen – de un año y dos meses- en un carrito de supermercado.

 

-Alguien lo trajo hasta aquí y nos ha servido para entretener a la niña- Apuntó trémulamente la madre de unos 18 años.

 

De Asunción Castellanos sólo supo que llegó el presidente Calderón, que repartió dinero, y que no alcanzaron porque nadie les avisó que pondría un pie en “ese lodazal”.

 

“Los hombres de la casa se fueron hoy a limpiarla”. Miraldelli, como su madre, se sintió extraña viviendo en una universidad, entre pizarrones y carteles que hablan de los programas de estudios.

 

Ella sólo concluyó  la secundaria. Nunca, lo dijo abiertamente, imaginó que algún día estaría en la UJAT, por lo menos en su papel de damnificada.

 

A la máxima casas de estudios de Tabasco llegaron, desde que comenzó la contingencia, mujeres luchadoras. Sin blasfemar porque el río intruso fracturó sus casas, improvisaron fregaderos cerca de unas jardineras.

 

En cubetas lavaron sus ropas, la extendieron sobre los arboles y cuidaron el jabón  que les dieron en sus paquetes de víveres. En pocos días, las familias que albergó esta universidad, en su División Académica de Educación y Artes, regresarán a sus casas.

 

Las mujeres que terminaron temprano de colgar su ropa, se pudieron a contar la desgracia que inició en las ultimas horas de octubre.

 

-¡La mala hora no duerme!- Exclamó Trinidad Cornelio, ama de casa, creyente, comunicadora de lo que vio en la inundación.

 

Su casita quedó abatida. Dios tuvo piedad  “de que no se cayera”. Cuando el río regrese a su casa, en unos días, la construirá de nuevo en el mismo sitio: calle 8, colonia Casa Blanca II.

 

Desearía edificarla en otra parte, pero “con qué dinero señor, sólo nos alcanza para medio comer”.

 

A pesar del desconocimiento en los asuntos hidráulicos, ella resolvió –en un dos por tres- que la inundación de 1999 no se compara “en nada” a la de 2007.

 

“En el 99 nos fuimos al agua, nos llegó hasta las rodillas, ahora pensamos que sería igual, pero nos fue peor, hasta el cuello”, añadió.

 

Trinidad Cornelio ha hecho amistades en el albergue de la UJAT, la institución de educación superior más antigua de Tabasco.

 

Conoció a María Reyes, una habitante de la colonia Las Gaviotas, la más desvastada por el desbordamiento del río Grijalva.

 

 

La amarga historia de María Reyes comenzó hace 16 días. Es la primera vez que padece los estragos de una inundación. Manuel Andrade les dijo, cuando gobernó el edén, que Gaviotas era la colonia más segura de Villahermosa.

 

-Se rompió el bordo (dique) y aquí nos tiene esta situación, viviendo en casa ajena, lavando ropa en tambos y viendo el reloj para regresarnos a nuestras casas.

 

Relató su paso por la primaria, hace 60 años, a propósito de su estancia en la universidad: “no eran estas escuelas grandes, sino muy chiquitas, aquí yo me siento rara, me pierdo entre tantas paredes”.

 

La vivienda de María, en la calle Luis Jadai 102, necesitará de una “manito de tigre” para echarla a andar.

 

“El ratero me hará un favor llevándose mis cosas, me dicen algunos que todo se perdió, ojalá y esas ratas me limpien la casa”

 

Describió cómo un señor de su colonia, cuando el río superó el muro, lloró porque los animalitos de su pesebre y su niño dios los arrastró el Grijalva. “No los volvió a ver, se fueron lejos”.

 

Las nietas de María escucharon sus palabras. María José Pérez, de once años, entendió sus preocupaciones. Fernanda Guadalupe, de año y meses, no.

 

“Fernandita cumplirá 2 años el 21 de diciembre. Qué más quisiéramos… no habrá fiesta”….

 

***

 

Caminando por los albergues, Margarita Zavala, esposa del presidente Felipe Calderón, tomó en sus brazos a muchos niños que nacieron en los primeros días de la inundación.

 

Sujetó a Margarita, una niña que nació el 3 de noviembre, y ayudó a otras madres con el cambio de los pañales.

 

“Me pongo nerviosa al cambiar el pañal”, comentó en voz baja.

 

En el refugio de Tabasco 2000, a unos pasos del gobierno de la ciudad, la señora Zavala entregó bañeras a todas las madres damnificadas.

 

“El pañal me lo llevo para que no se haga basura aquí”, sugirió.

 

Entre otras cosas le dijo a Ana Laura Bruno, mamá de la recién nacida Margarita, que este sábado -17 de noviembre- su hijo Juan Pablo cumplirá 5 años, que habrá pastel.

 

Cuando dijo esto conmemoré las palabras de María Reyes:

 

“Fernandita cumplirá 2 años el 21 de diciembre. Qué más quisiéramos… no habrá fiesta”….

 

 

 

 

 

Continue reading » · Written on: 12-20-07 · No Comments »

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