Festival de Paranoias

 

Jaime Ruiz Ortiz

Villahermosa, Tabasco.

(Noviembre de 1998)

 

“Ni la palabra que aromó tu boca, ni lo que dijeron las palabras. Ni las fiestas de amor que no tuvimos…”  Pablo Neruda.

 

TODO COMENZÓ DESDE LA ÚLTIMA PARTE, cuando supe que los muchachos del salón, no me celebrarían mi fiesta sorpresa de cumpleaños. Lo supe hasta el último instante, de aquel once de octubre que acaba de pasar. Lo supe hasta después de mucho que los esperé, hasta que ellos no llegaron a mi casa, después que era el tercer día de espera, y como mi cumpleaños era el domingo: día en que nadie quiere hacer nada, porque quieren quedarse en casa a ver las películas de Permanencia Voluntaria (o porque están todavía crudos del día anterior, porque se fueron a la disco, o hicieron una reunión y no me invitaron, o se fueron a la fiesta de algún cuate, y no tenían otra mejor cosa que hacer, mas que perder el equilibrio con unos cuantos sorbos de tequila o de cerveza); así que mi fiesta sorpresa de cumpleaños podría ser el día sábado, pero para qué esperar tanto tiempo –pienso yo-, si el viernes siempre salíamos un poco temprano y nos daba tiempo de hacer algunas cosas como bañarse, cepillarse los dientes, cambiarse de ropa, pedir permiso, perfumarse en su casa, mientras alguien, siempre alguien, por lo regular el mejor cuate de la persona, preparaba una tregua para distraer al compañero, mientras daba tiempo de aposentarse en su casa (previamente pedida) y así, tener todo listo para cuando la persona llegara de la escuela. Así pasó en el cumpleaños de Miraldelly Almeida, una compañera del salón que es muy linda y muy buena gente, y yo estaba seguro que lo mismo pasaría con el mío.

 

Hacía varias semanas (o mejor dicho, cuatro semanas anteriores) que el grupo se reunía para hacer fiestas o reuniones para celebrar que habíamos llegado a una semana más de vida, para celebrar que éramos, entonces, los sobrevivientes de la semana anterior. Todo comenzó el viernes cuatro de septiembre cuando Rubén Moscoso y yo nos pusimos de acuerdo para hacer una pequeña reunión, ese viernes invitamos a algunas de las muchachas más prendidas del cuarto B de Idiomas, y a ver qué pasaba. Así que tuve que sacrificar una ausencia en la materia de Taller de Géneros Interpretativos con la maestra Fabila. Rubén aquel día había llevado, como siempre lo hizo, menos una vez, una camioneta Chevrolet tipo estaquita, color roja, que su papá le había prestado dizque para salir con su novia; ese era el “leit motiv” de todas las fiestas: la estaquita Chevrolet color roja.

 

Eran las seis quince de la tarde, y como la maestra Fabila no había llegado aún, pues nos dimos a la tarea de ir a comprar los pomos (recuerdo que esa fue mi primer falta en la materia). Nos fuimos Rubén y yo, y también Andrés Torres, un compañero y buen cuate del salón, que Rubén y yo decidimos invitar en ese preciso momento.

 

Abordamos la Chevrolet. Yo me sentía un poco descontento por haber abandonado aquella clase que todavía no había comenzado. Me sentía descontento por fallar a la clase de la maestra que todavía no había llegado, porque todavía no sabíamos si la maestra iría a llegar.

 

Eran las seis veinte de la tarde, estábamos a punto de salir de la Universidad, íbamos entre el Centro de Enseñanza de Idiomas (CEI) y el antiguo Centro de Cómputo, cuando vimos, mejor dicho, vi a la maestra caminando por la banqueta: “¡Ahí va la maestra Fabila!”, le dije a mis cuates, “Y quién es esa” preguntó Rubén, quien no llevaba con nosotros aquella materia. Pero ellos no alcanzaron a verla. Iba la maestra apresurada como siempre, con un pantalón más delgado que de mezclilla y más grueso que de tela normal, traía una blusa que no recuerdo, y la mirada puesta en el horizonte como si fuera un enamorado y fuera a su primera cita y se le hiciera tarde, y tuviera los ojos puestos sobre la imagen de la amada ausente, allá, en donde el sol es una ruta para la noche. Pude ver claramente en su caminar, el ascenso y el descenso de su cabeza entre los toldos de los coches, tenía la mirada fija en el poniente, y sus cabellos se movían como víboras inconformes, como una medusa joven. Me quedé petrificado. Quise bajarme, saludarla, e ir con ella hacia el salón. No me bajé, no me fui con ella, no entré a clases; y aunque del mandado vinimos temprano y podía yo entrar. No entré. Eran las siete en punto y por educación o por no sé qué cosas, no lo hice.

 

Ese día viernes cuatro de septiembre no fue ninguna vieja a la reunión, esa noche tuvimos que invitar a puros machos porque no sabíamos que hacer con un Ron Baraima de a tres cuartos y dos vodkas Oso Negro de igual cantidad. Además yo tenía muchos deseos de amanecer vivo al día siguiente. Todo se acabó, así que salí temprano de casa de Rafael Domínguez donde finalmente fue la reunión.

 

La segunda pachanga fue el jueves 10 de septiembre, cumpleaños de Miraldelly Almeida, y ahí sí llegó mucha gente. La tercera fue otra vez en casa de “Rafa” para no perder la costumbre. Eso nos valió que a nuestro grupo de tercero B de Comunicación lo empezaran a llamar por otros grupos como “Los peces en el río”, en alusión a aquella canción navideña: porque nunca dejábamos de beber.

Al día siguiente como fue viernes, decidimos hacer un receso en la garganta; ya que la gente pensaría que nosotros éramos unos borrachos, cosa que a cualquiera le incomoda mucho, y claro está, que estábamos dispuestos a cuidar nuestra imagen como estudiantes ilustres y responsables de nuestros actos que somos.

 

La semana siguiente no recuerdo que hallamos tenido reunión, tal vez la amnesia del alcohol nos impedía recordar aquello, y como dicen por ahí, que “escribir es recordar”, prefiero no involucrar a mis lagunas mentales en esto.

 

La cuarta, yo creo que la cuarta pachanga. Era ese 2 de octubre y ya se sentía y ya se olía la celebración de mi fiesta sorpresa de cumpleaños que sería la semana posterior, ya me imaginaba a todos en mi casa bailando, platicando con las viejas, chocando los vasos de plástico con cubas servidas hasta el tope, diciendo “¡salud!”, dejando “lodito de borracho” en todas partes. Ya me imaginaba los tropezones, los abrazos, la alfombra ensuciándose como un perro en el piso, la plática encendida, la escalera ocupada por labios y manos y gemidos, la música a todo lo que no puede dar. El baño ocupado, siempre el baño ocupado, siempre alguien espera afuera con las piernas apretadas y un reloj en la mano. Podía imaginarlo todo: la fiesta de mi casa sería la número cinco.

 

Pero todo eso lo pensaba en la número cuatro, que era otra vez en casa de Rafael, otra vez en casa de “Rafa” y otra vez Rubén como siempre llevaba su camioneta, otra vez la música, las palabras, las botellas abandonadas, la botana servida, los cigarros y los besos encendidos en la sombra, el baño vomitado: “aquí bailan los que no saben” —ese es el lema—, aquí tropiezan los borrachos con cosas imaginarias; aquí el que se cae, en buena onda le reclama al cojo por meterle el pie, el manco toca partes prohibidas, el ciego mira lo que no tiene que ver. Todo esto pensaba mientras yo seguía inventando en mi mente una estrategia para convencer a mi madre de que haría una fiesta en plena casa, de lo demás, ellos se encargarían, yo simplemente pondría el lugar; los muchachos harían la cooperación como siempre: diez, quince pesos el miércoles, Rubén recogía el dinero, los demás hacían una cuenta mental de cuanto se llevaba, o él mismo hacía una cuenta un poco apócrifa de cuánto había aún; el día jueves lo mismo, el viernes cada quien llevaba lo que podía, siempre fue así, así como habíamos hecho las fiestas anteriores. Yo personalmente había arreglado todo para la fiesta de Miraldelly y muy bien lo sabía, que no me podían fallar. Estaba seguro de ello.

Esos días que siguieron a partir del 7, todos, pero absolutamente todos estaban muy raros, todos me veían y me hablaban en forma diferente, y todos parecían juntarse y hablar de cosas que, al parecer, no querían que yo escuchara. Todo marchaba a la perfección. Yo vi el día jueves 8 de octubre que Rubén hablaba acerca de dinero que le cobraba a Daniel “Amocachi”. Todo marcha a la perfección, —pensé. Empezaron a manejar la teoría de que el fin de semana siguiente (el de mi cumpleaños) habría que descansar (sólo me reía, creían que me engañaban). Todo marchaba a la perfección: Sólo para que, supuestamente, yo no me diera cuenta. Todo marchaba a la perfección. Porque yo confiaba en mi virtud de predecir las cosas, como un sexto sentido, como una intuición femenina, pero masculina.

 

Todo iba bien, además Mariana Aquino y Miraldelly, sabían perfectamente mi fecha de cumpleaños, así como yo las de ellas, y no me fallarían, además Nancy “la chiquita” y Angélica, compañeras del salón, y también Nancy Idania, mi amiga de la soledad ¾niña por la cual yo daría hasta la conciencia¾, días antes me habían preguntado mi fecha de nacimiento y no me creyeron, “Esa es una táctica para cerciorarse del cumpleaños de alguien, mandar a otra persona a averiguarla, y así están completamente seguros de ello”, pensé, porque mi sexto sentido es como la tinta de ciertos lapiceros “que no saben fallar”. Todo esto ocurrió en la escuela. Todo marchaba a la perfección.

 

Salí de mi casa a las tres y quince de la tarde el viernes 9 de octubre, día marcado para la celebración de mi fiesta  sorpresa de cumpleaños. Tomé una combi. Llegué a la escuela. Caminé mientras fumaba un cigarro. Aproximadamente a las 3:33 llegué al salón, el último de abajo del Edificio C. Todos estaban en clases de Inglés, clase que yo no llevaba. Una silla afuera. Me senté, eché al salón dos miradas y media, hubo quienes me vieron desde su fondo oscuro. Puse mi mochila sobre la paleta de la silla, extraje de ella “El otoño recorre las islas”, de  José Carlos Becerra, me puse a leer unas cuantas líneas de un poema, mientras alguien, quien sabe quién, se sentó en una banca de concreto atrás de mí, yo no lo veía. Encendió su guitarra y comenzó a cantar una canción que no recuerdo. Seguí leyendo sin hacer caso a esos dedos bien entrenados, y a esa voz de cenzontle posada en las ramas de mi oreja. La conversación con la guitarra me distrajo un poco, aunque yo seguía leyendo y escuchando a la vez; momentos después, salieron del salón Nancy “la chaparrita” y Nancy “la gordita”. Se acercaron a mi, me preguntaron qué leía, les contesté. La guitarra seguía. Empezó a llegar más gente desde el salón y otros de diferentes partes, a algunos sólo los reconocía por sus voces, se pusieron a cantar; otros se sentaron alrededor de una banca pegado a mí, las muchachas, o por lo menos la mayoría se acercó, me saludaron con un beso en la mejilla; Miraldelly se sentó en la paleta de la silla ¾cosa que nunca hace¾, y se mostró de buenas a primeras muy amable y muy contenta ¾cosa que pocas veces hace¾, y me dio un beso en la mejilla, ¡ella a mí! ¾algo que casi nunca hace¾ y me acarició la cabeza y la espalda como a un perro enfermo. Todos andaban alegres, cantando, se sentía un ambiente festivo, estaban bien vestidos y hasta guitarra traían, era yo como una fogata cuando hace frío. Miré a Rubén que acababa de llegar, atrás de él, un poco a la distancia se apreciaba la Chevrolet, estaquita color roja. Pronto entró a mi cuerpo un sentimiento de alegría. Yo estaba orgulloso de mis amigos de la escuela, me encontraba convencido de que no me podían fallar, que todo estaba listo, y que hasta guitarra traían para armonizar la fiesta, mi fiesta sorpresa de cumpleaños, de la cual yo estaría muy orgulloso y agradecido con ellos.

 

En punto de las 6 de la tarde en el estacionamiento de la División, se podía apreciar a Damián Pagola, a Victor Ortiz y a varios otros como el mismo Rubén, apoyados, charlando sobre la camioneta Chevrolet tipo estaquita color rojo, pasé a un lado de ellos y continué mi camino para no entrometerme en los planes que preparaban, y me fui.

 

Todos parecían hablarme de buena manera y todos parecían tratarme bien. Más o menos a las 6:15 de la tarde volví a salirme del salón, ya que la maestra Fabila otra vez no había llegado, fui a fumarme un chicle y a mascar un tabaco cuando miré que la estaquita color roja, con quién sabe qué número de placas ya no estaba en el estacionamiento de la DAEA, tampoco los que hace un momento se apoyaban en ella. Pensé que lo más seguro habían ido a comprar las ‘cosas’. Hablé por teléfono a Jade, Jade que es una ex compañera de la escuela (a la que menos veo y la que más tiempo está conmigo), días antes me había dicho que si yo hacía algo que la invitara, y cómo no invitarla…

 

Esa noche llovió. Todos salimos temprano y todos se fueron temprano a pesar de la lluvia. Yo me quedé otro rato esperando que cesara el agua de caer, esperando que todos hicieran sus cosas y me esperaran en mi casa, después yo llegaría.

 

Llegué a donde vivo como a las 10 de la noche, al pasar por el estacionamiento de mi edificio no vi la camioneta tipo estaquita color roja (la han de haber dejado en otro sitio) ¾pensé¾, en el interior del condominio se escuchaba un gran ruido de fiesta, alguien que a la distancia no reconocí, se asomó por la ventana de mi casa y se quitó inmediatamente como una sombra, como un fantasma, como si apartaran con desesperación una cortina: “¡Ahí están!”, pensé, Han llegado. Cuando subí la escalera todo era silencio, escogí con nerviosismo la llave frente a mi puerta. Entré. No había nadie. Todo era silencio. La casa estaba completamente limpia. Todo brillaba, hasta el baño que un rato antes estaba sucio, ahora ya estaba lavado. Esperé. Comencé a leer el libro “Crónica de una muerte anunciada”. De pronto, afuera, ruido, pasos. Alguien subía las escaleras. Se escuchaban varias voces, llaves que se escogían, ruidos silenciosos, reían, callaron, se pararon frente a mi puerta (mi corazón parecía que iba a estallar en mil latidos). No tocaron, eran los vecinos de la casa de enfrente que traían visita y además venían borrachos. Ese día no llegaron, esperé hasta las doce de la noche por si Las Mañanitas, pero tampoco.

 

Quedé triste y alegre; triste porque no llegaron y alegre porque supe que los verdaderos amigos se cuentan con las manos de un manco y se acarician a veces, con los pétalos de las palabras de nuestro corazón.

 

No importa, al día siguiente el calendario guillotinaba la cabeza del sábado 10 de octubre, llegaron mis amigos: Alejandro “Maracas”,  Luis Alberto, Jade, Claudia, su amiga, Jorge Gabriel y Freddy, además de mis hermanos Marco Antonio, Carlos y Rossy.

 

El domingo, mero día de mi cumpleaños no hubo fiesta sorpresa, me hicieron una reunión donde llegaron los que tenían que llegar, los que su llegada no sería un sorpresa porque los estaría esperando, me regalaron su presencia y sus palabras y su tiempo. Sólo llegaron los que entran como anillos de oro en mis pocos dedos.

 

El día lunes 12 no tuvimos clases, pero el martes sólo algunos se enteraron que fue mi cumpleaños, descubrí, que no me habían planeado una fiesta sorpresa; que Daniel el miércoles 8 no le daba la cooperación a Rubén, sino que le estaba pagando a cuenta de unos tenis; que la guitarra aquel viernes la llevaron porque se les pegó la gana, y que ellos se me acercaron y me saludaron y las muchachas me besaron porque les caigo bien. Supe que estaba sumido en una tremenda equivocación, que la camioneta estaquita que había yo visto esa tarde no era de Rubén, él ese día andaba a pie. Pero sí descubrí algo, algo de lo que estoy contento, que los amigos de la infancia son los amigos de verdad y no compañeros, que mi amiga Jade me quiere más de lo que yo la quiero a ella, y que un día de éstos de tanto quererle, la voy a odiar, y que hay algo, siempre algo, algo más grande que nos une y que no nos separa: lo que nos hace distintos a los enamorados.

 

Continue reading » · Written on: 11-30-07 · No Comments »

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