El lector 72
Kristian Antonio Cerino
Villahermosa, Tabasco.
I
A penas mira de reojo a los primeros que están en la fila.
El lector 72 está continuando con la lectura de Arráncame la vida de Ángeles Mastretta, memorial que inició a las 9 de la mañana.
Pocos sabemos qué cosas guarda a las dos con quince, pero sí escuchamos lo que lee en voz alta: “nos fuimos a desayunar a los portales. Andrés pidió café para todos, chocolates para todos, tamales para todos”.
Lee con dificultad entre un centenar de estudiantes de educación, comunicación e idiomas. Lo hace con un aspecto trémulo pero en la medida que pasa el tiempo y va concluyendo su participación, éste levanta el vuelo.
Segundos antes de alcanzar la cúspide literaria, según el cronista, el sujeto delgado y de tez morena observa con firmeza a la población estudiantil como diciéndoles “terminé contra todos los pronósticos”.
Así es.
Moisés Castro Morales separa el micrófono en el punto final de su participación para que el lector 73 prosiga con la lectura de la escritora mexicana, misma que recibió el premio Mazatlán por su novela Arráncame la vida.
Ya de pie confirma que su nombre fue proyectando durante los 7 minutos de su intervención.
Con la mirada y con los pasos de un triunfador en la vida, abandona el auditorio del edificio más nuevo de la División Académica de Educación y Artes. DAEA.
Para algunos, este lector no leyó correctamente; para otros, ha demostrado su voluntad para participar (quizás) por primera vez en público, sentado ahí como cualquier conferencista o poeta:
—Ya me vi.
Se siente como los jóvenes en el escenario cuando cantan o declaman y más cuando sabe que mientras lee es visto en circuito cerrado tanto en las cafeterías como en la biblioteca central de la UJAT.
De lo último que vemos en él -en el marco de su partida- es su mochilón que lleva a cuesta camino a la realidad.
Es probable que no lo veamos en mucho tiempo y que poco nos interese cómo llegó al Maratón Universitario de Lectura organizado por estudiantes y maestros de la UJAT.
II
— Vengo a leer— dice Moisés cuando ingresa al Instituto Juárez de Tabasco en la avenida 27 de Febrero.
—No, no señor, no es aquí. Es en la DAEA.
—Entonces iré para allá— insiste.
—No se preocupe, una persona lo llevará.
En el camino a la UJAT Moisés Castro Morales va pensando en que nunca leerá por los obstáculos que el destino le coloca a sus pies. Pero finalmente lo hace.
—Vengo a leer.
—No, no se puede porque los lectores se registraron desde la semana pasada. Le anticipa un joven encargado de la logística.
—Quiero leer, sólo eso. ¿Tengo que pagar algo?
—No, como cree, no hay que pagar nada.
Alguien de los lectores programados entre las dos y tres de la tarde entiende la preocupación de lector inesperado y le cede su posición en el maratón.
—Gracias. Dice en voz baja.
Con el libro bajo el brazo lo abre lentamente en el instante que es sentado en la tribuna. Desde los últimos asientos se ve a un Moisés a punto de conseguir algo: leer para todos, leer para sí mismo, demostrar que es capaz para cumplir sus propias metas.
En la conclusión de su lectura y cuando recibe una constancia firmada por Pablo Gómez y Angélica Fabila, el hombre la toma en sus manos no como cualquier documento sino como si hubiera recibido el premio Nobel de su vida.
No dice gracias en voz alta, pero el gesto es suficiente para decir que de todos los lectores ha sido el más satisfecho, el que parte con la mirada alta, con la conciencia en paz.
Tú, los libros y yo, el Maratón de Lectura Universitario, concluye a las 7 de la noche.
A esta hora, en 8 de febrero, pocos recuerdan al lector desconocido aunque entre los asientos se comenta que alguien estuvo a punto de arrancar los aplausos: José Antonio Acosta Marín, el lector 78.
Leyó, interpretó, sedujo y entonó como un autentico tenor fragmentos de Arráncame la vida.
Algunas maestras suspiraron entre las emociones que despertaron la novela y el olor a café.
Otros, sólo se limitaron a tomar ciertos apuntes de Mastretta: es necesario meterse debajo de la tierra para hacer el amor sin que nadie nos moleste.
Para las 8 de la noche los lectores se habían esfumado por los rincones de la universidad.
Sobre el escritorio de Flor de Líz Pérez sólo quedaron los libros numerados para la ocasión. Algunos donados por Enrique Chang, Roberto Carrera, Erasmo Marín, Rosaura Castillo, Pedro de Jesús García, Martha Gutiérrez, entre otros.
Atrás quedó el ejercicio y el interés por despertar la lectura, también las vueltas aderezadas con preocupaciones –para que todo saliera bien- de Ángel Valdivieso, Flor de Líz, Luis García, Angélica Fabila y el cronista:
¿Y el café?
¿Y las galletas?
¿Y los lectores?

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