Ayer
Eduardo Beltrán
Villahermosa, Tabasco.
Corría el año de 1994 en uno de los calurosos salones del segundo piso del edificio A de la División Académica de Educación y Artes de la UJAT.
Era el segundo semestre grupo “A” de la Licenciatura en Comunicación, y el doctor Heriberto Olivares Valentines estaba a punto de ingresar.
Como siempre, todos los estudiantes, incluyendo a este reportero, estaban en pleno relajo, contando chistes, enamorando a alguna compañera, o simplemente, en espera de las doce del día, la hora de la salida.
Sociología de la Comunicación, así se llamaba la clase, o como el mismo doctor Olivares decía: “mi cátedra”.
De pronto: “Ahí viene el padre”, “ahí viene el padre”, expresaba a gritos y como en la secundaría uno de los más de ochenta universitarios. Inmediatamente, y como animales al Arca de Noe, todos ingresaban al salón.
En las escaleras se escuchaban los pasos lentos del doctor Olivares. Un hombre en esos entonces robusto, que se balanceaba un poco al caminar y casi siempre iba parlando algo con su voz potente.
En ese tiempo y siempre, el doctor Olivares de daba ciertos lujos que los demás académicos de la DAEA no podían. A él por ejemplo, nadie se atrevía a cuestionarlo al inicio de semestre sobre el cómo y el cuándo iba a calificar.
Otra cosa de la que podía presumir, era que a su entrada, el salón sonaba como un cementerio en un día común y corriente.
“Quítese la gorrita Dagdug, que no estamos en un campo de pelota”, fue lo primero que se escuchó ese día de la boca del sacerdote en la silenciosa aula. El regaño era para un estudiante igual de robusto que él, Juan Luis Dagdug, uno de los mejores de la clase y actual profesional comentarista en Tabasco del rey de los deportes.
El padre, como de costumbre, llegó hasta el escritorio, se instaló en la silla, y dejó su maletín. Mientras, en el otro extremo del salón, Dagdug metía la culpable cachucha en su pequeña mochila.
“Decíamos ayer”, comentó el padre, o más bien gritó.
-No maestro, ayer no hubo clase- dijo de pronto un atrevido.
“Ayer”, repitió un poco más fuerte el catedrático.
-Que ayer no hubo clase-, le refutaron dos más.
“Ayer”.
-No. Hoy es miércoles. La clase fue el lunes. No fue ayer, fue anteayer. Tenemos sociología con usted los lunes, miércoles, y viernes-.
“Ayer”.
-No profesor. Se está confundiendo con el segundo “B”, nosotros somos segundo “A”-, le expusieron casi todos los de la primera fila, que como siempre, en su mayoría eran mujeres.
“Ayer”
-No anteayer-
“Ayer”
“Ayer”
“Ayer”.
“Ayer”
“Ayer”
“Ayer”, repitió tantas veces con todo lo que dieron sus pulmones y hasta que los equivocados silenciaran.
Con el temible calor que hacía esa mañana, no era posible discutir, y menos con el doctor Olivares. Demasiado atrevimiento había sido ya el pretender que estaba equivocado, sobre todo porque unos cuantos días atrás había corrido del salón al presidente de la sociedad de alumnos de DAEA por entrar de pronto: “No interrumpa mi cátedra jóven para la cuestión de las votaciones de planillas. No vuelva a hacer eso. De la vuelta, salgase, y cierre la puerta por fuera”.
Así, las terquedades de los universitarios de repente se vieron avasalladas por las del padre.
Y utilizó de nueva cuenta su estruendosa voz: “Ayer no es un día jóvenes. Ayer es un tiempo. El ayer, el ayer, el ayer, el ayer, el ayer”, insistió. Y lanzó la pregunta que acabaría con todas las dudas: “¿Ustedes a caso no han escuchado hablar de los años del ayer?”.
La clase, que inicialmente estaba preparada para el tema de “La Democracia en las Distintas Sociedades”, cambió su curso por el tema del famoso “Ayer”. Así era de versátil el padre, e instruyó sobre el ayer por dos largas horas en Sociología de la Comunicación.
Después, antes de irse, escribió su acostumbrado discurso en una hoja de papel. Apunte que siempre dictaba, había que decirlo al pie de la letra durante cualquiera de sus exámenes, y debía estar bien presentado en los cuadernos que revisaba al final del semestre. Y nos quedó muy claro, el ayer no es un día, el ayer es un tiempo.
(Crónica de una de tantas cátedras se “Sociología de la Comunicación” con el cura y doctor Olivares durante 1994 en la División Académica de Educación y Artes de la UJAT.
15 de enero, 2007)

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