Pepe Frías
Kristian Antonio Cerino
Nacajuca, Tabasco.
I
Sábado seis en Las Lomas. José Frías Cerino no puede salir de la caja metálica que han comprado para su descanso.
A esta hora, once de la mañana, el periodista mantiene cerrado los ojos por la terquedad del destino.
Decenas de arreglos florares revolotean sobre su cabeza en un cruce de incienso y sahumerio para la consolación.
Pepe Frías está sumamente quieto pero bien afianzado a un cristo colocado peregrinamente entre sus manos.
Los cercanos, los amigos, desearían que el cristal que resguarda la caja se rompiera y saliera para seguir escribiendo, relatando sus anécdotas de corresponsal o simplemente que caminara para el asombro.
Pero, Pepe continúa sin moverse, sin decir una palabra o leer en voz alta su entrevista con Andrés Manuel López Obrador o con el hijo de Tomás Garrido Canabal.
A Las Lomas, rincón del municipio de Nacajuca, están llegando los amigos de Frías: los periodistas, los políticos, los antiguos funcionarios, los de siempre.
Por cada cinco minutos se escuchan los lamentos diplomáticos: “era un buen ser humano y un buen periodista”.
—Se nos fue— remata Arturo Núñez Jiménez, el senador por Tabasco.
Detrás de él un séquito de agregados hormiguean las memorias: “yo conocí a Pepe Frías hace muchísimos años, vio el periodismo como un simple oficio, no como los mercenarios”.
Mientras las anécdotas sobre Pepe están entre las bancas que fueron facilitadas por la iglesia de la comunidad y los que olvidan que el cuerpo del periodista está en la sala y bajo llave, las 52 veladoras depositadas a escasos centímetros de los cabellos del reportero de Excélsior se consumen rápidamente como cualquier nota informativa a medio día.
A la doce, Pepe recibe una segunda dotación de veladoras de los que seguramente lo conocieron en Las Lomas o en algún sitio de Tabasco.
Pepe era una especie de pata de perro que nunca estuvo quieto en el mismo punto: Excélsior, El Día, El Sol de México, Diario de Sotavento, Presente Avance, La Palabra y El Semanario Tabasqueño.
La sala donde es velado el cuerpo de Pepe Frías está más vacía que los actos de campaña del Verde Ecologista. Y no desocupada en número de personas sino en propiedades.
Si no fuera por el féretro que es colocado en el pleno centro, sólo quedaría en el fondo el altar, sus imágenes, sus siluetas de inciensos, sus oraciones, el sahumerio, la pared blanca.
Hoy los amigos desfilan por doquier.
—Así como vino, así se fue— precisa alguien a lo lejos, un anciano que mezcla el chontal con el castellano.
Los integrantes de la Agrupación Política José María Pino Suárez, creada por priistas después del rompimiento con la corriente madracista, son los primeros en colocar sus ofrendas florales.
Una de ellas es bajada de la camioneta de Wilbert Méndez y colocada entre los pies y las rodillas de Pepe, más o menos a esa altura.
Y en cascada se ordenan las siguientes: de Humberto Mayans, de Jesús Manuel Argáez, de, de, de.
A Pepe no sólo lo acompaña la cruz metálica prestada por los servicios funerarios, sino las 84 cruces que han sido dibujadas en el aire en los últimos minutos.
Para que alcance el purgatorio, bien dicen los rezadores, es necesario sahumar el cuerpo del periodista para librar los obstáculos en el camino.
Por ello, a Pepe le han sahumado desde los jóvenes hasta los más ancianos, desde los pies hasta los dedos que lo escribieron todo.
Por cada intervención, le trazan 5 cruces en el aire para la conducción.
—Ya me toca— pide su turno un representante de la comunidad chontal.
A este se le pasa la mano: 20 cruces largas y 10 cortas.
En tanto, algunos no pierden el tiempo durante la velación del cuerpo:
Pepe encerrado, el pueblo comiendo.
Pepe encerrado, el caldo y la carne.
Pepe encerrado, me pasas las tortillas.
Pepe encerrado, qué rica está la comida.
Pepe a una hora del sepulcro, los saciados están marchándose.
Un letrero pegado con cinta canela en la ventana principal recuerda la hora en que Pepe escuchará su última misa y los instantes en que será sepultado, en que será cubierto por la tierra, en que le cerrarán la redacción de la vida, en que le apagarán la PC.
Qué más quisiéramos que la tierra que recibe Pepe en este momento le correspondiera a otro periodista inhumano, prepotente, visceral.
Qué más quisiéramos no escuchar por la radio que Pepe Frías, a los 51 años, perdió la vida.
Deberíamos de aplicar -con el cuerpo de Pepe- lo que dictó alguna vez el maestro Jaime Sabines en su poema Qué costumbre tan salvaje de enterrar a los muertos:
—Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.
II
Conocí a Pepe Frías Cerino en el 2000. Algunos creyeron que era mi tío y que por esa razón siempre estuve enterado de los asuntos políticos.
Él de Nacajuca y yo de Jalpa de Méndez, pero Cerinos al fin, compartimos anécdotas periodísticas en los últimos años.
Me contó cuando entrevistó a Druso Garrido, hijo de Tomás Garrido Canabal, quien terminó los últimos días de su vida en Costa Rica.
Además, de cuando hizo lo propio con Andrés Manuel López Obrador desde que salió de Tabasco hasta que llegó a la ciudad de México.
—Ha sido la entrevista más larga que concedió— sostuvo en el 2001.
—Cuando llegamos me dolían mucho los pies— confiesa una década después.
José del Carmen Frías Cerino, falleció el viernes 5 de enero, 2007, víctima de un paro cardiorrespiratorio.
Ganó tres veces el Premio Estatal de Periodismo en el género de Entrevista, en Tabasco, y fue reconocido como Valor Juvenil Nacional 1975, según recordó el día de su muerte Antonio Villegas a través de un comunicado.
“Su incursión en el periodismo se dio muy joven, cuando apenas llegaba a los veinte años de edad y de inmediato se hizo de un gran prestigio en los medios de comunicación regionales y en la prensa capitalina, donde destacó por esa enorme virtud de conversar y hacer amigos, a través del género que le gustaba: la entrevista”.
Una gran satisfacción para José Frías llegó en julio de 2006 cuando en pleno Zócalo capitalino fue ovacionado por decenas de miles de personas que acudieron a la presentación de su libro “Entrevista para la historia. Andrés Manuel López Obrador. Razón y Pasión”, una de las pocas entrevistas en la que el político tabasqueño habló de su vida, su fallecida mujer y sus hijos.
“Compartamos nuestra pobreza”, le decía a sus más allegados, que le recuerdan con profundo afecto.
A propósito de la muerte de Pepe Frías, el político José Antonio de la Vega también comparte cómo conoció a este periodista:
Fue en 1978 cuando conocí a Frías en la Ciudad de México. Con 15 años de edad, me encontraba realizando los estudios preparatorianos en el Colegio La Salle.
Vivía yo en una casa de huéspedes situada en el pedregal de San Ángel, cuya dueña, viuda de don Armando Correa Zapata, venida a menos económicamente, convirtió su amplia residencia en casa de huéspedes donde albergó durante muchos años a tabasqueños que llevaban a cabo sus estudios en la Ciudad de México.
Por ahí desfilaron los hermanos Tito y Alejandro Mansur, el Dr. César Lastra y su hermano Flavio; Juan Filigrana, entre otros. Un buen día, la señora de la casa puso un anuncio en el periódico para solicitar un muchacho que le ayudara en los trabajos de jardinería de la hermosa residencia.
Al contratarlo, la señora me comentó que se trataba de un muchacho de Tabasco. Fui inmediatamente a conocerlo: era Pepe frías.

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