Bajo el cobijo de la noche en Villahermosa.

Crónica

Kristian Antonio Cerino.

Villahermosa, Tabasco.

Los bohemios están cantando entre labios una canción no aprendida. La repiten muchas veces porque el corazón hoy les provoca una erupción y porque creen que cuando entonan la estrofa  “espera un poco, un poquito maaaás”  ya están caminando, otra vez, por una ruta encantada. Lo sienten. Lo griiiiitan.

Los que están alrededor del cantante saben que sus notas altas representan un himno y una patria, y eso es lo único que les importa esta noche, de ahí que eleven sus voces y la terquedad los conduzca a repetir  “para llevarte mi felicidad, espera un poco, un poquiiiiiiito más… me moririiiía si te vas”.

Así, unos cantan a los pies del músico, otros lo hacen frente a una pantalla en lo más alto y en una esquinita. No sabemos qué se dicen al oído cuando ambos se comen las orejas, pero  sí podemos decir que ésta no es cualquier noche. La última.

Y justamente en esta velada los enamorados, y también los solitarios, olvidan  una vez que cruzan la puerta y se oyen las cuerdas, las percusiones y las voces, lo que sucede con Tabasco y los malditos problemas por decisiones erróneas de sus dioses.

La idea más importante es amarse sin medida, con la luz casi muriendo, con letras musicales que provocan llanto y emoción y entre jarabes de cebada que les transfigura los rostros a estos animales nocturnos.

Cuando veo a los enamorados del rincón, los que encontraron luego-luego labios abiertos y ojos electrizantes, empiezo a creer aquello que dijo el poeta: “los amorosos siempre se están dando / los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos”.

Entre los cariñosos, Él -leo sus labios- le reitera su amor mirándola con firmeza a las pupilas y sintiendo su respiración. Ella, lo abraza, lo mima, los arrulla y le acaricia las mejillas.

Por ratos, Él -así se llamaremos hoy- le canta “si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida” y Ella simplemente lo escucha sin dejar de rozar sus cabellos… y sólo le responde hasta que el cantante abandona el escenario y ahora es una mujer  (Irma Yolanda) la que contagia con algo de rock: “loca con tus besos, loca con tu amor, loca tú me tienes, loca de pasión”.  Cantando bajo cervezas Ella lo mece con este emblema rockero  mientras Él cubre sus ojos y espera que con un beso le cierre la boca… “Loca con tus labios, loca con tu cuerpo, loca del corazón”… Es el eco que producen  las bocinas, altavoces que casi le rompen, a Él y a Ella, los tímpanos, también lavados por una lluvia de besos.

Sobre las mesas, las manos de los amorosos se fusionan con la luz de una vela que por ratos escurre la cera en el plato. Esta lámpara les recuerda la noche, la noche que los consume y que los abrazará hasta el amanecer.

Cada minuto en la Bohemia de Manrique, el bar para olvidarse de las penas, los besos se repiten como aguaceros, abrazos de sol y miradas de espejos, en  donde nos vemos a diario.

…”El hombre que yo amo está vivo en mi mente, es mi único ídolo entre tanta gente, él hace una fiesta con mi pelo suelto, ladrón de mis sueños, duende de mi almohada”…
A nadie se le prohíbe gritar, agitar las manos y menos emular que cantan superando los estilos de los inalcanzables Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Fernando Delgadillo, Francisco Céspedes y Hernaldo Zúñiga. A nadie se le dice “cantas espantoso” porque el único que no sabe cantar es aquel que guarda silencio y se esconde debajo de las mesas y se embriaga tontamente. Sí, sin cantar.

            …Mi manera de quererte no tiene explicación, hoy quisiera devorarte a besos y no sé como decírtelo… que me estoy volviendo loca”…

Han pasado 3 horas desde que los cantantes han conmemorado a lo más selecto de la trova, el pop y el rock en la bohemia de Tabasco 2000, en una Villahermosa que promete pese a la perspicaz lluvia. Y se han escuchado otras voces que arañaron la fama durante veinte minutos cedidos por los músicos. Cosa curiosa, de pronto aparece un joven que quiere cantar “algo” de Camila, esa que dice “Todo cambió”… Así lo hace. Se apropia del micrófono y canta otras más. Cuando todos piensan que ha sido todo anuncia:

—Mi novia también sabe cantar.

—¡Qué cante! ¡Qué cante!— dice el respetable.

Canta él, canta ella, canta el público temas de los discos de la Oreja de Van Gogh, de la Quinta Estación y de Sin Banderas.

Frente a frente, y tomados de las manos, estos amantes implacables corean aquello que dice: “entra en mi vida, te abro la puerta, sé que en tus brazos ya no habrán noches desiertas. Entra en mi vida, yo te lo ruego, te comencé por extrañar, pero empecé a necesitarte luego”.

Pero, no todo termina aquí. Ambos abren la boca y dicen que alguien más de la familia sabe cantar y entonces piden que suba hasta el escenario la señora que los acompaña desde que ingresaron a la Bohemia.

—Que pase mi suegra— anuncia él.

Camina con prisas, aprieta el micrófono y a todo pulmón, la mujer de unos 45 años, entona en un la menor y se arranca con las de Lupita D´Alessio y las de Amanda Miguel.

… Con el corazón destrozado y el rostro mojado, soy tan desdichada, quisiera morirme / Mentiras, todo era mentiras, los besos, las rosas, las falsas caricias, que me estremecían…

La mujer se mueve como péndulo de reloj, cierra sus ojos y provoca un breve éxtasis entre los hombres y mujeres que se olvidan de los besos para prestarle un poco de atención:

“Señor tú que estás en los cielos, tú que eres tan bueno, que no quede huella en mi piel de sus besos”.

Así, yerno, novia y suegra fuerzan las gargantas hasta que aparece Salvador Manrique con guitarra en mano. Recuerda al poeta de poetas Chico-Ché y canta, para abrir el show, Gavilán o Paloma:

“No dejabas de mirar estabas sola, completamente bella y sensual, algo me arrastró hacia ti como una ola, y fui y te dije hola que tal”.

A esta hora, 2 de la mañana, cantan hasta los más calladitos. Los efectos por los jarabes de agave, cebada y uva, les perfora las gargantas y logran sonidos excepcionales, y van repitiendo junto con Manrique:

“Amiga, hay que ver como es el amor, que vuela a quien lo toma, gavilán o paloma. Pobre tonto, ingenuo charlatán, que fui paloma por querer ser gavilán”.

En la medida en que se canta, incluso los que no saben la letra porque la tararean, se escucha fuertemente los choques de tarros y de vasos. Se brinda por la o por el que se fue, por la que está llegando a sus vidas y por  la que aún no cruza esa puerta, pero que puede aparecer cómo torero de plaza.

Los tarros, colmados de espumas, y empinados en decenas de bocas, son una constante. Los veo, a los hombres, llorar, reír, dando golpes a puño cerrado en las mesas, y también cuando se van durmiendo mansamente.

—¿Todo bien?

—Lloro porque me dejó— confiesa un bohemio que su único refugio es la barra.

Y es lo último que responde porque después se repone y canta, acompañando desde su madriguera, a Salvador Manrique:

 —¡Ésta sí me llega!

“A veces regreso borracho de angustia, te lleno de besos y caricias mustias, pero estás dormida no sientes caricias, te abrazo a mi pecho me duermo contigo, más luego despierto tú no estás conmigo, sólo está mi almohada”.

La noche avanza, la misma noche que nos cobra factura con los años pero que nos da un instante de placer para el recuerdo. Antes de salir, escucho otra vez esas carcajadas, esos compadrazgos que nacieron con diez cervezas, y esos besos de enamorados que aún truenan por la pasión que les brota al amanecer.

Se oye, ya desde la calle, un fragmento de La Voz del Infierno Verde que a la letra dice:

…”yo vengo de donde el agua nunca se acaba. Yo vengo de los mosquitos y el pantanal y de la tierra abundante y del calor sofocante, donde hay cada morena, con su cuerpo escultural”.

En las calles de Villahermosa ya huele a  las noticias del día, seguramente sobre nuevas inundaciones, pero pocos saben que por estos rumbos de la bohemia ya unos están damnificados de cervezas y otros más de amor por aquella que se les fue.

 

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Los capitanes también lloran

Crónica.

Kristian Antonio Cerino.

Villahermosa, Tabasco.

Cada golpe le fue quebrando el corazón, y por segundos, sintió que podría explotar. El último segueteo lo toleró menos cuando alguien quiso retirar el timón arrancándolo sin piedad como Aquiles cuando le cercenaba la cabeza a un troyano. Intervino. Movió la cabeza reprobando el crimen en contra del barco y asumió el control de la situación antes de escuchar un enésimo martilleo.

Prefirió hacerlo de mano propia y con un desarmador quitó el timón y lo abrazó fuertemente sin dejar de mirar el río. Lloró.  

—¿Por qué llora?

—Porque el barco era mi vida.

Por las mejillas de Enrique Fuentes Narváez, el capitán del barco capitán Beuló, rodaron  mililitros de lágrimas amargas. Y se comió otros. Entonces, declamó para resarcir el dolor que en verdad sentía:

Navegando por el río, este barco siempre va, y perdido entre la noche, allá por la oscuridad.

La brisa que por la proa pasa y pega en la derrota y así va por todo el barco hasta llegar a la popa.

La luna y las estrellas que brillan sobre las aguas son las que le dan el rumbo a aquel viejo capitán.

Aquella mañana cuando el barco, capitán Beuló, el antiguo Mensajero de la Salud, abandonó para siempre el río Grijalva, Fuentes no bajó de él. Se aferró y lo acompañó a su nueva casa: el museo interactivo Papagayo.

Le cantó durante el camino, mientras surcó no sobre el río Grijalva, sino por el asfalto de Villahermosa, esta ciudad que perdió el puerto y su tradición. 

La entonó desde las alturas, desde la máquina que remolcó al Beuló. Llevaba 30 años perfeccionado una canción de su autoría y qué mejor que cantarla en el momento de su adiós:

A orilla del malecón, navegando por el río, se ve el capitán Beuló, oiga usted amigo. Si lo quiere usted mirar, vaya y véalo en el río, verá qué bonito va, navegando este navío.  

Amigo yo ya me voy, navegando por el río, en el capitán Beuló y con el cariño mío. Río abajo y río arriba, y es el capitán Beuló.

De noche en su recorrido, de noche de luna llena, con sus luces de colores, con todo su resplandor.

Amigo yo ya me voy…

—Me fui en el barco porque yo también era una reliquia—.Esto que cuenta sucedió en el 2003.

A varios años que el barco fue llevado al museo Papagayo en donde es exhibido y jugado por los niños, todavía lo extraña y lo ve por las noches. Lo ve entre el río y como dice la canción de Manuel Pérez Merino: entre  “la luna” y  “sobre el Grijalva”.

—Esa embarcación se pudo haber arreglado.

—¿Y qué pasó?

—Sí se necesitaba (la rehabilitación) porque la forma en la que estaba hecha la embarcación, con todas esas soldaduras a la vista, se veía muy rústico. Pero se prefirió llevar al museo.

—¿Qué sintió cuando se llevaron al barco?

—Le voy a decir que también a mí me llevaron al museo. Iba encaramado. La mera verdad es que me llevaron ahí porque era parte de la historia del capitán Beuló.

El barco, aquel que maniobró el capitán Luis Beuló a petición del gobernador Carlos Alberto Madrazo, inició su agonía allá por el año 2002. Lo colocaron en una rampa y lo dejaron morir lentamente. Empezó a erosionarse. Fuentes lo único que recuerda fue la voz de un hombre que le notificó sobre el traslado de la embarcación. Y con una voz entrecortada éste le alcanzó a decir desde el muelle:

—Si el barco se va, pues yo también.

—¿Nunca perdió el mando?

No. Y de hecho estuvieron filmando. Y hasta la fecha nadie me pasó el vídeo.

Dicho esto lloró y cantó porque recordó a cada uno de los tripulantes del Beuló que murieron y que lo fueron dejando solo, y ahora,  sin su barco.

—Ya habían cortado la parte de la cabina, pero les dije ¿saben qué? Aguántenme, voy a cantar la canción:

…Amigo yo ya me voy, navegando por el río, en el capitán Beuló y con el cariño mío…

 

* * *

…Adiós señor de Tila, el año que viene vuelvo, si usted me lo permite, venirte a visitar…  Enrique Fuentes Narváez, originario de Comalcalco pero con un alma Villahermosina, no sólo es capitán del Beuló II, el que reemplazó al antiguo Mensajero de la Salud y Beuló I, sino es un cantautor desconocido en el medio artístico.

Una vez escribió, después de regresar de Tila, Chiapas, una canción para el Señor de Tila.

Así lo contó en la cabina del barco, con su trébol metálico y de cuatro hojas al pecho, y con los pies descalzos: “con amigos de Las Gaviotas nos íbamos a Tila, Chiapas. Salíamos de aquí a las 9 de la noche a la vía, y después de las 2 de la mañana caminábamos sin parar. Dos noches y un día caminando hasta llegar a Tila, Chiapas. Y ya estando allá me dio por componer una canción”.

Nunca pensó que el “Adiós señor de Tila, el año que viene vuelvo, si usted me lo permite, venirte a visitar”, sería todo un himno inmortalizado por Chico Ché.

Ahora que surca el Grijalva en otro barco pero con los mismos propósitos, el de promover turísticamente a la ciudad, la canta con fuerza porque se siente orgulloso de la letra, de su letra. Y para que no quede duda, muestra una copia del registro de la canción y unos recibos con las cantidades que cobró por concepto de regalías.

Fuentes nació el 28 de julio de 1951 en la comunidad de El Barranco. Jamás supo cómo fue o cómo era la vida allá en Comalcalco, cuna de la cultura maya… sólo recuerda que salió “muy chamaco” a probar suerte en la capital.

Su primer acercamiento con los barcos fue en la niñez. Lo dijo en estos días en que el barco Beuló esperaba a una serie de turistas amantes de las ciudades con ríos:

“Una vez mi tío (Carlos Narváez) se admiró porque yo era pequeño cuando hice con un pedazo de unicel una lanchita. Le escarbé, y con un motorcito, le pegué una laminita e hice una propela, y con una pila se la puse y la solté en el río y se fue. Lo vio mi tío  y ya se quedó admirado, que lo haya hecho sin tener nociones”.

Lo intentó muchas veces entre la adolescencia y la juventud. Solamente lo logró pero cuando ya viajaba por todo Tabasco a través de ríos y embarcaciones:

“De ahí hice otro, pero ya estando en el capitán Beuló. A la proa le hice un quiebrecito  y se fue… y con el mismo quiebre fue dando vuelta. Lo hice de lámina y le puse hasta su lonita”.

—¿Ha comprado barquitos entre botellas?

—No. Le voy a decir que aquí yo me la paso toda la vida. El otro día me encontré un barquito camaronero de esos de madera, que ya lo estaban desechando y me lo traje para arreglarlo- dijo el hombre delgado, un creyente de la suerte.  

Podríamos decir hoy que por las manos del capitán Fuentes pasan muchas historias con las fotografías que sostiene y que sacó de una gaveta muy cerquita del timón.

Se define como un hombre prudente y respetuoso cuando se le pregunta sobre posibles romances en el Beuló.

—¿Hubo algún amor?

—Si yo supieras que no vas a escribir, te digo todo.

De su familia sólo bosqueja que su esposa es “una mujer muy celosa” y que a su hijo le gustaría continuar con su tradición en el nuevo Beuló.

De voz propia, el mismo Fuentes confesó que por cantar, ninguna mujer está obligada a enamorarse de él.

“De hecho cada vez que vengo aquí les canto, me aceptan muy bien, las muchachas se toman la foto conmigo, y tengo que hablar bien aquí. Hay muchachas que me tiran el brazo y uno tiene que ser respetuoso”.

Lo que poco se sabe es que Fuentes pasó unos días de capitán a actor. Lo hizo actuando como extra en una película en donde participaron las actrices mexicanas Blanca Guerra y Ana Luisa Peluffo.

Se sintió soñado a lado de estas mujeres plagadas de sensualidad. Sin embargo, cuando él vio la película en una sala cinematográfica, esa escena, precisamente ésa, desapareció. Ese día sintió algo de tristeza.

“Sí, me dieron una parte (de participación como extra) pero por no ser sindicalizado, no salió”.

Y para evitar que su participación quedara eternamente en el anonimato, aprovechó esta plática para contarla:

“Salí en una parte, en el mercado vendiendo pescado, y desde ahí vi cómo se hacía una película, fue un gran día”.

De acuerdo con versiones cinematográficas, la película Orinoco se filmó en Tabasco en 1986. Era un drama.

A la letra la sinopsis dice: “Unas vedettes viajan en barco por el (río) Orinoco para presentar un espectáculo en un campo petrolero”.

Así, el Grijalva por un momento, y lo que duró el rodaje de la cinta, fue el Orinoco, un río Sudamericano cerca del Amazonas, y que es considerado el más caudaloso del mundo.

—¿Y actuó entre tanta sensualidad?  

—Sí las conocí, estuvimos en el barco. Cuando terminaba la filmación ahí platicábamos en el Beuló, y sobre estas pláticas no diremos más porque han quedado en secreto, en el cofre del capitán bigotón que se ríe con picardía al conmemorar a las actrices.

 

* * *

El capitán Luis Beuló convenció al gobernador de Tabasco, Leandro Rovirosa, para que el barco, una vez que dejara de ser el Mensajero de la Salud, promoviera el turismo a través del río. A Don Leandro le agradó la propuesta y de paso consideró que la embarcación se llamara Beuló, por el apellido del capitán.

Revisando entre las páginas de la historia de Tabasco, el Mensajero de la Salud, salió del malecón en el gobierno de Carlos Alberto Madrazo.  La misión médica duraba 3 meses y a través de los ríos cubrían las necesidades básicas de la gente del medio rural.

El capitán Beuló, originario de Jonuta, Tabasco, “era una persona muy amable” y “un hombre tan acostumbrado a la oscuridad” al navegar por el Grijalva.

            —Veía palos a lo lejos a pesar de su edad.

El capitán alto, güero y de ojos azules, vivió muchos años en la colonia Municipal de Villahermosa y en 1978 contó con la mejor tripulación en el barco Beuló: Adrián Mayo Rocha, Alejo Notario, Facundo Saldaña, Narciso Gómez Martínez y Enrique Fuentes Narváez, el último en agregarse pero el más afortunado porque en 1978 le pidió a Luis Beuló darle una oportunidad para maniobrar el barco. Aquí lo cuenta: “una vez vi que al capitán ya le costaba trabajo atracar la embarcación, le pedí que si me daba chance, y me dijo, cómo no, ahí está la rueda. Enfilé el barco y quedó bien”.

Esta acción fue reprobada por los demás, porque ellos, a diferencia de Fuentes, se habían trepado al navío desde 1960.

“Y la tripulación pegó de brinco: oye Luis cómo es posible que al chelo le estés dando la rueda y acaba de entrar”.

Y el argumento se presentó en voz de Luis Beuló: “si él me la pidió es porque puede”. Con ese detalle, quedé como capitán.

—¿Y cómo supo de usted?

            —Porque ya habíamos trabajado juntos y porque un día me vio pasando por aquí y me fueron a buscar.

Fue así como le acercaron al “Chelito” Fuentes.

Un año después, en 1979, la noticia corrió con prontitud por toda la cubierta: murió el capitán Beuló. Cada uno de los tripulantes se reunió en el comedor y empezaron a recordar las enseñanzas que él les transmitió. Fuentes lloró amargamente.

—¿Y qué pasó a raíz de su muerte?

—De ahí tomó el mando directo de la embarcación. Y no lo tomó a gusto la tripulación porque era un simple ayudante de máquina.

—¿De qué murió?

—Ya de grande. El capitán por su edad se cansaba de estar parado para hacer la maniobra. Aquella vez le pedí chance, y así fue,  y uno se da cuenta cuando ya no se puede, pero lo sigue haciendo por amor.

A la muerte del capitán Luis Beuló le siguieron otras como la de Alejo Notario. Y en la medida que un  tripulante moría era una plaza más que se retiraba, así lo dispuso el gobierno.

Lo más dramático llegó una mañana de 1989. En el comedor se contaban anécdotas y chistes cuando se escuchó un golpe: Adrián Mayo Rocha, de unos 78 años, se cayó de la cubierta y se rompió la cabeza. Ese día, casi todos, pensaron en que con uno menos, la tripulación ya no sería la misma:

“El barco estaba atracado ahí, precisamente a la hora de la comida subíamos al bar y nos daban los refrescos. Él dijo, yo voy, subió pero para su desgracia y al regresar como estaba lloviznando se le sobaron las manos del barandal, cayó sobre la cubierta que es de fierro. Lo llevaron a una clínica a la vuelta”.

Le llegaron los infartos y uno lo fulminó a unas cuantas cuadras del único lugar que lo hacía feliz, el embarcadero.

Murió 2 meses después de la caída y transcendió porque Gladis Aguilar lo propagó en el malecón: Chelito, ya se nos fue “el marinero estrella”.

A Narciso, Facundo y Fuentes se les fueron quitando las ganas de platicar ante la ausencia de los otros.

 

* * *

 

En las fotografías de Villahermosa, la antigua san Juan Bautista, se refleja un dejo de bonanza.  De lejos se ve el cine Sheba y de cerca, el barco capitán Beuló que está varado en el malecón Carlos Alberto Madrazo.

Entre otras imágenes, de esas que se guardan como un tesoro, se avistan barcos grandes, medianos y pequeños de los que eran posibles ver entre los años de 1940  y todavía a finales de 1970.

Dicen los que recuerdan que a la llegada de los barcos se podía escuchar, con claridad y repeticiones, cohetes, cantos y el gentío alborotado en espera de las novedades. Que llegaban de todas partes.

“En esta foto estaba el malecón limpiecito, porque había arboles en la sierra, ahora que no hay árboles no escurre agua, sino lodo. Eso lo sé porque yo aquí tengo 42 años.

—¿Añora el auténtico malecón?

—Aquí tengo una foto en donde no hay ningún puente, todo se ve limpio. A esta hora (6 pm) era un movimiento terrible, los barcos que venían de Frontera y que traían lo mejor. Y también venían de Veracruz. Era una locura a orilla del río. Había música cuando iba el Mensajero de la Salud a Frontera—. El mensajero tardaba una semana en cada municipio, y también subía a Palizada, Campeche.

—¿Es cierto que los hombres no deben llorar?

—Precisamente cuando todos iban muriendo (la tripulación) llegó el día el que bajé solito a comer a la bodega. Imagínese después de estar con todos, bajar a comer solito. Lloré, lloré por eso, porque todos se fueron. Y también cuando se llevaron el barco al museo, se termina todo.

—Ya diga la verdad, ¿cuándo sufrió algún percance andando en el Beuló?

—Una vez el gobernador (en 1986) pudo haberse quedado varado, por falta de combustible. Pero Llegamos a tiempo.

 

* * *

El barco capitán Beuló I, rehabilitado y puesto en exhibición en el museo interactivo Papagayo, en la periferia de la ciudad, ahora está pintado de blanco y rojo, ya no de blanco y azul.

El Beuló, éste, nunca más regresará al Grijalva y quizás esta es su última oportunidad de morir con decencia, entre niños que seguramente ya lo están llenando de gritos y se imaginan de capitanes apoderándose del timón que una vez fue de Beuló y también de Fuentes que sigue cantando:

“Navegando por el río, este barco siempre va, y perdido entre la noche, allá por la oscuridad…” 

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El Laberinto (de la soledad)

Crónica

Kristian Antonio Cerino

El Laberinto, Tabasco.

En el Laberinto no saben cuánto llovió. Lo único que pueden decir es que el cielo lloró incesantemente y los dejó incomunicados.

Llovió el sábado y el domingo y continuó el lunes. Cuando miraron el río, éste había partido en 2 a la comunidad rural del municipio de Huimanguillo.

Unas familias permanecieron en lo alto de la montaña y otras más sobre entarimados improvisados y con el agua a las rodillas.  No todos pudieron abandonar la zona.

-Se nos llenó de agua. El río Pedregal se salió y nos puso a temblar- Dijo Marco Morales, un campesino de la comunidad.

Cuando el Pedregal cada año abandona su cauce, el Laberinto, con unos 500 habitantes, es un caos. Desaparecen, arrastrados por la fuerza del río, borregos, gallinas y vacas.

-Ahora se me ahogaron 10 vacas y más de 20 borregos.

El Laberinto, con el desbordamiento del río y la lluvia que aparece por ratos, es una auténtica soledad. Algunos están refugiados en otras tierras y los pocos que permanecen aquí no piden comida, sino una lancha para ir por el resto de las familias que quedaron del otro lado del río.

-Nos tienen abandonados, como ya pasó la elección, ahora ya se olvidaron de nosotros- Así se lamentó Javier Reyes, un hombre que vive en el Laberinto desde hace 40 años.

El Laberinto está rodeado de montañas, de caminos enlodados y de cientos de arboles de eucalipto. Viven de la ganadería y de las aves que crían en sus patios.

Esta semana el agua inundó la única escuela y redujo a la nada una colección de libros que los niños leían de lunes a viernes.

-Los niños están tristes porque ningún libro se salvó- Gritó una mujer entre un potrero.

Algo similar sucedió pero entre cultivos en un sitio al que todos le llaman el Milagro.

Al Laberinto como a El Milagro, comunidades tabasqueñas colindantes con Veracruz, se llega rondado por un camino repleto de piedras y lodo y entre una serie de puentes destrozados por el desbordamiento de ríos y lagunas.

En El Milagro todo pasó, menos el milagro de Dios. El río salió de su cauce como un perro furioso y devastó 110 hectáreas de limón.

-El limón estaba floreando y ahora ya no hay nada-Explicó un agricultor.

De los 60 empleados que laboran en la finca, sólo 10 se presentaron a laborar; el resto, se quedó en sus casas porque casi toda la franja se inundó.

Huimanguillo y Cárdenas, municipios de Tabasco, son localidades productoras de caña, limón, piña, maíz y hule.

Aún no cuantifican las pérdidas económicas, pero los campesinos a ojos de buen cubero dicen que ahora el agua: “sí les dio en la torre”.

Ni en Paso del Rosario, el rosario que hizo toda la noche María López evitó que el río arrastrara su casa hecha de madera y de palma.

En esta comunidad de campesinos, el río los juntó a todos en los pocos espacios que quedaron desérticos. Así, en medio del frío y preocupados porque el agua sepultó otra vez sus sueños de crecer económicamente, dijeron que ya se acercan los tiempos difíciles.

-¿Es una prueba de Dios?

-Ya se acerca la hora- Finalizó una viejita que aún extraña sus “pollitos” que el agua se llevó…

 

(Publicado en el diario Milenio)

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Bienvenidas las almas al estilo Pomuch

Crónica

Kristian Antonio Cerino

Pomuch, Campeche.

Las puertas del cementerio están abiertas. No se ve a simple vista un letrero que diga: Bienvenidos a Pomuch, “ahí donde se tuestan los sapos”.

El acceso principal es un portón desgastado que hace un ruido macabro cada vez que lo azota el viento… Un poco de aceite lo aliviaría.

A esta hora en la que el sol nace en el sur y los perros han cerrado el hocico después de ladrar por las calles del pueblo, aún nadie camina por los estrechos pasillos del panteón.

A simple viste sorprende que los cráneos y fémures estén a la intemperie y que a cada paso en el camposanto, los restos humanos cobren matices distintos. Así es Pomuch, con sus 8 mil habitantes, y no como lo pintan.

A Pomuch, comunidad campechana y maya del municipio de Hecelchakán, se llega rodando por toda la costa. Lo primero que ven los peregrinos en el Camino Real, así se le conoce por su historia prehispánica y colonial, son lagunas, playas, vestigios arqueológicos y miles de casas construidas con piedras y palmas. Podríamos decir con facilidad que el colonialismo de Campeche, lugar de serpientes y garrapatas en lengua maya, viste a la ciudad y a cada una de sus comunidades.

Al caminar por los pasillos del panteón es difícil  creer que en otros lugares los hombres y las mujeres le teman a la muerte. Aquí esos miedos sobran. Aquí la convivencia entre vivos y muertos es pura camaradería.

Cuando alguien sugirió: vayan a Pomuch porque ahí su gente limpia los huesos de sus muertos, los que escucharon concluyeron en que eso sólo sucedía en las películas de terror y producidas por los americanos.

¿Quién no recuerda aquellas producciones cinematográficas en donde los huesos de los asesinados eran guardados en sótanos, cajuelas de autos o entre jardines?

En Pomuch, pueblo de piedras, dulce de coco y panes elaborados desde 1890, la realidad supera por mucho a la ficción expuesta en el cine.

El cementerio de los pomucheños es un ícono entre las comunidades de origen maya. Otros puntos han perdido la lengua madre y esta costumbre de venerar a sus muertos. No así Pomuch, el pueblo que celebra a la virgen de la Concepción, a 50 kilómetros de Campeche, la ciudad amurallada y repleta de cañones.

En el rústico pueblo no saben del poema Qué costumbre tan salvaje, escrito por Jaime Sabines, pero lo honran.

Sabines, el chiapaneco, escribió que sepultar a los muertos es un acto de salvajismo y se ríe de las veladoras y de las coronas que colocan los vivos sobre el difunto: ¿para qué lo enterraron? ¿Por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte?

Lejos del urbanismo que sepulta sus tradiciones, en el corazón de Pomuch se cumple el precepto del maestro Sabines: Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

Los cadáveres en Pomuch no se ponen en pie; es probable que su “alma” y su “espíritu”, sí, como lo creen sus pobladores que les compran flores y veladoras para apapacharlos en estos días.

Algo sucede en este pueblo cuyo reloj dejó de caminar,  porque los muertos son más importantes que los vivos y de ahí que los mantengan limpios y los guarden en osarios de madera y los cubran con un mantel especial que ellos mismos bordan a mano.

Nadie lo creería pero entre la ventisca y las piedras,  los muertos vuelven a la vida y los vivos levantan sus cráneos, tórax, pelvis y fémures en el acto más natural entre los que aún respiran y los que se reducen a polvo en cada brochazo.

Manuel Canché está ansioso por venerar a su padre en el panteón. Lo hará cuando cierre su local en el mercado de Pomuch.

A sus 70 años, nunca ha olvidado la tradición de limpiar los huesos de su abuelo y de su padre, José Domingo, entre los días 26 y 31 de octubre. No hacerlo sería como un desprecio a sus muertos que en vida les dieron “todo”.

Jura que cuando los muertos eran depositados en una cabaña porque no había camposanto, “un día sin querer”, y por motivos extraños, esta choza se incendió…

-Todos se quemaron.

Lo que sabe Canché, y que le narraron sus abuelos y padre, es que el panteón de Pomuch en un principio era muy pequeño, y después se redujo a nada con tantos muertos; las epidemias sacaron a muchos de sus casas y los arrinconaron en las bóvedas.

Ni los propios Pomucheños saben explicar cómo comenzó la tradición de limpiar las osamentas y los restos humanos de sus familiares. El rito es una mezcla entre la cultura maya y el cristianismo. Se acercan a la muerte como lo hicieron sus ancestros y oraron como les enseñaron los conquistadores españoles a través del cristianismo.

Cuánto razón tenía Octavio Paz cuando escribió su libro de ensayos El Laberinto de la Soledad. Al bosquejar la muerte dice: “para los cristianos la muerte es un tránsito, un salto moral entre dos vidas, la temporal y la ultraterrena; para los aztecas, la manera más honda de participar en la continua regeneración de los fuerzas creadoras, siempre en peligro de extinguirse si no se les provee de sangre, alimento sagrado”. Lo mismo ocurre entre los Pomucheños. La muerte y la vida es la unión, es el orgasmo compartido, es el grito colegiado. Y no están pensando en abandonarse y sepultar esta manera de expresarse cariño.

Canché, un hombre bilingüe, pide no temer por la forma en que “ellos” abrazan a sus muertos y lamenta que algunos simplemente los olviden.

-Así lo aprendimos. Así lo harán con nosotros.

Si un punto no entendemos sobre el estilo de vida de los pomucheños es ¿cómo saber en qué momento un cadáver que es sepultado bajo piedra (digámoslo así en Campeche) está obligado a ceder este sitio e ir, ya en piezas, a otro?

De acuerdo con las crónicas históricas, el cuerpo de los pomucheños durará bajo piedra entre 3 y 4 años. Cuando se cumpla el periodo y más si el panteón requiere de nuevos espacios por los que van muriendo, el cuerpo del hombre o de la mujer son exhumados. Abren el ataúd, dejan que el o los cadáveres se oreen sobre las bóvedas y cuando el olor se lo ha llevado el viento, entonces es ahí cuando sus familiares, pieza por pieza, lo introducen en una caja de madera y lo llevan a una cripta en donde compartirá morada con otros conocidos o desconocidos.

-Se ponen al sol hasta que se sequen.

-¿Y no se mueren de insolación?

-No, se mueren de tristeza cuando nadie se acuerda de ellos.

 

* * *

A las 9 de la mañana aparece la  primera familia. Cargan flores y veladoras sin olvidar lo más importante para la ocasión: un mantel limpio, una brocha y gran voluntad para desempolvar a sus muertos.

Pomuch es un pueblo colmado de triciclos. Los hombres pedalean y las mujeres llevan en sus manos las compras. Se ven por los caminos del sur y del norte en esta comunidad que desde la carretera que une a Campeche con Yucatán, no se sabe nada de ella a no ser por un letrero que dice Pomuch. La mayoría lo ignora.

Y es precisamente en triciclo como llega Félix y María, un matrimonio que por años han limpiado los restos de sus padres, hermanos e hijos.

Se comunican en maya, lo más íntimo, y usan el español para explicar el porqué apapachar a sus muertos limpiándolos, dándoles agua y rezándoles por sus almas.

Félix Cohuó limpia con una brocha el cráneo de su madre y el de su hermano, Alfonso, que murió a los 18 años.

Su madre, explica el pomucheño, falleció hace 30 años y sus huesos todavía se ven en buenas condiciones.

-¿Todavía se conserva?

-Ya lo están viendo. Mire sus dientes, qué firme, pero hoy ya no duran- Dice el hombre moreno, cortés como el campechano rural y luciendo la  guayabera rimbombante.

-¿Es una herencia?

-Ahhh, claro, la heredamos de nuestros papas.

-Y después ¿le van a venir a limpiar a usted?

-Ah bueno, si mis hijas y mis hijos me quieren, sí.

Entre preguntas y respuestas Félix, con 78 años a cuesta, no deja de mover las manos porque no vaya a ser que llueva y deje abandonado el rito.

Cuando sacude las piezas con respeto, éstas crujen en la medida en que son depositadas en el osario de madera y entre un mantel recién bordado con los nombres de cada uno de los difuntos.

-Este hueso está duro-Interrumpe- Era de mi mamá, se murió en 1981, y mire usted cómo está.

Con un mantel sucio, el que se colocó el año pasado y que ahora será sustituido por uno nuevo, limpia el hueso de la mano de su madre María Cam:

-Mire este hueso es de su mano, aquí se le ve la fractura que sufrió un día, eso nos dijo.

Félix y su esposa, acompañados de su nieta, cambian hoy 7 manteles de 7 familiares que empezaron a morir desde hace  30 años.

De cerca se observan los cráneos expuestos como una galería fotográfica. Ya lo dijo el poeta: Dime cómo mueres y te diré quién eres. Los rostros de los muertos de Pomuch están gozosos, y quién no podría estarlo si aquí los resucitan con cantos y oraciones y comida. Creo que ahí podríamos concluir que estos cráneos lucen vigorosos y bien peinados porque se les quiere al grado de bañarlos a brochazos y llenarnos de besos a cada instante.

Y es quizás que al caminar por las calles angostas del panteón de Pomuch, una frase rotulada en las criptas sea las que más llame la atención:

Señor, consérvalo en tu gloria, como nosotros lo conservamos en nuestro corazón.

Los manteles con los que envuelven los huesos son bordados con punto de cruz. Son toda una obra de arte porque no se bordan a las carreras, sino con tiempo y “despacito” para que la ofrenda tenga validez.

Aquel que dijo que “la muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida” y que “hay que morir como se vive”, seguramente pensó en Pomuch. 

Los ángeles, las palomas, las cruces, las flores y los colores, son la más alta reverencia que los vivos hacen de sus muertos con paños, letreros, manteles y con sus oraciones.

Así como los primeros en presentarse en el camposanto, hoy otros ya están cruzando el portón macabro de Pomuch y librando los más de 400 perros que deambulan por estas calles, para no sólo limpiar los restos, sino el de platicar con sus muertos. Sí, el decirles cuánto los extrañaron durante el año:  

-¡Ya estoy aquí papá!

-¡Me extrañaste mamá!

-Cómo no te voy a querer…

 

*      * *

History Channel dedicó hace algunos años 8 minutos para mostrarle al mundo el estilo de vida de los Pomucheños a través del rito que practican con sus muertos.

En el vídeo está registrada la fachada del panteón de Pomuch: respeto y silencio. Hoy el respeto y silencio rotulado ha sido sepultado con cemento blanco con el propósito de pintar toda la barda, un muro que por cierto lo podría saltar un atleta o un ladrón perseguido por la policía.

Socorro Rodríguez Ruiz, historiadora de Culturas Populares de Campeche, le dice a los enviados del Canal de la Historia que su comunidad es la única “con esencia cultural”.

Sentada y portando una bata campechana, señala que limpiar los huesos de sus muertos equivale a “purificarlos”.

A la letra y con su voz en el documental, reseña:

La muerte para los mayas es que estos van a regresar a consumir lo que se les ofrezca; son elementos de identidad

Martha Aurora Caamal, mujer pomucheña, explica que sacudir el polvo de los muertos es como pintar las casas:

“Hacemos rezos para todos, primero para los chicos y después para los grandes. Esta creencia nos las heredaron los mayas, los mayas que restauraban a sus muertos y los conservaban por muchos años”.

Ambas, entrevistadas por los enviados, coinciden en que la comunicación entre vivos y muertos “existe” y que el “muerto es un eslabón más de la generación”.

El osario, a decir de la amantes de la tradición, es el espacio de intimidad, en un espacio de comunicación.

“Se establece una comunicación directa a través de sus restos, se le habla como si estuvieran vivos, se le cuestiona, se le baña y se le depositan ofrendas, agua, veladora y se le pinta su casa”.

Sucede algo curioso en Pomuch, así como pintan las fachadas de sus casas así pintan las bóvedas llenísimas de cráneos y fémures.

En otro video difundido a través de la red electrónica, el  Centro de Iniciación Artística de Campeche, aclara que los manteles nuevos, con los que se envuelven los restos, “es parte de la purificación”. Sin ropa nueva, los espíritus simplemente no llegan y se hacen del rogar.

A todo el ritual de los Pomucheños, incluyendo el canto de “Salgan ánimas de pena, que el rosario santo rompa sus cadenas”, lo han llamado: “Los santos restos”, mismos que deben venerarse como a los santos de las iglesias.

 

* * *

Antes de abandonar Pomuch se hizo necesario preguntar cuál sería el menú para sus muertos, o qué prefieren comer en medio de tanto agasajo y entre tantos huesos: ¿Carne con hueso?

Unos dicen que Pibipollo, otros dicen que relleno negro y unos más que los muertos prefieren puchero de gallina. Al menos en eso pensó cuando le dije “comida” a Miguel Coox, un maestro y abarrotero del pueblo.

A medio día en Pomuch la gente correo como loca, uno piensa en que los muertos han salido del panteón y están bailando con Michael Jackson, pero no…

Los que corren van por 2 objetivos: por el pan de Pomuch y por los dulces de coco y granulado que hace la señora María Candelaria López.

Si para algunos ensayistas y escritores mexicanos “la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios”, en Pomuch,  “en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes más favoritos y su amor más permanente”.

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Los muertos salen de la tierra en Pomuch por el amor de sus seres queridos

Kristian Cerino

Pomuch (México), 1 nov (EFE).- Los muertos de la comunidad maya de Pomuch, en el sudeste mexicano, regresan cada año al mundo de los vivos gracias a una tradición extraña y de origen confuso por la que sus seres queridos los desentierran, limpian y miman con distintas ofrendas para mostrarles su amor y veneración.

En una insospechada vuelta de tuerca a la ya de por sí peculiar relación de los mexicanos con el más allá, esta población de 8.000 habitantes ubicada en el estado de Campeche esperaba esta semana con ilusión la llegada de la festividad del Día de Muertos, que en México se celebra los días 1 y 2 de noviembre.

“Si no lo hacemos es como olvidarnos de los nuestros, como que no existen”, afirmó a Efe Manuel Canché, un anciano de 70 años, que defiende el ritual como una muestra de amor sincero hacia sus familiares fallecidos.

Canché recuerda cómo desde niño su padre lo llevaba al cementerio para desempolvar y sacar brillo con brochas y paños a los cráneos, fémures y clavículas de sus abuelos.

Una vez aseados, los huesos son depositados en osarios o cajas de madera que ellos mismos elaboran y cuyo contenido exponen con orgullo en los distintos recovecos del cementerio de esta comunidad tropical, ubicada a 45 kilómetros al noreste de Campeche capital.

Para exhumar los cadáveres, los pobladores de Pomuch, además de guardar luto, deben esperar a que pasen tres años del fallecimiento de sus parientes. Cumplida esa condición los orean a cielo abierto -en ocasiones después de desollarlos- y los guardan en las urnas.

Las labores de aseo, que se realizan a diario del día 26 al 31 de octubre, comienzan con el lavado de las criptas y las cajas que contienen las osamentas, seguido del recambio del mantel que envuelve los restos, cuando estos ya han sido desenterrados en años anteriores. La tela suele llevar bordado el nombre del difunto.

Después de pulir los huesos y devolverlos a su lugar, los visitantes se preparan para compartir con sus muertos las ofrendas que les han llevado, los tradicionales tamales y el pibipollo (mezcla de distintos tipos de carne de ave de corral envueltos en tortilla).

“El mantel viejo se tira y con el nuevo se cubren otra vez; ya estando ahí, se les reza a los que ya se fueron”, explica María Candelaria López, una mujer que prepara dulce de coco como negocio… y para sus muertos. “Ellos también los comen”, sentencia.

Más que en ningún otro cementerio, en el de Pomuch, palabra maya que significa “lugar donde se tuestan los sapos”, se respira profundamente la muerte, aunque el hedor no es tan fuerte como uno podría imaginar pues muchas exhumaciones se llevan a cabo en distintos días del año y no solamente en estas fechas.

El origen de la tradición es incierto. De acuerdo con los ancianos, comenzó hace décadas, en una ocasión en que el panteón se saturó con los muertos causados por una epidemia.

Otros creen que se trata de una muestra más de sincretismo entre el cristianismo y la civilización maya, que se desarrolló en el sudeste de México y parte de Centroamérica del 2.000 antes de Cristo al siglo XV.

En todo caso, hoy la exhumación de los cuerpos y su posterior colocación en urnas ofrece más espacio a los que están por morir. Un espacio cada vez más escaso por la saturación del camposanto.

Jorge Coox Wicap, de 78 años, limpia los restos de su padre, madre y hermano, acompañado de su esposa y su nieta.

“Mi madre Eleuteria murió a los 104 años y desde hace muchos años vengo a cuidarla y a limpiarla. Mire usted, los huesos de mi madre se están desgastando pero aquí se ve la fractura de su brazo”, dice emocionado Coox Wicap, mientras muestra la osamenta de su progenitora, que ordena con paciente cariño.

Para él este acercamiento con la muerte es natural en Pomuch, un colorido pueblo colonial que fue una importante enclave comercial a mediados del siglo XX por el paso del tren pero que hoy prácticamente permanece aislado. “No nos da miedo, es nuestra tradición. Aquí nadie olvida a sus muertos”, afirma.

“Aquel que no cuida a sus muertos, que no los envuelve en manteles nuevos y limpios, no es pomuchense”, considera María Escamilla en maya. Su nieta la traduce al español.

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