Bajo el cobijo de la noche en Villahermosa.
Crónica
Kristian Antonio Cerino.
Villahermosa, Tabasco.
Los bohemios están cantando entre labios una canción no aprendida. La repiten muchas veces porque el corazón hoy les provoca una erupción y porque creen que cuando entonan la estrofa “espera un poco, un poquito maaaás” ya están caminando, otra vez, por una ruta encantada. Lo sienten. Lo griiiiitan.
Los que están alrededor del cantante saben que sus notas altas representan un himno y una patria, y eso es lo único que les importa esta noche, de ahí que eleven sus voces y la terquedad los conduzca a repetir “para llevarte mi felicidad, espera un poco, un poquiiiiiiito más… me moririiiía si te vas”.
Así, unos cantan a los pies del músico, otros lo hacen frente a una pantalla en lo más alto y en una esquinita. No sabemos qué se dicen al oído cuando ambos se comen las orejas, pero sí podemos decir que ésta no es cualquier noche. La última.
Y justamente en esta velada los enamorados, y también los solitarios, olvidan una vez que cruzan la puerta y se oyen las cuerdas, las percusiones y las voces, lo que sucede con Tabasco y los malditos problemas por decisiones erróneas de sus dioses.
La idea más importante es amarse sin medida, con la luz casi muriendo, con letras musicales que provocan llanto y emoción y entre jarabes de cebada que les transfigura los rostros a estos animales nocturnos.
Cuando veo a los enamorados del rincón, los que encontraron luego-luego labios abiertos y ojos electrizantes, empiezo a creer aquello que dijo el poeta: “los amorosos siempre se están dando / los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos”.
Entre los cariñosos, Él -leo sus labios- le reitera su amor mirándola con firmeza a las pupilas y sintiendo su respiración. Ella, lo abraza, lo mima, los arrulla y le acaricia las mejillas.
Por ratos, Él -así se llamaremos hoy- le canta “si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida” y Ella simplemente lo escucha sin dejar de rozar sus cabellos… y sólo le responde hasta que el cantante abandona el escenario y ahora es una mujer (Irma Yolanda) la que contagia con algo de rock: “loca con tus besos, loca con tu amor, loca tú me tienes, loca de pasión”. Cantando bajo cervezas Ella lo mece con este emblema rockero mientras Él cubre sus ojos y espera que con un beso le cierre la boca… “Loca con tus labios, loca con tu cuerpo, loca del corazón”… Es el eco que producen las bocinas, altavoces que casi le rompen, a Él y a Ella, los tímpanos, también lavados por una lluvia de besos.
Sobre las mesas, las manos de los amorosos se fusionan con la luz de una vela que por ratos escurre la cera en el plato. Esta lámpara les recuerda la noche, la noche que los consume y que los abrazará hasta el amanecer.
Cada minuto en la Bohemia de Manrique, el bar para olvidarse de las penas, los besos se repiten como aguaceros, abrazos de sol y miradas de espejos, en donde nos vemos a diario.
…”El hombre que yo amo está vivo en mi mente, es mi único ídolo entre tanta gente, él hace una fiesta con mi pelo suelto, ladrón de mis sueños, duende de mi almohada”…
A nadie se le prohíbe gritar, agitar las manos y menos emular que cantan superando los estilos de los inalcanzables Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Fernando Delgadillo, Francisco Céspedes y Hernaldo Zúñiga. A nadie se le dice “cantas espantoso” porque el único que no sabe cantar es aquel que guarda silencio y se esconde debajo de las mesas y se embriaga tontamente. Sí, sin cantar.
…Mi manera de quererte no tiene explicación, hoy quisiera devorarte a besos y no sé como decírtelo… que me estoy volviendo loca”…
Han pasado 3 horas desde que los cantantes han conmemorado a lo más selecto de la trova, el pop y el rock en la bohemia de Tabasco 2000, en una Villahermosa que promete pese a la perspicaz lluvia. Y se han escuchado otras voces que arañaron la fama durante veinte minutos cedidos por los músicos. Cosa curiosa, de pronto aparece un joven que quiere cantar “algo” de Camila, esa que dice “Todo cambió”… Así lo hace. Se apropia del micrófono y canta otras más. Cuando todos piensan que ha sido todo anuncia:
—Mi novia también sabe cantar.
—¡Qué cante! ¡Qué cante!— dice el respetable.
Canta él, canta ella, canta el público temas de los discos de la Oreja de Van Gogh, de la Quinta Estación y de Sin Banderas.
Frente a frente, y tomados de las manos, estos amantes implacables corean aquello que dice: “entra en mi vida, te abro la puerta, sé que en tus brazos ya no habrán noches desiertas. Entra en mi vida, yo te lo ruego, te comencé por extrañar, pero empecé a necesitarte luego”.
Pero, no todo termina aquí. Ambos abren la boca y dicen que alguien más de la familia sabe cantar y entonces piden que suba hasta el escenario la señora que los acompaña desde que ingresaron a la Bohemia.
—Que pase mi suegra— anuncia él.
Camina con prisas, aprieta el micrófono y a todo pulmón, la mujer de unos 45 años, entona en un la menor y se arranca con las de Lupita D´Alessio y las de Amanda Miguel.
… Con el corazón destrozado y el rostro mojado, soy tan desdichada, quisiera morirme / Mentiras, todo era mentiras, los besos, las rosas, las falsas caricias, que me estremecían…
La mujer se mueve como péndulo de reloj, cierra sus ojos y provoca un breve éxtasis entre los hombres y mujeres que se olvidan de los besos para prestarle un poco de atención:
“Señor tú que estás en los cielos, tú que eres tan bueno, que no quede huella en mi piel de sus besos”.
Así, yerno, novia y suegra fuerzan las gargantas hasta que aparece Salvador Manrique con guitarra en mano. Recuerda al poeta de poetas Chico-Ché y canta, para abrir el show, Gavilán o Paloma:
“No dejabas de mirar estabas sola, completamente bella y sensual, algo me arrastró hacia ti como una ola, y fui y te dije hola que tal”.
A esta hora, 2 de la mañana, cantan hasta los más calladitos. Los efectos por los jarabes de agave, cebada y uva, les perfora las gargantas y logran sonidos excepcionales, y van repitiendo junto con Manrique:
“Amiga, hay que ver como es el amor, que vuela a quien lo toma, gavilán o paloma. Pobre tonto, ingenuo charlatán, que fui paloma por querer ser gavilán”.
En la medida en que se canta, incluso los que no saben la letra porque la tararean, se escucha fuertemente los choques de tarros y de vasos. Se brinda por la o por el que se fue, por la que está llegando a sus vidas y por la que aún no cruza esa puerta, pero que puede aparecer cómo torero de plaza.
Los tarros, colmados de espumas, y empinados en decenas de bocas, son una constante. Los veo, a los hombres, llorar, reír, dando golpes a puño cerrado en las mesas, y también cuando se van durmiendo mansamente.
—¿Todo bien?
—Lloro porque me dejó— confiesa un bohemio que su único refugio es la barra.
Y es lo último que responde porque después se repone y canta, acompañando desde su madriguera, a Salvador Manrique:
—¡Ésta sí me llega!
“A veces regreso borracho de angustia, te lleno de besos y caricias mustias, pero estás dormida no sientes caricias, te abrazo a mi pecho me duermo contigo, más luego despierto tú no estás conmigo, sólo está mi almohada”.
La noche avanza, la misma noche que nos cobra factura con los años pero que nos da un instante de placer para el recuerdo. Antes de salir, escucho otra vez esas carcajadas, esos compadrazgos que nacieron con diez cervezas, y esos besos de enamorados que aún truenan por la pasión que les brota al amanecer.
Se oye, ya desde la calle, un fragmento de La Voz del Infierno Verde que a la letra dice:
…”yo vengo de donde el agua nunca se acaba. Yo vengo de los mosquitos y el pantanal y de la tierra abundante y del calor sofocante, donde hay cada morena, con su cuerpo escultural”.
En las calles de Villahermosa ya huele a las noticias del día, seguramente sobre nuevas inundaciones, pero pocos saben que por estos rumbos de la bohemia ya unos están damnificados de cervezas y otros más de amor por aquella que se les fue.
