Siempre el otoño del sureste

Flor de Liz Pérez Morales.

Villahermosa, Tabasco.

 

Cuando nos tragó el agua

 

El mundo sigue girando, y sin embargo puedo contar que en un tiempo  se detuvo un momento en Tabasco para mirarnos; para saber que la vida  no encuentra diferencias entre un par de lágrimas y  un río,  al fin y al cabo todo se confunde, somos como dice la poesía tabasqueña más agua que tierra.

 

Hoy he visto a este pueblo en la desventura y el desamparo, lo he visto con los ojos del dolor,  con el pesar de la desgracia.

 

Por momentos los ojos se detienen  para fijarse en el brazo del soldado que carga el niño, ¿no sé de quienes son?, creo que son dos cuerpos que buscan  abrigo en el consuelo.

 

“El dolor es lento, carcome lentamente, como el agua que atraviesa poco a poco las paredes,  fluye, rompe el dique… llena el espacio, todo parece  lánguido,  y sin embargo no da tiempo de nada; se colmó todo, los segundos se convirtieron en nada. El acoso del agua es paulatino y sin embargo el ataque es rápido. Se llena el patio, el cuarto, la casa, la colonia, la ciudad… finalmente todo es un solo río. Tabasco en más agua que tierra, como nuestro cuerpo que alberga lágrimas”

 

“¿Dónde está mi hermano? No veo a mi mamá, no encuentro mi perro ¿Dejo mi mochila?… Oigo los gritos… me asusta el agua, no es la misma que me enlodó los pies, es otra, es más grande… es el río que se desbordó…estoy en la lancha… sigue lloviendo, ésto no para… alguien  me abraza pero yo sigo llorado, no entiendo nada”.

 

“¡Que el agua no  entre al Centro de la ciudad!, ¡ya llegó a Valle Marino!, ¡cuiden el hospital Juan Graham!, ¡ya evacuaron el Seguro Social! ¡Llenen los costales de arena! ¿Cuántos van? No lo sé, cuatro camiones… ¿Qué queda?, La voces se confunden, yo solo veo al pueblo en el desconsuelo.”

 

La vida pide ayuda… somos tres y vamos al centro de Villahermosa. Nos quedamos en

la UJAT, camino descalza porque la corriente de agua de Valle Marino es fuerte y al cruzarla  perdí el guarache.  Acomodamos las sillas para el albergue… el calor me sofoca… sudo y quiero agua… me da pena pedir, hay otros que la necesitan. Se colocan los letreros para orientar a la gente que quiera ir al baño. Ahí mismo veo a los soldados, llegan los helicópteros y bajan los enfermos. Los camiones militares están saliendo para ir a otros rumbos… ya llegaron los primero refugiados…

Comienza a llover nuevamente, ¡Cuantos niños¡ Lo miro a él … sus ojos están llorosos, el pantalón mojado y lleva en la mano una bolsa de plástico, no sé que carga ahí pero la cuida. La madre lo mete en el albergue, se sienta en el piso frío y mira llover por la puerta. No hay nada… solo se acurruca para mirar la lluvia.

 

Empiezan a llegar otros, en segundos se llenan los cuatro salones de abajo, “cada uno albergará a 30 personas… póngalos por familia… hay que darles café… pero no hay vaso y las tiendas están cerradas…la  rectora está pidiendo apoyo a través de la tele”

 

Debemos regresar, oí el rumor de que el paso de Valle Marino va creciendo, sino  nos apresuramos no vamos a cruzar… somos tres Javier, Alfredo y yo… nos vamos juntos, no podemos quedarnos acá, nuestras casas están del otro lado.  La mujer y su hija nos oyen y dicen que se van con nosotros, que ellas van a Tamulté de las Sabana, la madre vino a ver a su hijo al hospital  y no lo encontró;  el miedo las llevó a

la Universidad; la mujer mayor confía que todo será bueno para su hijo. “Me voy con ustedes” dice ella, “así nos vamos acompañados”, ahora somos cinco. Es mejor que caminar solos en medio del tiempo que se paró aquí.

El recorrido es demente, los autos de la avenida se atropellan,  buscan salidas a cualquier lugar seco, otros buscan el agua que venden en la embotelladora  Cristal, la fila es interminable, Alfredo se detiene para ayudar a las mujeres a cargar la llanta, ayuda un tramo y seguimos rumbo a Valle Marino, solo pasan camiones grandes porque la corriente ya no deja pasar los chicos. Son muchos los rostros que atraviesan la avenida Universidad, vemos caras conocidas, muchos salen de las tiendas en compras de pánico, los camiones cargados de gente que pasan de aquel lado para acá, buscan el refugio, nosotros lo buscamos de aquel lado.

 

La corriente ha crecido. Me quito las sandalias que me prestaron, son número seis y yo calzo el dos, decido que es mejor  cruzar descalza, tengo mayor firmeza. El agua llega a la cintura y  por momentos nos arrastra; a las brigadas se les ocurrió poner cuerdas para agarrarse, son muchos los que atraviesan el agua caminando o en camión… ¡Cuidado con la culebra ahí anda en el agua! La voz es fuerte ¡No hace nada! Hay un pedazo muy hondo, pasa un camión- pipa enorme y se ven las escaleras a su costado, Alfredo grita que nos colguemos de ahí, lo hacemos, solo subimos Alfredo, Javier y yo, logramos cruzar 20 metros y  saltamos.  Caminamos diez metros y vemos otra camioneta, pedimos un “aventón”, el vehiculo se para, lleva a otro pasajero… ¿Y la señora y su hija?…  las perdimos. No supe sus nombres solo nos acompañamos un momento, la desgracia es mejor acompañada. Somos… Predicaron estado de emergencia para Tabasco, el frente frío  número cuatro sería fuerte. Sábado 27 octubre en la noche el primer chipi- chipi. Domingo 28 lluvia fuerte. Lunes 29 más lluvia fuerte. Martes 30 sigue lloviendo fuerte. Miércoles 31 llueve, llueve y llueve. Jueves 1 de noviembre todo sigue igual…

 

…después el viernes dos de noviembre salimos de Villahermosa, rumbo a Comalcalco.  Regresamos. Volvimos  el sábado por algo muy sencillo, porque los amigos y la familia reunieron comida, ropa y otros enseres que  debíamos entregar a las gentes dañadas.

 

El recorrido es lento.  Los albergues están en todos lados, los autos atiborran las gasolineras, los solidarios piden apoyo para los centros de acopio, los pequeños comercios están vacíos de mercancías. No hay mucha tierra seca donde el ganado pueda pastar, solo un margen como de un metro a la orilla de la carretera para arrinconarse,  instintivamente los animales también quieren ser sobrevivientes.  El  paisaje es solo un recuento del agua y su inclemencia.

 

¿Quienes son?

 

Por fin supimos algo de Enrique y su familia, ellos viven en la ranchería Cacao, Jalapa, Tabasco. Su casa se inundó, todos se refugiaron en el hogar de su mamá.

 

Cuenta Enrique que  él se fue con otros voluntarios en una lancha  a rescatar a otras personas atrapadas en sus casas en la ranchería Torno Largo. En el recorrido de salvamento vio  a una mujer llorando en el agua… ella arrastraba dos cuerpos de niños ahogados.

 

Oficialmente dicen la autoridades que no hay muchos  muertos, tal vez dos ¿Dónde están los desaparecidos?… Cuando el agua baje y se vaya, también se llevará sus nombres. ¡Maldita sean las cifras! Estos dos cuerpos no se contabilizan ahí y el dolor es el mismo.

 

Nada es mejor que la culpa

 

No lo sé. Se lo platicaron al Presidente de

la República en las tres reuniones de evaluación que  de emergencia hicieron los secretarios de estado en Tabasco.  Dicen que fueron los ríos que rebasaron su capacidad,  que los dos brazos que rodean la ciudad de Villahermosa,  el Grijalva y el Carrizal hicieron de las suyas, que llovió tanto que no soportamos un torrencial histórico , que la marea tan alta del Golfo de México no permitió el desahogo de los ríos, que la presa estaba a toda su capacidad, que los diques de la ciudad  de Villahermosa no soportaron, que el calentamiento global, que los recursos de los gobiernos anteriores no fueron invertidos, que… que… que… ¿Los más de un  millón de damnificados tienen la culpa?

Los 3, 225.

 

En lugar de Tabasco, como en muchos en estas tierras…

 

“Ya llevaron anoche una camioneta llena, Pancho donó muchos productos de su tienda, dicen que fue el que más dio”, y sin embargo no más de lo que brindó el anciano,  cuenta mi sobrina,  que fue al centro de acopio a dejar un frasco de café instantáneo, un bote de leche y una lata de atún y dijo “hay que ayudar”.

 

Cuando andábamos en la colecta se acercó don Mario, y nos comentó en voz baja, casi en secreto: “si se organizan ustedes y todas mis nueras e hijas  yo doy una res para que hagan comida y  la lleven a los centros de acopio”. En cuestión de horas se acordó un ejército de mujeres y donadores anónimos que al día siguiente desfilaban por el pueblo para hacer la encomienda,  hojas to, maíz, manteca, etc. La tarea: 3, 225 tamalitos. Los rumores eran fuertes, el municipio de Jalapa había entregado siete mil  tamales y Paraíso entregó  diez mil.  ¡Pobre res… tuvo mal fin!…su carne sirvió para una buena causa y sus vísceras… sus vísceras sirvieron para hacer un caldo que estimuló el paladar de las cocineras.

 

Yo no cociné, sólo lo estoy contando. Finalmente es lo único que sé hacer.

 

 

 

 

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Lo premiaron con la muerte.

 

Ángel Valdivieso Cervantes

 

Tacotalpa, Tabasco.

 

–Hay un colgado –le avisó al reportero Roberto Flores uno de sus contactos.

-¿Dónde? –se interesó el corresponsal del diario Tabasco al Día.
-En San Luis –le confirmó su fuente.

 

Con estudios de primaria y con un pasado laboral que incluye haber sido peón de albañil y vendedor de panuchos, pero dedicado al periodismo desde hace 12 años, a Roberto Flores le pareció de entrada que se trataba de un caso más en las estadísticas de suicidio en este municipio de la Sierra, que hasta hace 3 años encabezó la cifra más alta de inmolados en Tabasco.

 

Era mediodía del sábado 14 de octubre pasado y las elecciones del día siguiente atraían la atención de ciudadanos, autoridades y medios de comunicación.

Aún así, Roberto se desplazó hasta la curva de San Luis, distante un kilómetro de la cabecera municipal.

 

Según los datos que le proporcionaron, el suicidio ocurrió en el rancho del secretario del Ayuntamiento, Jorge Castellanos de la Fuente.

 

Para entonces, sin embargo, el cuerpo ya estaba a disposición de la agencia del Ministerio Público, a cargo de Francisco Gabriel García Romero.

 

Roberto Flores no tuvo más opción que consultar la averiguación previa 325/TAC, en la que constaban las declaraciones de Javier Ruiz Cruz, padre del fallecido.

 

Fiel a su rutina, el periodista garabateó la información más relevante en su libreta de taquigrafía Scribe.

 

Le bastaron una página y media para condensar la noticia. En la parte superior, escribió en letras mayúsculas AHORCADO y luego los detalles del caso.

Detrás de los detalles obvios brotó una historia que le conmocionó. Que lo indignó.

 

-No se vale –le compartió a su esposa Guadalupe Jiménez de Flores la tarde del sábado, mientras redactaba la nota informativa-. ¿Cómo va a ser posible que haya gente sin entrañas?

 

En su casa del kilómetro 15 de la carretera Villahermosa-Teapa, Roberto tecleó en su computadora cinco párrafos.

 

Desde su correo personal, roberto1456413@hotmail.com, envió su despacho informativo a la dirección municipioaldía@hotmail.com y confió en que el coordinador de corresponsales, Víctor Cuevas, se la publicaría junto a dos textos más: un pleito entre militantes y un ahogado.

 

No se equivocó. A la primera noticia le dio la parte superior izquierda de la portada de Municipios al Día, en la página 9 de la edición dominical. La del cuerpo encontrado en el río Oxolotan ocupó el otro extremo superior.

Abajo, a un lado de una publicidad de Autotransportes Comalli, reprodujeron su nota sobre el ahorcado de San Luis.

 

“Falso ganador se quitó la vida”, la titularon, con un balazo informativo encima: “Su hermano lo encontró colgado”.

 

La nota no mereció llamado en esa portada histórica que pronosticaba a ocho columnas: “¡Votará Tabasco en paz!”

 

No mereció, de hecho, espacio en ningún otro medio escrito de Tabasco.

Modesta, esa muerte quedó sepultada por toneladas de papel periódico y tinta.

Era un suicidio más. Nada de qué asombrarse.

 

Tabasqueño desde los seis meses

 

Javier Ruiz de la Cruz tiene 48 años de edad. Oriundo de Cristóbal Colón, municipio de Sabanilla, Chiapas, decidió mudarse a Tacotalpa hace casi 17 años.

La razón: su hijo recién nacido, Manuel, entonces de seis meses, y una de sus hijas mayores, María, estaban muy enfermos.

 

Aquí, el médico Rubén Juárez le salvó la vida a ambos.

 

Ereuteria Morales consintió en quedarse a vivir, junto a sus restantes hijos Graciela, Adelina y Reinaldo.

 

Primero se establecieron en la comunidad División del Norte, pero una plaga de mosquitos los obligó a buscar una nueva morada.

 

Cuando recién se pobló Ceiba segunda San Luis, hace casi 13 años, don Javier se hizo de un solar, en donde ahora vive la familia Ruiz Morales. Casa de lámina, piso de cemento. Son tres habitaciones. Ahí cupo la familia.

 

Antonia es la más pequeña y la única tabasqueña de nacimiento. Es de Villahermosa, la capital.

 

Evangélica Pentecostés, la familia no tuvo dificultades para encajar en la vida ordinaria del municipio.

Ahí creció y jugó Manuel. Estudió secundaria en la José Gorostiza y se enamoró, hace unos meses, de una vecina, Graciela Martínez.

 

Joven y fuerte, pronto encontró trabajo en la platanera San Carlos. Ganaba poco, pero ya tenía planes para el futuro. No hace mucho compró seis castillos para levantar una construcción.

 

Su papá, enterado que se ampliaría la colonia a un sector llamado La Sierra, se comprometió con dos solares, para sus dos varones.

 

En diciembre pasado, su amiga Rosa Nelly le vendió un celular Nokia de medio uso. Manuel pagó 480 pesos por el aparato.

 

Cascarón en gris y carátula blanca, tenía asignado el número 9321010406.

A ese número le llegó la primera llamada una semana antes de cumplir 18 años.

Era un domingo y Manuel no lo podía creer.

 

Las tarjetas de 500 pesos

 

A Maritza Aguilar Cruz le llegó por medio de un mensaje. Se lo escribió un tal Ricardo Cortés Leal, que decía trabajar para la Secretaría de Gobernación.

 

-Me decía que mi línea había sido seleccionada con un premio y me pedían que me comunicara a un teléfono de la ciudad de México –ofrece los detalles de los que se acuerda la dependiente del negocio de telefonía celular TC Digital, ubicado sobre la calle Ruiz Cortines, de Tacotalpa.

 

Por error, marcó al número con lada 555. Logró colgar antes de que le respondieran, pero no pudo evitar contestar la llamada que le hicieron casi al instante.

 

-El hombre en el teléfono me dijo que el sorteo era para beneficio de niños discapacitados y que yo había sido seleccionada para llevarme un premio –narra la mujer-. Lo tiré a loco y le respondí que eso era una estafa.

 

El tipo insistió en que era una transacción legal y que para disfrutar de su cheque tenía que comprar seis tarjetas de Telcel de 500 pesos y dictarle los siguientes números al prefijo 08, que corresponden a la región en que se ubica Tabasco.

-Me empezó a verbear y lo dejé colgado –le dio su merecido Maritza a Ricardo Cortés, un pseudónimo seguramente.

 

En tiempos normales, en esta cabecera municipal, logran venderse 1 ó 2 tarjetas de 500 pesos a la semana, por negocio. Las de 100 y 200 monopolizan la demanda.

 

Por eso, a Maritza le llamó la atención que unos días después del mensaje que recibió, un señor de campo le solicitó 3 tarjetas de esa denominación.

 

-¿Para qué las quiere? –se interesó.

-Es que yo vendo en la comunidad –se justificó el cliente.

 

Se las entregó, previa alerta ante la campaña fraudulenta de los premios a través del celular.

 

Con parientes en Estados Unidos, algunas familias ingresan tarjetas de 500 a sus equipos celulares. Pueblo chico, ya se sabe quiénes son.

 

Por eso llama la atención que alguien inusualmente adquiera más de una.

A Rodrigo Damián García, encargado del negocio Telcel Oxxo, en la avenida principal de la cabecera, le han venido a preguntar sus vecinos.

 

-Les han llegado mensajes o llamadas de Boletazo, de Televisa y Telcel y hasta de la secretaría de Gobernación –enumera la estrategia del fraude-. Yo les digo que no les hagan caso, pero que sí quieren seguir el juego, es bajo su responsabilidad.

 

Aún así, conoce 3 ó 4 casos en que no fue posible darles la alerta.

A la fecha, Telcel se ha limitado a enviar a todos sus suscriptores un mensaje –también reproducido en ideasTelcel.com- en el que aclara que no realiza sorteos o promociones a través de su red de telefonía celular.

 

Noticiarios Televisa, recuerda Rodrigo Damián, ya abordó el caso en sus programas.

Es todo.

Si lo recibió en su Nokia, Manuel no lo comprendió del todo. A Internet nunca entró. No sabía. Y tampoco era asiduo a López Dóriga o a Loret de Mola.

Nadie le avisó. Nadie le dijo.

Cayó redondito.

Lo estafaron.

 

Cien mil en efectivo y una camioneta

 

La primera llamada la recibió el domingo 24 de septiembre.

Le dijeron que era muy afortunado, porque una niña enferma seleccionó su número de celular y le hizo ganarse dos premios: cien mil pesos en efectivo y una camioneta.

 

-Hermanita, ¿será que sea cierto que me haya ganado eso que me dicen? –le preguntó Manuel a su hermana mayor, Graciela, de 26 años.

 

-Para mí que es mentira –le compartió su primera impresión-. La gente no gana así nada más.

 

Pudo más la ingenuidad de Manuel.

 

La emoción era inocultable y terminó contagiando a los suyos. En esa vivienda, en resistencia civil contra la Comisión Federal de Electricidad (CFE) desde hace años, los milagros no eran frecuentes.

 

En una comunicación posterior, el joven campesino recibió instrucciones: debía adquirir cuatro tarjetas Telcel de 500 y dictar los números de código.

Apurado, Manuel consiguió dinero con familiares y amigos de San Luis. Hizo lo que le pidieron.

 

Entonces aumentaron la exigencia: debía comprar otras cuatro fichas de celular y seguir el procedimiento.

 

Al muchacho se le notaba desesperado. Para tranquilizarlo, le prometieron que pronto saldría su número de clave bancaria para hacerle efectivo el premio.

El mediador con el banco y autor de las comunicaciones, dijo ser Arturo Macías Mucha. Le telefoneó del número 5537092881.

 

Más por conservar el recuerdo que por sospechas, Manuel comenzó a anotar los números y el horario en que recibía las llamadas.

 

-Arrancó un papel de un cuaderno –describe su madre Ereuteria-. Lo cargaba siempre en la bolsa.

 

Por ser números de larga distancia, el saldo de Manuel se consumía al instante. En la semana que duró la espera, le ingresó a su celular dos fichas de 300 y tres de 100 pesos.

 

Tenía que estar localizable, le dijeron.

-Es raro esto –llegó a dudar, en confianza con su hermano Reinaldo-. Dicen que les falta un número del banco.

 

-Por qué no sales a preguntar –le sugirió éste-. Anda a averiguar al banco.

Las últimas cuatro tarjetas pudo comprarlas gracias a las gestiones de don Javier.

-Papá, ¿encontraste el dinero?

-Sí, hijo, por ahí presté dos mil pesos. ¿Cómo vamos a pagar todo este dinero?

-Con lo que me van a dar –confió Manuel-. Con eso lo vamos a devolver.

 

El domingo primero de octubre Manuel no solo cumplió 18 años. También recibió un regalo: una relación de números que podría canjear, el lunes siguiente, por sus merecidos premios.

 

-¿Qué banco hay en tu municipio? –lo interrogó el supuesto Arturo Macías.

Ajeno a estas instituciones, Manuel recurrió a su padre.

 

-Papi, ¿qué banco hay acá?

-Pues Banamex.

-Banamex –apenas pudo ocultar el atropello con que lo pronunció.

-Ah, bueno, con este número preséntate a reclamar tus cien mil pesos y las llaves de la camioneta. Ahí en Banamex te los van a entregar –se despidió, para siempre, la voz que durante ocho días llegó a serle tan familiar.

Fue el último enlace.

 

Manuel debió sentir recompensado su esfuerzo de aquella semana, en la que incluso dejó de ir a trabajar en la platanera.

 

 

En suma, había adquirido 10 mil 900 pesos en tiempo aire. A su contacto en el celular le dictó exactamente el código de 20 fichas de 500 pesos.

Las demás las gastó él mismo.

 

En vano.

 

El colgado de San Luis

 

Antonia, hoy estudiante de la misma secundaria que Manuel, tiene ya 12 años. Además de éste, ella es la única que sabe usar el celular en casa de los Ruiz Morales.

 

Nadie como ella siguió de cerca el periplo de su hermano.

Recuerda fechas y horarios. Guarda las 27 tarjetas, como un tesoro indeseable. Ella guarda el celular, con las dos hileras de teclas de la izquierda borradas por el uso.

 

Ella, la menor, se acuerda cómo regresó Manuel de la sucursal de Banamex instalada en el Palacio Municipal de Tacotalpa.

 

Se veía abatido, desilusionado. No era para menos.

En el banco le aclararon que no había nada para él. Ni efectivo, ni estacionado en ninguna de las cuatro esquinas del parque central.

 

Durante 10 días, Manuel regresó a San Carlos a seguir con su faena. No demostraba arrepentimiento. Se lamentaba, sí, pero poco.

 

En la noche del viernes 13 de octubre, Manuel se ausentó de casa justo cuando la familia se reunía a ver “La bella más fea”.

 

Reinaldo preguntó por él. Preocupado, fue en su búsqueda.

Lo encontró, pero ya sin vida. Lo descolgó para salvarlo. Desamarró la lechuguilla de su cuello.

 

-Mami, aquí se ahorcó mi hermanito –repetía con una voz dolida.

Lo sepultaron a las siete de la mañana del domingo 15 de octubre. El mismo día que Roberto Flores dio la primicia.

 

Cabalística, la pila del Nokia se descargó la noche del viernes 13.

Manuel, también.

 

 

 

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Festival de Paranoias

 

Jaime Ruiz Ortiz

Villahermosa, Tabasco.

(Noviembre de 1998)

 

“Ni la palabra que aromó tu boca, ni lo que dijeron las palabras. Ni las fiestas de amor que no tuvimos…”  Pablo Neruda.

 

TODO COMENZÓ DESDE LA ÚLTIMA PARTE, cuando supe que los muchachos del salón, no me celebrarían mi fiesta sorpresa de cumpleaños. Lo supe hasta el último instante, de aquel once de octubre que acaba de pasar. Lo supe hasta después de mucho que los esperé, hasta que ellos no llegaron a mi casa, después que era el tercer día de espera, y como mi cumpleaños era el domingo: día en que nadie quiere hacer nada, porque quieren quedarse en casa a ver las películas de Permanencia Voluntaria (o porque están todavía crudos del día anterior, porque se fueron a la disco, o hicieron una reunión y no me invitaron, o se fueron a la fiesta de algún cuate, y no tenían otra mejor cosa que hacer, mas que perder el equilibrio con unos cuantos sorbos de tequila o de cerveza); así que mi fiesta sorpresa de cumpleaños podría ser el día sábado, pero para qué esperar tanto tiempo –pienso yo-, si el viernes siempre salíamos un poco temprano y nos daba tiempo de hacer algunas cosas como bañarse, cepillarse los dientes, cambiarse de ropa, pedir permiso, perfumarse en su casa, mientras alguien, siempre alguien, por lo regular el mejor cuate de la persona, preparaba una tregua para distraer al compañero, mientras daba tiempo de aposentarse en su casa (previamente pedida) y así, tener todo listo para cuando la persona llegara de la escuela. Así pasó en el cumpleaños de Miraldelly Almeida, una compañera del salón que es muy linda y muy buena gente, y yo estaba seguro que lo mismo pasaría con el mío.

 

Hacía varias semanas (o mejor dicho, cuatro semanas anteriores) que el grupo se reunía para hacer fiestas o reuniones para celebrar que habíamos llegado a una semana más de vida, para celebrar que éramos, entonces, los sobrevivientes de la semana anterior. Todo comenzó el viernes cuatro de septiembre cuando Rubén Moscoso y yo nos pusimos de acuerdo para hacer una pequeña reunión, ese viernes invitamos a algunas de las muchachas más prendidas del cuarto B de Idiomas, y a ver qué pasaba. Así que tuve que sacrificar una ausencia en la materia de Taller de Géneros Interpretativos con la maestra Fabila. Rubén aquel día había llevado, como siempre lo hizo, menos una vez, una camioneta Chevrolet tipo estaquita, color roja, que su papá le había prestado dizque para salir con su novia; ese era el “leit motiv” de todas las fiestas: la estaquita Chevrolet color roja.

 

Eran las seis quince de la tarde, y como la maestra Fabila no había llegado aún, pues nos dimos a la tarea de ir a comprar los pomos (recuerdo que esa fue mi primer falta en la materia). Nos fuimos Rubén y yo, y también Andrés Torres, un compañero y buen cuate del salón, que Rubén y yo decidimos invitar en ese preciso momento.

 

Abordamos la Chevrolet. Yo me sentía un poco descontento por haber abandonado aquella clase que todavía no había comenzado. Me sentía descontento por fallar a la clase de la maestra que todavía no había llegado, porque todavía no sabíamos si la maestra iría a llegar.

 

Eran las seis veinte de la tarde, estábamos a punto de salir de la Universidad, íbamos entre el Centro de Enseñanza de Idiomas (CEI) y el antiguo Centro de Cómputo, cuando vimos, mejor dicho, vi a la maestra caminando por la banqueta: “¡Ahí va la maestra Fabila!”, le dije a mis cuates, “Y quién es esa” preguntó Rubén, quien no llevaba con nosotros aquella materia. Pero ellos no alcanzaron a verla. Iba la maestra apresurada como siempre, con un pantalón más delgado que de mezclilla y más grueso que de tela normal, traía una blusa que no recuerdo, y la mirada puesta en el horizonte como si fuera un enamorado y fuera a su primera cita y se le hiciera tarde, y tuviera los ojos puestos sobre la imagen de la amada ausente, allá, en donde el sol es una ruta para la noche. Pude ver claramente en su caminar, el ascenso y el descenso de su cabeza entre los toldos de los coches, tenía la mirada fija en el poniente, y sus cabellos se movían como víboras inconformes, como una medusa joven. Me quedé petrificado. Quise bajarme, saludarla, e ir con ella hacia el salón. No me bajé, no me fui con ella, no entré a clases; y aunque del mandado vinimos temprano y podía yo entrar. No entré. Eran las siete en punto y por educación o por no sé qué cosas, no lo hice.

 

Ese día viernes cuatro de septiembre no fue ninguna vieja a la reunión, esa noche tuvimos que invitar a puros machos porque no sabíamos que hacer con un Ron Baraima de a tres cuartos y dos vodkas Oso Negro de igual cantidad. Además yo tenía muchos deseos de amanecer vivo al día siguiente. Todo se acabó, así que salí temprano de casa de Rafael Domínguez donde finalmente fue la reunión.

 

La segunda pachanga fue el jueves 10 de septiembre, cumpleaños de Miraldelly Almeida, y ahí sí llegó mucha gente. La tercera fue otra vez en casa de “Rafa” para no perder la costumbre. Eso nos valió que a nuestro grupo de tercero B de Comunicación lo empezaran a llamar por otros grupos como “Los peces en el río”, en alusión a aquella canción navideña: porque nunca dejábamos de beber.

Al día siguiente como fue viernes, decidimos hacer un receso en la garganta; ya que la gente pensaría que nosotros éramos unos borrachos, cosa que a cualquiera le incomoda mucho, y claro está, que estábamos dispuestos a cuidar nuestra imagen como estudiantes ilustres y responsables de nuestros actos que somos.

 

La semana siguiente no recuerdo que hallamos tenido reunión, tal vez la amnesia del alcohol nos impedía recordar aquello, y como dicen por ahí, que “escribir es recordar”, prefiero no involucrar a mis lagunas mentales en esto.

 

La cuarta, yo creo que la cuarta pachanga. Era ese 2 de octubre y ya se sentía y ya se olía la celebración de mi fiesta sorpresa de cumpleaños que sería la semana posterior, ya me imaginaba a todos en mi casa bailando, platicando con las viejas, chocando los vasos de plástico con cubas servidas hasta el tope, diciendo “¡salud!”, dejando “lodito de borracho” en todas partes. Ya me imaginaba los tropezones, los abrazos, la alfombra ensuciándose como un perro en el piso, la plática encendida, la escalera ocupada por labios y manos y gemidos, la música a todo lo que no puede dar. El baño ocupado, siempre el baño ocupado, siempre alguien espera afuera con las piernas apretadas y un reloj en la mano. Podía imaginarlo todo: la fiesta de mi casa sería la número cinco.

 

Pero todo eso lo pensaba en la número cuatro, que era otra vez en casa de Rafael, otra vez en casa de “Rafa” y otra vez Rubén como siempre llevaba su camioneta, otra vez la música, las palabras, las botellas abandonadas, la botana servida, los cigarros y los besos encendidos en la sombra, el baño vomitado: “aquí bailan los que no saben” —ese es el lema—, aquí tropiezan los borrachos con cosas imaginarias; aquí el que se cae, en buena onda le reclama al cojo por meterle el pie, el manco toca partes prohibidas, el ciego mira lo que no tiene que ver. Todo esto pensaba mientras yo seguía inventando en mi mente una estrategia para convencer a mi madre de que haría una fiesta en plena casa, de lo demás, ellos se encargarían, yo simplemente pondría el lugar; los muchachos harían la cooperación como siempre: diez, quince pesos el miércoles, Rubén recogía el dinero, los demás hacían una cuenta mental de cuanto se llevaba, o él mismo hacía una cuenta un poco apócrifa de cuánto había aún; el día jueves lo mismo, el viernes cada quien llevaba lo que podía, siempre fue así, así como habíamos hecho las fiestas anteriores. Yo personalmente había arreglado todo para la fiesta de Miraldelly y muy bien lo sabía, que no me podían fallar. Estaba seguro de ello.

Esos días que siguieron a partir del 7, todos, pero absolutamente todos estaban muy raros, todos me veían y me hablaban en forma diferente, y todos parecían juntarse y hablar de cosas que, al parecer, no querían que yo escuchara. Todo marchaba a la perfección. Yo vi el día jueves 8 de octubre que Rubén hablaba acerca de dinero que le cobraba a Daniel “Amocachi”. Todo marcha a la perfección, —pensé. Empezaron a manejar la teoría de que el fin de semana siguiente (el de mi cumpleaños) habría que descansar (sólo me reía, creían que me engañaban). Todo marchaba a la perfección: Sólo para que, supuestamente, yo no me diera cuenta. Todo marchaba a la perfección. Porque yo confiaba en mi virtud de predecir las cosas, como un sexto sentido, como una intuición femenina, pero masculina.

 

Todo iba bien, además Mariana Aquino y Miraldelly, sabían perfectamente mi fecha de cumpleaños, así como yo las de ellas, y no me fallarían, además Nancy “la chiquita” y Angélica, compañeras del salón, y también Nancy Idania, mi amiga de la soledad ¾niña por la cual yo daría hasta la conciencia¾, días antes me habían preguntado mi fecha de nacimiento y no me creyeron, “Esa es una táctica para cerciorarse del cumpleaños de alguien, mandar a otra persona a averiguarla, y así están completamente seguros de ello”, pensé, porque mi sexto sentido es como la tinta de ciertos lapiceros “que no saben fallar”. Todo esto ocurrió en la escuela. Todo marchaba a la perfección.

 

Salí de mi casa a las tres y quince de la tarde el viernes 9 de octubre, día marcado para la celebración de mi fiesta  sorpresa de cumpleaños. Tomé una combi. Llegué a la escuela. Caminé mientras fumaba un cigarro. Aproximadamente a las 3:33 llegué al salón, el último de abajo del Edificio C. Todos estaban en clases de Inglés, clase que yo no llevaba. Una silla afuera. Me senté, eché al salón dos miradas y media, hubo quienes me vieron desde su fondo oscuro. Puse mi mochila sobre la paleta de la silla, extraje de ella “El otoño recorre las islas”, de  José Carlos Becerra, me puse a leer unas cuantas líneas de un poema, mientras alguien, quien sabe quién, se sentó en una banca de concreto atrás de mí, yo no lo veía. Encendió su guitarra y comenzó a cantar una canción que no recuerdo. Seguí leyendo sin hacer caso a esos dedos bien entrenados, y a esa voz de cenzontle posada en las ramas de mi oreja. La conversación con la guitarra me distrajo un poco, aunque yo seguía leyendo y escuchando a la vez; momentos después, salieron del salón Nancy “la chaparrita” y Nancy “la gordita”. Se acercaron a mi, me preguntaron qué leía, les contesté. La guitarra seguía. Empezó a llegar más gente desde el salón y otros de diferentes partes, a algunos sólo los reconocía por sus voces, se pusieron a cantar; otros se sentaron alrededor de una banca pegado a mí, las muchachas, o por lo menos la mayoría se acercó, me saludaron con un beso en la mejilla; Miraldelly se sentó en la paleta de la silla ¾cosa que nunca hace¾, y se mostró de buenas a primeras muy amable y muy contenta ¾cosa que pocas veces hace¾, y me dio un beso en la mejilla, ¡ella a mí! ¾algo que casi nunca hace¾ y me acarició la cabeza y la espalda como a un perro enfermo. Todos andaban alegres, cantando, se sentía un ambiente festivo, estaban bien vestidos y hasta guitarra traían, era yo como una fogata cuando hace frío. Miré a Rubén que acababa de llegar, atrás de él, un poco a la distancia se apreciaba la Chevrolet, estaquita color roja. Pronto entró a mi cuerpo un sentimiento de alegría. Yo estaba orgulloso de mis amigos de la escuela, me encontraba convencido de que no me podían fallar, que todo estaba listo, y que hasta guitarra traían para armonizar la fiesta, mi fiesta sorpresa de cumpleaños, de la cual yo estaría muy orgulloso y agradecido con ellos.

 

En punto de las 6 de la tarde en el estacionamiento de la División, se podía apreciar a Damián Pagola, a Victor Ortiz y a varios otros como el mismo Rubén, apoyados, charlando sobre la camioneta Chevrolet tipo estaquita color rojo, pasé a un lado de ellos y continué mi camino para no entrometerme en los planes que preparaban, y me fui.

 

Todos parecían hablarme de buena manera y todos parecían tratarme bien. Más o menos a las 6:15 de la tarde volví a salirme del salón, ya que la maestra Fabila otra vez no había llegado, fui a fumarme un chicle y a mascar un tabaco cuando miré que la estaquita color roja, con quién sabe qué número de placas ya no estaba en el estacionamiento de la DAEA, tampoco los que hace un momento se apoyaban en ella. Pensé que lo más seguro habían ido a comprar las ‘cosas’. Hablé por teléfono a Jade, Jade que es una ex compañera de la escuela (a la que menos veo y la que más tiempo está conmigo), días antes me había dicho que si yo hacía algo que la invitara, y cómo no invitarla…

 

Esa noche llovió. Todos salimos temprano y todos se fueron temprano a pesar de la lluvia. Yo me quedé otro rato esperando que cesara el agua de caer, esperando que todos hicieran sus cosas y me esperaran en mi casa, después yo llegaría.

 

Llegué a donde vivo como a las 10 de la noche, al pasar por el estacionamiento de mi edificio no vi la camioneta tipo estaquita color roja (la han de haber dejado en otro sitio) ¾pensé¾, en el interior del condominio se escuchaba un gran ruido de fiesta, alguien que a la distancia no reconocí, se asomó por la ventana de mi casa y se quitó inmediatamente como una sombra, como un fantasma, como si apartaran con desesperación una cortina: “¡Ahí están!”, pensé, Han llegado. Cuando subí la escalera todo era silencio, escogí con nerviosismo la llave frente a mi puerta. Entré. No había nadie. Todo era silencio. La casa estaba completamente limpia. Todo brillaba, hasta el baño que un rato antes estaba sucio, ahora ya estaba lavado. Esperé. Comencé a leer el libro “Crónica de una muerte anunciada”. De pronto, afuera, ruido, pasos. Alguien subía las escaleras. Se escuchaban varias voces, llaves que se escogían, ruidos silenciosos, reían, callaron, se pararon frente a mi puerta (mi corazón parecía que iba a estallar en mil latidos). No tocaron, eran los vecinos de la casa de enfrente que traían visita y además venían borrachos. Ese día no llegaron, esperé hasta las doce de la noche por si Las Mañanitas, pero tampoco.

 

Quedé triste y alegre; triste porque no llegaron y alegre porque supe que los verdaderos amigos se cuentan con las manos de un manco y se acarician a veces, con los pétalos de las palabras de nuestro corazón.

 

No importa, al día siguiente el calendario guillotinaba la cabeza del sábado 10 de octubre, llegaron mis amigos: Alejandro “Maracas”,  Luis Alberto, Jade, Claudia, su amiga, Jorge Gabriel y Freddy, además de mis hermanos Marco Antonio, Carlos y Rossy.

 

El domingo, mero día de mi cumpleaños no hubo fiesta sorpresa, me hicieron una reunión donde llegaron los que tenían que llegar, los que su llegada no sería un sorpresa porque los estaría esperando, me regalaron su presencia y sus palabras y su tiempo. Sólo llegaron los que entran como anillos de oro en mis pocos dedos.

 

El día lunes 12 no tuvimos clases, pero el martes sólo algunos se enteraron que fue mi cumpleaños, descubrí, que no me habían planeado una fiesta sorpresa; que Daniel el miércoles 8 no le daba la cooperación a Rubén, sino que le estaba pagando a cuenta de unos tenis; que la guitarra aquel viernes la llevaron porque se les pegó la gana, y que ellos se me acercaron y me saludaron y las muchachas me besaron porque les caigo bien. Supe que estaba sumido en una tremenda equivocación, que la camioneta estaquita que había yo visto esa tarde no era de Rubén, él ese día andaba a pie. Pero sí descubrí algo, algo de lo que estoy contento, que los amigos de la infancia son los amigos de verdad y no compañeros, que mi amiga Jade me quiere más de lo que yo la quiero a ella, y que un día de éstos de tanto quererle, la voy a odiar, y que hay algo, siempre algo, algo más grande que nos une y que no nos separa: lo que nos hace distintos a los enamorados.

 

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Diputados en venta

 

Kristian Antonio Cerino

 

Villahermosa, Tabasco.

 

*

 

Sonó la campana en la Cámara de Diputados de Tabasco. Los legisladores, olorosos y peinados, buscaron sus curules en los primeros días de 2007.

 

Olvidando la elección presidencial y de gobernador, inauguraron el primer periodo ordinario de sesiones correspondiente a la Legislatura 59.

 

Para no perder la rutina, los perredistas se sentaron a la izquierda de la tribuna; los priístas, a la derecha. Los panistas, casi borrados del mapa político, en el centro.

 

Con unos 27 grados a la sombra y distribuidos en el salón de sesiones, los 29 hombres y las 6 mujeres prometieron hacer del Congreso de Tabasco el más productivo, por lo menos, del sureste de México.

 

Así comenzó no sólo la nueva Legislatura, sino el reciente gobierno de Tabasco en poder de un enésimo priísta, Andrés Granier Melo, ex alcalde de Villahermosa y químico fármaco-biólogo de profesión.

 

Granier ganó la elección de gobernador un 15 de octubre de 2006. Venció no solamente a Cesar Raúl Ojeda, el candidato opositor, sino a Andrés Manuel López Obrador, el perredista más importante para una buena parte de los tabasqueños.

 

Y lo sometió porque López Obrador hizo más campaña electoral que Ojeda, el empresario hotelero.

 

El químico triunfó con un amplio margen pero su preocupación, después de la jornada electoral, era la composición de la Cámara de Diputados.

 

Con los resultados computados y avalados por las instancias electorales, Granier no poseería la mayoría en el Congreso.

 

Le preocupó siempre que el PRD y el PAN –el presunto bloque opositor- sumara, en el inicio de la Legislatura, 19 votos contra 16 de su partido, el PRI.

El gobernador reconoció, en los primeros días de su administración, que los perredistas estaban dolidos por la derrota presidencial como por el descalabro en los comicios de gobernador.

 

Pensó, según contó uno de sus funcionarios con grabadoras apagadas, que el PRD simplemente frenaría cualquier iniciativa de ley sugerida desde el Palacio de Gobierno.

 

Partiendo de los presuntos problemas que enfrentaría con los diputados opositores, comenzó el plan B de la administración de Granier: la compra de legisladores enemigos para obtener su propia mayoría.

 

Aunque él lo ha negado muchas veces,  Humberto Mayans Canabal, el secretario de Gobierno de Tabasco, es el principal operador en la compra de diputados.

 

Lo hace, denunció Juan Manuel Fócil Pérez, dirigente estatal del PRD, con la colaboración de José del Carmen Escayola, otro químico de profesión, amigo del químico Granier y coordinador de la fracción parlamentaria del PRI.

 

“Buscaron la mayoría comprando compañeros diputados porque quieren imponer sus leyes”, agregó Fócil Pérez.

 

A 9 meses que inició operaciones el Congreso de Tabasco, la mayoría presumida por el bloque opositor, PRD-PAN, pasó a manos del PRI.

 

Los priístas y el gobierno convencieron a 3 perredistas y a una panista de abandonar sus bancadas y colaborar para el sistema priísta del estado.

 

Luego de la compra, el PRD y el PAN emprendieron un operativo para  revestir el boquete por donde salieron 4 diputados, algunos comprados con dinero a la mano y otros, con obras públicas, becas, subsidios, promesas.

 

 

**

 

Nos quedamos con la boca abiertarecordó Omar Policroniades, un reportero del diario tabasqueño La Verdad del Sureste.

 

—Cómo entender que dos diputados perredistas en los primeros días de sesiones se pasaran a la fracción priísta.

 

Omar es un reportero crítico. Le gusta cubrir los movimientos sociales que acontecen en Villahermosa. Él como otros que cubren la fuente legislativa reprochó esta falta de identidad entre los políticos.

 

—No creo que otros se vayan— pronosticó el mismo día en que compró una grabadora digital. Le falló la predicción.

 

Roselia Elvira López y José David Ascencio Arellano, cuestionados por la base perredista por su llegada a la diputación, dejaron callados a legisladores de su fracción parlamentaria cuando hicieron pública su renuncia al PRD.

 

Sin más preámbulos, ambos fueron los primeros es sumarse a la bancada del PRI por considerar que en su instituto político no “existían” las condiciones para permanecer.

 

Elvira López, del municipio tabasqueño de Paraíso, argumentó que en el PRI estaría mejor.

 

Ascencio Arellano, ex alcalde del municipio de Centla –en la zona costera de Tabasco- negó que su transferencia al PRI fuera para evitar un juicio político por su presunta malversación de fondos entre el 2003 y 2006 cuando era presidente municipal.

 

—En el PRI me adoran— sostuvo Ascencio Arellano, el ex perredista, en ese instante, que cuando gobernó en Centla no sólo bailó con Ninel Conde en un acto masivo sino que era un adicto a los table dance.

 

A los perredistas nos pagó mal, añadió Adán Augusto López, coordinador de los diputados del PRD.

 

Cuando Ascencio Arellano era alcalde municipal, la dirigencia del PRD encabezó una manifestación en el vestíbulo de la Cámara de Diputados. Lo lograron, evitaron que los legisladores, priístas en su mayoría, aprobaran un juicio político en su contra.

 

Para algunos, los perredistas están padeciendo las deserciones producto de su pésima selección de cuadros en las elecciones locales.

 

“Se pasan de un lugar a otro porque nunca han sido perredistas, sino están por puro interés”, precisó Auldárico Hernández Gerónimo, ex senador, ex diputado federal y ex dirigente del PRD.

 

Cuando Roselia Elvira López y José David Ascencio Arellano salieron del capullo y empezaron a volar, el primero en abrazarlos fue José del Carmen Escayola, el coordinador de los diputados del PRI.

 

Su abrazo estampado en fotografías, contra todos los pronósticos, se repitió 2 veces –entre agosto y septiembre- más con la compra de 2 legisladoras, una perredista y otra panista.

 

De 4 legisladores que han renunciado al PRD y al PAN, para emplearse en el PRI, 3 han sido mujeres.

 

Delia María Montejo, diputada de Cárdenas –el primer municipio que ganó el PRD, en 1991, en una elección constitucional-, emprendió su metamorfosis cuando apareció en un evento de mujeres priístas.

 

Los diarios tabasqueños vaticinaron que Montejo era otra de las compradas por el gobierno de Tabasco.

 

Y llegó el momento de su separación. Frente a decenas de reporteros le dijo adiós a sus principios democráticos que juró cuando era la candidata del sol azteca. Apareció sin pena alguna y se retrató  con José del Carmen Escayola, conocido como el operador bursátil.

 

—Diputada, ¿se vendió? Más que pregunta fue un grito desesperado de un reportero local.

—Yo no me vendo—reiteró la mañana del jueves 30 de agosto.

 

No le importó los cuestionamientos. Ya de pie, Escayola le levantó la mano emulando el triunfo de cualquier boxeador, la victoria priísta en una tercera caída, en una tercera compra.

 

“Es lamentable que haya personas sin principios, ni dignidad, que Granier siga comprando diputados”, condenó Rafael Acosta León, diputado del PRD.

 

Acosta León, uno de los más aguerridos del bloque perredista, denunció que Humberto Mayans Canabal, el secretario de Gobierno, le ofreció renunciar al PRD a cambio de 2 millones de pesos

 

—No acepté porque no me presto a los intereses del gobierno— enfatizó. Una semana después, Mayans rechazó la acusación.

 

—Quien gobierna en Tabasco es Mayans, está degradando la vida pública de Tabasco comprando diputados— remató Arturo Núñez, senador del PRD.

 

Cuando se pensó que la compra de legisladores se pararía en 3, llegó la cuarta adquisición.

 

Karina González Balcazar, coordinadora de la bancada panista en el Congreso, abrió fuego: me voy al PRI porque en el PAN me tratan mal.

 

La diputada González no era la líder de la fracción panista. Ella, en su afán de poder desbancó de esa posición a José Antonio de la Vega.

 

De la Vega venía jugando un rol de oposición en contra del gobierno de Andrés Granier Melo. A través de unos acuerdos con la dirigencia de Acción Nacional, en ese entonces dirigida por Francisco Macossay (+) se pactó la salida del diputado panista para el ingreso de González Balcazar.

 

Una vez en la coordinación, la diputada se separó de su partido y se sumó al PRI.

 

Le llovieron críticas: se vendió, cambió su militancia panista por obras públicas, no resistió la tentación.

 

“Son unos verdaderos hampones de la política” dijo José Antonio de la Vega cuando se le preguntó sobre los planes del gobierno estatal.

 

“No conocen nada de diálogo, de tolerancia”, fustigó.

 

 

 

***

 

Con la compra masiva de diputados, el PRD y el PAN crearon un bloque para evitar que otros legisladores se brinquen la cerca. Les han pedido, a los que quedan, que piensen primero en los tabasqueños.

 

Es más, les han recordado que todo lo que toca el gobierno termina por consumirse. Los hermanos Juan Manuel y Gonzalo Fócil Pérez, uno dirigente del PRD y otro dirigente del PAN, amenazaron con no permitir un golpe más de Granier y Mayans.

 

Andrés Granier, semanas antes que comenzara su gobierno (diciembre, 2006) convocó a ex diputados locales del PRD para sumarse a su administración. Lo hizo con la intención de decirles a los ciudadanos que en su gobierno “cabían” todos.

 

Así, el perredista Miguel Salim Nazur recibió el obsequio de la Comisión Nacional Forestal; Adolfo Díaz Orueta, uno más, la Unidad de Enlace Sectorial del gobierno de Tabasco.

 

Hoy, el PRI con sus 20 sufragios o diputados  -4 más que en enero de 2007- están desechando todo iniciativa procedente de la oposición, sobre todo la revisión de las cuentas públicas del gobierno anterior, aquel que timoneó Manuel Andrade Díaz, el gobernador del ego por sus construcciones que llevan sus iniciales en mayúsculas.

 

El PRD prevé, entre revelaciones, que uno más de sus diputados no resista un cañonazo de dos millones de pesos.

 

En Tabasco ya no se aplica el termino Maicear, sino el de Mayancear, por las presuntas compras de diputados concretadas por Humberto Mayans.

 

 

 

 

 

 

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El lector 72

 

Kristian Antonio Cerino

Villahermosa, Tabasco.

 

I

 

A penas mira de reojo a los primeros que están en la fila.

 

El lector 72 está continuando con la lectura de Arráncame la vida de Ángeles Mastretta, memorial que inició a las 9 de la mañana.

 

Pocos sabemos qué cosas guarda a las dos con quince, pero sí escuchamos lo que lee en voz alta: “nos fuimos a desayunar a los portales. Andrés pidió café para todos, chocolates para todos, tamales para todos”.

 

Lee con dificultad entre un centenar de estudiantes de educación, comunicación e idiomas. Lo hace con un aspecto trémulo pero en la medida que pasa el tiempo y va concluyendo su participación, éste levanta el vuelo.

 

Segundos antes de alcanzar la cúspide literaria, según el cronista, el sujeto delgado y de tez morena observa con firmeza a la población estudiantil como diciéndoles “terminé contra todos los pronósticos”.

 

Así es.

 

Moisés Castro Morales separa el micrófono en el punto final de su participación para que el lector 73 prosiga con la lectura de la escritora mexicana, misma que recibió el premio Mazatlán por su novela Arráncame la vida.

 

Ya de pie confirma que su nombre fue proyectando durante los 7 minutos de su intervención.

 

Con la mirada y con los pasos de un triunfador en la vida, abandona el auditorio del edificio más nuevo de la División Académica de Educación y Artes. DAEA.

 

Para algunos, este lector no leyó correctamente; para otros, ha demostrado su voluntad para participar (quizás) por primera vez en público, sentado ahí como cualquier conferencista o poeta:

 

—Ya me vi.

 

Se siente como los jóvenes en el escenario cuando cantan o declaman y más cuando sabe que mientras lee es visto en circuito cerrado tanto en las cafeterías como en la  biblioteca central de la UJAT.

 

De lo último que vemos en él -en el marco de su partida- es su mochilón que lleva a cuesta camino a la realidad.

 

Es probable que no lo veamos en mucho tiempo y que poco nos interese cómo llegó al Maratón Universitario de Lectura organizado por estudiantes y maestros de la UJAT.

 

 

II

 

— Vengo a leer— dice Moisés cuando ingresa al Instituto Juárez de Tabasco en la avenida 27 de Febrero.

—No, no señor, no es aquí. Es en la DAEA.

—Entonces iré para allá— insiste.

—No se preocupe, una persona lo llevará.

 

En el camino a la UJAT Moisés Castro Morales va pensando en que nunca leerá por los obstáculos que el destino le coloca a sus pies. Pero finalmente lo hace.

—Vengo a leer.

—No, no se puede porque los lectores se registraron desde la semana pasada. Le anticipa un joven encargado de la logística.

—Quiero leer, sólo eso. ¿Tengo que pagar algo?

­—No, como cree, no hay que pagar nada.

 

Alguien de los lectores programados entre las dos y tres de la tarde entiende la preocupación de lector inesperado y le cede su posición en el maratón.

 

—Gracias. Dice en voz baja.

 

Con el libro bajo el brazo lo abre lentamente en el instante que es sentado en la tribuna. Desde los últimos asientos se ve a un Moisés a punto de conseguir algo: leer para todos, leer para sí mismo, demostrar que es capaz para cumplir sus propias metas.

 

En la conclusión de su lectura y cuando recibe una constancia firmada por Pablo Gómez y Angélica Fabila, el hombre la toma en sus manos no como cualquier documento sino como si hubiera recibido el premio Nobel de su vida.

 

No dice gracias en voz alta, pero el gesto es suficiente para decir que de todos los lectores ha sido el más satisfecho, el que parte con la mirada alta, con la conciencia en paz.

 

Tú, los libros y yo, el Maratón de Lectura Universitario, concluye a las 7 de la noche.

 

A esta hora, en 8 de febrero,  pocos recuerdan al lector desconocido aunque entre los asientos se comenta que alguien estuvo a punto de arrancar los aplausos: José Antonio Acosta Marín, el lector 78.

 

Leyó, interpretó, sedujo y entonó como un autentico tenor fragmentos de Arráncame la vida.

 

Algunas maestras suspiraron entre las emociones que despertaron la novela y el olor a café.

 

Otros, sólo se limitaron a tomar ciertos apuntes de Mastretta: es necesario meterse debajo de la tierra para hacer el amor sin que nadie nos moleste.

 

Para las 8 de la noche los lectores se habían esfumado por los rincones de la universidad.

 

Sobre el escritorio de Flor de Líz Pérez sólo quedaron los libros numerados para la ocasión. Algunos donados por Enrique Chang, Roberto Carrera, Erasmo Marín, Rosaura Castillo, Pedro de Jesús García, Martha Gutiérrez, entre otros.

 

Atrás quedó el ejercicio y el interés por despertar la lectura, también las vueltas aderezadas con preocupaciones –para que  todo saliera bien- de Ángel Valdivieso, Flor de Líz, Luis García, Angélica Fabila y el cronista:

 

¿Y el café?

¿Y las galletas?

¿Y los lectores?

 

 

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En espera del tren

Kristian Antonio Cerino


Tenosique, Tabasco.

 

 

Aislados, hambrientos y temerosos de ser víctimas de la delincuencia o de ser forzados por la policía mexicana a regresar a su país, cientos de inmigrantes ilegales centroamericanos esperan aún el paso del tren en Tenosique, al lado de la frontera con Guatemala.

La tragedia de los “sin papeles” hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, desatada a principios de mes a raíz de la suspensión del servicio ferroviario que pasa por el estado de Tabasco, en el Golfo de México, se prolongó hoy un día más pese a la atención que a mediados de semana comenzó a prestarle el Gobierno mexicano.


En Tenosique, la última población de cierta magnitud hasta el límite con Guatemala en esa zona de Tabasco, los inmigrantes parecen no cansarse de divisar con ojos soñadores el punto donde se pierden las vías férreas, pese a que a algunos ya no les alcanzan los dedos de la mano para contar los días que llevan allí.


Cada vez son menos los que permanecen acampados en la comunidad aledaña de El Faisán esperando el ansiado arribo del tren con el que iban a iniciar su largo y trabajoso periplo hacia Estados Unidos.


Algunos fueron repatriados por el Instituto Nacional de Migración (INM) mexicano y otros han preferido refugiarse en la selva.

Los más atrevidos, sin embargo, continúan firmes sobre las vías del tren, aunque lamentan su situación y la de sus compañeros de viaje que dejaron atrás el “sueño americano” en días pasados.

“Ya no pudieron aguantar, ni las mujeres ni los niños”, dice a Efe José Martínez, un indocumentado guatemalteco para el que regresar a su país no sólo significa un fracaso sino también volver a una realidad no muy diferente de la actual.


“No estamos bien, por eso salimos de nuestra casa y dejamos todo, porque no hay ni para comer”, agrega.


Martínez, de unos 40 años, pretende reanudar el camino pronto aunque no pase el tren que le iba a conducir hasta el estado mexicano de Veracruz, también en el Golfo de México pero más al norte y después del cual sólo le restará cruzar el estado de Tamaulipas para alcanzar la frontera estadounidense.


La opción que le queda es conseguir alguno de los escasos vehículos que pasan por allí o lanzarse a una caminata de decenas de kilómetros hasta llegar a otro punto de la vía del tren donde el servicio funcione.


En el Faisán, una comunidad rural que vive de la agricultura y del comercio minorista que generan especialmente los aventureros llegados del sur, ya no queda mucho, pues la Policía Federal retiró en días pasados las casas que los improvisados nómadas construyeron con cartón, madera y plásticos, cerca de las vías.

Otro de ellos, el salvadoreño Miguel López, es uno de los más resistentes pues ya hace un mes que salió de su país y no se amedrenta pese a las dificultades.

No sólo le duele no poder continuar en tren el viaje, sino también sus pies, llenos de ampollas y llagas, y especialmente las fotografías que guarda de las hijas que dejó con su madre.


“Otros lo han logrado”, afirma a Efe esperanzado sobre algunos vecinos que están trabajando en EEUU, mientras permanece escondido de los agentes federales que coordinan el programa de repatriación voluntaria.


A sus 35 años, López confía en que tarde o temprano la policía se marchará y en que el tren reanudará sus actividades.


Las de Martínez y López son solamente un botón de muestra de las miles de historias trágicas que se cuentan en el lugar, desde el testimonio del que perdió a su hermano en 2006 al ser arrollado por el tren hasta el que vio cómo violaban a sus hermanas.


“La gente de los pueblos no se mete con nosotros, el peligro está de noche cuando salen esos que asaltan”, relata Luis Sánchez, otro indocumentado.


Tabasco, con una población que supera los 2 millones de habitantes y con 260 kilómetros de frontera con Guatemala, recibe anualmente a más de 20.000 centroamericanos.


La empresa estadounidense Genesee & Wyoming, que hasta ahora operaba la ruta del tren Chiapas-Mayab, anunció en junio pasado la suspensión de actividades y la liquidación de unos 1.200 trabajadores.


La compañía se declaró en bancarrota a raíz de que una de las rutas que operaba, que transcurría por el estado mexicano de Chiapas, también limítrofe con Guatemala, fue arrasada por el huracán Stan en 2005.


El Gobierno de México anunció que en breve licitarán nuevamente el servicio ferroviario, pero hasta entonces el sueño de los inmigrantes se resquebraja día tras día en el remoto Tenosique.

 

 

(Publicado en la agencia española EFE. 2007)

 

 

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Ayer


Eduardo Beltrán

 

Villahermosa, Tabasco.



Corría el año de 1994 en uno de los calurosos salones del segundo piso del edificio A de la División Académica de Educación y Artes de la UJAT.


Era el segundo semestre grupo “A” de la Licenciatura en Comunicación, y el doctor Heriberto Olivares Valentines estaba a punto de ingresar.


Como siempre, todos los estudiantes, incluyendo a este reportero, estaban en pleno relajo, contando chistes, enamorando a alguna compañera, o simplemente, en espera de las doce del día, la hora de la salida.


Sociología de la Comunicación, así se llamaba la clase, o como el mismo doctor Olivares decía: “mi cátedra”.


De pronto: “Ahí viene el padre”, “ahí viene el padre”, expresaba a gritos y como en la secundaría uno de los más de ochenta universitarios. Inmediatamente, y como animales al Arca de Noe, todos ingresaban al salón.


En las escaleras se escuchaban los pasos lentos del doctor Olivares. Un hombre en esos entonces robusto, que se balanceaba un poco al caminar y casi siempre iba parlando algo con su voz potente.


En ese tiempo y siempre, el doctor Olivares de daba ciertos lujos que los demás académicos de la DAEA no podían. A él por ejemplo, nadie se atrevía a cuestionarlo al inicio de semestre sobre el cómo y el cuándo iba a calificar.


Otra cosa de la que podía presumir, era que a su entrada, el salón sonaba como un cementerio en un día común y corriente.

 

“Quítese la gorrita Dagdug, que no estamos en un campo de pelota”, fue lo primero que se escuchó ese día de la boca del sacerdote en la silenciosa aula. El regaño era para un estudiante igual de robusto que él, Juan Luis Dagdug, uno de los mejores de la clase y actual profesional comentarista en Tabasco del rey de los deportes.


El padre, como de costumbre, llegó hasta el escritorio, se instaló en la silla, y dejó su maletín. Mientras, en el otro extremo del salón, Dagdug metía la culpable cachucha en su pequeña mochila.

“Decíamos ayer”, comentó el padre, o más bien gritó.


-No maestro, ayer no hubo clase- dijo de pronto un atrevido.


“Ayer”, repitió un poco más fuerte el catedrático.


-Que ayer no hubo clase-, le refutaron dos más.


“Ayer”.

-No. Hoy es miércoles. La clase fue el lunes. No fue ayer, fue anteayer. Tenemos sociología con usted los lunes, miércoles, y viernes-.


“Ayer”.

-No profesor. Se está confundiendo con el segundo “B”, nosotros somos segundo “A”-, le expusieron casi todos los de la primera fila, que como siempre, en su mayoría eran mujeres.

“Ayer”


-No anteayer-


“Ayer”

“Ayer”

“Ayer”.

“Ayer”

“Ayer”

“Ayer”, repitió tantas veces con todo lo que dieron sus pulmones y hasta que los equivocados silenciaran.

Con el temible calor que hacía esa mañana, no era posible discutir, y menos con el doctor Olivares. Demasiado atrevimiento había sido ya el pretender que estaba equivocado, sobre todo porque unos cuantos días atrás había corrido del salón al presidente de la sociedad de alumnos de DAEA por entrar de pronto: “No interrumpa mi cátedra jóven para la cuestión de las votaciones de planillas. No vuelva a hacer eso. De la vuelta, salgase, y cierre la puerta por fuera”.

Así, las terquedades de los universitarios de repente se vieron avasalladas por las del padre.

Y utilizó de nueva cuenta su estruendosa voz: “Ayer no es un día jóvenes. Ayer es un tiempo. El ayer, el ayer, el ayer, el ayer, el ayer”, insistió. Y lanzó la pregunta que acabaría con todas las dudas: “¿Ustedes a caso no han escuchado hablar de los años del ayer?”.

La clase, que inicialmente estaba preparada para el tema de “La Democracia en las Distintas Sociedades”, cambió su curso por el tema del famoso “Ayer”. Así era de versátil el padre, e instruyó sobre el ayer por dos largas horas en Sociología de la Comunicación.

Después, antes de irse, escribió su acostumbrado discurso en una hoja de papel. Apunte que siempre dictaba, había que decirlo al pie de la letra durante cualquiera de sus exámenes, y debía estar bien presentado en los cuadernos que revisaba al final del semestre. Y nos quedó muy claro, el ayer no es un día, el ayer es un tiempo.

 

 

 

(Crónica de una de tantas cátedras se “Sociología de la Comunicación” con el cura y doctor Olivares durante 1994 en la División Académica de Educación y Artes de la UJAT.

15 de enero, 2007)

 

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Pepe Frías

 

Kristian Antonio Cerino

Nacajuca, Tabasco.

I

 

Sábado seis en Las Lomas. José Frías Cerino no puede salir de la caja metálica que han comprado para su descanso.

 

A esta hora, once de la mañana, el periodista mantiene cerrado los ojos por la terquedad del destino.

 

Decenas de arreglos florares revolotean sobre su cabeza en un cruce de incienso y sahumerio para la consolación.

Pepe Frías está sumamente quieto pero bien afianzado a un cristo colocado peregrinamente entre sus manos.

 

Los cercanos, los amigos, desearían que el cristal que resguarda la caja se rompiera y saliera para seguir escribiendo, relatando sus anécdotas de corresponsal o simplemente que caminara para el asombro.

 

Pero, Pepe continúa sin moverse, sin decir una palabra o leer en voz alta su entrevista con Andrés Manuel López Obrador o con el hijo de Tomás Garrido Canabal.

 

A Las Lomas, rincón del municipio de Nacajuca,  están llegando los amigos de Frías: los periodistas, los políticos, los antiguos funcionarios, los de siempre.

 

Por cada cinco minutos se escuchan los lamentos diplomáticos: “era un buen ser humano y un buen periodista”.

—Se nos fue— remata Arturo Núñez Jiménez, el senador por Tabasco.

 

Detrás de él un séquito de agregados hormiguean las memorias: “yo conocí a Pepe Frías hace muchísimos años, vio el periodismo como un simple oficio, no como los mercenarios”.

 

Mientras las anécdotas sobre Pepe están entre las bancas que fueron facilitadas por la iglesia de la comunidad y los que olvidan que el cuerpo del periodista está en la sala y bajo llave, las 52 veladoras depositadas a escasos centímetros de los cabellos del reportero de Excélsior  se consumen rápidamente como cualquier nota informativa a medio día.

 

A la doce, Pepe recibe una segunda dotación de veladoras de los que seguramente lo conocieron en Las Lomas o en algún sitio de Tabasco.

 

Pepe era una especie de pata de perro que nunca estuvo quieto en el mismo punto: Excélsior, El Día,  El Sol de México, Diario de Sotavento, Presente Avance, La Palabra y El Semanario Tabasqueño.

 

La sala donde es velado el cuerpo de Pepe Frías está más vacía que los actos de campaña del Verde Ecologista. Y no desocupada en número de personas sino en propiedades.

 

Si no fuera por el féretro que es colocado en el pleno centro, sólo quedaría en el fondo el altar, sus imágenes, sus siluetas de inciensos, sus oraciones, el sahumerio, la pared blanca.

 

Hoy los amigos desfilan por doquier.

 

—Así como vino, así se fue— precisa alguien a lo lejos, un anciano que mezcla el chontal con el castellano.

 

Los integrantes de la Agrupación Política José María Pino Suárez, creada por priistas después del rompimiento con la corriente madracista, son los primeros en colocar sus ofrendas florales.

 

Una de ellas es bajada de la camioneta de Wilbert Méndez y colocada entre los pies y las rodillas de Pepe, más o menos a esa altura.

 

Y en cascada se ordenan las siguientes: de  Humberto Mayans, de Jesús Manuel Argáez, de, de, de.

 

A Pepe no sólo lo acompaña la cruz metálica prestada por los servicios funerarios, sino las 84 cruces que han  sido dibujadas en el aire en los últimos minutos.

 

Para que alcance el purgatorio, bien dicen los rezadores, es necesario sahumar el cuerpo del periodista para librar los obstáculos en el camino.

 

Por ello, a Pepe le han sahumado desde los jóvenes hasta los más ancianos, desde los pies hasta los dedos que lo escribieron todo.

 

Por cada intervención, le trazan 5 cruces en el aire para la conducción.

 

—Ya me toca­— pide su turno un representante de la comunidad chontal.

A este se le pasa la mano: 20 cruces largas y 10 cortas.

 

En tanto, algunos no pierden el tiempo durante la velación del cuerpo:

Pepe encerrado, el pueblo comiendo.

Pepe encerrado, el caldo y la carne.

Pepe encerrado, me pasas las tortillas.

Pepe encerrado, qué rica está la comida.

Pepe a una hora del sepulcro, los saciados están marchándose.

 

Un letrero pegado con cinta canela en la ventana principal recuerda la hora en que Pepe escuchará su última misa y los instantes en que será sepultado, en que será cubierto por la tierra, en que le cerrarán la redacción de la vida, en que le apagarán la PC.

 

Qué más quisiéramos que la tierra que recibe Pepe en este momento le correspondiera a otro periodista inhumano, prepotente, visceral.

 

Qué más quisiéramos no escuchar por la radio que Pepe Frías, a los 51 años, perdió la vida.

 

Deberíamos de aplicar -con el cuerpo de Pepe- lo que dictó alguna vez el maestro Jaime Sabines en su poema Qué costumbre tan salvaje de enterrar a los muertos:

 

—Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

 

II

 

Conocí a Pepe Frías Cerino en el 2000. Algunos creyeron que era mi tío y que por esa razón siempre estuve enterado de los asuntos políticos.

 

Él de Nacajuca y yo de Jalpa de Méndez, pero Cerinos al fin, compartimos anécdotas periodísticas en los últimos años.

 

Me contó cuando entrevistó a Druso Garrido, hijo de Tomás Garrido Canabal, quien terminó los últimos días de su vida en Costa Rica.

 

Además, de cuando hizo lo propio con Andrés Manuel López Obrador desde que salió de Tabasco hasta que llegó a la ciudad de México.

 

—Ha sido la entrevista más larga que concedió— sostuvo en el 2001.

—Cuando llegamos me dolían mucho los pies— confiesa una década después.

 

José del Carmen Frías Cerino, falleció el  viernes 5 de enero, 2007,  víctima de un paro cardiorrespiratorio.

 

Ganó tres veces el Premio Estatal de Periodismo en el género de Entrevista, en Tabasco, y fue reconocido como Valor Juvenil Nacional 1975, según recordó el día de su muerte Antonio Villegas a través de un comunicado.

 

“Su incursión en el periodismo se dio muy joven, cuando apenas llegaba a los veinte años de edad y de inmediato se hizo de un gran prestigio en los medios de comunicación regionales y en la prensa capitalina, donde destacó por esa enorme virtud de conversar y hacer amigos, a través del género que le gustaba: la entrevista”.

 

Una gran satisfacción para José Frías llegó en julio de 2006 cuando en pleno Zócalo capitalino fue ovacionado por decenas de miles de personas que acudieron a la presentación de su libro “Entrevista para la historia. Andrés Manuel López Obrador. Razón y Pasión”, una de las pocas entrevistas en la que el político tabasqueño habló de su vida, su fallecida mujer y sus hijos.

 

“Compartamos nuestra pobreza”, le decía a sus más allegados, que le recuerdan con profundo afecto.

 

A propósito de la muerte de Pepe Frías, el político José Antonio de la Vega también comparte cómo conoció a este periodista:

 

Fue en 1978 cuando conocí a Frías en la Ciudad de México. Con 15 años de edad, me encontraba realizando los estudios preparatorianos en el Colegio La Salle.

 

Vivía yo en una casa de huéspedes situada en el pedregal de San Ángel, cuya dueña, viuda de don Armando Correa Zapata, venida a menos económicamente, convirtió su amplia residencia en casa de huéspedes donde albergó durante muchos años a tabasqueños que llevaban a cabo sus estudios en la Ciudad de México.

 

Por ahí desfilaron los hermanos Tito y Alejandro Mansur, el Dr. César Lastra y su hermano Flavio; Juan Filigrana, entre otros. Un buen día, la señora de la casa puso un anuncio en el periódico para solicitar un muchacho que le ayudara en los trabajos de jardinería de la hermosa residencia.

 

Al contratarlo, la señora me comentó que se trataba de un muchacho de Tabasco. Fui inmediatamente a conocerlo: era Pepe frías.

 

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Días difíciles

 

Kristian Antonio Cerino

Villahermosa, Tabasco.

 

I

Camino con rapidez por los pasillos de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.

 

Escucho que a lo lejos  algunos alumnos han perdido clases por el forcejeo entre maestros. Es la primera ocasión que una elección de director provoca un sismo en la División Académica de Educación y Artes.

 

Antes de subir las escaleras del edificio C, en donde presuntamente coordino Crónica y Reportaje, veo salones vacíos y rostros pálidos por lo que vendrá a la dirección.

 

Atrás, mientras continúo escalando peldaños, han quedado oficios firmados, visitas a los diarios, a las estaciones radiofónicas e inconformidades.

 

Otros, se mantienen a la orilla de la laguna –al margen- en espera de la decisión que se tome en el seno de la Universidad.

 

Viernes 7 de septiembre. Mi preocupación, más que los nuevos tiempos que se vivirán en la DAEA, es cómo presentar una nueva estrategia didáctica para la buena enseñanza de la crónica y el reportaje.

 

Me inquieta, que después de la conclusión del ciclo, decepcione a los estudiantes que se han creado múltiples expectativas. Alguien se ha encargado de publicitarme como el cronista de los premios, pero no siempre los títulos son sinónimos de sabiduría.

 

Hoy, en donde algunos están pensando sólo en enfrentar a la Universidad con sus quejas y ausencias, estoy convencido que mi prioridad es la academia y el cumplir mis objetivos entre la población estudiantil.

 

Pensé que las  2 horas con los aprendices de crónica –en donde también me incluyo- serían desastrosas. De 2 a 4, en el horario mixto, Pascual Hernández May abrió lentamente la clase con una descripción sepélica en el marco del primer informe de Felipe Calderón Hinojosa.

 

El estudiante de Periodismo, sin perder la compostura, leyó pausadamente un texto que realizó sobre la salida de los perredistas del Congreso de la Unión.

 

Cuando terminó su lectura, convenció a 37 oyentes, convenció al maestro y se convenció él de que todos podemos tener acceso a los géneros periodísticos si así no los proponemos.

 

Cuarenta y ocho horas antes, Gerardo Rafael Pérez había cerrado otra clase con una crónica pulcra. Es probable que para los críticos no sea un texto de 10 sino de 7, pero sí para alguien que valora el esfuerzo que realiza constantemente.

 

En esa sintonía están otros: Naylum Mercedes Estrada Gómez, Sergio Vázquez Noriega, María Guadalupe Solís Capetillo y 30 más.

 

Ellos constantemente están leyendo a Julio Villanueva, Federico Campbell, Alejandro Almazán, Carlos Moinsiváis, Diego Osorno, Humberto Ríos Navarrete, Marcela Turati, Juan Villoro, Rafael Pérez Gay y a Kristian Antonio Cerino.

 

A este último lo están esculcando todos los días a través de su blogs salidademergencia.com. Él, les ha pedido de favor, que lo critiquen porque un cronista no es un ser perfecto. Es así como dice Arturo Páramo, periodista de Excélsior: siempre estamos buscando la palabra perfecta porque jamás la poseemos.

 

Narrar, interpretar, describir e informar, es la receta que los estudiantes respetan sobre la crónica, este género privilegiado entre el periodismo y la literatura.

 

En un primer ejercicio, sin importarle que lo demás maestros suspendieran clases a la misma hora por su pasión, presentaron su primera crónica sobre las posturas de Felipe Calderón -el pasado 1 y 2 de septiembre- en el Congreso de la Unión y en el Palacio Nacional.

 

Se trató de describir y narrar los aspectos de ambos acontecimientos a larga distancia. Sólo lo que pudieron ver por la televisión. Desde luego lo dicho por la perredista Ruth Zavaleta lo vieron 6 horas después.

 

Ese día, por la noche, regresé a Jalpa de Méndez –en donde vivo-. Por mensaje me dijeron los maestros que Roberto Carrera era el nuevo director de la DAEA.

 

Partiendo de mis valores familiares le desee suerte en silencio, por aquello de no desearle mal a nadie.

 

Pero mi mayor alegría era otra, luego de 4 semanas de clases por fin los estudiantes de Comunicación –del 5F- empezaban a enrolarse en la crónica, a creer en ella.

 

 

II

 

Aún recuerdo cómo Angélica Fabila, maestra de Géneros Interpretativos de la UJAT, dio su último veredicto: tu texto es todo menos una crónica.

 

En aquella ocasión, 1998, sólo bajé la cabeza y acepté el 7 de calificación. Me quedé contemplando el número y el título de mi crónica: Martes 13.

 

Sentí que el mundo por las crónicas serían (en ese momento) sepultados por la decepción, por la impotencia, por el revés.

 

Observé, a lo lejos, a Jaime Ruiz celebrar su crónica Paranoia. Obtuvo 9 en el semestre, fue el mejor.

 

Martes 13 quedó atrapada en un cartón para guardar huevos y con el tiempo las hojas amarillas –en las cuales imprimí el texto- fueron perdiendo su color. Vino la lluvia y borró las letras ocultas debajo de un tejado que mi madre edificó para el resguardo de los patos.

 

Mi crónica era una especie de pan con harina o royal para el pastel: la estiré tantas veces para que quedara larga y pudiera cumplir el requisito, una entrega de 3 cuartillas.

 

Relaté, en los tiempos en que cursé la Universidad, un asalto que presencié camino a la escuela. Tres días antes de que la maestra Fabila pidiera la crónica interpretativa testifiqué el asalto en uno de los autobuses que cubre la ruta Jalpa de Méndez y Villahermosa.

 

Pero con el 7 en la mano sentí el fin, creí que sólo me refugiaría en las notas informativas o en alguna otra área de la comunicación que no fuera el periodismo.

 

Sin embargo, en el semestre siguiente le demostré a Angélica Fabila que sí podía aspirar al género. Conocí a un estudiante de Géneros Interpretativo que –así como yo- temía reprobar la materia por sus dificultades.

 

Ya para ese entonces, había leído a una serie de cronistas mexicanos para entender un poco más el género: Carlos Monsivaís, Jorge Ibargüengotia y Juan Villoro.

 

A través de los textos que entregó aquel  estudiante le demostré que podía recomponer mi camino en el género; escribí tres crónicas para el agente secreto y por cada una obtuvimos un 9 de calificación.

 

Desde el salón miraba fríamente los pasos de Fabila, sus carreras por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, sus trazos en el pizarrón. Me decía a mí mismo: cada vez que pasa el tiempo sabe más y de nuevas cosas. Lo comprobé cuando nos dio aquella materia de nombre Semiología.

 

En 1997, ingresé a la Universidad ignorando el papel de los medios de comunicación y en el 2002 egresé queriendo el periodismo.

 

Hubiera tomado otra zanja de la comunicación a no ser por Flor de Líz Pérez, maestra de Géneros Informativos y de Opinión, quien nos abrió el mundo del periodismo en una pequeña aula y en donde estábamos hacinados unos 60 estudiantes.

 

Paralelamente a mis estudios en la Universidad, colaboré en tres estaciones radiofónicas, conduje noticiarios y elaboré guiones para múltiples reportajes. Informé sobre aspectos educativos, políticos y de los problemas sociales de la entidad.

 

Por azares de la vida, abandoné los medios electrónicos e inicié un nuevo camino en el medio escrito.

 

En el 2004,  publiqué mis tres primeras crónicas en el diario Milenio de Tabasco. A finales del mismo año obtuve el premio estatal de Crónica por un texto en donde el partido oficial (PRI) perdió las elecciones federales para renovar el Congreso.

 

Para ello, había leído unos 50  libros para conocer más este género y otros como la novela, el cuento, el ensayo, la poesía.

 

En Tabasco, Filomeno Plata –un periodista de la capital mexicana avecindado en el sur del País- obstaculizó un poco mi gusto por las crónicas: ahí la llevas, todavía te falta mucho. Hoy le doy la razón. Sigo aprendiendo.

 

Quizá uno de mis verdaderos impedimentos, en un principio, fue mi condición económica para no acceder a una computadora en donde escribir mis textos, comprar libros o los propios periódicos.

 

Hijo de padres sin estudios y radicados en el municipio de Jalpa, continúo creyendo en el periodismo desde su concepción ética y noble.

 

Para bien, una de mis crónicas ganó un premio nacional de periodismo en México, en el 2005.

 

Y un año después, 2006, otra más recibió mención honorífica en premio de periodismo que otorgó el Instituto Politécnico Nacional, colaborando para el semanario Punto Final.

 

Creo que conozco poco sobre la Crónica, así lo siento, y deseo aprender más para seguir creyendo en este género.

 

Septiembre, 2007.

 

 

 

 

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Aquí en Jalupa estuvimos dale, dale y dale.

 

Kristian Antonio Cerino

Jalpa de Méndez, Tabasco.

I

 

Físicamente el sol está ausente en el parque de Jalupa.

Un enlace de nubes grises arrincona a los hombres y mujeres que no piensan en otros temas sino en la estancia de Andrés Manuel López Obrador.

 

Las repetitivas gotas de lluvia mantienen a los perredistas y a los reporteros debajo de un edificio que un día se empleó para enseñar corte y confección y de aulas para la secundaria Técnica.


A treinta kilómetros de Villahermosa, sólo se escucha la palabra sol en una de las seis bocinas y se lee en tres camisetas de mujeres voluptuosas.


Los perredistas recuerdan el grupo Maná con la campaña que inició Jesús Selván en su búsqueda por la alcaldía de Jalpa.


Dicen –con voz de otro vocalista tabasqueño- que “rayando el sol” el PRD “ya ganó”.
El vocalista que emula a Fer, un poco desafinado,  concluye sus notas musicales con un “trabajará para ti, con Chucho Selván sí”.


A Selván lo esperan en el parque de Jalupa, la única villa de Jalpa de Méndez.
Ven que Cesar Raúl Ojeda y Andrés Manuel López Obrador están por tomar la palabra, pero observan que Domingo García –el candidato a diputado- está sin pareja, está sin Selván, el compañero de formula.


Miércoles 30. Un rayo cae sobre el cielo de la villa, esta villa que puede presumir a un alcalde pero que también puede denunciar que “muy poco” ha hecho por ella.
Aquí, entre la lluvia que amenaza con despedirse y los dirigentes perredistas que están denunciando la guerra sucia en contra de la izquierda, el señor Laureano Naranjo dice que este cronista “es un pendejo” porque cuando lo menciona en sus textos precisa que él es un hombre de ocurrencias.


Sostiene que existen cronistas falsos pero olvida que este cronista-reportero sólo reproduce la realidad.


Pero, amenaza con pedir mi renuncia, ¿a quién? No sé.

 

Y en un acto de desesperación suplica ser vetado para siempre de estos textos interpretativos. Ignorado, porque no representa nada, empieza a recrimina, a cualquier reportero que pasa frente a él, calificándolos de  “orejas” y “granieristas”.

 

 

Atrás queda el naufrago.

 

 

II

 

En la villa Jalupa está concentrado el ruido de las percusiones en respaldo de López Obrador y de Ojeda.


Dos bloques de batuqueros se están disputando la plaza en el  instante en que la lluvia se marcha.


Con estos tambores, o especies de vaporeras, los líderes de las batucadas neutralizan las pláticas de los militantes:


A tal grado que la conversación entre José Manuel Lizárraga y Dorilián Díaz –ex diputados- ha concluido; el ruido puede más.


Por ello, el niño que presume su playera con el lema “mi familia y yo estamos con amlo”, el hombre bigotón y la ancianita que no suelta su petaca, coinciden en alejarse del bullicio.
Ya de lejos, ven cómo López Obrador y Ojeda esperan el turno para explicar qué pasó después del dos de julio y cómo está la elección de gobernador.


Otros, amantes del ruido y de las melodiosas notas de los batuqueros, se acercan para bailar y repetir fragmentos de la coalición por el bien de todos.


 “Hay que seguir con la lucha”, grita la joven que mueve de izquierda a derecha el busto, un 36B.


Y mientras los batuqueros –así lo he bautizado a falta de identidad- continúan con las interrupciones, Domingo García los pone en su lugar:

 


 “Diles que se callen para que se escuche bien”.


Pudo haber dicho o parafraseado con algún cuento de Juan Rulfo: “Diles que no me maten”, pero lo hizo a su estilo.


Con un medio silencio, el candidato a diputado lee poco a poco sus apuntes elaborados con su puño y letra.


 “A este movimiento ya nadie lo detiene”, reitera el profesor.


Frente a él, los organizadores de la gira, reparten globos amarillos –de los que se usan en las fiestas de quinceañeras-, sueltan dos globos hechos con papel de china y una docena de cohetes para que cimbre el pueblo.


Desde los árboles y desde las ventanas –por donde espían los niños que estudian la primaria- se aprecia a un Raúl Ojeda contestando el celular, a un Pedro Estrada que en su calidad del maestro del SNTE apoya al  perredismo y a un viejito que se sostiene en sus muletas.


3:11 PM. Se eleva un tercer globo en el cielo de Jalupa, unos niños le pasan a López Obrador una pancarta que dice “te queremos” y entre algunos arbotantes aún se lee la campaña que hizo el perredista José Félix por la diputación que no concretó: ¿se busca?


 “Vamos a ganar la gubernatura porque tenemos proyecto” proclama Raúl Ojeda por una de las bocinas cerwin vega.


 “Aquí en Jalupa estuvimos, dale, dale y dale, hasta que se pudo levantar el movimiento”, recuerda ahora López Obrador, el de los colores en beige y blanco.


 “Estoy en uno de los municipios de tradición”, dice, precedido de aplausos y de la ola amarilla por los cien globos de las primeras tres filas.


Las palabras de amlo son anotadas por los reporteros, pero más por el cronista Ariel Lemarroy, el mismo que escribe y sostiene –simultáneamente- dos grabadoras, una viejita y otra digital.
Obrador lamenta que la mafia quiera impedir el crecimiento de la izquierda, señalamiento que finalmente ya escucha Jesús Selván, el perredista que se ha trepada al escenario como flash en su mejores tiempos.

 

A él, a Ojeda y a López Obrador, los continúan fotografiando desde el techo de un presunto quiosco, menos un chico mariposa que sólo está en la cúspide para verlos mejor.
 “Les quiero”, confiesa desde las alturas. No sabemos si este “les quiero” fue para los perredistas o para los fotógrafos.

 

 

III

 

 

Andrés Granier está de cabeza en el parque de Iquinuapa, este pueblo conocidísimo por todo Tabasco: tierra de músicos y beisbolistas.  Lo tienen de cabeza como a san Antonio, el patrono de los amarres amorosos.


Lo tiene así en por lo menos tres carteles plastificados que fueron colocados en la víspera de la gira de López Obrador y de Ojeda.


Algunos frente al rostro de Granier le gritan de cosas como si el cartel fuera un ser vivo, desde la chica-chico de rojo hasta el que sujeta fuertemente una corneta amarilla.
 “No hay que creer en el gatopardismo”, de nuevo Ojeda, el que tomó por sorpresa las calles de Villahermosa con sus figuras humanas de seis metros de altura.


Sin decir una sola palabra, El Tarántula de los teclados afirma con la cabeza, los dichos de Ojeda.


Pero también cuando Andrés Manuel dice que él no será como Margarito, aquel personaje de televisión que siempre aceptaba el resultado adverso de los concursos:


 “Lástima Margarito, ya pa´ la otra; no, eso no”, cita el tabasqueño.

-¿Quién será ese tal Margarito? Pregunta el viejo de sombrero.

-Sepa. Le dice –seguramente- su esposa.

 

 

IV

 

Otro cohete es elevado pero sin éxito alguno, por los rumbos de Ayapa.

 

(Crónica escrita en el 2006 durante una gira de López Obrador por los municipios de Tabasco)

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