El san Cristóbal

Kristian Antonio Cerino / Juan de Jesús López.

Palizada, Campeche.

 

El barco San Cristóbal está por zarpar. Un cuarto de hora antes de las ocho de la mañana se anuncia su partida: algunos pasajeros ya están acomodados en los asientos de la embarcación mientras que otros se despiden o compran comida en el muelle. Es el último navío de carga que recorre el río Palizada, un brazo portentoso del Usumacinta, rumbo a Ciudad del Carmen. El San Cristóbal es único y es el último de una tradición de agua dulce.

 

Para el viaje los pasajeros se avituallan con panuchos, papas fritas, agua purificada, galletas, queso, jamón y refrescos pensando en las cinco o siete horas de travesía. Los que no, los hombres viejos, se aguantan las horas mirando el horizonte como si fuera la primera vez que lo contemplan.

 

En la “Ciudad de Palos” muchos recuerdan cuando el mercado permanecía abierto las 24 horas. “La gente podía llegar a cualquier hora de la madrugada y siempre encontraba locales abiertos” relata un hombre de sombrero y guayabera que sube las escalinatas de la embarcación acompañado de un sol tímido y nubes enérgicas que amenazan con desbordarse.

 

“¡Apúrense, estamos por salir!”, grita el marinero que compite con el ruido de los motores y suelta las cuerdas que sujetan al barco del muelle.

 

El San Cristóbal no espera  a nadie después de las ocho. Y en punto zarpamos rumbo a Ciudad del Carmen, pero antes, pasamos por la comunidad de El Porvenir, y en sucesión, Las Bodegas, San Eduardo, El Corcho, Puerto Arturo, Canales, El Santo, Boca Chica y El Carmen. Navega desde hace 9 años por este cauce y todo parece indicar que será el último de una dinastía que se remonta hasta el siglo XV111 pues sus  motores de origen inglés se escuchan enfermos, como muchos de sus pasajeros.

 

Antes, los últimos barcos de madera como el María Cristina y el María Candelaria surcaron este mismo afluente, un poco más atrás lo hizo el vapor El Carmen. De lejos, todavía se alcanza a ver la cara encabronada de las personas que no llegaron a tiempo al atracadero. Los de arriba, nos disponemos a disfrutar lo mejor que se pueda la travesía.

 

Don Felipe López Hernández, un hombre joven y desdentado,  viaja en barco a la isla desde que tiene memoria. Va con su esposa y sus hijas Esmeralda y Beatriz. Beatriz tiene tres meses de nacida y su carita anémica se pierde entre la chambrita amarilla y el gorro blanco.

 

-¿Van lejos?

-Algo, hasta El Porvenir, a tres horas –dice-. Abraza a su hija mayor que se esconde penosa en el costado de su madre cuando recibe elogios por su vestido floreado, las calcetas rosadas y los zapatos negros. Su padre asegura que cumplió 11 años pero Beatriz es delgada y a simple vista parece menor de siete. La señora sólo se ríe, nunca dice nada, se entretiene ofreciendo un seno flácido y macilento a la nena.

 

A las nueve de la mañana el viento se deja sentir frío en la cubierta del barco donde están las mesas y los asientos resguardados por una lona de azul avejentado. A los costados cuelgan balsas rústicas y apolilladas para la emergencia. Bajo cubierta, el camarote está vacío porque la gente prefiere contemplar el paisaje y platicar entre ellos, sin descuidar sus bultos de hojas de plátano y cajas de frutas, porque son la esperanza de un poco de dinero.

Todo pasa por aquí, escribió el poeta Sabines. Todo pasa: alegría y dolor, cuerdas de leña, ropa tendidas en alambre de púa, niños en clases, plátanos que maduran en los racimos, palos y abundante basura que se arrincona en los meandros.

 

Pocos son los que se muestran indispuestos a la plática. Doña Carmen Pérez, anciana de 73 años, mira el reloj constantemente. Su urgencia no es por la ansiedad del viaje, lo hace porque no visita con frecuencia la Isla.

“Una vieja a mi edad ya no sale tan seguido. Una está condenada a soportar la vejez y a recibir los achaques del corazón y las reumas en la casa”.

 

De pelo cano y lunar en el ojo izquierdo, Carmen Pérez se duerme en una silla cercana a un hombre que está en contra de la globalización pero lleva en la cabeza una gorra que ostenta la palabra “Army”.

 

Todos confían en llegar alrededor de la una de tarde, pero este escenario de agua y verde siempre será inédito para “la mala hora” que atinó, varias horas más delante en el viaje, en uno de los motores que tronó sin más.

 

En Tila, el capitán Carlos Palmer Cruz detiene el navío por  primera ocasión. Suben dos hombres y dos mujeres que desde tierra ayudaron con los cabillos para amarrar el barco. Cargan dos pavos, cajas de frutas, brazas de leña, hoja de plátano para tamales, y un cerdo de unos 250 kilos que se estorba el solo. Subirlo tomó varios minutos y se necesitaron cuatro hombres en tierra y dos en cubierta.

 

Antes de retomar el rumbo, los perros se alborotan, ladran y siguen el curso del barco. En cubierta un hombre fuma sus cigarros “Alas”, una mujer taciturna que se llama Morbila del Carmen  habla a cucharadas. “¿Vienen de Tabasco, ya te hicieron preguntas?”, murmura a otra en el momento que aparece la lluvia. “Dicen que están escribiendo sobre el San Cristóbal”.

Como en cualquier carretera, a lo largo del río se ven las pequeñas casitas con 10 veladoras entre encendidas y apagadas dedicadas a los que, quizá, murieron en sus intestinos de agua.

 

El ruido de los motores en popa es intolerable pero familiar para el maquinista Armaldo Molina Rivero quien lleva tres años escuchándolos. Quién sabe cómo escucha con los tapones rojos en los oídos pero platica que antes de llegar a la embarcación fue mecánico. Y aprovecha para protestar en un tono a medio camino del choco y el campechano.

 

“Me siento bien aquí como se siente la gente cuando trabaja en lo suyo, pero me gustaría que el Ayuntamiento de Palizada nos aumente el salario porque, lo que es el de ahora, es una burla ¡Imagínate que yo gano cien pesos diarios y el capitán 130 pesos!

 

-El viaje va bien ¿no?

-Eso parece pero los motores están fallando por falta de mantenimiento.

Avanzamos nueve nudos (siete kilómetros) por hora. El San Cristóbal tiene capacidad para 200 pasajeros y unas sesenta toneladas de carga. Sus dos motores viejos consumen setenta litros de diesel por hora. Antes iba y venía el mismo día. Ahora, un día parte a Ciudad del Carmen y regresa al siguiente a su puerto de origen.

 

-¿Qué es lo más extraño que ha visto en el barco?

-Unas cubanas.

 

El maquinista guarda silencio por unos segundos y mira hacia los motores. Y luego agrega: “Venían a bailar seguido pero no volvieron desde hace dos años, nunca supimos qué se hicieron”.

Otra maniobra. Llegamos a Las Bodegas, comunidad de cinco casas en la margen derecha a la que el barco se arrima, despacio. En lo que suben y bajan, en lo que intercambia o compran, aprovechamos para acercarnos a  otros pasajeros.

 

Kristian: ¿Qué te dijo?

Juan: Nada, es muy cortante para platicar.

La chica subió en Palizada, es la única del barco, morena, diminuta, de cadera turgente y cabello lacio recogido en un pequeño hongo. Cambiamos de estrategia para saber más sobre ella.

Kristian: ¿Qué le pregunto?

Juan: En qué piensa cuando mira el río.

 

A las diez de la mañana, a la altura de la comunidad de Las Bodegas cayó la lluvia con su típico tono gris, y los de la tripulación se apresuraron a soltar los toldos para protegernos, incluso el fotógrafo participa en la tarea  porque el imprevisto no dio tiempo a nada. Se agregaron cajas de guineo, calabaza, mango, pavos. Un poco después cuando cesó el sonido ronco de los motores y el barco se detuvo y fue orillado. Sólo los reporteros nos preocupamos porque desde la ribera nadie había llamado al barco.

 

Mientras el mecánico convencía con quién sabe qué fórmulas mágico-mecánicas a lo motores, la gente empezó a platicar sobre la familia, las enfermedades de los últimos días, pero nadie tenía cara de preocupación. Casi una hora más tarde el barco continuó su rumbo, de aquí en adelante ya no levantaría a nadie. Algunos ribereños salían al paso en cayucos o lanchas rápidas para alcanzar y aparejarse al barco, subían a punta como podían.

 

-¿Qué pasó maestro?

El maquinista se seca el sudor con un estropajo que lo llena de más mugre. Está satisfecho porque resolvió el problema, avanzamos. En uno de los bancos de la sala de máquina están almacenadas varias revistas pornográficas, galones de aceite y gasolina, trapos sucios, cajas de herramientas.

 

“Al motor de estribor –señala a su derecha- le tronó un cople y ahora sólo vamos a navegar con el de babor –ahora se dirige a su izquierda-. Ni modo, si lo llevamos hoy mismo a lo mejor en dos días está listo.

 

“El capitán me preguntó, ¿Podemos?, Y yo le dije que sí porque sé que con un motor es suficiente y él conoce muy bien el río”. Señala el motor inglés que debió de sustituirse hace cinco años o más, con la flecha destrozada y amarrado con viguetas de acero y palos. La conclusión es sencilla: Si la decisión del capitán el barco habría quedado varado en la orilla hasta que llegaran por todos.

 

En el lento vía crucis de agua se asomó un sol picante, chillante, la humedad que dejó la lluvia se calentó y muchos levantan la cabeza para recibir aire fresco.

 

Juan: ¿Cómo va? La pregunta es más bien un gesto inquisitivo con la mirada.

Kristian: Que responde con otro gesto, pide paciencia y acerca los apuntes de su libreta.

 

La muchacha se llama Rosa Ballina y viajó a palizada para acompañar a unos familiares. Unos de sus primos que vivió en Palizada se suicidó dos días atrás y la ceremonia del sepelio fue el día anterior. Dejó dos niñas pequeñas y su esposa de 17 años. El muchacho no soportó el  suicidó de su padre ocho meses atrás del suyo.

 

La dejamos en paz y salimos a proa, apenas alcanza el tiempo para no soltar frente a ella un “Puta madre, das un paso y te topas con la desgracia carajo”. Rosa en cambio no quiere hablar más.

El San Cristóbal no es el mismo después de Las Bodegas. Tres veces ignoró el llamado de la gente en las orillas: el tecladista fue uno de los que se quedaron, tenía bocinas y cables frente a su casa de palos. Ahora, el viaje dependen de su único motor y el capitán decidió no forzarlo porque la propela podría romperse en algunas de las maniobras.

 

A las 10:45 vuelve la lluvia y la gente también se vuelve a cubrir con sus abrigos o impermeables. Joaquín Cabrera abraza a sus hijas que lo acompañan para conocer al delfín. El delgado cobrador lleva en sus manos los boletos del viaje que cuesta  70 pesos y se ve preocupado. En este viaje no habrá ganancias porque son pocos los pasajeros y el número de cargas.

 

-¿Los niños también pagan?

-Los menores de 10 años pagan medio pasaje, y los mayores de 12 pagan boleto completo.

 

Platicar con estos historiadores sin nombramientos es evocar panoramas distintos de la Palizada antigua, pero sólo los viejos conocen parte de esa historia. Doña Carmen García lleva 60 años viajando por el río Palizada. La anciana rememora los barcos de madera que conoció como el San Joaquín, el María Candelaria, el María Cristina y el José Luis.

 

“Eran barcos grandes y bonitos, cada vez que sueño me veo en ellos paseando en  este lugar cuando fui joven. Aquí me tomaron de la mano varios muchachos, y aquí conocí a mi esposo.  ¡Uy, mijo, qué tiempos aquellos!”.

 

El San Cristóbal avanza con lentitud, para que María del Carmen Ojeda suba desde la lancha aparejada al barco. Primero se agarró a una de las llantas y de ahí varios hombres la sujetaron. Ni pudor de una ni abusos de otros, o como se dice en la ciudad, nadie metió mano.

 

-¿Vive en la Isla?

-Allá vivo pero nací en Jonuta Tabasco.

La mujer trabajó en Ciudad del Carmen en la congeladora y empacadora de camarón La Malinche, hace 34 años, en los tiempos de abundancia, y se quedó a vivir ahí.

 

Muchos de los pasajeros comen y otros duermen en sus asientos. Pocos son los que deciden refugiarse en el camarote. En la cubierta huele a comida chatarra que la mayoría compró y huele también a animales de corral que se desesperan amarrados. Los niños de las escuelas levantadas en las orillas del río gritan y agitan las manos.

 

-¡Allá va!

Y gritan porque su maestro está en tierra queriendo abordar el barco que  se aleja. Un niño con cuerpo de adulto rema una y otra vez hasta que alcanza la embarcación y un muchacho con mochila y guitarra sube el barco.

 

Es Erick Jiménez, un joven de 18 años que viene desde Escárcega hasta esta esquina fluvial. Desde hace un año enseña a un puñado de niños de varios grados en la escuela del sistema CONAFE a la que asisten los hijos de los pescadores. Está contento porque desde hace un mes no ve a su novia ni a sus padres, y porque recibirá mil 600 pesos mensuales.

 

Es uno de los nueve maestros, la mayoría hombres, desperdigados en las comunidades ribereñas. De todos ellos sólo cuatro abordaron el barco. Uno se cayó al río y otro estuvo apunto. El que se cayó al Palizada se cambiaría de ropa en el camarote y se unió a los primeros tres para entonar sus rolitas: Reloj, Esclavo y amo, Novia mía, muy al estilo brigadista.

 

Después de cinco horas de viaje empezamos a ver pelícanos y gaviotas que vuelan de un lugar a otro, casas edificadas a la mitad del río, garzas que cazan con insistencia, el verde tupido de los manglares. Al frente, Boca Chica, la unión estrecha de los brazos de los tres ríos que luego se abren hacia la Laguna de Términos.

En apariencia la isla está enfrente,  la cercanía con el agua de mar y  la presencia de un faro en mitad de la nada, engaña a los que no conocen este panorama de aguas. Pero todavía falta hora y media. De la nada resurgieron los ánimos ante la orden del capitán Palmer quien urgió a que pasáramos hacia el frente de la nave para aligerar la parte trasera, donde están los motores. El San Cristóbal parecía navegar sobre su costado derecho mientras dibujaba una larga vereda oscura. Con la maniobra el capitán evitó que el San Cristóbal encallara.

 

Como un acto de ilusionismo marino, se hicieron nítidos el faro sembrado en mitad del oleaje y los restos de un barco custodiado por un coro de pelícanos.

 

Los vientos trajeron nuevos nubarrones que por enésima vez intentaron mojar a los navegantes que se guarecieron con la misma prontitud. Todos, menos el fotógrafo Jaime Ávalos que seguía acaparando el paisaje y a los delfines que dieron la bienvenida a la embarcación. A la vista está el Puente Solidaridad de casi cuatro  kilómetros que une la península de Atasta con la Isla. Después de pasarlo, llegamos.

 

Siete horas de viaje se esfumaron en quince minutos, los que tomó a todos para dejar vacío el barco. La tripulación se apresura para llevarlo pronto a reparación y si es posible, regresar a casa antes del domingo.

 

Mientras se aleja del Malecón de Ciudad del Carmen, el San Cristóbal es opaco, de cierto aspecto ruinoso que contrasta con los colores azules del agua de la laguna, se despide parsimonioso entre el chillerío de las gaviotas y del puerco. Es único y es el último de una tradición de agua dulce.

 

 

 

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El capitán del barco paliceño San Cristóbal Carlos Palmer Cruz tiene un ligero tic en el ojo izquierdo, el párpado se le encima en el iris claro y le agrega un aire de hombre pícaro a su traza bonachona. Con más de cuarenta años bamboleándose sobre un barco, conoce el Río Palizada y los bajos de la Laguna de Términos como la palma de su mano.

 

-¿Cómo inicia su vida en el timón? Lo encaramos mientras “acoderan” el barco en el Malecón de Ciudad de Carmen tras siete horas de viaje. Al principio se queda viendo la grabadora y recela, luego sonríe, ese es su ánimo natural. El tic va y viene insistente recodándole su adolescencia cuando su padre lo inició en este oficio como maquinista y el ruido de los motores le destruyó un nervio óptico. En ese entonces no se usaban tapones para proteger los oídos. Eso no lo dice él, lo platicó su maquinista que lo respeta sin miramientos.

 

“Es muy bonito andar por aquí, con el San Cristóbal, nuestra rutina es de aquí a Palizada y de allá para Carmen, pero es bonito. Antiguamente me encargaba de otro barco, viajábamos de Palizada a Villahermosa y volvíamos. Mi papá, Manuel Palmer Ramos era el dueño del barco y de él heredé la vocación, fui su aprendiz siendo un chamaco por eso conozco el Usumacinta y el Grijalva.

 

“Ese barco era de tamaño igual a éste pero de madera. La ruta del Usumacinta y Grijalva desapareció hace 35 años y hacía escala en Jonuta, Palizada, San Pedro y Villahermosa”.

 

Si la nostalgia marca, la querencia también. Con precisión recuerda que en los tiempos cuando hacía la ruta de Palizada a Villahermosa vivió por unos cinco o seis años en la calle Morelos 309, en pleno centro. “Eran los tiempo cuando Villahermosa permanecía en el agua y no había nada de puentes”.

 

El capitán del San Cristóbal nació en la margen izquierda del río Palizada, “más o menos por donde se rompió el motor durante la travesía de hoy”, tiene 58 años y su esposa y sus hijos lo esperan en algún recodo del Palizada, sus hijos todavía son jóvenes por eso no lo acompañan. Por parte de sus padres  tiene familia a lo largo de la ribera del río.

 

-¿Es difícil maniobrar?

-Esto es como un carro, pero hay qué saber girarlo para hacer las escalas. Como en todo trabajo tiene sus dificultades que se vencen con los años.

-¿Qué ha visto andando en estos ríos?

-Tenemos muchos golpes fuertes. -De nuevo ríe, algún recuerdo chusco o algún amor de agua dulce-. Pero los momentos han sido bonitos -dice y mira con su ojo inquieto a través de la ventanilla porque quiere acercarse lo más pronto posible al taller para saber si podrán reparar el motor que tronó en la travesía, y al día siguiente regresar como de costumbre.

-¿Como cuáles?

-La satisfacción de navegar –y vuelve a sonreír complacido porque sabe que no se dejó atrapar. Los reporteros, en cambio, se deciden de una buena vez por la pregunta directa.

-¿Y los amores?

-No hay muchos, todo es calmadito, son más amores de mano.

Antes de llegar al San Cristóbal el capitán se empleaba como chofer urbano en una de las rutas que van de Jonuta a Palizada, pero como las autoridades del municipio sabían que conocía bien el río lo hablaron para encargarse del timón.

 

Eso fue hace nueve años, los mismos que tiene el barco que por falta de mantenimiento parece de noventa. Al barco lo asedia el descontento de su tripulación, el oxido, la falta de pintura y piezas originales para los motores eléctricos de factura inglesa, que se colocaron a manera de prueba y siguen así desde entonces.

 

-¿Tiene secretos el río?

-Muchos, pero lo conozco como la palma de mi mano, porque aquí crecí.

-Uno nunca quisiera  pensar en la muerte, ¿le gustaría quedar en el río?

-Y qué más, ese es el destino.

-¿Cree en Dios?

-Siempre me encomiendo a Él.

 

El capitán cobra al municipio de Palizada 130 pesos diarios. Es el mismo sueldo desde hace varios años y dice que ya no le alcanza para las necesidades de la familia. No lo comenta pero de seguir con el mismo sueldo y las circunstancias del barco, es muy probable que renuncie.

 

Hace unos pocos años, paralelo a la ruta del San Cristóbal, surgió una cooperativa de transporte de lancha con motores fuera de borda que reducen el trayecto de seis horas en una y media. Para muchos lugareños, es incosteable y no funciona cuando la carga es pesada, para otros, los más viejos, se trata simplemente de la nostalgia de los barcos.

 

Los paliceños no atinan a explicarse si el Ayuntamiento quiere dejar morir al San Cristóbal: El presidente municipal no tiene tiempo, no le interesamos o simplemente le convienen más las lanchas rápidas, apunta tajante el maquinista Armaldo Molina Rivero, que tiene tres años de remendar e improvisar refacciones.

 

Se podría decir que el San Cristóbal  agoniza frente a la Ciudad de Palizada pues recibe un presupuesto insuficiente del municipio que sólo alcanza para cubrir los gastos del combustible y el salario de la tripulación, seis en total.

 

Es, quizá, el último de una estirpe que recorre el río tal como lo hicieron otros desde mediados del siglo XIX cuando se traficaba con maderas preciosas, el codiciado palote tinte, especias, telas, pieles, carnes, animales de  corral, juglares y mujeres de mala nota.

 

Por barco llegó un día a Palizada el doctor Vicente Castellanos Ruiz quien, en un arranque de generosa visión, recorrió las riberas del Palizada -también conocido como Mono Sagrado- y los distinto ramales de agua regalando casa por cada semillas de mango Manila, cuyos árboles hoy se desploman sobre las aguas del río.

 

¿Seguirá en el barco? Se le pregunta a manera de despedida, y el capitán mira alrededor de la cabina del barco y contesta lacónico: Por ahorita sí, más adelante, quién sabe.

Continue reading » · Rating: · Written on: 11-29-07 · No Comments »

Palizada, entre palo de tinte y agua

 

Kristian Antonio Cerino/ Juan de Jesús López

Palizada, Campeche.

 

Vista desde arriba, la Ciudad de Palizada, municipio de Campeche, tiene un color que va del rojizo pardo al verduzco. Los tonos ocres se lo otorgan los techos de tejas francesas del caserío que rodea la iglesia y el parque principal. El espejeo del río que le da nombre y las múltiples lagunas conectadas por estrechos canales le aportan el patinado de oxido de cobre.

 

Rodean al caserío las construcciones modernas que se levantan desordenadas. Hacia fuera la planicie con manchones de selva y huertos de mango manila, los pastizales con un verde parejito donde pasta el ganado. A un costado el malecón y puerto fluvial con cayucos, lanchas de motores fuera de borda, y el barco San Cristóbal, manso y expectante. Lo demás es agua y más agua.

 

El pasado 16 de agosto la Ciudad de Palizada cumplió su 211 Aniversario fundacional. Su aspecto no es distante al que tenían las primeras casas cuando don Pedro Dufau Maldonado inauguró el pueblo San Joaquín de la Palizada en atención a la solicitud que le hicieron los ribereños. Eran setenta y seis familias que estaban a mitad del  camino que llevaba al presidio de la Isla del Carmen.

 

Los paliceños no son ajenos a las novedades de las grandes ciudades, tampoco es un lugar edénico, pero la ansiedad y las preocupaciones se mitigan ante el entorno natural que se impone con sus calores y días de lluvias insobornables.

 

Eso, mejor que nadie, lo sabe el profesor Jorge Manuel Mendoza Solana, cronista que tiene años investigando los antecedentes históricos de su terruño al que califica como un “pueblo de tejas rojas”.

 

“Precisamente, por la añeja arquitectura de sus 200 casas de teja francesa que llegaron como lastre en el siglo XVIII y XIX, por el trazado original de sus calles, y porque cuenta con una de las tres réplicas de la estatua de La Libertad en el mundo, los paliceños presentamos una propuesta ante el Congreso de Campeche para que nuestra ciudad sea considerada Patrimonio Histórico del Estado”.

 

-¿Es posible?

-Sí, es muy probable que antes del 2005 se tenga una respuesta favorable. De hecho ya se tiene un catálogo de las construcciones antiguas y el Instituto Nacional de Antropología e Historia  (INAH), cada año se ocupa de la rehabilitación y el mantenimiento de la Iglesia.

Son las diez de la noche en Palizada. Muy pocos locales se mantienen con las puertas abiertas: el billar, una farmacia, una taquería y el café Los Portales ubicado justo en el centro remodelado de la ciudad bordeado por la arquería.

 

El mercado y las cantinas cerraron a las ocho de la noche, muchos se acostaron temprano porque mañana partirán en el San Cristóbal.

 

“Aquí todavía dormimos con las puertas abiertas, porque los paliceños además de conocernos entre nosotros mismos, no desconfiamos de quienes nos visitan”, apunta el cronista, que volvió a salir a esa hora de su casa para atender a los inesperados visitantes.

 

De las casas cercanas se escucha el ruido de la televisión. Algunos niños, quizá aburridos de la programación que miran los adultos,  juegan con una pelota en la calle mientras varios jóvenes en bicicletas platican y pedalean con desgano.

 

En una de las mesas de Los Portales, el cronista –conocido como el “profesor manito”, mote que heredó de su padre, músico sobresaliente- desmigaja con precisión todo sobre la ciudad que el 16 de agosto de 1992 fue declarada capital del Estado de Campeche durante 24 horas con motivo de los doscientos años de su fundación.

 

La historia de Palizada inicia alrededor del año 900 antes de Cristo, con el asentamiento del pueblo maya–chontal del que sólo queda un promontorio de tierra de nueve metros de altura. Es uno de los pocos vestigios precolombinos de la cultura indígena que con la llegada de los españoles primero se replegó hacia los ríos y luego fue casi exterminada.

 

Los piratas fueron quienes empezaron a llamar “Palotada” a este fragmento de la ribera antes que se fundara como el nombre de Palizada. William Dampier, uno de los traficantes de palo de tinte que vivió en la isla de Tris –ahora Ciudad del Carmen- en 1676, llamó al río Palizada “Logwood Creek” que significa “río de palos”, pues la principal actividad era precisamente en torno al palo de tinte.

 

A ese primer periodo, según relata el historiador, le sigue la llegada de los españoles en el siglo XVII al XVIII y el auge de la explotación de palo de tinte por la demanda de colorantes en Europa. Los barcos de calado pequeño transportaban las trozas de tinte de aquí a ciudad del Carmen, y de ahí, a las embarcaciones pesadas que soltaban lastres -tejas de la Marsella francesa- y se colmaban a cambio de quintales de maderas que eran llevadas a Cuba, San Francisco, Liverpool y Francia.

 

“Es una mentira que las trozas de tinto se tirarán al río palizada y flotaran desde esta margen hasta el la Laguna de Términos, y que de ahí tomara su nombre”.

-¿Había intercambio entre la gente de Palizada y los países del viejo continente?

-Iban y venían pues la exportación de madera era grande. Había tiendas enormes, al menos 100 comercios. Era muy difícil que en Palizada circulara la plata, pues la mayor parte de la gente manejó oro, incluso, a los cortadores del palo de tinte se le pagaba en oro.

 

Fue una época de bonanza. Se quedó gente de fuera viviendo mucho tiempo aquí pero se fueron tras el agotamiento de las reservas de palo de tinte y la invención de las tinturas artificiales. La crisis duró 50 años.

 

Fue hasta 1919 cuando la economía empieza a recuperarse porque la gente que trabajó en el corte del palo de tinte observó que estas tierras eran aptas para el cultivo de la caña de azúcar.

Palizada resurge con la siembra de la caña de azúcar y la exportación de panela para aguardiente. Si a la época del tinte se le consideró de bonanza, a este otro periodo se le recuerda como de máxima prosperidad.

 

-¿Otro café? –Le preguntamos al relator.

-Ya no, mejor un refresco color rojo.

 

-¿Y qué pasó con el origen indígena?

-Se fueron a otras partes ante el acoso y persecución de los españoles para cristianizarlos. Huyeron, se repartieron a lo largo del río y por eso se quedaron a vivir ahí.

 

-¿Cuál es la propuesta que tienen en el Congreso de Campeche?

-Que Palizada sea considerada patrimonio histórico del Estado. Creo que nuestra ciudad pronto será considerada porque hay un registro aproximado de 200 casas antiguas. Palizada es la única ciudad en la zona de los ríos con edificaciones de tejas francesas originales

 

-¿Habrá una respuesta pronta?

-Tenemos hasta el 2005 para que se emita el decreto, pero dependerá de la velocidad con la que los legisladores trabajen en el dictamen y el INAH concluya sus estudios. La arquitectura es lo que cuenta para que pueda ser considerada como patrimonio histórico, y así, toda esa riqueza heredada por las centurias se conserve en su formato original.

 

-¿El INAH ya hizo los estudios?

-Se les proporcionó un catálogo y se establecieron las reglas para la construcción de las nuevas viviendas cerca del centro de la ciudad. Ahora, ya no se podrá tumbar o dañar las paredes, y para poder construir los paliceños deberán sujetarse a esas normas y evitar que la  armonía histórica del pueblo desaparezca.

 

-¿Qué tiene una réplica de la estatua de La Libertad?

-Donde está la estatua inicialmente se había construido la fuente de “Los Sapos”, pero como nunca funcionaría se construyó el parque que hoy conocemos como La Libertad. Recordemos que, por la década de los  cuarentas, Francia regaló la estatua monumental La Libertada a Estados Unidos, fue una moda y muchos quisieron imitarla por muchos años.

 

Esta se construyó en 1949 y se le encargó a los hermanos Calderón de Mérida, quienes hicieron una replica y se inauguró el 16 de agosto de 1941. Mide un metro 60 centímetros. Fueron los mismos hermanos quienes hicieron la estatua a La Madre, famosa porque en su mano izquierda tiene 6 dedos.

 

-Por su cercanía con Tabasco ¿se sienten más tabasqueños que campechanos?

-No sentimos campechanos con muchos vínculos con la zona geográfica de los ríos de Tabasco. Digamos que en general nuestra cultura está influida por dos corrientes migratorias: La primera en 1926 cuando Tomás Garrido termina por quemar la catedral de Tabasco y entonces mucha gente de ese estado se refugia en Palizada para quedarse: los Zabala, los Hernández, los López, con ellos viajan su cultura, sus formas de hablar, sus enfermedades, su gastronomía.

 

La otra corriente migratoria fue un poco anterior a esa, en la época de la guerra de castas en Yucatán. Como Palizada tenía una tradición histórica muy liberal aquí la gente se sentía abrigada porque los paliceños siempre defendieron con armas su pedazo de tierra: 2 mil 71 kilómetros cuadrados.

 

En la actualidad, la ganadería es la actividad fuerte de aquí, aunque atraviesa por una severa crisis en la que tiene que ver el TLC, y las enfermedades como la brucelosis y tuberculosis, que han diezmado el hato ganadero.

 

La ganadería no ha llegado a sostener por completo el desarrollo de los paliceños y muchos emigran a Ciudad del Carmen porque ahí está el principal centro petrolero del país. En la Isla se generan muchos empleos. Digamos que de 100 gentes que emigran 80 van a Ciudad del Carmen y el resto se reparte entre Villahermosa, Campeche y Cancún.

 

El mismo rumbo lleva la actividad artesanal que se reduce a los tejidos de bejuco, las canastas y  el cesto. Ahora, básicamente es gente que hace objetos con pieles curtidas y gente que trabaja la corteza de la madera y hacen figuritas  de los mismos monumentos del pueblo.

 

No hay en la ciudad un museo de historia que cuente el devenir de este pueblo, pero varios miembros de la comunidad cultural local, como el cronista, atesoran piezas de cerámica recogido de los diversos Cuyos que serán donados para un futuro museo.

“Ese será uno de los temas en el encuentro de Promotores Culturales que a finales de noviembre celebraremos aquí, en ese recinto se recogería nuestra identidad”.

 

-¿Qué prevalece en su visión de cronista: lo político, los apellidos encumbrados, lo popular?

-Desde el punto de vista histórico  yo creo que lo importante es el desarrollo de las diversas sociedades como tales. La época del trapiche tuvo su sociedad y su cultura; las otras también. Quizá muchos dicen que Paliza tuvo influencia francesa por sus tejas pero es también parte de la historia. Actualmente estamos pugnando por nuestro reconocimiento.

 

-¿Tienen pensado a futuro promover el ecoturismo?

-Hay un proyecto para eso. Concordamos en que es igual de importante la preservación de los recursos naturales como el desarrollo de una infraestructura hotelera y restaurantera. Yo creo que sí es factible.

 

-¿Cuál es el futuro del barco?

-Continúa la misma ruta de siempre. En la época de los trapiches obligó a los comerciantes a ver en Palizada una zona de paso. Esta ruta incluía Jonuta, Balancán, Frontera, Emiliano Zapata, Tenosique, Salto de Aguas y Playas de Catazajá. Palizada era el lugar de entrada y salida, aquí había aserraderos, astilleros, venta de combustible, por este lugar pasaban los Vapores “El Carmen”, “El Sánchez Mármol” en un trajinar constante.

 

En esa época el mercado se mantenía abierto las 24 horas del día pues la gente bajaba a comprar panetela, pan y chocolate mientras hacía escala el barco, o bien intercambiaba o vendía otras mercancías.

 

Con la construcción de las carreteras llegó el colapso del movimiento marítimo, pero la ruta Palizada a Ciudad del Carmen se mantiene vigente desde hace unos doscientos años, aunque antes era más fluido, los barcos iban a Carmen y regresaban el mismo día, ahora, no. Los 2 últimos se rompieron y este ya tiene problemas.

 

Entre plática y plática, entre foto y foto, dieron las doce de la noche. Aquí nadie se entera del paso de las horas por el descenso del ruido, porque aquí todo está en calma desde que cae la tarde. Por la madrugada, los hombres van al mercado a comprar lo necesario para el desayuno, y los más ancianos se enredan en albures y bromas en torno al escote de la  muchacha que sirve despreocupada los posillos de agua caliente para café.

 

II

 

Matar el ocio para no pensar en cosas malas

-¿Qué recuerda de la antigua Palizada?

-La tranquilidad que no cambia. Hemos visto mejoría porque antes las calles no estaban pavimentadas y ahora sí. Tenemos escuelas, clínicas y centros recreativos. Pero no se pierde la tranquilidad.

 

Don Antonio Lastra Ortega tiene 35 años al frente de la pequeña tienda ubicada en una esquina, es su negocio y de eso vive. La casa es antigua, y en su interior se notan las vigas y las paredes un poco ruinosas.

 

“Esta casa me la heredó mi padre y la quiero conservar hasta mis últimos días”, dice el comerciante quien señala que, como la suya, hay unas treinta tiendas antiguas, todas las demás son nuevas.

 

-¿Es verdad que aquí se puede dormir con las puertas abiertas?

-En Palizada sí.

 

-¿Qué le dejan esos 35 años?

-Uno se acostumbra al negocio porque también es una forma de matar el ocio para no pensar en cosas malas. Antes me dedicaba a la ganadería pero también me dedico al comercio.

Cuando se le pregunta por la familia, de alguna parte de la casa, como un gato curioso, salta la nostalgia hasta su mostrador lustroso, y dice en corto que sus hijos emigraron por su profesión, “pero regresan para navidad”.

 

La mujer paliceña: tradicional

 

La mujer paliceña no tiene mucho futuro en Palizada. Más o menos ese es el futuro, la rutina, la falta de oportunidades de estudio y trabajo, la arrincona a los quehaceres domésticos.

 

“Se casan jóvenes y a los 15 o 16 años ya están cuidando chiquitos. Pero, en promedio cada mujer tiene 3 hijos a diferencia de otros años que era de 10 hijos”, señala la señora Lucy Guillén de Lastra, tabasqueña de origen, profesionista que se siente contenta con el régimen tradicional.

 

“La paliceña casi siempre trata de apoyar a su esposo con los quehaceres diarios del hogar y siempre está pendiente de apoyar y contribuir en la economía familiar”.

 

-Profesionalmente ¿cómo se prepara la mujer paliceña?

-Soy de la idea de que la mujer debe estar en su casa apoyando a su esposo y cuidando a sus hijos, porque eso de que dejemos el hogar a segunda y terceras personas no es lo mismo.

Yo siento que en parte tanta desintegración familiar se debe a eso. Sinceramente, si mi marido me puede mantener que me mantenga, pero en otros casos es distinto.

Uno de los problemas que tenemos en Campeche es que el kinder se cursa a partir de los 4 años a diferencia de otros estados. Muchas mamás se las ven difícil porque muchas de ellas tienen que trabajar como empleadas domésticas.

 

A’í la vamos pasando.

 

Don Porfirio Cruz es el ejemplo obligado de los tabasqueños que emigraron a la Ciudad de Palizada. Originario de Jonuta, llegó hace un poco más de cincuenta años. “Aquí vivo de la pesca y de mi taller de hojalatería y pintura, a’í la vamos pasando”.

 

Camina quitado de la pena, a las seis de la mañana, con una ensarta de veinte mojarras.

 

-¿Están frescas?

-Sí, fresquecitas, sí, para el desayuno. Las compré en el mercado a 50 pesos.

 

-¿Por qué se mudó a Palizada?

-Llegué con mis padres, ellos decidieron salir de Tabasco no sé por qué, en este municipio hay muchos jonutecos. Es común que muchos paliceños se vayan a Jonuta y los jonutecos vengan para acá.

 

 

 

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