Cecilia Vargas
Villahermosa, Tabasco.
Miércoles 31. Ya para este día había decenas de comunidades bajo el agua, en varias partes de la ciudad y otros municipios, los primeros albergues estaban ya funcionando y el Gobernador hablaba del inminente peligro de inundaciones en varios puntos de Villahermosa, pero no de todos.
“Lo peor está por venir en las próximas 22 horas”, advirtió primero, pero esas 22 horas, la pesadilla, el riesgo de morir ahogados con la familia, de vivir “a salto de mata”, perseguidos por el agua y la incertidumbre, por el desconocimiento de hacia donde refugiarnos, se prolongó por casi una semana.
Del lado de Gaviotas, las aguas del Grijalva habían penetrado las viviendas de Torno Largo, Monal, San José, Gaviotas Sur, El Abanico, Explanada y expulsado a cientos de familias de sus hogares, con sus hijos a cuestas y solo la ropa que llevaban puesta cuando el agua los sorprendió,
Solo los antiguos habitantes de esa zona, los que conocen el comportamiento del río, pudieron sacar algo de sus pobres pertenencias con los medios que tuvieron a su alcance.
Sobre el malecón Leandro Rovirosa Wade, cientos, quizá, miles de gavioteros, como en ninguna otra parte de Villahermosa, trabajaron día y noche en el muro de costales de arena, para tratar de contener al agresivo Grijalva, de acuerdo a la experiencia del 99.
Sí se abría un boquete, decenas de jóvenes, mujeres y niños corrían a reforzar el talud de arena de dos y tres filas, para evitar que las filtraciones siguieran llenando las calles de Gaviotas Norte y La Manga I.
Una multitud que se renovaba constantemente en dos o tres días levantaron una pequeña muralla blanca a lo largo de todo el malecón Leandro Rovirosa Wade.
La experiencia del trabajo de la sociedad civil en la inundación del 99, seguramente llevó a un exceso de confianza no solo de los residentes de Gaviotas Norte, sino también a las autoridades, porque a diferencia de otras zonas de esta ciudad, en esta colonia, ningún funcionario público, dio un aviso de alarma de lo que estaría por venir, después de 2 y media de la tarde.
Los gavioteros del norte nos manteníamos a la expectativa y vigilantes, más en el reforzamiento del bordo de contención de arena sobre el malecón Rovirosa Wade y los escurrimientos del Grijalva, que del agua que a espaldas de la colonia, en El Abanico y Explanada, se juntaba amenazante sobre Palomares y Gaviotas Norte.
Los de Gaviotas Norte, ese miércoles 31 de noviembre, salimos temprano, como cada día, a realizar nuestras actividades cotidianas, por lo menos los que nos ganamos el pan de cada día para nuestras familias fuera de casa, con excepción de los maestros, porque las actividades escolares y académicas ya se habían suspendido.
Entre la una y 2 de la tarde, esta reportera tenía en mente escribir una crónica de lo que a su paso veía caminando por la zona del CICOM, en donde cientos de ciudadanos trataban de evitar que la fuerza del Grijalva, se desparramara sobre las viviendas del fraccionamiento Tulipanes y la colonia Municipal.
Para ese momento, ya no escurrimientos, sino la corriente del Grijalva, una vez que había inundadolos alrededores de esa zona cultural, ya amenazaba penetrar los edificios de la biblioteca central, la “José María Pino Suárez”, comenzaba a subir las escalinatas del museo de Arqueología “Carlos Pellicer” y las que conducen al teatro Esperanza Iris
Por encima del agua y el desastre en la zona CICOM, la figura impasible del poeta, se erigía para recordarnos y dejar grabadas eternamente en nuestra memoria, lo que parece todos hemos olvidado: nuestro pasado, presente y futuro acuático, lacustre.
El “Agua de Tabasco vengo, agua de Tabasco voy…” parecía una cachetada aun con palabras bellas.
En la biblioteca Pino Suárez, Porfirio Díaz Pérez, el director del Sistema Estatal de Bibliotecas, gran impulsor de la lectura, con veinte años de trabajo en el centro que alberga la historia, la memoria y la cultura de nuestro pueblo y muchos más, recorría nervioso y preocupado, el edificio.
Desde el lunes 29, cuando el Grijalva se había desbordado ya en esa ribera, se suspendieron las actividades en la Pino Suárez.
Me encuentro muy preocupado por el acontecer, por el riesgo inminente en que se encuentra la biblioteca, “desde el domingo la maestra Norma Cárdenas –Secretaria de Cultura- ordenó aplicar medidas de emergencia” y no era para menos, el nivel del agua, sobre la banqueta, había subido entre 75 y 80 centímetros.
Lo único que hasta ese día el director del Sistema Estatal de Bibliotecas, había logrado hacer, con la ayuda de voluntarios, era colocar un muro de contención con costales de arena en la entrada y levantar los anaqueles superiores, con los volúmenes colocados en los mismos
¿De subir más el nivel del agua, qué se perdería? Le preguntamos.
-El acerbo de uso cotidiano, el de consulta para los estudiantes de todos los niveles escolares, el más utilizado, la sala de lectura infantil y la hemeroteca. Las doce colecciones especiales se encuentran en la parte de arriba, a salvo, respondió.
Ya con esa zona totalmente inundada, seguramente se estará lamentando esa pérdida, pero también cuestionando: ¿no hubo manera de lanzar un SOS a estudiantes de nivel medio y superior, a los usuarios de la biblioteca Pino Suárez para salvar ese acervo?
En ese momento se preguntó al director del sistema de bibliotecas del estado si, es necesario cambiar de sitio la biblioteca y respondió: que era urgente, después de esa inundación, hacer es un fuerte muro de contención, no obras improvisadas, para que el agua no siga destruyendo ese patrimonio de los tabasqueños.
Un leve gesto de esperanza reflejó el rostro de Porfirio Díaz Pérez, al percatarse, a través de una de las paredes de cristal de la biblioteca, que a esa hora, se registraba un leve descenso en el nivel del agua, según podía apreciar en las esquinas de la fuente que se mira por ahí.
Fue una jugarreta del colosal Grijalva, porque seguramente lo que estaba sucediendo, es que con sus aguas, empezaba a invadir más territorio.
Fuera de la biblioteca, sobre el circuito Carlos Pellicer, los vecinos de Tulipanes y la municipal, trabajaban arduamente para ganar la batalla que se libraba a esa hora con el agua para impedir su paso hacia las viviendas, pero a todas luces se observaba que esos tabasqueños también serían derrotados.
A las 2:15 aproximadamente entre al circuito Carlos Pellicer y Gaviotas Norte, solo estaba libre de agua el puente de Paseo Tabasco, al otro lado ya las aguas del Grijalva, a pesar de la lucha encarnizada que libraban los gavioteros, los escurrimientos habían invadido las calles más cercanas al malecón, las que todavía en la mañana estaban libres.
Debió ser el momento de un aviso de alarma.
II
La noche del 31. Ni siquiera habíamos servido la comida en la mesa –eran como las 2 y media de la tarde-, cuando vimos el agua correr en el andador 3 de Luis Jaidar, lo que hacía previsible que en unos minutos cubriera la rampa en donde dos coches de la familia habían sido resguardados un día antes.
Todos supimos en ese momento que el agua llegaría aunque lentamente, pero cuando mucho a las puertas del primer nivel de las casas, nunca imaginamos algo más.
Alerté a mi hermana y a su familia que viven en la planta baja y ellos dejaron en la mesa sus platos servidos para, de inmediato, unos llenar costales con arena para colocarlos en la puerta, otros subir computadoras y algunos aparatos electrónicos a la vivienda de arriba y poner a salvo uno de los automóviles, lejos de ahí.
Misael, Mariana y Carlos apresuradamente llenaron costales para evitar el paso del agua a la vivienda, cuyo nivel se incrementaba cada segundo, adentro Georgina, investigadora de la escuela de Biología de la UJAT corría para salvar computadoras, estéreo, televisiones y documentos vitales.
Entre las tres de la tarde y tres y media, una fuerte corriente de agua irrumpió y deshizo el muro de costales que con gran esfuerzo se había colocado en la puerta; Mariana y Misael, los jóvenes de la familia, que en ese momento, con sus cuerpos trataban de retrasar la entrada del torrente.
-¿Qué es lo que había sucedido? Fue la pregunta que habría surgido mucho después.
Una de las versiones que posterior a la desgracia circuló, es que, un inmenso torrente había invadido Los Palomares y la gente en su desesperación, porque se estaba ahogando, rompió el bordo que por atrás protegía a Gaviotas Norte.
Claro también existía la posibilidad de que el Grijalva hubiera roto el muro de contención del malecón Leandro Rovirosa, pero a esa hora nadie se preguntaba todo eso, todos estaban preocupados en salvar algo de su patrimonio y sus vidas.
Hay personas, de las que auxiliaron, para el rescate de personas en esa zona, que aseguran haber visto cuerpos inertes flotando en el rumbo, quizá algunos cadáveres surjan cuando el agua se vaya, la irrupción de esa gran cantidad de agua fue tan intempestiva, que es difícil de creer que fue una desgracia sin muertos.
En ese momento tuvimos la certeza de que no se podía hacer nada más que salir de ahí, porque corríamos el riesgo de morir ahogados, el agua ya llegaba al pecho y adentro de las primeras plantas todo flotaba.
Todo estaba perdido para la familia Sámano Vargas y las de muchas de Gaviotas Norte, pero ésta integrada por personas dedicada al trabajo intelectual, poseedora de una gran y rica biblioteca.
Más o menos a las cuatro de la tarde, el agua casi llegaba al techo, los tres automóviles de las dos familias habían sido totalmente cubiertos por el agua, cualquier esfuerzo por salvar algo más, era imposible y riesgoso.
Sepultados por el agua, quedaron: camas, colchones, muebles, ropa, zapatos, y lo más valioso e irrecuperable del patrimonio de esta familia: libros e investigaciones.
Atrapadas ya por un cerco de agua, en el 205 de Luis Jaidar, dos familias de ocho miembros, entre ellos una anciana de 87 años y una bebé, junto con otras miles de Gaviotas Sur, Los Palomares, Abanicos y Gaviotas Norte, tres horas después del arribo violento, no salían de su asombro.
Luego entraron en un lapso de incertidumbre, ante la posibilidad de que el nivel se incrementara e invadiera una segunda planta, los que tuvieron esa posibilidad.
Menos afortunados fueron los que sólo tenían construcciones de un nivel y se vieron en la necesidad de refugiarse con vecinos o familiares que dispusieran de un piso más.
A Chabelita y su esposo, dos ancianos, él con la necesidad de un marcapasos en el corazón -que no le ha sido colocado por falta de recursos económicos- les ayudaron a levantar una choza de lámina en la azotea para medio protegerse de la lluvia, ahí pasaron la noche y muy posiblemente los días, seguramente sin probar alimento.
El líquido que tenía el tinaco, apenas alcanzó para que todos nos quitáramos la suciedad del agua en la que estuvimos sumergidos algunas horas; revisamos el refrigerador y había comida suficiente para resistir quizá más de cuatro días y un tanque de gas lleno.
El problema era que sólo disponíamos de un garrafón de agua para beber, que a lo mucho nos alcanzaría para un día, tomando en cuenta la cantidad de personas que ahí estábamos.
Ya desde antes escaseaba la distribución del vital líquido por las inundaciones en varias partes de la ciudad y las compras de pánico, por eso apenas disponíamos de una unidad.
Nuestra situación se agravó porque el agua corriente se acabó, la palanca para poner la bomba se encontraba sumergida, imposible de ponerla a trabajar y como a las siete de la noche se cortó el suministro de electricidad.
La tensión y la incertidumbre nos mantuvo despiertos casi a todos los miembros de la familia, atentos del nivel del agua que nos rodeaba, el cual se incrementó pero sólo un poco durante la noche.
Algunas familias lograron ser rescatadas esa misma noche, se escuchaban motores de lanchas y personas bajando a ellas en la penumbra, pero pasaron de largo, ninguna se detuvo en el andador de Luis Jaidar, no obstante que Mariana gritaba que ahí había una bebé.
Perdimos las esperanzas de que fueran por nosotros en la noche, éramos muchos los que pedíamos auxilio, los que queríamos que nos sacaran de ahí, porque además nos encontrábamos imposibilitados de solicitar ayuda de amigos o parientes, dejaron de funcionar teléfonos domiciliarios y celulares, nos encontrábamos totalmente desconectados del mundo exterior.
El recuento de las pérdidas patrimoniales nos entristeció en algún momento, quizá a ello colaboraron las pálidas llamas de velas y veladoras; pero a unas pocas horas del amanecer.
Llegamos a la conclusión de que había que salir lo más pronto posible, ante la posibilidad de que se incrementara el nivel del agua e inundara la segunda planta, con una niña de poco más de un año y una anciana de 87 que poco resistirían la falta de agua y condiciones insalubres.
El sueño nos venció, “mañana será otro día”, pensamos.
Por la mañana hubo tiempo de desayunar y hasta lavar trastos con el agua de lluvia que recogimos por la tarde y noche anteriores, y de pensar de qué manera íbamos a salir sin utilizar la puerta de entrada que estaba totalmente cubierta de agua, la única alternativa posible era colocar unas tablas sobre puestas, de una casa a otra, colocando un mecate para asirse de él y no caer en el agua si alguien llegaba al rescate.
Tres vehículos sumergidos harían difícil el ingreso de lanchas sin atorarse, tendrían que hacerlo por un pequeño espacio y luego de varias maniobras, luego vendría la dificultad de hacer pasar por esa tabla a una anciana de 87 años para llegar hasta el vehículo salvador. Claro ¡si llegaba!
Nos dimos a la tarea de poner en unas bolsas y maletas, papeles, documentos y prendas de vestir indispensables para preparar la salida, sólo faltaba que llegaran a salvarnos.
Carlita fascinada observaba el agua, algunas tortugas y peces que circulaban por nuestro jardín encima de los techos de los autos sepultados, esas son las ventajas de la inocencia.
Era alrededor de las 11 y 12 de la mañana cuando se acercó una lancha con su propietario al timón, una de tantas personas de la sociedad civil que prestó auxilio desinteresadamente sólo por el afán de ayudar.
“Sólo mujeres y niños” gritó, luego de, con trabajos acomodar la lancha en el lugar que habíamos preparado, así que la primera en ser rescatada fue doña Socorro, bajo los riesgos de que un mal paso o la debilidad de sus rodillas la hiciera caer, afortunadamente tuvo más valor y resistencia de lo que esperábamos de sus 87 años. Las demás, todas más jóvenes, descendimos sin contratiempo.
III
Como otras muchas colonias de Villahermosa, Gaviotas Norte y Palomares parecen arrasadas por la guerra, montañas de muebles, enseres domésticos, ropa, camas, colchones y todo lo que en muchos hogares se habían obtenido durante muchos años y con el esfuerzo del trabajo.
El fétido olor, mezcla de agua de río, de los drenajes, animales muertos, basura y posiblemente de los cadáveres que tarde o temprano, como dicen en esta tierra “surdirán”, para desmentir las afirmaciones oficiales y aporten más elementos en cuanto a la magnitud de la desgracia.
El olfato en estos momentos no es capaz de distinguir, que es más penetrante, si el olor de que emana del lodo espeso y los restos mojados de agua contaminada en colchones, camas, enseres domésticos, ropa, alimentos descompuestos, o el de los litros de Pinol y cloro con que las familias tratan de limpiar sus casas.
En la esquina del andador 3 de Luis Jaidar y la calle de Luis Jaidar, doña Chabe y su hija Karina -una jovencita con síndrome de Dawn- llora la pérdida de sus muebles, sobre todo de su estufa y su refrigerador.
Y no es para menos, en esa estufa, doña Chabe todos los domingos cocinaba enchiladas para vender y entre semana, a veces tamalitos y torta de elote que sus vecinos le compraban y en el refrigerador almacenaba las paletas que elaboraba, también para la venta y el sostenimiento de las dos.
Karina es la misma de siempre, no logra comprender la tristeza ni la preocupación de su madre por el futuro de las dos.
La profesora Georgina y su hijo Misael, trabajaban ayer afanosamente, considerando qué tiene posibilidad de salvarse luego de permanecer con casi dos metros bajo el agua, es difícil deshacerse del patrimonio logrado con tantos años de sacrificios y esfuerzo.
Lo más doloroso es agregar a una montaña de basura, cientos de libros científicos, especializados en biología, botánica, fisiología vegetal y los de literatura y periodismo patrimonio de su esposo.
La pérdida es infinita, la enfrenta una gran cantidad de familias de Villahermosa, pequeños comerciantes y empresarios pero también cientos de comunidades de Tacotalpa, Nacajuca, Centla, Macuspana y Comalcalco, que ni siquiera tiene sobre si las lámparas de los medios, muchos menos la atención de los gobiernos.
En algunas de las familias afectadas en Gaviotas, la inundación se llevó no solo todo su patrimonio o gran parte de él, sino también la vida de alguno de sus familiares.
En la esquina de Pepe del Rivero y Manuel Sánchez Mármol, el señor Ignacio y su familia perdieron entre otros enseres domésticos, la estufa y el refrigerador, dos herramientas indispensables para preparar los guisados para los tacos que venía para sostener a su familia y su madre todos los productos de su tienda de abarrotes
Recuerda que alrededor de las seis de la tarde del miércoles 31 de noviembre, cuando el nivel del agua había alcanzado por lo menos metro y medio, la hermana, el esposo y la hija de su vecina María del Carmen Rich, desde su balcón pedían desesperadas ayuda médica porque a doña Carmita le había dado un paro cardíaco.
Como hora y media después llegaron rescatistas, con muchos trabajos pudieron llegar a la altura de la vivienda, porque los arrastraba la corriente, y en lancha se llevaron a doña Carmen y su hija, “ella estaba todavía viva, porque su esposo y su hija le dieron primeros auxilios, pero en el trayecto murió” .
Más tarde salieron sus otros familiares, pero antes de que rescataran a la señora, su hermana brincaba desesperada y por la impotencia.
Nosotros, dice don Ignacio, pasamos en ese cuarto de arriba la noche del miércoles, no se podía descansar, la gente gritaba y nadaba en la oscuridad, y al otro día observamos cómo la corriente estrellaba los cayucos contra los postes o en las paredes y se desbarataban.
Ese jueves mi esposa logró salir en lancha con los niños y nos quedamos aquí mis padres, un hermano y una hermana.
Todo lo que teníamos en la planta baja lo perdimos, colchones, camas, roperos, estufa, refrigerador, muy pocas cosas logramos salvar, no nos dio tiempo de más.
De su futuro y el de su familia, don Ignacio dice:
“Si Dios nos ha permitido la vida y nos da la fuerza, teniendo la confianza en él, vamos a salir
adelante”
De la ayuda que se está prometiendo, opina:
“Sabemos que ha llegado bastante ayuda. Si está bien coordinada, bien administrada llegará a nosotros, pero si no, solo la escucharemos anunciar”.
Para don Javier Quiroz Martínez y su familia, habitantes de Circuito Municipal 505, en Los Palomares y Gaviotas Norte “sucedió lo peor”. El agua del río nos vino de atrás, cuando la vi venir, le dije a mi esposa, “ahora si esto se irá al agua, agarre mi camioneta, saqué a mis hijos, sin sacar nada y nos fuimos para Tamulté”.
Sufrimos una pérdida total de los que teníamos en la casa, porque aquí en Palomares las viviendas son de un solo piso, no había manera de poner a salvo nada, el agua subió casi dos metros y medio.
Del futuro dice:
Vamos a comenzar otra vez, pero el gobierno solo nos ayudará con algo, lo demás no los vamos a recuperar, solo esperamos que no vuelva a pasar, porque si no me regreso a mi tierra Poza Rica, Veracruz.
Javier considera que las inundaciones son normales en Tabasco. Llevo viviendo en Tabasco 25 años, y siempre he tenido la idea de construir un cuarto alto atrás, porque he pensado, aquí nos hemos salvado de otras inundaciones que se han detenido con costales y más costales, pero que un día el Grijalva vendría con mucha furia.
Eso si, creo que si los gobiernos pasados hubieran construido un bordo desde Torno Largo hasta La Manga 1 y otro más grande del otro lado, en el malecón Carlos A. Madrazo, no hubiera sucedido tanta desgracia.
“Digo que si los gobiernos le hubieran “echado ganas” en la prevención, se hubiera evitado esta gran inundación, pero no es así, le ponen interés a otras cosas, y no quiero decir nombres, ni se llevaron o no el dinero”.
Ojalá este Gobernador le meta ganas, porque imagínese, nos dicen que nos van a dar vales por un refrigerador, una estufa, pero lo demás lo tenemos que comprar de nuevo nosotros, y que tal si no hacen nada y en los próximos años sufrimos una inundación como esta, “nos acabará”.
Don Román Cámara Calcáneo de la calle Administración 105 también en Palomares, está abatido por las perdidas, es diabético y ya antes de la inundación, por las consecuencias de su padecimiento y de la hipertensión, ve cada día menos, sus piernas permanecen hinchadas, y por esa circunstancia ya había perdido su empleo.
Como los demás residente de Palomares él, su esposa, su hija y una muchacha a la que le renta un cuarto perdieron sus muebles y aparatos electrodomésticos y dice que por lo pronto sus hermanos lo ayudan, pero eso, considera no será por el resto de su vida.
Para mi será difícil recuperarme, sin salud, ni empleo, y el raquítico ingreso que le da la renta de un cuarto.
Su esposa e hija se quejan de que en las listas que está integrando el gobierno para la ayuda prometida, solo están incluyendo a los propietarios de las casas, no así a las demás familias que viven en las mismas y que también se quedaron sin nada.
La hija con familia también, lamenta que en la Cruz Roja en donde ella estuvo apoyando para la atención de damnificados, incluso el día que se fueron al agua, ni siquiera una despensa les dieron.
En la larga fila que alrededor de la una se observaba en el parque de Gaviotas, cientos de damnificados esperaban su turno para anotarse con la esperanza de recibir la ayuda anunciada por los gobiernos federal y estatal, por lo menos para adquirir una mínima parte de los que perdieron
Ahí Mayté Izquierdo, que vive en la esquina de Luis Jaidar y Administración, dijo que para ella lo más importante fue salvar la vida de sus hijos y la de ella, “lo material se recupera como sea, la vida de uno no tiene precio. Primeramente Dios”
Para otros, lo más lamentable ha sido perder la seguridad de disponer de un hogar seguro en Gaviotas, Palomares, La Manga, de vivir, de ahora en adelante con la incertidumbre.
(Publicado en el diario La Verdad del Sureste. Diciembre 2007)