El juego de la vida

Kristian Antonio Cerino

Villahermosa, Tabasco.

 

El parque Centenario 27 de Febrero está plagado de mil 700 jugadores. A diferencia de los actores que dicen jugar béisbol, estos vienen de perder un partido en contra de la naturaleza y de los gobernantes rateros.

 

Unas 5 burbujas –casas gigantescas a manera de carpas- están sobre el diamante. Los damnificados viven hacinados en medio del calor decembrino, del desorden social, de los acosos, de los intentos suicidas.

 

Algunos han cumplido 6 semanas de vivir sobre el rumbo de la primera, segunda y tercera base. Por donde los Olmecas –aquellos del 93- dieron la vuelta olímpica al ganar el título de

la Liga Mexicana de Béisbol.  A Luis Fernando Calcaneo Flores, amante de la psicología, le preocupó -el 20 de diciembre- el que 25 mujeres expresaran su deseo de suicidarse en el albergue.

 

Platicando en las gradas del parque, frente a decenas de marinos que le enciman sus miradas a las mujeres más sensuales, expresó que las 25 han confesado el querer quitarse la vida estrangulándose.

 

“Se quieren morir por problemas de infidelidad, emocionales, porque sus parejas toman alcohol o se drogan”, dijo alarmado por estas mujeres que vivieron –hasta antes de la inundación- en las colonias Gaviotas y La Manga.  Un adolescente, por ejemplo, cambió su ideación suicida por el de intento. En una de tantas noches en el refugio temporal coordinado por la Armada de México, tomó en sus manos una cuerda para ponerle punto final a su existencia.

 

“Alguien nos avisó a tiempo, lo enviamos al hospital de salud Mental, ahí está, se siente solo”, sumó Calcaneo Flores.

 

Pocas veces se tiene la oportunidad de sentarse en los lugares numerados en un play off de

la Liga Mexicana. Cuando alguien se para en la taquilla -para comprar un boleto en un bueno sitio- resulta que están apartados para los políticos mentirosos.  Precisamente a la altura de la registradora, se alcanzan a ver cientos de niños corriendo por las casetas de local y visitante, jugando carritos de plásticos como lo que compraba mi padre, viendo la televisión, formados para comer y diciéndole papá a los marinos.

“Yo no me quiero ir, al menos aquí como más que en mi casa”, palabras más, palabras menos de Alejandro Arias, de la colonia Tierra Colorada

 

A sus 7 años se acuerda poco de la escuela, está viviendo su momento: “el jugar con mis amigos y mi cochecito”.

 

Desde las gradas enumeradas se ve –a lo lejos- el jardín izquierdo del Centenario colmado de ropa de mujeres y niños.

 

“La cuelgan en donde pueden a falta de lías”, dijo un empleado del gobierno de Villahermosa sumado a las tareas de logística.

 

Son pocos los que en verdad no están haciendo algo. Las mujeres, menos las presuntas suicidas –que sólo se les ve triste y con la mirada perdida-, cuidan a sus hijos, tejen, lavan ropa, preguntan cuándo “nos iremos”.  Una minoría permanece en las gradas sólo esperando que en el altavoz anuncien la hora de la comida.

 

“Todavía no se formen, por favor quítense del sol”…

 

En el Centenario, este parque que en más de una ocasión ha despertado el interés de la afición, decenas de obreros entra y salen de esta su casa. Lo mismo pasa con estudiantes de secundaria y preparatoria.

 

Cómo entender que muchas vidas caben en 5 burbujas, que muchas vidas están aquí por esos rateros que se llevaron el dinero de las obras hidráulicas, el cómo nadie conoce sus historias porque clínicamente -por el gobierno- son tratados como  números o simples casos.

 

* * *

 

Los marinos abrieron el portón para que salieran los refugiados. A las 9:35 horas, la familia Jiménez abandonó el albergue de la ciudad Deportiva.

 

Se despidieron de sus paisanos que viven en otras colonias antes de subirse al camión de carga que los llevaría a Corregidora, una comunidad a 15 kilómetros de Villahermosa, Tabasco.

“Nos vamos contentos”, confesó Tomasa Jiménez. Abrazó a sus hermanos y sujetó una bolsa con productos enlatados.

“Hasta llevo mi comidita”, fue de lo último que dijo a los voluntarios que le auxiliaron a treparse en la unidad.

Cuando el portón se abrió, 700 damnificados abandonaron el albergue habilitado por el posible desbordamiento de los ríos. El desfogue en la presa Peñitas preocupó a las autoridades, por lo que ordenó la evacuación de 15 mil 400 personas en tres municipios.

El Sistema Estatal de Protección Civil informó que unas 14 mil personas retornaron a sus hogares este viernes en los municipios de Centro, Cunduacán y Nacajuca.

Sin embargo, ayer no todos pudieron salir del refugio temporal. Se notó que mil 50 refugiados estuvieron tristes. Marbella Aquino fue una de ellas.

“Qué más quisiéramos irnos, pero no tenemos dónde Señor”, dijo la mujer de 40 años de edad, conteniendo el llanto.

Su casa, o más bien la que rentó durante 2 años, la sepultó el río Grijalva desde el pasado 2 de noviembre, el Día de Muertos. “Vivía en Gaviotas, pero hoy no tengo dónde ir, por lo que pasaré la Navidad aquí, en este lugar”, exclamó.

Como ella, unos mil 50 damnificados comerán pavo durante la Noche Buena, porque así se los prometió el gobernador Granier.

“Nos dijo que vendrá con sus funcionarios a pasársela con nosotros”, recordó Aquino, una mujer que aún está adaptándose a las condiciones del albergue.

“Somos muchos, con pocos baños, con una fila larga para comer”, afirmó.

Cuando los ríos Carrizal, Mezcalapa y Samaria desbordaron e inundaron a un millón 200 mil tabasqueños, unos 3 mil se quedaron sin viviendas, prácticamente en la calle. De los 3 mil, mil 50 viven –desde hace 6 semanas— en el albergue de la Ciudad Deportiva, indicó Gabriel García Chávez, un portavoz de la Armada de México.

“Cuando los 300, que es un cálculo, se vayan, nos quedaremos con 700 para preparar la cena de Nochebuena”, enfatizó.

“Algo se tiene qué hacer con las personas que no tienen casa, que se quedarán aquí por más tiempo”, sostuvo Guadalupe Mayo, empleada de la Secretaría de Planeación del gobierno de Tabasco.

En el municipio de Centro, sede de la capital, se evacuaron 12 colonias con unos 700 habitantes en total.

“Yo soy el encargado de llevarme a 234 personas a Buena Vista, sector el Tinto”, señaló Roberto Esquivel, funcionario del gobierno municipal de Centro.

Los evacuados de los últimos días subieron ropa sucia, colchonetas, electrodomésticos, despensas y hasta ancianas en sillas de rueda. Matiana de Dios Torres, de 97 años, era la más preocupada de regresar a su casa.

“Ella dice que ya extraña su casa”, tradujo uno de sus hijos. Mariana balbucea y alguien tiene que pegar el oído a su boca para escucharla.

Del albergue de la Ciudad Deportiva salieron unidades con los evacuados “y sus cosas” a las comunidades de Corregidora, Emiliano Zapata y Buena Vista.

A las afueras del estacionamiento, voluntarios del gobierno de Tabasco izaron pancartas con el nombre de las localidades para coordinar el regreso a casa.

“Olvidé mi bolsa”, gritó una mujer desesperada. “Ya se la traen”, le respondió un marino.

Los elementos de la Marina parecían botones de hotel llevando de un lado a otro cientos de equipajes artesanales.

Alejandro Jiménez vio a todos salir del albergue: “Me iría corriendo con ellos, pero me quedé sin casa y sin mujer”.

—¿Se murió su esposa?

—No, cuando nos fuimos al agua ella se fue a Campeche, no he podido ir por ella.

“¡Acá está otro camión!”, continuó diciendo un marino en la explanada de la Deportiva.

Daniela García, una niña de años olvidó sus sandalias en el albergue, pero no a su perro —de peluche— Betoven, que fue llevado en hombros hasta depositarlo en la unidad de carga.

Cosita preciosa, una periquita, también estuvo refugiada en el albergue de la Ciudad Deportiva. Su única dueña, Marquesa Torres, reveló que envió a una persona por él —a la comunidad de Buena Vista— porque estaba muriéndose de tristeza.

“Ya me extrañaba, no quería comer. Dame la patita”, remató su ama.

 

(Publicado en los diarios La Verdad del Sureste y Milenio. Noviembre de 2008)

 

 

 

 

 

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Juan de Grijalva (I)

Kristian Antonio Cerino

Juan de Grijalva, Chiapas.

 

No quise quedarme con las ganas de conocer el tapón. Llegué en 200 minutos saliendo desde Villahermosa. Pasé por los municipios de Reforma, Juárez y Pichucalco. Antes de llegar a Ostuacán, encontré una señal que decía: Juan de Grijalva.

 

En el camino encontré deslaves, puentes rotos, desesperanza, un Chiapas con comunidades pobres –como en Tabasco- y unos ríos con poco agua.

 

-¿En dónde está el agua?

-Detrás del tapón- Gritó un campesino.

 

Llegué cansado a los primeros indicios de Juan de Grijalva. Pensé: aquí estará el pueblo a unas cuantas rodadas. Me equivoqué.

 

El vocho modelo 2002 avanzó 10 kilómetros más entre caminos enlodados y plagados de piedras, vacas, montañas. Pasé 8 puentes tubulares (muy pequeños) hasta que vi 27 camionetas de la Comisión Federal de Electricidad (CFE)

 

-¡Hasta aquí!-

-Soy reportero, voy al tapón. Le dije.

 

El empleado de la CFE me pidió que estacionara el auto allá “lejos” y en donde “no moleste”. Le expliqué que era reportero. Lo entendió desde el momento en que me dejó avanzar la línea divisoria.

 

Es más, me sugirió que esperara una camioneta para llegar a los pies del tapón. Ello porque me vio decidido a rodar camino abajo.

 

Qué bueno que le hice caso. Cuando me trepé en la unidad entendí que ese hombre me salvó la vida. Hubiera caminado un buen y me hubiera muerto de un infarto.

 

Los empleados de la CFE cerraron el acceso al tapón, en la comunidad chiapaneca de Juan de Grijalva, porque la lluvia dificultó la carretera de arena y piedra.

 

Ayer, decenas de máquinas que se usaron para remover el presunto cerro desgajado -que irrumpió la marcha del río- fueron retiradas de la zona a empujones porque muchas de ellas se habían quedado atascadas.

 

Sin enumerar a los reporteros en el famosísimo tapón, vi –en la vispera de su retiro- unos 300 obreros distribuidos en montañas. Vi, además, decenas de lanchas que recorren el río Grijalva y un pueblo que ya quedó un mínimo de habitantes.

 

-A mi mamá se la tragó la tierra- Relató Celia Díaz.

-¿Y la rescataron?

-Si. Esos del gobierno mienten cuando dicen que se desgajó el cerro.

 

Encargada de una tienda, a 400 metros del tapón, la mujer reprochó que en la televisión se digan puras mentiras.

 

-Aquí lo provocaron- Precisó.

 

Juan de Grijalva quedó reducido a lodo. En sus alrededores –otras comunidades que también suelen llamarse Grijalva- las evacuaciones sí tuvieron éxito comparadas con las que intentó Andrés Granier Melo, el gobernador de Tabasco.

 

Parado a unos metros del multi-promocionado tapón, no entiendo la alarma de las autoridades por evacuar. Veo el río manso por no decir menso.

 

Pero, algunos ingenieros de la CFE, me dijeron que lo complicado estará cuando el tapón quede abierto y los ríos crezcan en la planicie tabasqueña.

 

En el tapón existe más vida que en los alrededores de mi casa, en Jalpa de Méndez. Antenas en los cerros, cámaras por doquier, cascos, botas, gritos, ruidos de motores, chiflidos desde lo alto, las hélices de 2 helicópteros que sobrevuelan el río.

 

Algunos obreros comieron productos enlatados, otros galletas con coca-cola. Realmente pasarse en Juan de Grijalva es contemplar sólo el tapón, el río que no avanza; escuchar, sobre todo, el mundo de instrucciones para concluir las tareas.

 

-¡Apúrense!

 

-Nos dieron en la suerte- Dijo señora que encontré en el camino. Llevaba sus compras, café y azúcar.

 

Después se perdió en una vereda colmada de lodo.

 

-Cuando nos dimos cuenta el montón de tierra ya estaba sobre las casas- Comentó en voz baja un campesino. Cuando se bajó del vocho noté que lloró.

 

(Publicado en el diario La Verdad del Sureste. Diciembre de 2007)

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Juan de Grijalva (II)

Kristian Antonio Cerino

Juan de Grijalva, Chiapas.

 

Cuando pensé que había conocido El Tapón, debajo de los restos de Juan de Grijalva, me equivoqué. La persona que bautizó el presunto desgajamiento del cerro y que bloqueó el paso del río, se quedó corto.

 

Cuando éramos niños mis hermanos y yo jugábamos con el tapón que comúnmente estaba en el lavabo del baño. Lo llenábamos para meter barquitos de papel. El Tapón que conocí en la comunidad de Juan de Grijalva es mil veces más grande que en la televisión.

 

“Es un Tapononón”, dijo un ingeniero de la Comisión Federal de Electricidad.

 

Cualquier atleta que desee reforzar sus ejercicios, fácilmente podría deambular en los alrededores del Tapón: se camina, se corre, se navega. Después de una hora, uno termina logrando que el pulso cardiaco se aloque.

 

Caminé por las capas del Tapón y no me alcanzó la fuerza para recorrerlo en su totalidad.

 

En la parte superior, el Tapón nos recibe con una cocina comunitaria plagada de mujeres, escaleras prefabricadas con piedras y tierra, pequeñas casas de madera para los ingenieros, baños y un área para el descenso de unos 6 helicópteros.

 

Aquí no se habla de otro tema; se come y se bebe con el Tapón, se duerme y se sueña con la palabra Tapón.

 

“Se ha repetido tantas veces esa palabra que hemos perdido la cuenta”, dijo Miguel, uno de los obreros que ha pernoctado, en el Tapón, en los últimos 40 días.

 

Hoy, martes 18, se liberará el Tapón que obstruyó el paso del río entre las presas hidroeléctricas de Malpaso y Peñitas, en el estado mexicano de Chiapas.

 

Aquí, desde las 6 de la mañana, estamos 138 periodistas de los medios internacionales, nacionales y locales. Algunos camarógrafos, otros fotógrafos; el resto, simples escribanos de la vida.

 

Llegué a la zona cero por muchas razones: por experiencia profesional, por Milenio nacional (mi nueva casa), por la agencia española EFE y para escribir estas cronologías para La Verdad del Sureste.

 

-¡A las 10 comenzamos!- Exclamó uno de los responsables de la obra en la bocina.

 

Uno cuando ve el Tapón en imágenes no dimensiona lo grande que es. A penas los ingenieros –con los obreros- extrajeron un millón 126 mil 258 metros cúbicos de tierra por donde pasaría otra vez, luego de 44 días, el río Grijalva. El mundo de tierra supera esa cantidad unas 20 veces.

 

Mientras abrían  el canal 2 operadores con maquinarias pesadas, una decena de reporteros empezó a fotografiarse con Joaquín López Doriga, el conductor de noticieros Televisa.

 

El Tapón debió abrirse a las 8 de la mañana, pero tuvimos que esperar –junto con miles de tabasqueños que siguieron el show por televisión- 2 horas con 25 minutos.

 

Por ello, el aburrimiento de muchos y la oportunidad de tomarse una foto con el llamado teacher. El mismísimo maestro que felicitó, con abrazo y palabras animosas, a Jaime Avalos, el fotoperiodista de la agencia EFE quien cumplió año a los pies del Tapón.

 

-Jaime, felicidades, que cumplas muchos más- Le dijo.

 

A las 10.25 de la mañana, justo en el momento en que el Tapón quedó liberado, alguien gritó: ¡ya está entrando el agua!

 

Es la primera ocasión, reconozco, que cientos de medios testificaron el simple cruce del río por un canal de 800 metros.

 

-Este momento es histórico- Se le escuchó decir a un reportero de televisión, cuya transmisión fue en vivo.

 

Los ingenieros de la CFE aplaudieron en el instante en que el río rozaba las paredes del canal. Ya después,  la corriente del río tomó fuerza y salió disparada como Tapón de sidra con dirección a Peñitas, la presa más temida por los tabasqueños.

 

A los reporteros, a los de batalla, se les colocó en medio de unos cercos ganaderos para –desde ahí- apreciar el ingreso del agua por este ex Tapón que parece una gran fortaleza.

 

Cómo son las cosas. Antes del Tapón nadie conocía la ubicación de la comunidad Juan de Grijalva. Ni en Juan de Grijalva había periodistas, menos antena de celulares, menos un arbolito de navidad.

 

A los de la CFE les dio por colocar en la cúspide del Tapón no sólo una bandera de México sino un árbol de navidad construido artesanalmente: con palos y focos de 60 watts.

 

Seguramente fue a petición de las mujeres, unas 20, que cocinaron desde que comenzó este desmadre. Este día el menú fue empanizado.

 

Algunos dijeron que el Tapón se abrió a las 10.23, otros que a las 10. 25. Por qué carajo no programamos bien los relojes.

 

“El objetivo que tenemos es que corra nuevamente el río Grijalva”, dijo en el altavoz Andrés Martínez González, gerente de Transmisión de la CFE en Chiapas.

 

Lamentó, además, la muerte de las familias que fueron sepultadas por el desgajamiento del cerro.

 

“Lamentamos eso que sucedió, pero fue la naturaleza”, lo último que dijo.

 

Dicho esto llegó el secretario de Gobernación, Francisco Ramírez Acuña para garantizar que no habrá inundaciones en Chiapas y Tabasco.

 

Cuando dejamos Juan de Grijalva, el famosísimo Tapón -a lo lejos- se vio pequeñito, como en la televisión.

 

Recordé las palabras de la mujer que dijo –en secreto- que el desgajamiento fue puro cuento chino, que lo hicieron para detener el paso del agua que estaba ahogando a Tabasco.

 

Antes de tomar la carretera a Ostuacán, un obrero reveló que mientras retiraban tierra de un cerro encontraron algo interesante.

 

-¿Piezas arqueológicas?

-No.

-Entonces.

-Uranio, un cueva con uranio, pero no digas nada.

-¿Y lo reportaron?

-Sí, pero nos quitaron de esa zona. Nos pidieron que cerráramos el pico.

 

 

(Publicado en el diario La Verdad del Sureste)

 

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La resistencia de Nacajuca

Kristian Antonio Cerino

Nacajuca, Tabasco.

 

Llegaron los autobuses, los soldados y hasta los empleados del gobierno pero las familias no quisieron evacuar.

 

Congregación Chicozapote, una comunidad rural del municipio de Nacajuca, dijo “no” cuando les pidieron desalojar.

 

A una sola voz, reiteraron que no evacuarían porque no estaban dispuestos a emigrar sin sus animales: cerdos, perros y pollos.

 

-¡Desalojen porque esta zona se inundará! Dijo un comandante de la Armada de México.

 

Les explicó que con el desfogue en la presa Peñitas, en el estado de Chiapas, incrementaría el nivel del río Samaria, el mismo que rodea a Congregación Chicozapote.

 

Las 210 familias que viven en esta comunidad rural, a 30 kilómetros de Villahermosa, resistieron el embate de la pasada inundación.

 

Edificaron tapescos (entarimados) para salvaguardar sus pertenencias.

 

“La gente está acostumbrada al agua, no veo el porqué nos quieren llevar”, reprochó Pedro Rodríguez, un albañil de la zona.

 

Dijo que el gobernador de Tabasco, Andrés Granier Melo, debió haberlos desalojado pero en la inundación anterior.

 

“Ahora no tiene caso”, agregó Juan Zapata. Este anciano ha vivido más de 20 inundaciones en Congregación Chicozapote.

 

Cuando el río desbordó, recientemente, la Armada de México y el Ejercito Mexicano rescató a cientos de familias vía aérea.

 

Frente a la comunidad rural, enclavada en la zona indígena chontal, 10 camiones de la Armada y 2 autobuses del gobierno, permanecieron este sábado en espera de que alguno se animara a ser evacuado.

 

Mientras que en la televisión, el portavoz del Sistema Estatal de Protección Civil (SEPC), Rúrico Domínguez Mayo, decía que la evacuación era un éxito, en las comunidades de Nacajuca los indígenas ignoraron el llamado de los soldados.

 

“Cómo nos vamos a ir sin nuestras cositas”, sentenció María May.

 

Ayer, el gobierno de Tabasco debió haber desalojado a 15 mil 400 personas de los municipios de Centro, Cunduacán y Nacajuca.

 

Según el SEPC, 26 comunidades serían evacuadas por el desfogue en la presa Peñitas que ocasionará el desbordamiento parcial de los ríos.

 

Unos 2 mil efectivos de la Armada de México y del Ejercito Mexicano se desplazaron para trasladar a las familias a sitios más seguros; sin embargo, no todos quisieron salir de sus  casas.

 

En la comunidad de El Guacimo, afectada en la pasada inundación, decenas de familias sí abandonaron sus viviendas.

 

“Nadie quiere salir, nosotros sí, mi esposa y mis hijos”, dijo Juan López.

 

Autoridades del SEPC recomendaron –empleando un altavoz- evacuar la zona y refugiarse en los albergues de la cabecera municipal.

 

“Hay que salir, nos vamos a ir al agua”, se escuchó en  una de las bocinas.

 

La policía local, unos 200 elementos, se apostaron en las márgenes de los ríos, frente a las comunidades a evacuar, como parte de un operativo para evitar la rapiña.

 

Del SEPC, previendo que no todos querrán evacuar, han enviado algunas embarcaciones a la zona de Nacajuca, mismas que serán usadas entre el miércoles y jueves si el río Samaria  desborda como lo anunció el gobernador.

 

* * *

 

La lluvia preocupó a los pobladores de Jiménez por un momento.

 

Recordaron que cuando se inundaron, hace 48 días, llovió durante 72 horas antes de que el río Samaria se metiera en sus casas como si se tratara de un animal desconocido.

 

A pesar de la precipitación de este domingo, por el frente frío número 13, no todos los habitantes de Jiménez evacuaron sus viviendas.

 

Algunos sí obedecieron y salieron en los autobuses enviados desde Villahermosa.

 

Otros volvieron a ignorar la petición de las autoridades reproducida en los medios de comunicación; esperarán la presunta anegación de la localidad.

 

“Estamos acostumbrados a las inundaciones patrón”, dijo Agapito Hernández Osorio, un abarrotero de Jiménez, comunidad rural del municipio de Nacajuca.

 

Relató que desde 1940 decenas de rancherías indígenas han padecido los embates del río Samaria.

 

“Nadie aquí se a ahogado, los de Villahermosa esos sí lloran porque no están acostumbrados”, puntualizó el hombre robusto, el que conmemoró su primera inundación cuando Jiménez no conocía el concreto.

 

Junto a él, 3 mujeres expresaron su inconformidad porque aún no reciben los recursos de Fondo Nacional de Desastres Naturales.

 

“Dicen que en otras partes dieron 10 mil pesos, pero a los pobres de las rancherías no les dan nada, puro fríjol”.

 

A María Osorio le molestó que en la televisión “esos” de la Secretaría de Desarrollo Social hayan dicho que a Nacajuca “ya les dieron”.

 

“Pero ni han pasado censando para ver qué perdimos; hoy no tiene caso que nos vengan a sacar de aquí”, agregó.

 

En Jiménez, los campesinos están movilizando sus vacas a sitios más altos. No evacuarán pero sí están tomando ciertas medidas como subir sus camas o roperos a los techos de sus casas.

 

Llama la atención que cuando alguien llega a Jiménez, a 25 kilómetros de Villahermosa, aparece un letrero en un terreno de 2 hectáreas: se vende, zona no inundable.

 

Aquí el río Samaria cuando desbordó durante el mes de noviembre, este predio quedó oculto por el río.

 

“Somos mil 596 habitantes, no todos han querido salir, los pocos ya se fueron a la ciudad”, explicó una autoridad de Jiménez.

 

Las 473 viviendas quedaron aisladas del resto de las comunidades rurales. El río se metió, hace 6 semanas, en sus casas y superó el metro de altura.

 

“Me preocupa que no quieran irse todos”, lamentó Edilia de la Cruz.

 

Los policías, los soldados, los marinos, continuaron deambulando por las calles polvorientas de Jiménez en espera de nuevos decididos para ser llevados a la cabecera municipal de Nacajuca.

 

Hasta las iglesias, con todo y el poder de Dios, fueron amuralladas –con arena y costales- por si las dudas. Una parte de este camino quedó dañado en la pasada inundación.

 

A Pepe, un niño de 3 años, la inundación podría dejarlo sin juguetes.

 

Su madre, Cecilia Contreras, le ha explicado que sus muñequitos serán resguardados en la azotea de una casa de concreto mientras dure la contingencia. Es la vivienda de un vecino.

 

-Y ustedes, ¿se irán?

-Si, el agua, la otra vez, nos llegó hasta la nuca (el cuello).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los rostros de la inundación (II)

Kristian Antonio Cerino

Villahermosa, Tabasco.

 

A Villahermosa el polvo se la está comiendo con urgencia. Caminar por sus calles es peligroso: kilogramos de lodo, enfermedades impalpables, los reproches, las pirámides de basura, la desesperanza y las alcantarillas fracturadas.

 

Cuando el río Grijalva regresó a su cause, después de doce días de inundación, Villahermosa cambió de piel. Ya no era aquella Venecia mexicana, sino una ciudad polvorienta, colmada de olores en las esquinas, en los comercios, en las plazas.

 

“No se soporta el olor, el polvo que se mete en la nariz, las calles llenas de basura”, expresa Georgina Landero.

 

A los pies de la señorita Landero, una empleada de la ciudad, podría filmarse la película “Lo que el agua nos dejó”.

 

No es una pirámide de la cultura Olmeca o Maya lo que está a la vista de Landero. Es una montaña de autos, televisores, computadoras, impresoras, aires acondicionados, escritorios, puertas, ventanas.

 

“Los tiramos con tristeza pero qué le vamos a hacer”, exclama una vendedora de aparatos electrodomésticos.

 

Antes que le preguntemos que si contrataron algún seguro, previo a la inundación, matiza que “los seguros son (sólo) para los que tienen”

 

En las pirámides de basura uno encuentra piñatas, zapatos, ropa, jaula, colchones, lavadoras, pedazos de camas, refrigeradores, instrumentos musicales, teléfonos, juguetes, diarios y revistas que el río recicló en el Centro Histórico de Villahermosa.

 

Los más pobres sobrevuelan en los alrededores de los cúmulos de desechos. “Algo servirá”, dice Juan Pérez, un recolector urbano.

 

En un triciclo carga una estufa vieja, un refrigerador que usará de closet, un colchón que secará con el sol.

 

Los comerciantes, unos cuantos de los 10 mil que reportaron perdidas en la ciudad, aún no han sido censados, por la Secretaría de Economía, para recibir el auxilio, el “empujón económico”.

 

“Perdimos todo, no sé de dónde sacaré 250 mil pesos para empezar de nuevo”, anticipa Sergio Vázquez.

 

Él, propietario de una empresa dedicada a la limpieza, fregó en las últimas horas su comercio en la calle Méndez, a 400 metros del río Grijalva.

 

Para los comerciantes, en medio de la polvareda, el lodo y de los jacintos muertos que dejó el paso de la inundación, no habrá festividad de fin de año; ni un solo peso para adquirir foquitos.

 

“Se verán las marquesinas sin luces, a la pela vaca, sin ninguna gracia”, coinciden los comerciantes.

 

“Ni nos comprarán pinturas, siempre diciembre es una temporada alta para nosotros, si no habrá dinero para las lucecitas, menos para los botes de pintura”, añade Alejandro Silván.

 

Unos 2 mil recipientes se los tragó el río, con el, 700 mil pesos que sólo recuperará esforzándose en los próximos 2 años.

 

Aquí, en estas calles que aún huelen a animales muertos, a verduras podridas y a 20 mil toneladas de cal que vertieron para desinfectar, los del Ejercito Mexicano continúan retirando el dique que se construyó –con costales y arena- para evitar la inundación.

 

“Ya quitamos más de 500 costales, pero el polvo ya nos mareó” comenta uno de los soldados.

 

Antes la queja era que el agua estaba en sus pies, hoy             que el polvo que se está metiendo en la nariz, en la piel, en los pulmones.

 

Los comerciantes, los habitantes del Centro, están usando –desde hace 2 días- los cubre-bocas que enviaron de la Secretaría de Salud.  Desde la calle Madero hasta la 27 de febrero. Desde Méndez hasta Zaragoza.

 

“Cuándo íbamos a pensar que andaríamos así, tapados de la boca, como esos de las películas cuando se descubre una epidemia”, precisa Laura, una empleada de la ciudad. Dicho esto se vacunó en un modulo del gobierno de Tabasco.

 

“Contra el tétano y la influenza”, remata.

 

A las casas musicales el río Grijalva no los perdonó. Les sepultó bocinas, guitarras, pianos de cola, percusiones.

 

“Este piano (explicó) costaba 400 mil pesos, ya no sirve; algunas cosas las subimos a lo alto pero el río superó los 2 metros de altura”, narra Víctor Canché.

 

Ivonne Sánchez quisiera pensar en las perdidas. No lo hará: “hacerlo en presionarme más, de lo que debo, de lo que perdí”.

 

“Perdimos todos, vendíamos perfumes, y las 3 sucursales se inundaron”, reporta Isidro Martínez. A sus pies, durante la limpieza que hizo del local, entre las calles Zaragoza y Pino Suárez, encontró 500 envases de perfume.

 

“Ninguno sirve”, exclama.

 

Los comerciantes quisieran ponerse de pie con prontitud. Pero perdieron hasta las mercancías previstas para la época decembrina.

 

En las torres de basura hasta los santa clouse se ahogaron, lo mismo sucedió con Rodolfo el reno que apareció moribundo en la esquina de la calle Méndez con Constitución.

 

“Esto es un castigo”, grita un voceador en esta tierra en dónde aún no llegan los diarios nacionales, los mismos que le dieron cobertura total a la inundación de Tabasco.

 

“Yo perdí 20 mil pesos, todas las revistas se mojaron, ya ni llorar es bueno”, declara una vendedora.

 

Ayer, después de 200 horas de ausencia, en Villahermosa volvió a llover. No hubo alegría como en la temporada de calor, sólo preocupación.

 

* * *

-¡No me preguntes cómo me llamo! Mejor felicítame porque me encontré estos libros para mis hijos.

 

Caminó por la calle Madero, lejos de la presencia de los soldados, con 4 libros a cuesta y una botella con agua.

 

Miró para atrás porque pensó que la venían siguiendo. “Los del Ejercito, dijo, no dejan que recojamos nada de las calles”.

 

-Pero, ¿qué autores encontraste?

-No sé, aquí hay uno, de un tal Grabiel (sic) García Márquez, para algo servirá.

 

Nerviosa porque en estas calles está prohibido levantar desechos, sólo hurgó entre los 4 volúmenes que encontró “más adelante”, “allá amontonados”.

 

Confesó que deseó una enciclopedia: “pero algo es algo, dijo el calvo”.

 

-¡Ya me voy!

 

Antes de perderse entre pirámides de basura y avenidas polvorientas, mostró Cien años de Soledad de García Márquez.

 

Un joven que se acercó a escuchar la conversación, uno de los que cosechó discos de Rigo Tovar entre la basura, agregó que la mejor publicación -del escritor colombiano- es El amor en los tiempos de Cólera.

 

-Estudio preparatoria, pero no hay clases- Dicho esto corrió a otro monumento de basura. Se despidió, sin conocerla, de la señora de los libros apretujados.

 

Las mujeres que acompañaron a la damnificada, unas que recolectaron espejos y pinturas de labios, se marcharon sin rumbo fijo, probablemente buscando un camino que las condujera a la morada del auxilio.

 

Algunos de los libros recolectados por desconocidos, en las últimas horas, están apilados en la calle Madero, número 1126.

 

Aquí, durante 12 días, el río Grijalva devoró los libros de Jorge Priego, el escritor tabasqueño.

 

Unos 2 mil libros, coleccionado en los últimos 50 años, fueron ejecutados por el lodo y el agua estancada.

 

-Ya ni llorar es bueno- Le dijo Priego a un enésimo amigo que lo visitó para darle el pésame.

 

Cuando el río regresó a su cause, el autor de Los Viajes de Arena aceptó la muerte de una buena parte de sus ejemplares. Su colección superaba los 7 mil volúmenes.

 

Erwin Macario, un amigo de Priego, se colocó un cubrebocas para ayudarlo a desechar lo que el agua ya se había llevado.

 

Vicente Gómez, otro escritor de Tabasco, lamentó la muerte de los libros.

 

“Si los hubiera regalado entre sus amigos se hubieran salvado”, comentó.

 

Porfirio Díaz, el director de la biblioteca José María Pino Suárez, edificó torres de libros que se ahogaron en la inundación.

 

El río Grijalva sumergió la primera planta del inmueble. 400 horas después de la inundación alguien gritó, como en la lotería, ¡se perdieron los libros!

 

Empezó el conteo: “perdimos 15 mil libros, es lamentable”.

 

Ayer, algunas portada de libros se asomaron por la colonia Municipal. Era uno más de Márquez, ese de Vivir para Contarla.

 

 

* * *

 

A los damnificados de la universidad ningún reportero los visitó esta semana. Los han visto en televisión, los han escuchado por la radio. Hasta en sus sueños.

 

Ayer, se preguntaron el porqué sus historias dejaron de ser noticia, el porqué los medios de comunicación se han marchado.

 

Adelaida Castellanos, una mujer damnificada por el desbordamiento del río Grijalva, explicó  que la inundación siempre presenta un antes y un después.

 

A su manera, en su pintoresca forma de expresarse, confesó que la inducción le dejó secuelas “aquí adentro”.

 

De pie, en los pasillos de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), relató que últimamente durmió poco: “por no decir nada”.

 

A ella se le ha hecho extraño dormir en salones de clases,  caminar por donde lo hacen –a menudo- los universitarios y pedirles a sus nietos que le “hagan caso” en una casa que no le pertenece.

 

“La inundación no se olvida, mi casa no sirve, nos llegó el agua hasta la nuca (cuello), de eso ya pasaron quince días”. Lo último que dijo tranquila.

 

Después, lloró. Dijo que esta inundación “jamás” la había vivido”.

 

Su hija, Miraldelli Castellanos, es la mamá más joven del albergue habilitado en la UJAT. A estas horas comió unos tacos, bebió agua de jamaica y está contando las horas para retornar a la Asunción Castellanos, una colonia desvastada por la inundación.

 

A falta de carriola, porque el río se metió en sus vidas sin darles tregua, trepó a su hija Karen – de un año y dos meses- en un carrito de supermercado.

 

-Alguien lo trajo hasta aquí y nos ha servido para entretener a la niña- Apuntó trémulamente la madre de unos 18 años.

 

De Asunción Castellanos sólo supo que llegó el presidente Calderón, que repartió dinero, y que no alcanzaron porque nadie les avisó que pondría un pie en “ese lodazal”.

 

“Los hombres de la casa se fueron hoy a limpiarla”. Miraldelli, como su madre, se sintió extraña viviendo en una universidad, entre pizarrones y carteles que hablan de los programas de estudios.

 

Ella sólo concluyó  la secundaria. Nunca, lo dijo abiertamente, imaginó que algún día estaría en la UJAT, por lo menos en su papel de damnificada.

 

A la máxima casas de estudios de Tabasco llegaron, desde que comenzó la contingencia, mujeres luchadoras. Sin blasfemar porque el río intruso fracturó sus casas, improvisaron fregaderos cerca de unas jardineras.

 

En cubetas lavaron sus ropas, la extendieron sobre los arboles y cuidaron el jabón  que les dieron en sus paquetes de víveres. En pocos días, las familias que albergó esta universidad, en su División Académica de Educación y Artes, regresarán a sus casas.

 

Las mujeres que terminaron temprano de colgar su ropa, se pudieron a contar la desgracia que inició en las ultimas horas de octubre.

 

-¡La mala hora no duerme!- Exclamó Trinidad Cornelio, ama de casa, creyente, comunicadora de lo que vio en la inundación.

 

Su casita quedó abatida. Dios tuvo piedad  “de que no se cayera”. Cuando el río regrese a su casa, en unos días, la construirá de nuevo en el mismo sitio: calle 8, colonia Casa Blanca II.

 

Desearía edificarla en otra parte, pero “con qué dinero señor, sólo nos alcanza para medio comer”.

 

A pesar del desconocimiento en los asuntos hidráulicos, ella resolvió –en un dos por tres- que la inundación de 1999 no se compara “en nada” a la de 2007.

 

“En el 99 nos fuimos al agua, nos llegó hasta las rodillas, ahora pensamos que sería igual, pero nos fue peor, hasta el cuello”, añadió.

 

Trinidad Cornelio ha hecho amistades en el albergue de la UJAT, la institución de educación superior más antigua de Tabasco.

 

Conoció a María Reyes, una habitante de la colonia Las Gaviotas, la más desvastada por el desbordamiento del río Grijalva.

 

 

La amarga historia de María Reyes comenzó hace 16 días. Es la primera vez que padece los estragos de una inundación. Manuel Andrade les dijo, cuando gobernó el edén, que Gaviotas era la colonia más segura de Villahermosa.

 

-Se rompió el bordo (dique) y aquí nos tiene esta situación, viviendo en casa ajena, lavando ropa en tambos y viendo el reloj para regresarnos a nuestras casas.

 

Relató su paso por la primaria, hace 60 años, a propósito de su estancia en la universidad: “no eran estas escuelas grandes, sino muy chiquitas, aquí yo me siento rara, me pierdo entre tantas paredes”.

 

La vivienda de María, en la calle Luis Jadai 102, necesitará de una “manito de tigre” para echarla a andar.

 

“El ratero me hará un favor llevándose mis cosas, me dicen algunos que todo se perdió, ojalá y esas ratas me limpien la casa”

 

Describió cómo un señor de su colonia, cuando el río superó el muro, lloró porque los animalitos de su pesebre y su niño dios los arrastró el Grijalva. “No los volvió a ver, se fueron lejos”.

 

Las nietas de María escucharon sus palabras. María José Pérez, de once años, entendió sus preocupaciones. Fernanda Guadalupe, de año y meses, no.

 

“Fernandita cumplirá 2 años el 21 de diciembre. Qué más quisiéramos… no habrá fiesta”….

 

***

 

Caminando por los albergues, Margarita Zavala, esposa del presidente Felipe Calderón, tomó en sus brazos a muchos niños que nacieron en los primeros días de la inundación.

 

Sujetó a Margarita, una niña que nació el 3 de noviembre, y ayudó a otras madres con el cambio de los pañales.

 

“Me pongo nerviosa al cambiar el pañal”, comentó en voz baja.

 

En el refugio de Tabasco 2000, a unos pasos del gobierno de la ciudad, la señora Zavala entregó bañeras a todas las madres damnificadas.

 

“El pañal me lo llevo para que no se haga basura aquí”, sugirió.

 

Entre otras cosas le dijo a Ana Laura Bruno, mamá de la recién nacida Margarita, que este sábado -17 de noviembre- su hijo Juan Pablo cumplirá 5 años, que habrá pastel.

 

Cuando dijo esto conmemoré las palabras de María Reyes:

 

“Fernandita cumplirá 2 años el 21 de diciembre. Qué más quisiéramos… no habrá fiesta”….

 

 

 

 

 

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Las rostros de la inundación (I)

Kristian Antonio Cerino

Villahermosa, Tabasco

Con los pies entre el agua

El río Grijalva superó el muro, mojó los pies de María Hernández  -una comerciante- e inundó una sucursal bancaria.

En 2 horas, el río cubrió el Centro Histórico de Villahermosa, rodeó el Palacio de Gobierno y expulsó, de los hoteles, a 320 huéspedes a la calle.

-Salimos, nos no quedó de otra- Narró Juan de la Rosa, empleado de una mueblería.

Con su bebé en brazos, relató que se hospedaron en el hotel Mira-Flores porque su casa, en el fraccionamiento santa Elena, quedó como

la Atlántida, pero ésta oculta por el río Carrizal.

Como él, otras familias terminaron durmiendo a los pies del Palacio de Gobierno, recostados entre jardineras y comiendo, sólo galletas, debajo del monumento de Vicente Guerrero.

Villahermosa, en poco tiempo, nos recordó aquellas postales de la antigua ciudad: con sus calles inundadas y con sus cayucos (embarcación) encontrándose en las esquinas.

-Esto parece una Venecia- Dijo una turista con mochila bajo el brazo; sacó su cámara y disparó.

A estas horas en la ciudad, los vehículos están devaluados; son más importantes las embarcaciones para el rescate de las familias -atrapadas en las azoteas de sus casas- que los automóviles.

Los damnificados no lo saben pero cada vez que les cuentan sus historias a los reporteros se van liberando de la presión.

En la avenida Paseo Tabasco, un puerto habilitando para la recepción de los desaparecidos en la colonia Gaviotas y en los Acachapam, los perjudicados por el desbordamiento de los ríos, sin importar que sean hombres, descienden de las embarcaciones llorando, con las voces temblorosas y con los pies inflamados.

 

Claudia Elena Fuente Magaña, una mujer campesina, estuvo 3 días sin comer, pensando en que moriría con sus hijos, pidiéndole a Dios una enésima oportunidad.

El río lo tuvo a sus pies –en Acachapam- en el primer día; a sus rodillas, en el segundo; a la cintura, en el tercero.

“Sólo pensábamos en salvar nuestras vidas, la de nuestros hijos porque es lo primordial”, balbuceó.

Pormenorizó que esta inundación supera la de 1999: “siempre nos acordamos de Dios, incluso yo creo en Cristo. Él es el único que puede detener este desastre porque él fue quien nos hizo”.

Así como ella, cientos de damnificados caminaron sin rumbo por los sitios no inundados de Villahermosa. Los albergues son insuficientes y los alimentos están escaseando.

“No sabemos adónde nos llevan, incluso mi esposo se quedó en la comunidad ayudando a muchas personas que están en el agua”, gritó a lo lejos una mujer descalza.

“Gracias a Dios por lo menos tenemos la satisfacción de estar en tierra firme. Ahora veremos qué nos depara de aquí para adelante”, le contestó alguien con los pies mojados, con su ropa a cuesta.

Alguien dijo, cuando se bajó de los cayucos, que pensó en morir, que vio serpientes, que no durmió.

Yolanda Magaña Contreras, otra más de las que contaron su historia, pidió la asistencia de los soldados para bajar a su madre discapacitada.

“Sentí que se moría entre el agua por su enfermedad de la columna, ella y yo nos enfermamos de los pies, los tenemos todos picoteados”.

¡Bájenla con cuidado! Recomendó. La señora Catalina Contreras, con todo y silla de ruedas, fue llevada a tierra firme.

No todos los afectados han querido salir de sus casas, temen que los ladrones, así como el río que les robó su tranquilidad, se lleven sus refrigeradores, televisores, “sus cosas”.

 

“No quieren salir de sus casas porque no quieren perder lo poco que tienen”, explicó Álvaro Hernández, un capitán de estas embarcaciones.

A él, le han conmovido los niños y los ancianos rescatados en estos dias: “los recorridos nos dicen que esto superó la tragedia”.

Otros salieron después de 4 días porque se les terminó la comida, no tienen dinero y porque ya no encuentran la salida a este caos.

“Llevo 150 pesos porque no hay nada más, aunque sea para comprar galletas, huevos, lo más necesario; una minsa para hacer tortillas”, dijo Javier Hernández.

Al decir que es la primera vez que una inundación lo tiene al borde del infarto, “porque el agua nos rodeó rapidito”, pidió al gobierno comida suficiente porque el dinero no alcanzará “para nada”.

La ciudad empezó a quedarse sola. No todos pudieron comenzar el éxodo rumbo a Veracruz, pero quienes sí pueden, unos 10 mil, este viernes le dijeron adiós a Tabasco, no sabemos por cuanto tiempo.

Los pobres se han inundado, los ricos también. Aún se ve, desde las embarcaciones, a quienes sí quieren dejar sus azoteas, a quienes no se han bañado, a quienes han vestido –en los ultimos 3 días- la misma ropa.

Los hoteles, los de la zona alta, están sin sus meseros. ¿Adónde? Se preguntaron los pocos huéspedes. Se fueron a buscar a sus familias, a recuperar sus pertenencias, a sumarse al millón de damnificados.

Una mujer dijo públicamente que necesita cambiarse de ropa interior. Pidió por celular, a unas amigas que no se inundaron, que le faciliten por lo menos una prenda.

Anoche, los tabasqueños continuaron caminando a las afueras de Tabasco, buscando un lugar seguro, un lugar en donde no se inunden otra vez.

Las islas de Nacajuca.

Cuando despertó el río estaba tocándole los pies. En cuestión de minutos, se inundó su casa y su comunidad. Se vio perdida.

 

Martha Álvarez, una mujer damnificada por el desbordamiento del río Samaria, durmió poco en la ultima semana.

El río, en la comunidad de El Zapote –en el municipio de Nacajuca- sepultó cultivos, vacas y el único camino con destino a la civilización.

“Estamos atrapados, aquí sólo podemos salir en cayuco (embarcación) pero está muy difícil por lo fuerte de la corriente”.

A Martha, confesó, le preocupa que el río continúe aislándolos de otras comunidades, que no cuenten con energía eléctrica, agua potable y suficiente comida para alimentar a sus hijos.

En el Zapote, aislado por el desbordamiento del río Samaria, viven unos 5 mil pescadores, campesinos y amas de casa.

Para no morir ahogados, edificaron viviendas de madera y láminas sobre lo que quedó de la carretera, “esa que nos unía” con la capital.

“Yo trabajaba en la tienda Chedraui y no he ido desde el pasado martes, avisé, pero no estoy segura de que haya conservado mi empleo; no puedo salir de aquí”.

Las comunidades de Nacajuca, un municipio con 60 mil habitantes, se inundaron 72 horas antes que Villahermosa.

A 10 días de que el Samaria empezó a meterse en las localidades rurales, algunos ya sintieron la comezón en la piel.

“Hay mucho mosquito, tenemos problemas con la picazón de la piel”, reprochó Martha.

A Nacajuca, municipio fronterizo con Villahermosa, no llegó el auxilio suficiente con alimentos y medicinas. Aquí se condena que el gobierno sólo quiere a los que viven en la ciudad, menos a los de “las rancherías”.

Micaela Contreras, damnificada en 1999 y en este 2007, pensó –este domingo- en el diciembre que vendrá.

-¿Será un fin de año difícil? -Será peor. La pasaremos endeudados.

 

Narró que cuando el río desbordó perdió su cosecha de chile, maíz, calabaza y el ventilador que compró en pagos: “si el agua hubiera subido arriba de nuestras cinturas, nos hubiéramos muerto”.

Si las mujeres de Nacajuca sintieron la pérdida de sus gallinas y de sus pollos, los hombres no pueden (aún) reponerse por sus vaquitas que fueron devoradas por el río.

“El ganado, el poco que quedó, se está muriendo, No hay pastura y alimento. De hecho, ya murió un chingo de ganado, como doscientas reses con esta inundación”, dijo Santiago Álvarez Ruiz, un campesino de El Zapote.

“El presidente municipal de Nacajuca nos prometió la ayuda pero todavía no lo ha mandado”.

En el Zapote, el cultivo de maíz reportó daños totales. Las mazorcas quedaron bajo el agua, se pudrieron.

“El maíz se perdió, perdí dos hectáreas, ahora que ya estaba lista la cosecha pero sólo saqué cinco sacos, con esto estamos haciendo el pozol y la tortilla, para tener algo en el estómago”.

Ante la escasez de comida, los nacajuqueños estuvieron cociendo frijol –con la poca leña seca que se guardó- debajo de las carpas instaladas para estos días de creciente.

“Estamos cociendo este fríjol, está algo duro pero algo tenemos que comer. Lleva dos horas en la leña. Esta leña es de la poquita que nos quedó, de la que guardamos en la losa de la casa; estuvimos 2 dias sin comer pero aguantamos”, relató Silvestre Peregrino.

Llegar a los límites de El Zapote, es necesario tomar una embarcación desde la comunidad de Arroyo, enclavada sobre la carretera que une a Nacajuca con Villahermosa.

Se emplean 180 minutos de viaje redondo por todo el río Samaria. Cuando el río descienda su nivel y la carretera sea reparada, el mismo viaje sólo durará 30 minutos.

En Arroyo, otra comunidad de Nacajuca, están por ampliar la casa de madera que construyeron sobre el camino.

Empezaron viviendo 10, por el desbordamiento del río Samaria, pero hoy suman 36 inquilinos sin enumerar a 7 niños, anunció Concepción Pérez García, un enésimo damnificado.

 

A Elena Olán Morales le obsequiaron, los pescadores, unas mojarras para alimentar a los habitantes de la casa prefabricada con láminas, madera y plástico, de esos que se usaron en las campañas electorales.

“Esta mojarra es para no morirnos de hambre porque tenemos ocho días viviendo sobre la carretera, sin agua, con muchos mosquitos, con estos niños que tienen granitos en la piel”, conversó.

Con el sartén en la mano, y sin descuidar a sus hijos que juegan con el agua, pidió que los alimentos prometidos por el gobierno les sean entregados con prontitud.

“Aquí vienen a dar cosas, los mismos vecinos de otras comunidades, porque el gobierno ni sus luces. Esto es más pior (sic) que en 1999. Yo perdí mi cama. Antes de la inundación debía la tele y la lavadora, ahora debo más”.

Para Rosa Elena Pérez, es necesario que la autoridad “vengan a vernos porque nosotros nos vamos siempre a lo hondo”.

A los niños, en este corredor acuático de Nacajuca, les están brotando granos en la piel. No dejan de rascarse por esta agua de río que ya comenzó a afectarlos, a incomodarlos.

“No están saliendo granos con esta agua de río y de lluvia, no sabemos cuánto está de contaminada”, alertó Cecilia Pérez, una de las cocineras en el tejado improvisado para la ocasión.

“Hasta nos da miedo que de tantas culebras que están saliendo una pique a los niños”.

En medio de la desesperanza, los ancianos tomaron la palabra para tranquilizar a los que conocen poco de inundación.

Dolores Pérez García, de 63 años, recordó que Nacajuca es el municipio que se inunda con una sola lluvia. Dio su cátedra frente a reporteros.

“Antes tres meses estábamos bajo el agua, se tenía de todo para esos días. Nos trepábamos al tapanco (un entarimado) con todo y animales, y con el tiempo iban pasando en cayucos (los del gobierno) viendo si estabamos vivos o no”,  conmemoró este fin de semana.

 

Ayer, algunas mujeres cocieron frijol e hicieron tortillas en la calle. Se les preguntó por el peje-lagarto asado, característico en esta región. Pocos supieron decirnos: “desde que perdió la grande ya no quiere venir por estos rumbos”.

La tinta indeleble

Los damnificados fueron marcados en los alrededores de la casa del gobernador de Tabasco.

Los sellaron en las últimas horas para no verlos, de nuevo, formados en las filas.

Algunos, de los que presuntamente perdieron todo en la inundación, estuvieron en la sintonía de empacar, no una, sino hasta cuatro despensas.

Los del gobierno, los de logística, detectaron que los rostros de los inundados -de los mojados- se repitieron como postales turísticas en las puertas de la quinta Grijalva. Un guardia corrió la voz.

Alertó que hombres y mujeres, otra vez, se estaban formando en la fila.

Se dio la orden: a marcarlos, a herrarlos.

Los voluntarios que repartieron las despensas o los víveres, que enviaron de otros estados de México, sacaron sus tintes indelebles marca IFE.

No tuvieron otra opción que mancharles el dedo pulgar como en las elecciones electorales.

En el rostro de muchos se vio el desacuerdo. Pensaron que el dedo manchado, sólo se los verían, pero hasta el 2009 cuando Tabasco celebrará sus elecciones intermedias.

Marcaron primero a los del municipio de Nacajuca, después a los del Centro y, por último, a los de Cunduacán.

“Yo trabajo en el gobierno y nos dijeron que tenemos que marcarlos”, confesó Patricia Cardona.

Estampó, en 4 horas de servicio, a 500 damnificados por el desbordamiento de los ríos Carrizal, Grijalva y Samaria.

“He marcado a mucha gente porque muchos quieren repetir y llevarse varias despensas, y todos tienen derechos, hasta los que están por llegar”, explicó.

 

A María López le incomodó que le macharan el dedo. No tuvo más alternativa que acceder al baño de tinta indeleble.

“Me lo mancharon todito”, dijo en voz alta.

Pero no dejó de sujetar enérgicamente el agua embotellada y los alimentos enlatados que recibió este miércoles.

Ayer, se cumplieron 72 horas de que los damnificados están formados en los alrededores de la quinta Grijalva.

Llegaron caminando, en combi y en aventones.

Llegaron con sus hijos, con sus abuelos, con sus sobrinos, con sus mascotas.

“Vienen de todo tipo: mujeres embarazadas, con niños, ancianitos, jóvenes, pobres, de clase media, maestros y hasta burócratas”, anticipó en la puerta un policía.

Los de la Armada de México estuvieron, como en los ultimos 10 días, garantizando el orden entre las miles de personas que son fuertes aspirantes a una despensa.

Lidiaron algunos empujones de los desesperados, de los que gritaron ya quiero mi botella de agua, y de los que buscaron los primeros lugares –de la fila- con un discapacitado como escudo.

Rocío Cruz, ama de casa en la comunidad de Ignacio Zaragoza, en el municipio de Cunduacán, dejó a su esposo debajo de un árbol a 300 metros del punto de reunión.

“Allá quedó en la sombra, yo haré la fila”, dijo exhausta.

Con 30 pesos en la mano, con los que seguramente regresó a su casa, pidió ser auxiliada por las autoridades.

“Hay mucha gente en el agua, no tienen  dinero para venir a buscar la ayuda, allá no nos ha llegado nada. Queremos que nos manden despensas, a eso vine”, reprochó.

Entre las rejas de la quinta Grijalva se comentó que después de 10 días, Andrés Granier, el gobernador, pudo dormir hasta las 7 de la mañana.

 

“El pobre se durmió tardísimo”, declaró uno de los voluntarios que ha vivido una semana en la casa oficial del gobernador.

Veinte veces se abrieron las puertas de esta casa. Los gobiernos estatales enviaron camiones pesados con víveres. Se vio, de lejos, pirámides de alimentos enlatados, de agua embotellada y productos para recién nacidos.

Un portavoz del gobernador informó que se repartieron, en los primeros 4 días, 200 mil despensas.

“2 mil cada 30 minutos”, cacareó alguien a los lejos.

Granier Melo se asomó para ver cómo estaban atendiendo a los damnificados.

Le gritaron, desde la fila, “químico, químico, químico”. Algunos analistas dijeron que los bonos del gobernador subieron por su contacto con los ciudadanos.

“Eres mi padre querido, no nos has desamparado”, le declamó una mujer al oído. Se inspiró.

Miguel Hernández González, de la colonia Gaviotas, al norte de la ciudad, dijo que jamás en su vida había recibido una despensa del gobierno.

“Aquí llegué desde las 5 de la mañana pero ya veo la puerta muy cerquita”.

Con su esposa y sus 2 hijos, en la fila, precisó que la despensa no resolverá el problema de fondo. Él es uno de cientos que perdieron su empleo.

“Ojalá y cuando llegue el Fonden nos den a los que perdimos todo”, recordó.

Aquí, entre este mar de damnificados, Bolivar López sujetó 3 despensas. Le pregunté el porqué.

“Dos para mis vecinas y una para mi”.

-¿Y en dónde están?

-Aquí estamos, dijeron Irma y Margarita Estrada, madre e hija.

-Somos ciegas; él nos trajo.

 

Narraron que el agua se metió por la cocina, que subió un metro y que Bolivar las salvó.

“Nos daba, ese día, el agua hasta el ombligo, Dios es grande porque nos mandó ayuda, nos mandó a un Bolivar”.

-¿Cómo se imaginan al gobernador?

-Imaginamos que el gobernador es muy bueno. No lo vemos pero lo sentimos.

 

 

(Publicado en los diarios  La Verdad del Sureste y Excélsior, y en la agencia española EFE. Octubre y Noviembre de 2007)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La ciudad de lagartos, inundaciones y cabezas de piedra

Marcela Turati

Villahermosa, Tabasco.

 

Si viene a Tabasco no espere encontrar otra vez un Edén. Prepárese para navegar entre ríos de porquería. Ver cocodrilos asoleándose en pleno centro de la ciudad o cerdos pudriéndose sobre marquesinas. Encontrarse con taxistas que le relatarán escenas recientes de muertos y asesinados que oficialmente no existen y que, al pasar a su historia personal, y podrán comenzar a llorar de desesperación y quedarse sin habla. Pasear por barrios inundados que huelen a cadáver. Platicar con hombres que viven con medio cuerpo sumergido en el agua podrida, que a veces se desquician por el hambre y se vuelven agresivos o lloran al ver los pies llagados de sus hijos.

 

Todo esto en una misma ciudad, Villahermosa, y en un mismo viaje.

 

Serán cientos de kilómetros de recorrido por tierra o por agua a través de esta Atlántida mexicana donde confluyen las cañerías subterráneas de la corrupción, las promesas gubernamentales incumplidas, el ecocidio y la torpeza política.

 

Un buen punto de partida puede ser la tienda Soriana-Guayabal, donde, hace una semana, en su estacionamiento se formaban rápidos capaces de voltear cualquier embarcación, y el día de hoy ya recuperó su clientela pedestre.

 

El piso luce seco pero históricamente no fue así.

 

Lo mismo Chedraui, Burguer King o Cinépolis-Carrizal, el Wal-Mart-Universidad o en el Sam’s-Ruiz Cortines la Soriana-Guayabal son comercios se levantaron sobre pantanos, esos vasos reguladores naturales que históricamente habían drenado las cíclicas inundaciones del trópico y que, a partir de la década pasada se pensó que era una buena idea lotificar, rellenar de tierra y venderlos como terreno listo para encementar y pavimentar.

 

Los pantanos que no desgraciaron los empresarios los acabaron los líderes políticos, quienes vendieron por cachitos, a precios de ganga, terrenos a orillas de los ríos o sobre ex pantanos a los que luego el gobierno metió servicios.

 

En este punto el viaje requiere de una lancha, porque las colonias periféricas Armenia, Coquitos o Gaviotas, donde miles de tabasqueños construyeron de a poquito sus viviendas pensando que habían llegado a la tierra prometida, desde hace 10 días parecen un gran excusado desbordado.

 

El guía de la barca, Abraham Cornelio advierte a sus pasajeros que necesitarán cubrebocas porque estanque adentro el hedor “a muerto” será insoportable. Quienes desdeñan su aviso lo lamentarán más tarde.

 

Otras advertencias: Para este paseo hay que fijarse en no enredarse con el tendedero de cables eléctricos que están a ras de la cabeza, no hay que meter las manos al agua por aquello de la inmundicia y de los cocodrilos a los que empujó la corriente. Esa última indicación está de sobra; el agua café-caca de por sí repele.

 

El cayuquero destraba su nave del pavimento, rema pausado, se adentra a las calles de la colonia Gaviotas Sur y se estrena como guía con otro comentario: “El gobierno no quiere decirlo pero ya encontraron muertos. Tiene como dos días que sacaron a tres niños ahogados en San José; mi papá vio otro boca abajo en descomposición arrastrado en los corrientales de Torno Largo; en Villas Las Fuentes sacaron a una familia. Aquí hubo mucho ahogado y otros que se mataron para no ahogarse”.

 

La destrucción masiva es la atracción principal del paseo.

Las tortugas muertas panzas arriba por tragar la porquería. Los refrigeradores que rompieron techos y quedaron atorados en las alturas. Las puertas sopleteadas por piratas modernos. Los colchones flotantes como balsas. Los gatos esponjados que navegan a la deriva. Los boquetes en las paredes de las casas usados como salidas de emergencia. Los lirios flotantes que llevan animales recostados, como transportados en un lecho de muerte. El perro negro atorado en una rendija que se quedó a medio ladrido, la lengua de fuera, medio cuerpo sin pelo y la otra mitad a carne viva. El acta de nacimiento ilegible embarrada de agua de excrementos. La muñeca que flota a su suerte.

 

En Gaviotas Sur, rumbo a Teapa, parece que sólo quedó un área verde. Es el parque-pantano que se salvó de convertirse en caserío.

 

Abraham da unos golpes al agua y se acerca a una lancha estacionada afuera de una casa.

Los colonos dicen que creían que al río podrían contenerlo con costales de arena. Así habían detenido otras inundaciones. Sin embargo, no pudieron con esas de la era del cambio climático potenciada por malos manejos, corrupción y negligencia.

 

“ESTO ERA UN PANTANO”

 

El diluvio en esta zona del Edén comenzó el miércoles 30 de octubre de madrugada.

A las seis de la mañana el agua hizo crujir, en una especie de explosión, la barrera de costales. Vino entonces el griterío. La gente salió de sus casas. Los perseguía una tromba. Era una ola, como si echaran una bomba o una gigantesca cubetada de agua.

 

Al huir chocaban unos contra otros. Los que cogieron su automóvil tuvieron que abandonarlo porque el agua subía, se metía por las puertas, y el tráfico estaba paralizado.

 

Los que se dieron cuenta tarde de la corriente asesina y querían salir a las calles eran empujados por la corriente adentro de sus casas. En 30 minutos, el agua tocaba los techos. Al medio día familias enteras ya vivían en las azoteas. En la tarde suplicaban a las lanchas que los rescataran porque no querían morir ahogados. Por la noche lloraban de angustia.

 

Esta explicación la dan, a varias voces, las cinco familias que están a bordo de una misma lancha que rentaron para revisar, casa por casa, sus pertenencias.

 

Una de sus tripulantes es la señora Concepción Ramírez, una de las primeras habitantes de este paraje, al que llegó hace 22 años cuando era un pantano.

 

“Esto estaba bien feo, pantanoso, pero no había otras opciones, acá era barato”, explica mientras su esposo y su hijo, subidos como gatos en la barda, le pasan los dos bultitos con ropa y papeles que pudieron rescatar en su vivienda.

 

En la otra esquina, desde el segundo piso una familia jala agua infectada y con ella lava muebles, ropa, paredes. Algunos la hierven para beber.

 

Las fugas de la inundación

 

Se necesitan algunas horas para conocer albergues desbordados de damnificados; sobrevolar el enorme mar estancado del que salen unidades habitacionales o desde donde apenas se alcanzan a ver caseríos bajo el agua; hacer una parada en la Laguna de las Ilusiones para ver a los lagartos tomando el sol cerca de los autos; visitar los hospitales donde están internadas las personas atacadas por tarántulas o víbora; pasear por el Museo de La Venta para ver a la cabeza olmeca tallada en piedra conteniendo la respiración para no tragar agua o curiosear por las kilométricas filas que hacen los que perdieron todo para recibir agua o comida.

 

En el camino se puede cruzar con el taxista Jesús Mecías que transporta gente por el 30 por ciento de la ciudad que quedó seca –la catedral, la presidencia municipal, el palacio de gobierno, incluidas–, quien acepta llevar gente con la condición de que le permitan llevar unos retazos de pollo a su familia que en este momento despega peces-diablo de las paredes y raspa el hongo verde de su casa amarilla, restriega con jabón y cloro los pisos para despegarle el olor a húmedo y podrido, y apila muebles con destino a la basura.

 

“Todo se derrumbó”, canta un inspirado vecino este único pedazo de la canción.

 

Los colonos están avocados a la limpieza. Todos tienen un tendido de cosas inservibles en la cochera, parece una venta de garage de antigüedades tóxicas.

 

El taxista Mecías deja los alimentos, cruza el puente que lo lleva a la parte seca y cuando ve la estatua de Carlos A. Madrazo dando la bienvenida a este sector de la ciudad, grita furioso: “Si viera a Roberto Madrazo lo mataría con una pistola y diría que yo lo maté”.

 

En ese momento, el hombre corpulento, de 50 años, llora como niño; usa varias veces una servilleta para secarse las lágrimas, dice que ni aunque viaje mil veces Felipe Calderón al estado va a poder levantarse y que este día no ha ganado dinero.

 

La inundación trastornó a todos. Don Jesús habla de las dos décadas de esfuerzo perdidos, de los años que van a tardar en reponerse, de lo que cuesta lo perdido (“un colchón 4 mil pesos, una estufa 3 mil 800, una hamaca 800, unos muebles 6 mil, son años, años”, enumera preocupado).

 

En segundos cambia de actitud y dice que saldrán adelante, que los tabasqueños son luchones y termina agradeciendo al gobernador y al presidente que no los dejaron a su suerte. En un semáforo compra la calcomanía de moda en la que se lee: “Yo (corazón) a TAB + que nunca”.

La búsqueda de responsables es uno de los temas recurridos en estos días. Los diarios locales están alimentan el debate callejero.

 

“La CFE, culpable”, se leyó en la portada de un periódico local, basado en una encuesta de percepción ciudadana. “SÍ HAY CULPABLES. Madrazo y Andrade recibieron 4 mil mdp para evitar el desastre que sufre Tabasco”, publicó el cabezal de otro que anuncia que en esa edición el periódico “destapa la cloaca, las sucias aguas del crimen del siglo”.

 

La nota va acompañada por fotografías de los anuncios espectaculares que sobresalen en la inundación en Las Gaviotas, donde se ve al ex gobernador Manuel Andrade, con su cara de niño Gerber, sonriente, y la leyenda impresa: “El prometió en campaña el Proyecto Integral contra Inundaciones (PICI) dándole protección a una población urbana de 370 mil habitantes… El cumple como gobernador”.

 

Aseguran que tras la inundación de octubre  de 1999, Tabasco recibió recursos durante los gobiernos de Madrazo y Andrade de 4 mil 258 millones 400 mil pesos de excedentes petroleros y al menos 2 mil millones tenían que destinarse a obras hidráulicas. Sin embargo, nunca se concluyeron. El resultado fue un millón de damnificados, que significa casi la mitad de la población de la entidad.

 

En otro taxi por la Zona Cero se revive la misma polémica.

 

El chofer César Hernández discute con su pasaje por qué la presa Peñitas, ubicada en Chiapas, no ocasionó la tragedia que convirtió a Villahermosa en un charco de aguas podridas y sostiene que la culpa la tienen los gobernantes corruptos que desaparecieron las obras que hubieran salvado a la ciudad de una inundación como la de ahora.

 

“Era lógico, Peñitas tenía que botar agua, si se hubiera roto esto se hubiera inundado peor”, discute feroz mientras fulmina por el retrovisor a quienes le llevan la contraria. “La culpa es de los gobernantes rateros”, afirma.

 

No todos piensan lo mismo. Para muchos, incluido el gobernador Andrés Granier, Peñitas fue cómplice del desastre porque abrió las válvulas sin avisar y su líquido destrozó Tabasco.

El viaje se convierte en una espontánea discusión sobre la historia de Villahermosa y sus inundaciones históricas, las promesas gubernamentales incumplidas, las obras mal hechas y el ecocidio promovido por las ganancias económicas.

 

Para tener la última palabra, el taxista se dirige al muro que bordea el caudaloso río Grijalva que cruza la ciudad, y que en estos días está reforzado con costales de arena.

 

Al llegar señala: “Construyeron la pared de contención pero no hay dren para que saquen el agua, no construyeron drenaje de aguas pluviales para que el agua cruce al río y no se quede en la ciudad. Fue otra de las obras de Madrazo”.

 

“La obra del plan hidráulico, a la altura de la ranchería de Los Macayos quedó tirada. Era complemento del plan hidráulico, eran unas compuertas para desviar el río sobre Cunduacán y con Andrade no lo terminaron”, agrega apasionado.

 

Ahí está otra fuga.

 

Una más de las que desbordó el río que se contaminó con drenaje; que sumió comercios, campos y casas donde vivía gente; que separó familias, que generó pánico, que derivó en desaparecidos; que obligó a la gente a habitar albergues o a huir a estados vecinos; que genera pleitos por comida; que pudrió lo que tocó; que echó a perder carreteras, estados de ánimo, tejido social, economía; que posiblemente genere un brote infeccioso o quizás una epidemia; que provocó el peor desastre natural del estado y que dio motivo para hacer este recorrido por Tabasco que no parece más un Edén.

 

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Historias de la histeria

Diego Osorno

Villahermosa, Tabasco.

 

El agua del panteón inundado que recorre las calles de un barrio alarmado, las bodas canceladas por la falta de ropa de noche que puedan ponerse los damnificados invitados a la fiesta, el reportero de sociales que se toma fotografías abrazando a los actores de telenovelas que reparten despensas, la mujer ultrajada sexualmente por su marido en un albergue, el desesperado dueño del puesto de mariscos “El Recarga Baterías”, los enigmáticos rótulos de negocios devastados del centro de Villahermosa y los deprimidos parroquianos de una cantina de mala muerte son algunas de las historias de la histeria que comienza a aparecer, una vez que el agua va descendiendo casi por completo de las zonas urbanas de esta ciudad colapsada.

 

Tumbas profanadas


A una de las bardas del panteón de la colonia Gaviotas Sur, se la llevó esa agua que se anquilosa aún por entre las calles. Una decena de las tumbas quedaron profanadas por la contingencia y ahora son meras pilas de agua pestilente color verde.
Los vecinos del cementerio tienen sus casas arruinadas. Y también tienen miedo por lo que ello implica. “Imagine usted, los muertitos se metieron a nuestras casas. Yo ya no quiero vivir acá”, dice Matilde Flores mientras observa con un tapabocas el panorama de destrucción que hay en su barrio.A otros como Jacinto no les importa tanto lo de los muertos. “Yo lo que quiero es recuperar lo más que se pueda de mis cosas. El agua del panteón es como el agua de todos lados. Es puro abono y ya”.

 

Sin ropa de ocasión


Miguel y Lucía ya no pudieron avisar a sus amigos y familiares que la boda que celebrarían el 9 de noviembre tendría que ser pospuesta. El salón que habían rentado en el hotel Maya Tabasco quedó convertido en un pantano por unos días. Ahora, planean casarse hasta enero o febrero, una vez que el lugar sea desinfectado, hayan pasado unos días de la tragedia y sobre todo, que los invitados puedan conseguir algo que ponerse para acudir al festejo. Las inundaciones acabaron sobre todo con los guardarropas de Villahermosa. El caso de Miguel y Lucía es el caso de muchos aquí en la ciudad. Bodas, fiestas de quince años, festejos por cumpleaños y eventos de sociedad que estaban planeados para estos días de noviembre y diciembre tendrán que esperar.

 

Foto con Fernanda Colunga


Un reportero de eventos sociales platica sus aventuras en la mesa de un restaurante lounge que apenas abrió después de la contingencia. Presume las fotografías que se tomó con los artistas y comunicadores que vinieron a Tabasco hace unos días. La que más le entusiasma es la que se hizo al lado del corpulento actor Fernando Colunga. En la gráfica, el reportero aparece abrazándolo mientras éste carga una caja que dice “despensa”. En la memoria de su cámara digital tiene también al periodista Carlos Loret de Mola “que es más guapo en persona” y otra con “la esposa de un político que venía vestida muy fashion” y a la cual dice no identificar, “pero es di-una señora di- vi-na”.

 

Violación en el albergue


Un rumor comenzó a recorrer Villahermosa. Que un soldado había violado a una de las damnificadas. En la CNDH fueron consultados y nada. En la Comisión Estatal tampoco. Las autoridades judiciales lo ignoraban. Los reporteros de policía, menos sabían algo. Parecía una de esas leyendas urbanas.

 

Pero como todas las leyendas urbanas, esta leyenda también tenía algo de crónica de la realidad: En uno de los albergues, una damnificada fue violada por su propio esposo. La gente del refugio se enteró, las autoridades llegaron, la víctima puso la denuncia, hubo bastante agitación, pero luego la mujer decidió perdonar a su pareja y no ratificó la denuncia. Es que después de 15 días, los albergues de la ciudad comienzan a parecer un hogar en muchos de los sentidos. Las zozobras de siempre se traen acá. Y los abusos también.

 

“El recarga baterías”


En el puesto de mariscos “El Recarga baterías”, hay mucha desesperación y un análisis particular de la situación que vive el estado. El propietario del tendajo, un guapachoso muchacho llamado Alberto, se queja de que las autoridades no los dejen trabajar. “Así no se va a reactivar nunca la pequeña empresa de Tabasco”, apunta. Su negocio está junto al Hospital de Pemex, que se fue al agua por varios días y por donde acaba de pasar hace unos minutos el secretario de Salud, José Ángel Córdova Villalobos, anunciando que las diarreas son el padecimiento más común que ha dejado la catástrofe.“Hay que reanimar a la gente y qué mejor que con camaroncitos y con unos buenos ostiones. ¡Tabasco lo que necesita es amor”, grita mientras sigue limpiando las láminas de su puesto. El hielo frío
Una vez que el agua bajó, en el Centro de Villahermosa aparecieron los daños y los mensajes enigmáticos.
Esa tienda de abarrotes quedó desecha. Ahora tan sólo se ve un letrero que dice: “Se vende hielo frío”. En una ferretería lo mismo. Puro desastre, enmarcado en una pinta que ofrece: “Se pintan casas a domicilio”. En las paredes de una casa particular, una leyenda trata de anirmar, adoctrinar, decir a los tabasqueños damnificados: “Dios vive”. Y abajo, con otra letra, alguien agrega: “De puro pinche milagro”. Tabasco quiere volver a su normalidad. En el diario sensacionalista “El Criollo”, reaparecieron ayer los avisos de ocasión de tabasqueños que quieren rehacer su vida y que mandan mensajes como: “Trailero busca joven de 25 años en adelante para bonita amistad” o “Choco (gentilicio de tabasqueño) de 32 años, cariñoso, acepta mujeres llenitas, maduras, casadas, y sobre todo que no tengan nada de temores ni dudas. Mi correo es chocotimido°hotmail.com”.

 

Submarino a flote
Hay una parranda mortal a las cinco de la tarde en El Submarino, una cantina de mala muerte que está sobre la calle 27 de febrero. A los que están aquí no los dañaron tanto las inundaciones como sí lo hizo la ley seca que se acabó el pasado lunes. Cuentan los parroquianos que ese día una turba se puso a ayudar a la recuperación del sitio, mientras arrasaba con las cervezas que días antes naufragaban en la inmundicia.

 

(Publicado en el diario mexicano Milenio. Noviembre de 2007)

 

 

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Lo peor está por venir

Cecilia Vargas

 

Villahermosa, Tabasco.

Miércoles 31. Ya para este día había decenas de comunidades bajo el agua, en varias partes de la ciudad y otros municipios,  los primeros albergues estaban ya funcionando y el Gobernador hablaba del inminente peligro de inundaciones en varios puntos de Villahermosa, pero no de todos.

 

 

“Lo peor está por venir en las próximas 22 horas”, advirtió primero, pero esas 22 horas, la pesadilla, el riesgo de morir ahogados con la familia, de vivir “a salto de mata”, perseguidos por el agua y la incertidumbre, por el desconocimiento de hacia donde refugiarnos, se prolongó por casi una semana.

 

Del lado de Gaviotas, las aguas del Grijalva habían penetrado las  viviendas de Torno Largo, Monal, San José, Gaviotas Sur,  El Abanico, Explanada y expulsado a cientos de familias de sus hogares, con sus hijos a cuestas y solo la ropa que llevaban puesta cuando el agua los sorprendió,      

Solo los antiguos habitantes de esa zona, los que conocen el comportamiento del río, pudieron sacar algo de sus pobres pertenencias con los medios que tuvieron a su alcance.

Sobre el malecón Leandro Rovirosa Wade, cientos, quizá, miles de gavioteros, como en ninguna otra parte de Villahermosa,  trabajaron día y noche en el muro de costales de arena,  para tratar de contener al agresivo   Grijalva, de acuerdo a la experiencia del 99.

Sí se abría un boquete, decenas de jóvenes, mujeres y niños corrían a reforzar el talud de arena de dos y tres filas, para evitar que las filtraciones siguieran llenando las calles de Gaviotas Norte y La Manga I.

 

Una multitud que se renovaba constantemente en dos o tres días levantaron una pequeña muralla blanca a lo largo de todo el malecón Leandro Rovirosa Wade.



La experiencia del trabajo de la sociedad civil en la inundación del 99, seguramente llevó a un exceso de confianza no solo de los residentes de Gaviotas Norte, sino también a las autoridades, porque a diferencia de otras zonas de esta ciudad, en esta colonia, ningún funcionario público, dio un aviso de alarma de lo que estaría por venir, después de 2 y media de la tarde.

 

Los gavioteros del norte nos manteníamos a la expectativa y vigilantes, más en el reforzamiento del bordo de contención de arena sobre el malecón Rovirosa Wade y los escurrimientos del Grijalva, que del agua que a espaldas de la colonia, en El Abanico y Explanada, se juntaba amenazante sobre Palomares y Gaviotas Norte.

 

Los de Gaviotas Norte, ese miércoles 31 de noviembre, salimos temprano, como cada día, a realizar nuestras actividades cotidianas, por lo menos los que nos ganamos el pan de cada día para nuestras familias fuera de casa, con excepción de los maestros, porque las actividades escolares y académicas ya se habían suspendido.

 

Entre la una y 2 de la tarde, esta reportera tenía en mente escribir una crónica de lo que a su paso veía caminando por la zona del CICOM, en donde cientos de ciudadanos trataban de evitar que la fuerza del Grijalva, se desparramara sobre las viviendas del fraccionamiento Tulipanes y la colonia Municipal.

 

Para ese momento, ya no escurrimientos, sino la corriente del Grijalva, una vez que había inundadolos alrededores de esa zona cultural, ya amenazaba penetrar los edificios de la biblioteca central, la “José María Pino Suárez”, comenzaba a subir las escalinatas del museo de Arqueología “Carlos Pellicer” y las que conducen al teatro Esperanza Iris

 

Por encima del agua y el desastre en la zona CICOM, la figura impasible del poeta, se erigía para recordarnos y dejar grabadas eternamente en nuestra memoria, lo que parece todos hemos olvidado: nuestro pasado, presente y futuro acuático, lacustre.

 

El  “Agua de Tabasco vengo, agua de Tabasco voy…”  parecía una cachetada aun con palabras bellas.

 

En la biblioteca Pino Suárez, Porfirio Díaz Pérez, el director del Sistema Estatal de Bibliotecas, gran impulsor de la lectura, con veinte años de trabajo en el centro que alberga la historia, la memoria y la cultura de nuestro pueblo y muchos más, recorría nervioso y preocupado, el edificio.

Desde el lunes 29, cuando el Grijalva se había desbordado ya en esa ribera, se suspendieron las actividades en la Pino Suárez.

Me encuentro muy preocupado por el acontecer, por el riesgo inminente en que se encuentra la biblioteca, “desde el domingo la maestra Norma Cárdenas –Secretaria de Cultura- ordenó aplicar medidas de emergencia” y no era para menos, el nivel del agua, sobre la banqueta, había subido entre 75 y 80 centímetros.

 

Lo único que hasta ese día el director del Sistema Estatal de Bibliotecas, había logrado hacer, con la ayuda de voluntarios, era colocar un muro de contención con costales de arena en la entrada y levantar los anaqueles superiores, con los volúmenes colocados en los mismos

¿De subir más el nivel del agua, qué se perdería? Le preguntamos.

 

-El acerbo de uso cotidiano, el de consulta para los estudiantes de todos los niveles escolares, el más utilizado, la sala de lectura infantil y la hemeroteca. Las doce colecciones especiales se encuentran en la parte de arriba, a salvo, respondió.

 

Ya con esa zona totalmente inundada, seguramente se estará lamentando  esa pérdida, pero también cuestionando: ¿no hubo manera de lanzar un SOS a estudiantes de nivel medio y superior, a los usuarios de la biblioteca Pino Suárez para salvar ese acervo?

 

En ese momento se preguntó al director del sistema de bibliotecas del estado si, es necesario cambiar de sitio la biblioteca y respondió: que era urgente, después de esa inundación,  hacer es un fuerte muro de contención, no obras improvisadas,  para que el agua no siga destruyendo ese patrimonio de los tabasqueños.

 

Un leve gesto de esperanza reflejó el rostro de Porfirio Díaz Pérez, al percatarse, a través de una de las paredes de cristal de la biblioteca,  que a esa hora, se registraba un leve descenso en el nivel del agua, según podía apreciar en las esquinas de la fuente que se mira por ahí.

 

Fue una jugarreta del colosal Grijalva, porque seguramente lo que estaba sucediendo, es que con sus aguas, empezaba a invadir más territorio.

 

Fuera de la biblioteca, sobre el circuito Carlos Pellicer, los vecinos de Tulipanes y la municipal, trabajaban arduamente para ganar la batalla que se libraba a esa hora con el agua para impedir su paso hacia las viviendas, pero a todas luces se observaba que esos tabasqueños también serían derrotados.

 

A las 2:15 aproximadamente entre al circuito Carlos Pellicer y Gaviotas Norte, solo estaba libre de agua el puente de Paseo Tabasco, al otro lado ya las aguas del Grijalva, a pesar de la lucha encarnizada que libraban los gavioteros, los escurrimientos habían invadido las calles más cercanas al malecón, las que todavía en la mañana estaban libres.


Debió ser el momento de un aviso de alarma.

 

 

 

 

II

 

 

La noche del 31. Ni siquiera habíamos servido la comida en la mesa –eran como las 2 y media de la tarde-, cuando vimos el agua correr en el andador 3 de Luis Jaidar, lo que hacía previsible que en unos minutos cubriera la rampa en donde dos coches de la familia habían sido resguardados un día antes.



Todos supimos en ese momento que el agua llegaría aunque lentamente, pero cuando mucho a las puertas del primer nivel de las casas, nunca imaginamos algo más.

 

Alerté a mi hermana y a su familia que viven en la planta baja y ellos dejaron en la mesa sus platos servidos para, de inmediato, unos llenar costales con arena para colocarlos en la puerta,  otros subir computadoras y algunos aparatos electrónicos a la vivienda de arriba y poner a salvo uno de los automóviles, lejos de ahí.

 

Misael, Mariana y Carlos apresuradamente llenaron costales para evitar el paso del agua a la vivienda, cuyo nivel se incrementaba cada segundo, adentro Georgina, investigadora de la escuela de Biología de la UJAT corría para salvar computadoras, estéreo,  televisiones y documentos vitales.

 

Entre las tres de la tarde y tres y media, una fuerte corriente de agua irrumpió y deshizo el muro de costales que con gran esfuerzo se había colocado en la puerta; Mariana y Misael, los jóvenes de la familia, que en ese momento,  con sus cuerpos trataban de retrasar la entrada del torrente.

 

-¿Qué es lo que había sucedido? Fue la pregunta que habría surgido mucho después.

Una de las versiones que posterior a la desgracia circuló, es que,  un inmenso torrente había invadido Los Palomares y la gente en su desesperación, porque se estaba ahogando, rompió el bordo que por atrás protegía a Gaviotas Norte.



Claro también existía la posibilidad de que el Grijalva hubiera roto el muro de contención del malecón Leandro Rovirosa, pero a esa hora nadie se preguntaba todo eso, todos estaban preocupados en salvar algo de su patrimonio y sus vidas.

 

Hay personas,  de las que auxiliaron, para el rescate de personas en esa zona, que aseguran haber visto cuerpos inertes flotando en el rumbo, quizá algunos cadáveres surjan cuando el agua se vaya, la irrupción de esa gran cantidad de agua fue tan intempestiva, que es difícil de creer que fue una desgracia sin muertos.

 

En ese momento tuvimos la certeza de que no se podía hacer nada más que salir de ahí, porque corríamos el riesgo de morir ahogados,  el agua ya llegaba al pecho y adentro de las primeras plantas todo flotaba.

 

Todo estaba perdido para la familia Sámano Vargas y las de muchas de Gaviotas Norte, pero ésta integrada por  personas dedicada al trabajo intelectual, poseedora de una gran y rica biblioteca.

Más o menos a las cuatro de la tarde, el agua casi llegaba al techo, los tres automóviles de las dos familias habían sido totalmente cubiertos por el agua, cualquier esfuerzo por salvar algo más, era imposible y riesgoso.

 

Sepultados por el agua, quedaron: camas, colchones, muebles, ropa, zapatos, y lo más valioso e irrecuperable del patrimonio de esta familia: libros e investigaciones.

 

Atrapadas ya por un cerco de agua, en el 205 de Luis Jaidar, dos familias de ocho miembros, entre ellos una anciana de 87 años y una bebé, junto con otras miles de Gaviotas Sur, Los Palomares, Abanicos y Gaviotas Norte, tres horas después del arribo violento, no salían de su asombro.

Luego entraron en un lapso de incertidumbre, ante la posibilidad de que el nivel se incrementara e invadiera una segunda planta, los que tuvieron esa posibilidad.

 

Menos afortunados fueron los que sólo tenían construcciones de un  nivel y se vieron en la necesidad de refugiarse con vecinos o familiares que dispusieran de un piso más.

 

A Chabelita y su esposo, dos ancianos, él con la necesidad de un marcapasos en el corazón  -que no le ha sido colocado por falta de recursos económicos- les ayudaron a levantar una choza de lámina en la azotea para medio protegerse de la lluvia, ahí pasaron la noche y muy posiblemente los días, seguramente sin probar alimento.



El líquido que tenía el tinaco, apenas alcanzó para que todos nos quitáramos la suciedad del agua en la que estuvimos sumergidos algunas horas; revisamos el refrigerador y había comida suficiente para resistir quizá más de cuatro días y un tanque de gas lleno.

 

El problema era que sólo disponíamos de un garrafón de agua para beber, que a lo mucho nos alcanzaría para un día, tomando en cuenta la cantidad de personas que ahí estábamos.

Ya desde antes escaseaba la distribución del vital líquido por las inundaciones en varias partes de la ciudad y las compras de pánico, por eso apenas disponíamos de una unidad.

 

Nuestra situación se agravó porque el agua corriente se acabó, la palanca para poner la bomba se encontraba sumergida, imposible de ponerla a trabajar y como a las siete de la noche se cortó el suministro  de electricidad.

 

La tensión y la incertidumbre nos mantuvo despiertos casi a todos los miembros de la familia, atentos del nivel del agua que nos rodeaba, el cual se incrementó pero sólo un poco durante la noche.

Algunas familias lograron ser rescatadas esa misma noche, se escuchaban motores de lanchas y personas bajando a ellas en la penumbra, pero pasaron de largo, ninguna se detuvo en el andador de Luis Jaidar, no obstante que Mariana gritaba que ahí había una bebé.

 

Perdimos las esperanzas de que fueran por nosotros en la noche, éramos muchos los que pedíamos auxilio, los que queríamos que nos sacaran de ahí, porque además nos encontrábamos imposibilitados de solicitar ayuda de amigos o parientes, dejaron de funcionar teléfonos domiciliarios y celulares, nos encontrábamos totalmente desconectados del mundo exterior.         

El recuento de las pérdidas patrimoniales nos entristeció en algún momento, quizá a ello colaboraron las pálidas llamas de velas y veladoras;   pero a unas pocas horas del amanecer. 

Llegamos a la conclusión de que había que salir lo más pronto posible, ante la posibilidad de que se incrementara el nivel del agua e inundara la segunda planta, con una niña de poco más de un año y una anciana de 87 que poco resistirían la falta de agua y condiciones insalubres.

 

El sueño nos venció, “mañana será otro día”, pensamos.



Por la mañana hubo tiempo de desayunar y hasta lavar trastos con el agua de lluvia que recogimos por la tarde y noche anteriores,  y de pensar de qué manera íbamos a salir sin utilizar la puerta de entrada que estaba totalmente cubierta de agua, la única alternativa posible era colocar unas tablas sobre puestas,  de una casa a otra, colocando un mecate  para asirse de él y no caer en el agua si alguien llegaba al rescate.

 

Tres vehículos sumergidos harían difícil el ingreso de lanchas sin atorarse, tendrían que hacerlo por un pequeño espacio y luego de varias maniobras, luego vendría la dificultad de hacer pasar por esa tabla a una anciana de 87 años para llegar hasta el vehículo salvador. Claro ¡si llegaba!

 

Nos dimos a la tarea de poner en unas bolsas y maletas, papeles, documentos y prendas de vestir indispensables para preparar la salida, sólo faltaba que llegaran a salvarnos.

Carlita fascinada observaba el agua, algunas tortugas y peces que circulaban por nuestro jardín encima de los techos de los autos sepultados, esas son las ventajas de la inocencia.

Era alrededor de las 11 y 12 de la mañana cuando se acercó una lancha con su propietario al timón, una de tantas personas de la sociedad civil que prestó auxilio desinteresadamente sólo por el afán de ayudar.

 

“Sólo mujeres y niños” gritó, luego de, con trabajos acomodar la lancha en el lugar que habíamos preparado, así que la primera en ser rescatada fue doña Socorro, bajo los riesgos de que un mal paso o la debilidad de sus rodillas la hiciera caer, afortunadamente tuvo más valor y resistencia de lo que esperábamos de sus 87 años. Las demás, todas más jóvenes, descendimos sin contratiempo.

 

 

III

 

 

Como otras muchas colonias de Villahermosa, Gaviotas Norte y Palomares parecen arrasadas por la guerra, montañas de  muebles, enseres  domésticos, ropa, camas, colchones y todo lo que en muchos hogares se habían obtenido durante muchos años y con el esfuerzo del trabajo.



El fétido olor, mezcla de agua de río, de los drenajes, animales muertos, basura y posiblemente de los cadáveres que tarde o temprano, como dicen en esta tierra “surdirán”, para desmentir las afirmaciones oficiales y aporten más elementos en cuanto a la magnitud de la desgracia.

El olfato en estos momentos no es capaz de distinguir, que es más penetrante, si el olor de que emana del lodo espeso y los restos mojados de agua contaminada en colchones, camas, enseres domésticos, ropa, alimentos descompuestos, o el de los litros de Pinol y cloro con que las familias tratan de limpiar sus casas.

 

En la esquina del andador 3 de Luis Jaidar y la calle de Luis Jaidar, doña Chabe y su hija Karina  -una jovencita con síndrome de Dawn- llora la pérdida de sus muebles, sobre todo de su estufa y su refrigerador.

 

Y no es para menos, en esa estufa, doña Chabe todos los domingos cocinaba  enchiladas para vender y entre semana, a veces tamalitos y torta de elote que sus vecinos le compraban y en el refrigerador almacenaba las paletas que elaboraba, también para la venta y el sostenimiento de las dos.

 

Karina es la misma de siempre, no logra comprender la tristeza ni la preocupación de su madre por el futuro de las dos.

 

La profesora Georgina y su hijo Misael, trabajaban ayer afanosamente, considerando qué tiene posibilidad de salvarse luego de permanecer con casi dos metros bajo el agua, es difícil deshacerse del patrimonio logrado con tantos años de sacrificios y esfuerzo.

 

Lo más doloroso es agregar a una montaña de basura, cientos de libros científicos, especializados en biología, botánica, fisiología vegetal y los de literatura y periodismo patrimonio de su esposo.

 

La pérdida es infinita, la enfrenta una gran cantidad  de  familias de Villahermosa, pequeños comerciantes y empresarios pero también cientos de comunidades de Tacotalpa, Nacajuca, Centla, Macuspana y Comalcalco, que ni siquiera tiene sobre si las lámparas de los medios, muchos menos la atención de los gobiernos.

 

En algunas de las familias afectadas en Gaviotas, la inundación se llevó no solo todo su patrimonio o gran parte de él, sino también la vida de alguno de sus familiares.

 

En la esquina de Pepe del Rivero y Manuel Sánchez Mármol, el señor Ignacio y su familia perdieron entre otros enseres domésticos, la estufa y el refrigerador, dos herramientas indispensables para preparar los guisados para los tacos que venía para sostener a su familia y su madre todos los productos de su tienda de abarrotes



Recuerda que alrededor de las seis de la tarde del miércoles 31 de noviembre, cuando el nivel del agua había alcanzado por lo menos metro y medio, la hermana,  el esposo y la hija de su vecina  María del Carmen Rich, desde su balcón pedían desesperadas ayuda médica porque a doña Carmita le había dado un paro cardíaco.

 

Como hora y media después llegaron rescatistas, con muchos trabajos pudieron llegar a la altura de la vivienda, porque los arrastraba la corriente, y en lancha se llevaron a doña Carmen y su hija, “ella estaba todavía viva, porque su esposo y su hija le dieron primeros auxilios, pero en el trayecto murió” .

 

Más tarde salieron sus otros familiares, pero antes de que rescataran a la señora, su hermana brincaba desesperada y por la impotencia.

 

Nosotros, dice don Ignacio, pasamos en ese cuarto de arriba la noche del miércoles, no se podía descansar, la gente gritaba  y nadaba en la oscuridad, y al otro día observamos cómo la corriente estrellaba los cayucos contra los postes o en las paredes y se desbarataban.

 

Ese jueves mi esposa logró salir en lancha con los niños y nos quedamos aquí mis padres, un hermano y una hermana.

 

Todo lo que teníamos en la planta baja lo perdimos, colchones, camas, roperos, estufa, refrigerador,  muy pocas cosas logramos salvar, no nos dio tiempo de más.

 

De su futuro y el de su familia, don Ignacio dice:

 

“Si Dios nos ha permitido la vida y nos da la fuerza,  teniendo la confianza en él, vamos a salir

adelante”

De la ayuda que se está prometiendo, opina:

 

“Sabemos  que ha llegado bastante ayuda. Si está  bien coordinada, bien administrada llegará a nosotros,  pero si  no, solo la escucharemos anunciar”.

 

Para don Javier Quiroz Martínez y su familia, habitantes de Circuito Municipal 505, en Los Palomares y Gaviotas Norte  “sucedió lo peor”. El agua del río nos vino de atrás, cuando la vi venir, le dije a mi esposa, “ahora si esto se irá al agua, agarre mi camioneta, saqué a mis hijos, sin sacar nada  y nos fuimos para Tamulté”.



Sufrimos una pérdida total de los que teníamos en la casa, porque aquí en Palomares las viviendas son de un solo piso, no había manera de poner a salvo nada, el agua subió casi dos metros y medio.

 

Del futuro dice:

 

Vamos a comenzar otra vez, pero el gobierno solo nos ayudará con algo, lo demás no los vamos a recuperar, solo esperamos que no vuelva a pasar, porque si no me regreso a mi tierra Poza Rica, Veracruz.

 

Javier considera que las inundaciones son normales en Tabasco. Llevo viviendo en Tabasco 25 años, y siempre he tenido la idea de construir un cuarto alto atrás, porque he pensado, aquí nos hemos salvado de otras inundaciones que se han detenido con costales y más costales, pero que un día  el Grijalva vendría con mucha furia.

 

Eso si, creo que si los gobiernos pasados hubieran construido un bordo desde Torno Largo hasta La Manga 1 y otro más grande del otro lado, en el malecón Carlos A. Madrazo, no hubiera sucedido tanta desgracia.

 

“Digo que si los gobiernos le hubieran “echado ganas” en la prevención, se hubiera evitado esta gran inundación, pero no es así, le ponen interés a otras cosas, y no quiero decir nombres, ni se llevaron  o no el dinero”.

 

Ojalá este Gobernador le meta ganas, porque imagínese, nos dicen que nos van a dar vales por un refrigerador, una estufa, pero lo demás lo tenemos que comprar de nuevo nosotros, y que tal si no hacen nada y en los próximos años sufrimos una inundación como esta, “nos acabará”.

Don Román  Cámara Calcáneo de la  calle Administración 105 también en Palomares, está abatido por las perdidas, es diabético y ya antes de la inundación, por las consecuencias de su padecimiento y de la hipertensión, ve cada día menos, sus piernas permanecen hinchadas, y por esa circunstancia ya había perdido su empleo.

 

Como los demás residente de Palomares él, su esposa, su hija y una muchacha a la que le renta un cuarto perdieron sus muebles y aparatos electrodomésticos y dice que por lo pronto sus hermanos lo ayudan, pero eso, considera no será por el resto de su vida.

 

Para mi será difícil recuperarme, sin salud, ni  empleo, y el raquítico ingreso que le da la renta de un cuarto.

Su esposa e hija se quejan de que en las listas que está integrando el gobierno para la ayuda prometida, solo están incluyendo a los propietarios de las casas, no así a las demás familias que viven en las mismas y que también se quedaron sin nada.

 

La hija con familia también, lamenta que en la Cruz Roja en donde ella estuvo apoyando para la atención de damnificados, incluso el día que se fueron al agua, ni siquiera una despensa les dieron.

En la larga fila que alrededor de la una se observaba en el parque de Gaviotas, cientos de damnificados esperaban su turno para anotarse con la esperanza de recibir la ayuda anunciada por los gobiernos federal y estatal, por lo menos para adquirir una mínima parte de los que perdieron    

Ahí Mayté Izquierdo, que vive en la esquina de Luis Jaidar y Administración, dijo que para ella lo más importante fue salvar la vida de sus hijos y la de ella, “lo material se recupera como sea, la vida de uno no tiene precio. Primeramente Dios”

 

Para otros, lo más lamentable ha sido perder la seguridad de disponer de un hogar  seguro en Gaviotas, Palomares, La Manga, de vivir, de ahora en adelante con la incertidumbre.

 

 

(Publicado en el diario La Verdad del Sureste. Diciembre 2007)

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